La desconocida que apareció en bragas al amanecer
Lo que voy a contar pasó hace ya muchos veranos, una mañana de mediados de agosto, y todavía hay días en que dudo de si lo soñé. Pero fue así, sin añadir ni quitar una sola palabra. Trabajaba de repartidor, y aquel día tenía que llevar un pedido urgente a un almacén del otro lado de la ciudad. Era puente, las calles estaban vacías, y salí de casa cuando aún no había rastro de luz en el cielo.
Cogí la furgoneta en el garaje justo cuando empezaba a clarear. Como iba con tiempo de sobra, paré un momento en el parque del Olivar, ese que queda pegado a la ronda. Bajé la ventanilla, encendí un cigarro y me quedé mirando cómo el azul oscuro se iba volviendo gris entre los árboles. No había nadie. Solo el ruido de los aspersores y algún pájaro madrugador.
Y entonces empezó todo.
Por el camino de tierra que cruza el parque apareció una mujer. Tendría unos cuarenta y tantos, llevaba gafas y caminaba descalza. Lo que me dejó clavado en el asiento fue que iba en bragas blancas y nada más. En una mano llevaba un vestido azul hecho un gurruño, y en la otra un paquete de tabaco y un mechero que, por lo visto, no funcionaba.
Se acercó a la furgoneta sin un asomo de vergüenza, como si pasear medio desnuda al amanecer fuera lo más natural del mundo. Tenía los pezones tiesos por el fresco de la mañana, marcándose contra el aire.
—¿Tienes fuego? —me preguntó, inclinándose hacia la ventanilla.
Le acerqué el mechero. Y mientras la llama le prendía el cigarro, no pude callarme.
—Qué bien estás —le solté, en voz baja—. No sabes el polvo que te echaba ahora mismo.
Esperaba un bofetón, o que saliera corriendo. En vez de eso sonrió, dio dos pasos hacia delante, se giró despacio y volvió.
—¿Quieres echar un polvo de verdad? —dijo, mirándome por encima de las gafas.
Pensé que era una trampa, que después me pediría dinero. Se lo dije sin rodeos: contigo sí, pero no pago.
—No quiero tu dinero —contestó, y se rio—. Lo hago porque me sale del coño. Aunque… no la tendrás muy grande, ¿no?
Por el acento la situé enseguida: era del sur, andaluza, con esa manera de comerse las letras al final. Se apoyó en la chapa de la furgoneta y, sin que yo le preguntara nada, empezó a contarme cómo había acabado allí.
—Llevo desde ayer un día que no veas —dijo—. Me trajo un tío desde Almería. Lo conocí por internet, quedamos en que me acercaba a la ciudad. Pero al llegar se metió por unos caminos de tierra, junto a unos campos, y me dijo que quería cobrarse el viaje.
Me lo contó así, sin dramatismo, como quien repasa una factura. Que el hombre le había quitado la ropa, que se había portado como un animal, que cuando terminó la dejó tirada en el campo y se largó con su bolso. Que caminó hasta que un taxista la recogió ya de noche.
—Y el taxista tampoco era un santo, ¿verdad? —aventuré.
—Tampoco. Pero ese al menos me preguntó. Me trajo aquí, a una pradera detrás de esos setos, y… bueno, nos entendimos. Me quedé dormida sobre la hierba con el ruido de los aspersores. Esta mañana él se ha ido y yo he subido por el camino. Y te he encontrado a ti.
Se encogió de hombros, dio una calada larga y me miró.
—Y ahora, ¿dónde vamos?
***
Le señalé los mismos setos de los que venía. Era el único sitio del parque donde se podía estar sin que te viera la gente que ya empezaba a salir a hacer deporte por los senderos de fuera.
—Ahí detrás nadie nos ve —le dije—. Pero ponte el vestido para cruzar, que no llamemos la atención.
Me hizo caso. Se metió el vestido azul por la cabeza, se atusó el pelo, y al verla vestida me fijé en un detalle que con las bragas y la penumbra se me había escapado: tenía un bozo oscuro sobre el labio, más marcado que el de cualquiera. Por un segundo dudé. Pero la calentura que me había entrado al verla casi desnuda pesaba más que cualquier reparo, y ya estaba a medio empalmar dentro del pantalón.
Llegamos enseguida al hueco entre los arbustos. El suelo estaba cubierto de hierba alta, todavía húmeda. Me tumbé, me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Ella ni esperó. En cuanto vio la polla erecta se lanzó como una fiera y se la metió entera en la boca.
