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Relatos Ardientes

Confieso lo que hicimos toda la tarde en su casa

Tengo que escribir esto antes de que se me borre, porque hay tardes que una quiere guardar enteras, tal como pasaron. Aquel viernes fui a casa de Mateo sin un plan claro, solo con las ganas de verlo. Eran apenas las nueve de la mañana y la ciudad ya hervía: treinta y cuatro grados, el asfalto temblando, mi vestido pegado a la espalda durante todo el camino.

Cuando me abrió la puerta acababa de salir de la ducha. Tenía el pelo húmedo, una bata abierta a medias y ese olor a jabón limpio que me desarmó apenas crucé el umbral.

—Qué rico hueles —le dije, y enseguida me reí de mí misma—. Yo en cambio vengo hecha un desastre. Me voy a tener que bañar, estoy sudando.

—Ni se te ocurra —contestó él, cerrando la puerta detrás de mí.

Lo dijo en serio. Me tomó de la cintura, me miró un segundo como si estuviera decidiendo algo, y antes de que pudiera replicar me levantó del suelo. Solté un grito a medias entre la sorpresa y la risa mientras me cargaba hasta el sofá del salón.

Hacía tres semanas que no nos veíamos. Entre su trabajo y mis horarios imposibles, las ganas se nos habían ido acumulando como una deuda, y se notaba en la manera en que me sostenía, en la urgencia de sus dedos clavándose en mi cintura. No era el roce educado de quien empieza algo: era el de alguien que llevaba demasiado tiempo conteniéndose.

No vine para esto, pensé. Pero exactamente para esto vine.

Me recostó despacio sobre los almohadones y me fue quitando el vestido sin prisa, deslizándolo por encima de la cabeza. Después empezó a besarme: el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. Sus manos recorrían cada centímetro de mi piel como si quisiera memorizarla, y yo sentía el calor de afuera mezclarse con otro calor distinto que me subía desde el vientre.

—Estoy toda sudada —insistí, todavía algo avergonzada.

—Por eso —murmuró él contra mi piel.

***

Me separó las piernas con suavidad y bajó. Cuando entendí lo que iba a hacer intenté cerrarlas por puro reflejo, pero no me dejó. Me sostuvo los muslos abiertos con las dos manos y acercó la cara.

—Déjame —dijo en voz baja—. Tu aroma es exquisito, linda.

Y me besó por encima de la ropa interior, todavía húmeda del calor y de las ganas. Sentí su aliento, la presión tibia de su boca a través de la tela, y cualquier resto de vergüenza se evaporó de golpe. Le excitaba de verdad. Lo noté cuando volvió a subir, besándome el vientre, deteniéndose en cada pecho, y su bata se abrió del todo mostrándome lo duro que estaba.

Terminamos de desnudarnos uno al otro entre besos torpes y apurados. Le quité la bata de los hombros, él enganchó mi ropa interior con los pulgares y la deslizó hacia abajo. Quedamos piel contra piel, y entonces nos giramos sin necesidad de decir nada.

Me gusta su cuerpo de una manera que me cuesta explicar. Me lo metí en la boca despacio, recorriéndolo entero con la lengua antes de llegar a la punta, mientras él hundía la cara entre mis piernas. Apoyé las manos en sus caderas y marqué un ritmo lento, subiendo y bajando, sintiéndolo crecer todavía más contra mi paladar.

Él separaba mis pliegues con los dedos y trabajaba mi clítoris con una paciencia que me hacía temblar. Cada vez que yo aceleraba, él aceleraba; cuando yo me detenía a respirar, él también esperaba. Era esa sincronía la que más me gustaba de él, esa forma de leerme sin que yo tuviera que decir una palabra.

Sentí el primer orgasmo trepar despacio, desde los muslos hacia arriba, y supe que no iba a poder frenarlo. Apreté las piernas alrededor de su cabeza casi sin querer. Llegamos casi al mismo tiempo, cada uno deshecho en la boca del otro, y me quedé un momento quieta, con la respiración entrecortada y el corazón golpeándome las costillas.

—Ven —dijo después, tirando de mi mano.

***

Pasamos al cuarto. La persiana estaba a medio bajar y la luz entraba en líneas finas sobre la cama deshecha. Lo acaricié hasta volverlo a poner duro, cosa que no costó demasiado, y se acomodó entre mis piernas.

Como ya se había corrido antes, esta vez duró muchísimo. Empezó suave, hundiéndose hasta el fondo y quedándose ahí un instante antes de volver a moverse. Después fue cambiando de posición, sin prisa, como si tuviéramos toda la mañana por delante. Y la teníamos.

Me levantó las piernas en alto y me penetró profundo, con una fuerza que me arrancó un gemido que no supe contener. Después me llevó al borde de la cama, de costado, mordiéndome el hombro. Luego me senté sobre él y lo cabalgué un buen rato, marcando yo el ritmo, inclinándome para besarlo, sintiendo otro orgasmo crecer y romperse mientras él me sujetaba las caderas. Terminamos otra vez como habíamos empezado, yo de espaldas y él encima, dándome fuerte hasta dejarme sin aliento.

