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Relatos Ardientes

Lo que empezó en el auto lo terminamos en mi cuarto

Ese sábado salimos temprano. Noelia, Carla y yo nos fuimos en coche hasta Salou y nos quedamos toda la mañana frente al mar, tomando sol y metiéndonos al agua cada vez que el calor apretaba. Hablamos de todo y de nada, de los chicos sobre todo, riéndonos como hacía tiempo que no nos reíamos. Comimos en un chiringuito a pie de playa, sin prisa, alargando la sobremesa con esa pereza buena que da la sal en la piel.

Volvimos pasada la siesta. Necesitábamos bañarnos y arreglarnos con calma, porque esa noche habíamos quedado con los chicos para salir a bailar. Yo me tomé mi tiempo eligiendo qué ponerme: un vestido corto y ceñido, ropa interior bonita debajo, las medias blancas que tanto le gustaban. Me maquillé despacio frente al espejo, pensando en él. Sabía que iba a ver a Adrián, y sabía perfectamente cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta.

Llegamos al local cuando ya empezaba a llenarse. Cada una con su pareja: Noelia con Bruno, Carla con Gorka, y yo con Adrián. Esta vez fue todo más tranquilo, más nuestro. No salimos en grupo como otras veces porque Noelia no había querido, y la verdad es que se agradecía la calma.

Estuvimos tomando algo y bailando durante horas. Adrián bailaba pegado a mí, con una mano en mi cadera que cada tanto bajaba un poco más de lo que debía. Yo no se la apartaba; al contrario, me arrimaba a él para que notara que no me molestaba en absoluto. Entre canción y canción me hablaba al oído, frases sueltas que no necesitaban decir gran cosa para encenderme. En la penumbra de la pista, entre la música y la gente, empezamos a tocarnos con disimulo, las manos buscándose donde nadie miraba, hasta que el roce dejó de ser inocente.

Si seguimos así, no llegamos a casa.

***

Regresamos cerca de las tres de la mañana. Cada pareja se fue a su habitación, y Adrián y yo entramos a la mía todavía con el calor del coche encima. En el camino de vuelta nos habíamos venido besando y acariciando, terminando lo que en la pista habíamos dejado a medias.

Cerré la puerta con el pestillo. Nos fuimos desnudando el uno al otro despacio, descubriendo cada parte con las manos y la boca, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche. Y la teníamos.

Él besaba mis pechos mientras yo recorría el suyo con los labios. Me bajó el vestido hasta la cintura y me soltó el sujetador de media copa, ese transparente que me había puesto sabiendo que él lo vería. Terminé de quitarme el vestido y me quedé solo con las bragas y las medias blancas.

Le desabroché el pantalón mientras él se sacaba la camisa. Se lo bajé y le besé el vientre, firme y trabajado, sintiendo cómo respiraba más hondo cada vez que mis labios bajaban un centímetro más.

Mordí con suavidad su miembro duro por encima del bóxer, besé sus testículos, y él soltó un suspiro que me encendió todavía más. Le bajé la última prenda y empecé a lamer la punta, que ya brillaba. La rodeé con la lengua, recorrí todo el tronco siguiendo la vena que lo cruzaba, me llené la boca con él. A los pocos segundos me apartó la cabeza con cuidado.

—Para —dijo, con la voz ronca—. Así me corro ya.

***

Me giró de espaldas a él y me abrazó por detrás. Una mano me sostenía un pecho mientras restregaba su erección entre mis nalgas. Sus dedos recorrían todo mi cuerpo, pero volvían siempre al mismo sitio, apretando, abriendo, metiéndose por el borde de las bragas hasta dejarme casi descubierta.

Me las bajó despacio, deslizándolas por las piernas, y yo levanté un pie y luego el otro para dejarlas caer al suelo. Me incliné hacia adelante para darle mejor acceso, ofreciéndome sin decir una palabra, apoyando las manos en el borde del mueble. Sentí su lengua subir entre mis nalgas, rozar donde nadie esperaría y bajar luego a lamerme entera, una y otra vez, sin prisa, alternando la presión justo cuando creía que no podría aguantar más. Tuve que morderme el labio para no hacer ruido y despertar a media casa.

Nos subimos a la cama y nos acomodamos en un sesenta y nueve. No quiso quitarme las medias blancas; me dijo al oído que así le gustaba más. Las humedeció con su saliva besándome los muslos antes de concentrarse entre mis piernas, y el placer fue tan parejo y tan largo que terminé corriéndome con la cara hundida contra su vientre.

Mientras tanto, yo seguía con él en la boca, lamiendo, intentando abarcar un grosor que no me cabía entero. Él movía las caderas despacio, marcando el ritmo, hasta que ya no aguantó y se vino dentro de mi boca justo cuando un segundo orgasmo me sacudía a mí. No dejé caer ni una gota.