Y vaya si sabía. Chupaba con una avidez que no me había encontrado nunca, subiendo y bajando, ayudándose con la mano, mirándome de vez en cuando para comprobar que me tenía dónde quería. No aguanté mucho. Solté en su boca todo lo que tenía y ella se lo tragó sin apartarse, relamiéndose después como si fuera lo más rico del mundo.
—No vas a descansar todavía —me dijo.
Antes de que pudiera recuperar el aliento se subió encima a horcajadas. Estaba tan mojada, y yo tan resbaladizo de lo que acababa de correrme, que se la clavó hasta el fondo de una sola vez. Echó la cabeza atrás y soltó un suspiro largo.
—Qué calentito lo tienes —murmuró, empezando a moverse.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, agarrándole las caderas.
—Inmaculada —dijo, y se mordió el labio—. Inmaculada, y soy virgen, para que lo sepas.
Me dio la risa floja, allí debajo de ella.
—Ni tú eres inmaculada, ni yo el Espíritu Santo —le solté—. Y hemos venido aquí a follar, no a rezar el rosario.
La broma le hizo gracia de verdad. Se rio con ganas y, no sé si por la risa o por el movimiento, le llegó el primer orgasmo casi sin avisar. Se contorsionó encima de mí, apretó los muslos contra mis caderas y un chorro tibio le salió de entre las piernas, empapándome el vientre. No era pis. Era ella, corriéndose como pocas veces he visto correrse a nadie.
Yo estaba al borde otra vez, pero ella se aferraba con las piernas y me clavaba contra el suelo, sin dejarme salir. Tuve que empujarla con las dos manos para no terminar dentro. Me corrí sobre sus tetas, que se le habían quedado al aire con el vestido bajado hasta la cintura.
***
Lejos de quedarse satisfecha, se dio la vuelta y se puso a cuatro patas sobre la hierba.
—Por detrás —pidió, mirándome por encima del hombro—. Por el culo.
Me arrodillé tras ella, pero cuando estaba a punto desvié el ángulo a propósito y se la metí por el coño, desde atrás. Ella protestó, intentó zafarse un poco, pero la sujeté firme por las caderas y a las primeras embestidas ya se le había olvidado la queja. Sonaba un clap, clap, clap rítmico, mis caderas chocando contra sus nalgas, y a ese ruido se sumaban sus gemidos cada vez más roncos.
A los pocos minutos noté algo distinto. Una especie de oleada de calor que la recorría por dentro, y cómo cada empujón entraba más hondo, hasta tocar el fondo. Empezó a temblar sin control, arqueó la espalda, dejó caer la cara contra la hierba.
—No pares —repetía—, no pares ahora.
Soltó otro chorro, igual o más fuerte que el primero, y aquello me arrastró a mí. Salí en el último segundo, fuera de ella, por puro instinto de no dejar a nadie embarazada en mitad de un parque. Me derrumbé de rodillas, sin aire.
—Tío, qué bien follas —dijo ella, dándose la vuelta y dejándose caer sobre la hierba con una sonrisa de oreja a oreja—. En mi pueblo más de una pagaría por una mañana como esta.
Se limpió con sus propias bragas, y de paso me limpió a mí, con una naturalidad que daba risa. Se puso el vestido otra vez, se colocó las gafas torcidas y se atusó el pelo como si saliera de la peluquería y no de revolcarse en un descampado.
—¿Y ahora? —preguntó.
—¿Sabes llegar a la avenida del Pilar? —le dije, señalando la salida del parque—. Por ahí encuentras un taxi en diez minutos.
Asintió, me dio un beso rápido en la mejilla y se fue caminando por el sendero como si nada, perdiéndose entre los corredores madrugadores que ya empezaban a llenar el parque. Yo me quedé un rato sentado en la hierba, con el corazón todavía acelerado, fumándome otro cigarro mientras el sol terminaba de salir.
Luego volví a la furgoneta, arranqué y entregué el pedido en el almacén con casi una hora de retraso, sin que se me ocurriera ninguna excusa decente. Nunca volví a verla. No sé si se llamaba Inmaculada de verdad, ni si era andaluza, ni si todo aquello de Almería era cierto.
Lo único que sé es que pasó. Una mañana de agosto, en un parque vacío, una desconocida en bragas me pidió fuego y me regaló la confesión más increíble que un hombre puede contar. Increíble, sí. Pero verídica de principio a fin. Y me pasó a mí.