No sé si soy bisexual o un degenerado sumiso
He subido varias confesiones a esta página. Algunas eran del todo reales, otras llevaban un poco de fantasía mezclada para no exponerme demasiado. Esta vez no hay invención que valga. Escribo justamente para que ustedes, los que se tomen el rato de leerme, me den su veredicto: lo que hago, ¿es propio de un bisexual sin más, o de alguien que se ha vuelto un degenerado con gusto por lo perverso?
Me cuesta contarlo porque lo siento muy íntimo y jamás pensé en compartirlo. Pero el anonimato protege, y a estas alturas necesito sacarlo de adentro. Voy a relatar parte de lo que vivo con Nadia y con Hugo, el tercero que entra y sale de nuestro arreglo según la temporada.
Con Nadia llevo casi veinte años. No vivimos juntos. Cada uno tiene su casa en la misma ciudad y nos vemos cuando el cuerpo lo pide. Entre nosotros no hay afecto en lo que hacemos, y eso es importante: lo nuestro es puro juego de roles. Ella es la Dominante, el Ama. El tercero de turno cumple el papel de Toro, de macho que manda, y yo soy el sirviente. El sumiso. Solo tengo permitido usar mis manos, mi lengua y mi boca para darles placer a ambos.
En estos años pasaron cuatro Toros distintos por nuestra cama, en períodos separados. Una sola vez coincidieron dos al mismo tiempo. Aquello fue otra cosa, un descontrol que todavía recuerdo con la boca seca.
***
Hugo tiene cincuenta y cinco años. No es un hombre guapo, conviene decirlo de entrada. Es de contextura gruesa, con una panza que empieza a asomar y el pecho cubierto de vello que le baja por el vientre hasta el sexo. Está casi calvo, mide poco más de uno setenta y tiene unos ojos grises que, en los momentos sexuales, le dan un aire de crueldad que me pone a temblar.
Está casado desde hace años, tiene dos hijos adolescentes y un cargo de cierto peso en una oficina municipal. En la calle es un señor amable, de modales cuidados, de los que saludan a todo el mundo. En la intimidad con nosotros se transforma: ordinario, brusco, exigente. Siente de verdad que tiene poder sobre mí. Y lo tiene.
A ratos él y Nadia arman una complicidad entre los dos, se miran, se ríen por lo bajo, y yo quedo en medio como el instrumento que debe hacerlos acabar a ambos. Esa burla compartida, lejos de ofenderme, me hunde más en el papel.
Todo lo que parecería una desventaja de su físico se borra cuando se queda desnudo, o apenas con el bóxer. Ahí aparece una verga descomunal, gruesa de un modo que no es normal, coronada por un glande que se asemeja a una ciruela madura. Su capacidad de descarga tampoco es común. El semen le sale espeso, blanco, con un sabor entre amargo y salado que se me quedó grabado.
Tiene además piernas firmes y un trasero redondo y duro, herencia seguramente de algún deporte de juventud. No es la belleza lo que me arrastra. Es otra cosa.
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A estas alturas ya habrán adivinado en qué consiste mi parte. Siempre es sexo oral, en todas las formas que se les ocurran. Y aquí está el nudo de mi confesión: nunca, jamás, me han atraído los hombres. No me interesan como personas, no soporto que otro hombre me bese o me acaricie, y la sola idea de ser penetrado me produce un rechazo profundo.
Y sin embargo. Una verga gruesa, caliente, que se curva un poco al endurecerse, me enciende como ninguna otra cosa. No tengo el menor reparo en tomarla con la mano, en bajarle el prepucio, en besar y lamer el glande, en metérmela entera en la boca y mamarla hasta sentir que descarga sobre mi lengua y me obliga a tragar. Lo que me excita no es el hombre. Es su autoridad. Que en ese instante mande, que me ordene servirlo, que lo haga con groserías y mano firme, que no quede duda de quién está a cargo.
Su verga erecta no debe pasar de los dieciocho centímetros, pero el grosor es lo que la vuelve un monstruo. La sostengo con las dos manos y siento su calor, su dureza, su olor. Le retiro la piel para dejar el glande descubierto y me dedico a recorrerlo con la lengua despacio, sin prisa, como quien venera algo. Me gusta acercar la nariz y respirar su aroma fuerte, casi a marisco un poco pasado. A cualquiera le daría asco. A mí me empuja hacia el borde.
