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Relatos Ardientes

La confesión del trío que no terminó donde imaginé

La idea fue suya, aunque la fantasía era mía. Una noche, después de cenar, mientras yo recogía los platos, Mateo me preguntó al pasar si tenía algo guardado, alguna cosa que nunca me hubiera atrevido a pedirle. Lo dijo con la voz baja, como quien tira una piedra al estanque para ver si hay peces.

Tardé tres semanas en contestarle. Tres semanas dándole vueltas, decidiendo si me animaba a poner palabras a algo que solo había existido dentro de mi cabeza. Una tarde de jueves, mientras desayunábamos en pijama, lo solté de golpe.

—Quiero estar con dos hombres a la vez. Vos y otro. O vos y dos.

Mateo dejó la taza sobre la mesa muy despacio. Sonrió de un modo extraño, ni contento ni molesto, sino como si por fin entendiera un acertijo viejo. Me dijo que iba a buscar y que me avisaría. Esa misma noche lo escuché tipear en el celular hasta tarde.

El sábado siguiente, por la mañana, me mostró dos fotos. Un tipo de Mendoza y otro de San Rafael. En las imágenes los dos lucían en forma, con cuerpos cuidados y miradas decididas. Yo asentí. Por dentro, las piernas me temblaban.

Mateo trabajaba los sábados hasta el mediodía. Habíamos acordado encontrarnos a las dos de la tarde en un hotel del centro, uno discreto, con entrada por la cochera y habitaciones por hora. Llegamos con tiempo. El cuarto era amplio, con espejos en una pared, sábanas blancas y una luz cenital que dejaba sombra en los rincones.

Los hombres no llegaban. Mateo les escribía cada cinco minutos y ellos respondían que ya estaban en camino, que el tráfico, que un imprevisto. Para hacer tiempo abrimos dos cervezas del frigobar. Mateo me miró con esa cara que pone cuando se le acaba la paciencia y, antes de que yo pudiera decir nada, me había levantado el vestido contra la pared. Se me cayó la cerveza al piso. Me cogió rápido, mordiéndome el cuello. Lo necesitaba tanto como yo.

Cuando volvimos a vestirnos, ya estaban tocando la puerta.

***

Hugo era el más alto de los dos. Bruno, el de Mendoza, tenía un tatuaje en el costado. Se presentaron con cierta formalidad, casi tímidos, y pasaron a una habitación contigua que ya tenían reservada para cambiarse. Cinco minutos después aparecieron en bata. Cuando se las quitaron, me llevé una desilusión que no supe esconder.

No es que estuvieran mal. Es que la imagen que yo había guardado durante esos días no se parecía a lo que tenía delante. Mateo me miró de reojo, sabiendo lo que pensaba, y con un gesto mínimo me pidió que siguiera. Yo respiré hondo.

—Quiero que me veas bailar —dijo Bruno, sentándose en el sillón.

Mateo asintió antes de que yo pudiera responder. Puso un canal de música en la tele, eligió una balada cumbiera de esas que detesto y se sentó al lado de los otros con la verga ya despierta en la mano. Me quité el vestido con torpeza primero y con más calma después. Bailar siempre se me dio bien. Es lo único en lo que me siento dueña absoluta de mi cuerpo.

Los tres me miraban masturbándose. Pasé del baile al sexo sin transición clara. Me arrodillé en la alfombra y atendí a los tres, turnándome, comparando texturas y sabores. Hugo se vino casi enseguida en mi boca, con una disculpa entrecortada. Mientras le pasaba a Mateo una toalla, Bruno me cargó hasta la cama.

***

Lo intentamos durante casi una hora. Bruno se montó encima y embistió a su ritmo, mientras Mateo me tomaba de los brazos para que no me moviera demasiado. Después se invirtieron las posiciones: Mateo me cogió por atrás mientras yo seguía con Bruno en la boca. Hugo, sentado en el sillón, intentaba volver a ponerla dura sin éxito. A los veinte minutos pidió permiso, se vistió y se fue murmurando una disculpa por la puerta.

Quedamos los tres. Bruno aguantó un poco más, pero terminó acabando dentro de mí casi sin avisar y cayendo de costado, agotado. Apenas dos minutos más tarde también estaba pidiendo disculpas y saliendo del cuarto.