Perdí la cuenta de cuántas veces llegué. Fueron más de cinco, eso seguro, antes de que se vaciara dentro de mí con un gruñido ronco contra mi cuello.

Nos quedamos enredados un rato largo, sin hablar, escuchando el zumbido del ventilador y el tráfico lejano. Me gusta ese silencio de después, cuando ya no hay nada que demostrar.

***

Más tarde se levantó y preparó algo de comer. Lo miré desde la cama moverse por la cocina, todavía desnudo, sacando huevos del refrigerador y discutiendo consigo mismo sobre si había suficiente pan. Hay algo profundamente íntimo en ver a alguien cocinar para ti después del sexo, una confianza que no se finge.

Comimos desnudos en la cocina, sentados frente a frente, riéndonos de cualquier cosa y contándonos los chismes de la semana como si fuéramos una pareja vieja y no dos amantes que se ven cuando pueden. Le conté del jefe insoportable, él me contó de un vecino nuevo. Pero el calor entre nosotros no se había apagado del todo; estaba ahí, latiendo por debajo de la charla, esperando.

Empecé a acariciarlo otra vez casi sin darme cuenta, de arriba abajo, mientras él fingía concentrarse en el café. Me incliné y lo llevé a mi boca, masturbándolo despacio, acariciándole con la otra mano hasta que dejó de fingir. Me pasó una mano por las nalgas y la otra por el pecho, y de pronto me apartó la frente con cuidado y me incorporó.

—Arriba —dijo, y me sentó sobre la mesa.

Me separó las piernas y me empujó hasta dejarme recostada entre los platos. Lo que vino después fue lento y enloquecedor: su boca trabajando mi clítoris mientras sus dedos entraban y salían de mí con una libertad que me hacía arquear la espalda. Justo cuando estaba a punto de llegar, se detuvo. Sacó los dedos, se irguió, y los reemplazó con una sola embestida hasta el fondo que me cortó el gemido en la garganta.

Empezó a moverse con una fogosidad que no parecía la de alguien que ya había terminado dos veces esa mañana. Me sostenía de la cintura, me acariciaba los pechos, las nalgas, alternando, y yo me agarraba al borde de la mesa para no resbalar. Después me incorporó, me besó pegando su pecho al mío sin dejar de penetrarme, y todo el departamento se redujo a ese vaivén.

***

Salió de mí y me ayudó a bajar de la mesa. Sin soltarme, me inclinó hacia adelante y se colocó detrás. Entendí lo que quería y se lo dejé claro arqueándome un poco más.

Me separó las nalgas con las manos y se tomó su tiempo. Lubricó con saliva, paseó la punta de arriba abajo, primero por un lado y después por el otro, sin apurar nada. Cuando por fin empujó, lo hizo despacio, dejándome respirar entre cada avance. Entró la mitad, se quedó quieto, me acarició la espalda hasta que dejé de tensarme, y siguió hasta hundirse casi del todo.

Me sujetó la cintura y empezó a moverse a un ritmo lento, profundo, haciéndome sentir cada centímetro. No había prisa en él, solo ganas de disfrutar despacio. Apoyé la frente sobre los antebrazos y me dejé llevar, sorprendida una vez más de cuánto me gustaba esa sensación que tanto me había costado descubrir con otros.

Me acariciaba el cuerpo entero mientras aceleraba poco a poco. Murmuraba cosas que no alcanzaba a entender del todo, palabras sueltas contra mi nuca, y cada una me empujaba un poco más cerca del borde. Cuando ya no pudo aguantar más, terminó dentro de mí con un temblor que sentí recorrerlo de pies a cabeza.

Nos dejamos caer sobre el sofá, él sentado y yo encima, todavía unidos, hasta que el cuerpo nos pidió tregua y nos separamos casi sin querer.

***

Recogimos la mesa entre los dos. Pusimos una película que ninguno miró de verdad y comimos algo a media tarde, siempre desnudos, sin pudor, como si la ropa fuera una formalidad innecesaria entre nosotros. Después nos metimos juntos en la ducha que tanto había prometido yo al llegar, y nos enjabonamos el uno al otro con una ternura que no se parecía en nada al frenesí de horas antes.

Al caer la noche nos vestimos por fin y salimos a tomar el último tren a Valencia, riéndonos de lo poco que habíamos hecho del plan original. Yo iba con las piernas flojas y una sonrisa que no me cabía en la cara.

Lo confieso sin culpa: fue una de las mejores tardes de mi vida. Y mientras el tren se alejaba y la ciudad se encendía detrás de la ventanilla, ya estaba pensando en el próximo viernes.

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Comentarios (5)

carlosM_99

increible, no pude dejar de leer. Tremendo relato!

ValenRdz

Por favor seguí escribiendo, esto no puede quedarse aca. Espero la segunda parte!

NachoLector

Me encanto la forma en que lo narraste, tan natural y real. Se siente que fue de verdad.

Loki35

Que rico todo jajaja, me dejaste con mas ganas

Roxana_del_sur

Me recorde algo parecido que me paso hace tiempo y nunca le conte a nadie. Esas tardes quedan grabadas para siempre.

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