—Cómetela toda —me dice, y me azota la cara con ella—. Recórrela entera, no dejes un trozo sin lengua.
Entonces la alojo en mi boca y siento cómo late entre mis labios mientras intento tragarla más y más. Siempre adivino cuándo va a acabar. De pie o sentado, las piernas se le ponen tensas, me agarra del pelo con fuerza y empuja hasta el fondo. El semen caliente me inunda y yo lo dejo un momento sobre la lengua para saborearlo antes de que baje por la garganta.
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Hay veces que descarga tanto que no logro contenerlo, y un hilo se me escapa por la comisura, corre por la barbilla y me llega al cuello. Otras veces saca la verga a tiempo y acaba sobre mi cara, marcándome.
Cuando eso pasa, viene lo que él más disfruta. Me lleva al baño, me ordena apoyar la barbilla en el borde del inodoro y orina sobre mí, como si lavara su propio semen con sus meados. Lo hace mirándome a los ojos, sin apuro, gozando del poder.
—Te gusta, ¿verdad, sumiso? —murmura mientras la sacude—. Sé que ahora me la vas a limpiar.
Y tiene razón. En cuanto termina, le retiro el prepucio y le paso la lengua por la cabeza para limpiarlo. Siento el sabor amargo de su orina y, en lugar de espantarme, una corriente me recorre entero. Empiezo a chupársela de nuevo. Si se le pone dura otra vez, es la señal de que quiere mi boca una segunda vez.
Volvemos al living o al dormitorio. Él se acomoda, yo me arrodillo entre sus piernas y vuelvo a la tarea. A veces, mientras le lamo las bolas, sube los pies al sofá y deja el culo expuesto. Ya sé lo que toca. Le separo las nalgas con las manos, recorro el surco con la lengua, me detengo en el centro para besarlo y lamerlo, y termino metiendo la punta donde él quiere.
—Así, así, sumiso de mierda —gruñe, apretándome la cara contra él—. Métela bien adentro mientras me masturbas. Hazme acabar.
Y yo obedezco, porque obedecer es lo único que sé hacer con él.
***
Nadia, mientras tanto, no es una espectadora pasiva. A veces dirige desde un costado, fumando, cruzada de piernas, comentando mi desempeño como si evaluara a un empleado. Otras se acerca y exige su parte: que la atienda con la boca al mismo tiempo que mantengo a Hugo al borde con la mano. Repartirme entre los dos es el momento en que más siento mi lugar en este mundo que armamos. No hay confusión ni duda mientras dura. La duda llega después, cuando vuelvo solo a mi casa.
Porque ese es justo mi problema. Las mujeres me gustan, me atraen de verdad, me pierden. Y al mismo tiempo busco esto. No me atraen los hombres por ser hombres; me atrae, me enciende, el sexo de un macho con carácter. No cualquiera. El físico me da igual en lo general, pero tiene que ser dueño de una verga gruesa y potente, un tipo ya mayor, con decisión, de los que ordenan en vez de pedir. Que sepa jugar su papel de macho que está al mando, mientras yo soy el sumiso que debe hacerlo gozar con las manos y la boca cuando él lo disponga.
¿Eso me convierte en bisexual? ¿O en un degenerado que confunde el deseo con la sumisión?
Lo he pensado mil veces. He intentado ponerle una etiqueta que me deje tranquilo y no encuentro ninguna que encaje. No quiero a un hombre a mi lado, no quiero su ternura ni su compañía. Quiero su autoridad cruda, su verga y su orden. Quiero arrodillarme y desaparecer dentro del papel.
Por eso escribo. Por eso me expongo, aunque sea detrás de un nombre falso. Necesito que alguien que lea esto me diga, sin piedad, qué soy. Si esto que cuento es solo una variante más del deseo humano, o si me he salido de los márgenes hace ya mucho tiempo y simplemente no quiero verlo.
Quedo a la espera de su veredicto.