Me quedé mirando el techo. El ventilador giraba lento. Mateo encendió un cigarrillo a pesar del cartel y abrió la ventana. No dijo nada. Yo tampoco. Sentía un nudo en el estómago, una mezcla de bronca, decepción y excitación frustrada que no me dejaba quieta.

—Lo siento —murmuré.

—Sos vos la que lo siente —contestó, y se notaba la molestia en su voz.

Para distender el clima, Mateo se levantó y sacó la cámara del bolso. Hizo lo que mejor le sale: me pidió que posara para él. Es fotógrafo amateur, lleva diez años retratándome desnuda y nunca repite ángulo. Esa tarde se ensañó. Me pidió de rodillas, boca abajo, de pie contra el espejo, abierta. La cámara hacía un clic suave a cada minuto. Yo posaba mecánicamente, todavía mojada, todavía caliente, con el cuerpo pidiendo lo que no había recibido.

***

Estábamos echados en la cama, recuperándonos, cuando lo escuchamos.

Primero fue un quejido apagado a través de la pared. Después una voz de mujer, joven, diciendo «por ahí no» y «esperá» con una urgencia que no era juego. Después un silencio largo. Después la puerta de al lado abriéndose y unos pasos rápidos por el pasillo. La mujer se había ido.

Mateo dejó la cámara en la mesa de luz.

—Tiene que tener una verga del tamaño de mi brazo ese tipo —dijo, medio en broma.

Yo no me reí. Me incorporé en la cama y lo miré con una calma que no sentía.

—Andá a buscarlo.

—¿Qué?

—Que vayas a buscarlo. Lo quiero acá. Ahora.

Mateo se quedó duro un segundo. Después se rió, negó con la cabeza y se puso los pantalones. Lo escuché golpear la puerta de al lado dos veces. Hubo un intercambio bajo, palabras que no llegué a entender. Cuando volvió, traía una sonrisa rara.

—Agarrá tus cosas —me dijo—. Vamos a su cuarto.

***

Crucé el pasillo desnuda, con la ropa hecha un bollo en los brazos y una toalla en la cintura. El tipo estaba sentado al borde de la cama, en boxers. Tenía la espalda ancha, el pelo oscuro despeinado, los ojos enrojecidos y la mirada fija en el suelo. Olía a alcohol y a algo más, dulzón, que reconocí enseguida.

Cuando entré, levantó la vista lo justo para confirmar que sí, que era cierto, que esa mujer que su vecino le había prometido existía. Sonrió torcido. Murmuró algo que sonó a «hola» y se reacomodó en la cama. La tela del boxer no alcanzaba a contener lo que había debajo.

Solté la ropa en una silla. Me acerqué despacio. Le bajé los boxers con las dos manos y me quedé un segundo mirando lo que aparecía, sin poder ocultar la cara de asombro. Era la verga más grande que había visto en mi vida. Larga, gruesa, con una vena marcada que la cruzaba en diagonal, todavía blanda y ya casi del tamaño de las que había probado erectas esa misma tarde.

Me arrodillé en la alfombra. Empecé despacio, con la boca y las manos al mismo tiempo, porque con una sola no daba. El tipo, todavía atontado, dejó caer la cabeza hacia atrás. Sus dedos se hundieron en mi pelo sin tirar, solo apoyados, como un peso amable. Mateo me tomó una foto desde el rincón.

Cuando estuvo dura del todo, me costaba abarcarla. La sostenía con las dos manos y todavía me sobraba para chuparla. El tipo se incorporó, me cargó como si yo pesara una pluma, me llevó al colchón y me abrió las piernas. Era alto, mucho más alto que Mateo, con los hombros anchos y los brazos firmes. Eso solo ya me derretía.

Me lamió primero, sin urgencia, alternando entre los dos agujeros con una lengua larga que parecía hecha para eso. Mateo ahora grababa con el celular, ya no con la cámara. El tipo me levantó las caderas y me sostuvo en el aire con un brazo mientras me devoraba. Yo gemía sin pudor, todavía sin poder creer que ese cuerpo enorme estuviera ahí, dedicado entero a mí.

Me puso en cuatro. La primera embestida me sacó el aire. Sentí la concha llena de un modo que no conocía, como si me hubieran tapado algo que no sabía que estaba abierto. Empezó lento, sosteniéndome de la cintura, y fue acelerando hasta que la cama crujía con cada empuje. Yo cerraba los ojos y sentía las lágrimas resbalar sin tristeza, solo desbordada por lo que estaba pasando.