***

A pesar de haber acabado, seguía duro. Se giró sobre la cama, me puso las piernas sobre sus hombros y me penetró hondo de una sola vez. Gemí con fuerza, agarrándome a las sábanas.

Estuvimos así un buen rato, cambiando de postura una y otra vez. De lado, montándolo yo encima con las manos apoyadas en su pecho, volviendo a quedar de costado con las piernas enredadas alrededor de su cintura. Cada cambio era una excusa para mirarnos, para reírnos un segundo antes de volver a perder el aliento. Él entraba y salía con un ritmo que me volvía loca, besándome los pechos, apretándome una nalga mientras me embestía. Yo le clavaba los talones en la espalda para sentirlo más hondo. Terminamos casi a la vez, besándonos como si quisiéramos comernos.

Descansamos abrazados, todavía unidos, recuperando el aliento. Después nos acomodamos de cucharita, su pecho contra mi espalda, y pensé que se dormiría.

No se durmió.

***

Volví a sentir sus manos en mis pechos y su sexo, otra vez firme, deslizándose entre mis labios desde atrás. En esa misma posición me penetró de nuevo, sin prisa. Sus manos no paraban quietas: subían a mis pechos, bajaban al vientre, abrían mis nalgas para mirar cómo entraba y salía de mí.

Con los dedos me buscó el clítoris y empezó a acariciarlo en círculos mientras seguía moviéndose. El orgasmo me llegó intenso, casi de golpe; le clavé las uñas en el antebrazo y chillé contra la almohada. Él bajó el ritmo, dejándome gozarlo entero, dándome despacio mientras yo todavía temblaba.

Luego volvió a acelerar poco a poco y me colocó a cuatro patas. Siguió penetrándome así, y al mismo tiempo empezó a jugar con mi otra entrada. Mojaba un dedo con mis propios fluidos y lo iba introduciendo en mi culo, primero uno, después dos juntos, abriéndome con paciencia, esperando a que mi cuerpo cediera.

Sabía exactamente lo que estaba buscando.

Cuando me sintió lista, salió de mi sexo y empezó a empujar despacio por detrás. Notaba la resistencia por su grosor, así que fue avanzando milímetro a milímetro, separándome las nalgas con las manos, hasta entrar del todo. Yo suspiraba y gemía, llena por completo, abierta al máximo.

Se quedó quieto unos segundos para que me acostumbrara. Llevé una mano hacia atrás y acaricié sus testículos, que estaban pegados a mi piel, los sopesé sin dejar de moverme. Hice girar la cadera en pequeños círculos, hacia adelante y hacia atrás, diciéndole sin palabras que ya podía seguir.

Entonces, con las manos firmes en mis caderas, empezó un vaivén lento que fue ganando velocidad. Cada embestida me arrancaba un gemido distinto. Siguió hasta el final, hundiéndose hasta el fondo, y se vino dentro con un gruñido largo que sentí vibrar en toda mi espalda.

Caímos boca abajo, él encima de mí, todavía dentro, palpitando, dejando ir las últimas gotas. No nos movimos. Nos quedamos dormidos así, pegados, sin separarnos.

***

Por la mañana, con la luz entrando por la rendija de la persiana, antes siquiera de levantarnos a la ducha, me despertó con la boca en mi cuello y las manos por todas partes. Me poseyó otra vez de frente, mirándome a los ojos, con un vigor que no parecía el de alguien que apenas había dormido, como si fuera la primera vez. Lo abracé con las piernas y dejé que marcara el ritmo, despacio primero y más rápido después. Estuvimos así hasta que volvió a correrse dentro de mí, hundiendo la cara en mi cuello.

Después nos metimos juntos bajo el agua. Nos enjabonábamos despacio, acariciándonos entre la espuma, alargando el momento. Volví a tomarlo en mi boca un rato, más por el gusto de hacerlo que por otra cosa, porque ya no le quedaba nada que dar.

Terminamos de bañarnos, nos vestimos sin dejar de mirarnos, y bajamos a desayunar con esa sonrisa tonta de quien guarda un secreto. Noelia y Carla nos esperaban en la mesa. Ninguna preguntó nada. No hizo falta.

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Comentarios (4)

DiegoBA

excelente!! me enganche desde la primera linea y no pude parar hasta el final

ValentinaRos

por favor seguila, quede con ganas de saber que paso despues. Esas confesiones siempre dejan querer mas

Pablito_MZA

me trajo recuerdos de una salida que tuve hace unos años... esas noches que empiezan de casualidad y terminan siendo las mas memorables jaja

LectoraDelNorte

me gusto mucho que sea en primera persona, se siente autentico. No es facil escribir asi sin que suene forzado o exagerado.

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