—Eso es —dijo Mateo desde el costado, con la voz ronca—. Eso es lo que querías.

Me dio la vuelta. Quedé encima del tipo, montándolo, intentando moverme con un control que se me escapaba. Él me agarraba los pechos con esas manos enormes, los apretaba, los chupaba uno y otro alternando, hasta dejármelos rojos. Cada vez que bajaba sobre él, sentía que me partía. No me importaba. Me movía como una loca, sudada, con el pelo pegado a la cara, y a la vez seguía pensando que esto no era real, que en cualquier momento me iba a despertar.

***

Después de un rato largo, le tomé la verga con las dos manos y la apoyé contra el otro agujero. Mateo entendió enseguida. Se acercó con saliva y la mojó de arriba abajo, sin tocarme a mí ni una vez. El tipo me preguntó, balbuceando, si estaba segura. Le dije que sí con la cabeza.

La introducción fue lenta. Yo respiraba por la nariz, intentando relajarme. Cuando entró, gemí de dolor y de excitación al mismo tiempo. Mateo, atento, me preguntaba cada tanto si me dolía. Yo le mentía con la mirada y le decía que no, que estaba bien, que siguiera grabando. Por dentro sentía que me estaban abriendo de un modo que no había experimentado nunca.

Aguantó muchísimo, mucho más que los anteriores. Cuando finalmente se vino, lo hizo con un gruñido bajo, dentro mío, llenándome de un modo que sentí caliente y abundante. Yo me quedé un momento quieta, con la cara hundida en la almohada, mientras él se desplomaba a un costado.

Saqué la verga despacio. Sentí la leche resbalar por la entrepierna mientras Mateo, que llevaba toda la sesión grabando sin tocarme, se acercó por fin. Me cogió por atrás, con el agujero todavía abierto, ya sin resistencia. Tardó un minuto en venirse.

—Sos una puta —me dijo al oído, con una mezcla de bronca, asombro y deseo.

Me asusté. No por la palabra, sino por el tono. Me di vuelta, lo besé con fuerza, le agradecí entre besos por haberme buscado al primero, al segundo, al tercero y a éste. Le repetí que lo adoraba, que era el único, que esto sin él no existía. Mateo se aflojó. Bajé hasta sentarme entre sus piernas y le mamé la verga ya blanda hasta que se vino una segunda vez en mi boca.

***

El tipo dormía a un costado, boca arriba, con la verga monumental descansando sobre la cadera, blanda y enorme todavía. Recogimos la ropa en silencio. Yo me puse el vestido sin nada debajo y guardé la bombacha en la cartera. Mateo cerró la puerta despacio detrás nuestro.

Volvimos a nuestro cuarto. Nos duchamos juntos sin decir mucho. Mateo me enjabonó la espalda con una ternura que contrastaba con todo lo que había pasado esa tarde. Al rato salimos del hotel. Manejé yo de vuelta porque a él le temblaban las manos.

Esa noche dormimos abrazados como dos adolescentes. No hablamos del tema durante días. Después, cuando volvimos a tocarlo, fue para reírnos del fiasco de los dos primeros y para mirar las fotos. Del tercero no hablamos nunca más. Tampoco volvimos a buscarlo.

Han pasado años. Tuvimos otras experiencias, algunas mejores que aquella en muchos sentidos. Pero verga como la de aquel tipo no he vuelto a tener. A veces, cuando estoy sola en casa, abro el video que Mateo guardó en una carpeta escondida y lo miro entero, sin tocarme, como quien revisa un álbum de viajes. Y siempre termino igual: con el cuerpo caliente y la cabeza convencida de que aquella tarde fue lo más cerca que estuve nunca de tocar el fondo de mi propia fantasía.

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Comentarios (4)

RosaK_mdq

Me dejaste con la boca abierta con el giro del final. Eso no me lo esperaba para nada!!!

Marisol_BA

Por favor conta como siguio, quedé con muchísimas ganas de saber que paso despues

Pato_corrientes

Muy bueno, se nota que es una experiencia real porque no tiene esa exageracion de los relatos inventados. Saludos

NocheSola_87

La voz de la habitacion de al lado... que nervios solo de imaginarlo jaja. Me encantó como lo narraste

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