Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Nadia, la desconocida que vuelve cada verano

Mi historia con Nadia empieza en aquel invierno raro, ese que fue en sí mismo un contexto. Yo estaba sin trabajo desde hacía demasiado tiempo, y supongo que estaba desocupado en muchos otros sentidos. Acababa de salir de una relación que prefiero no contar, había dejado a medias una carrera que apenas había empezado y me había metido en otra de la que no esperaba sacar un solo euro.

Daba bandazos de una cosa a otra. Fui ayudante en una portería, escribí textos para webs que no comprendía, mandé currículums que nunca llegaban a ninguna parte y, encima de todo eso, me apunté a un curso de ilustración digital. Ahí apareció Nadia.

Pero, ¿es esa toda la verdad?

También era cierto que llevaba años sin una pareja que durara más de seis meses. Era cierto que la gente que conocía se iba alejando en busca de sus propios proyectos y la reemplazaba otra más superficial, más inofensiva para mi vida. Y en algún rincón escondido estaba lo que entonces ignoraba: yo era cada vez menos feliz.

No por aquellos meses encerrados, ni por el desempleo, ni siquiera por los desamores. Era algo más parecido a una desvida, la sensación de un deterioro lento de todo lo bueno que se va sustituyendo por pasatiempos cada vez más insípidos. Lo que a los veinte se llenaba de conversaciones imprevistas con amigos que eran camaradas, a los veintitantos se convertía en cháchara sobre el sueldo, el trabajo, mirar el móvil y quejarse de esto o de aquello.

En ese momento, como decía, conocí a Nadia en aquel curso donde rara vez nos veíamos las caras. Y lo cierto es que ni a mí me importó ni creo que a ella le importara tampoco.

***

Es más, creo que cuando nos acostamos por primera vez tampoco tuvo demasiada importancia. Fue uno o dos años más tarde. Te recuerdo, Nadia, esperándote a la salida del metro, un día de sol, mirando a ambos lados antes de cruzar, dándome dos besos en las mejillas como hacemos por aquí.

Demostramos ser dos buenos bailarines. Ni tú ni yo nos conocíamos apenas y, sin embargo, bailamos perfectamente sincronizados, como si ya hubiéramos ensayado ese baile mil veces. Comimos, hablamos, nos caímos bien porque queríamos caernos bien. Estiramos la sobremesa en un café y paseamos un rato frente a mi casa.

¿Qué te dije para besarte? Fuiste tan racional que parecía que solo elegías lo más conveniente. Me explicaste por qué aceptabas el beso, como si tuvieras que justificarte ante ti misma.

Dudabas de si subir a mi piso. «No es el mejor día», dijiste. Por no haberte depilado, por estar con la regla. Subiste igual. Te tumbé en mi cama y me mirabas poco a los ojos. ¿Algo te avergonzaba? Me desnudaste. Me acariciaste como si tuvieras que demostrar que sabías hacerlo.

Te quedaste en ropa interior enseguida. Te agarré y te acerqué hasta estrujarte contra mí. Te miré el pecho, inmenso, abismal. Te di la vuelta y te empujé desde la espalda. Entonces creía que a todas las mujeres les volvía locas eso: el dominio, el poder, la fuerza. A ti lo que te gustaba era la prohibición.

Te subiste encima sin braguitas y te frotaste, volcándote sobre mi cara mientras yo te sujetaba por las caderas. Y te hacías la boba, como si mi sexo estuviera mal colocado, para metértelo sin nada de por medio. «Espera, espera, mejor si...», y te dejabas caer sobre mí. «Un momento, así...», y con tus propias manos me guiabas dentro de ti, entrando entre puntos suspensivos.

Cuando estabas arriba, acelerabas el ritmo como no he visto a nadie. Me clavabas al colchón con las manos en mis hombros, mirabas hacia abajo o hacia arriba y dejabas que tu cadera me machacara. Tus pechos daban saltos concéntricos que me hipnotizaban, y sentía cómo me robabas las fuerzas, cómo me llevabas al límite sin que yo tuviera que hacer nada.

Te di la vuelta. Me coloqué detrás de ti y te puse de cara al espejo. Te miré postrada, con la mejilla contra las sábanas. Entré y te agarré: de la cadera, del hombro, del cuello, del pelo. Te miraba y empujaba más hondo solo para ver cómo te cambiaba la expresión, como si pudiera obligarte a sentir placer. Ahora ya sabes que ese es mi deseo más profundo, aunque no sea el más original.

Aceleré para oírte gemir. Me pasé y me corrí. ¿Y entonces? Entonces hice algo feo, porque tenía algo roto dentro de mí. Perdí el interés como un mal amante. Gané una falsa claridad que me hizo creer que aquello no me importaba, que ya había terminado después de que tú también te corrieras o me dijeras que por tu parte estaba bien.

***

Recuerdo entrar contigo a la ducha, los dos sudados en aquel día joven de verano. Ahora, de hecho, recuerdo tu vestido negro de lunares blancos y tus piernas largas al aire. En aquel momento, en cambio, estabas desnuda, y yo te llevé al baño como si fuera incapaz de darme cuenta de nada.

Bañé tu piel clara con agua caliente. Acompañé los chorros con mis manos, recorriendo tu geografía de cimas y de umbrales. Repartí las cremas que perfumaron tu cuerpo y no te dejé hacer lo mismo con el mío. Ya no quise. Todavía quería tocarte, y te miraba como se mira lo que se busca, como miran los adolescentes sus teléfonos, como miran los adultos sus nóminas. Me besabas y yo te dejaba, pero te dejaba solo eso, apenas.

Te diste la vuelta para coger una toalla. Y me miraste de espaldas, que es quizás la mirada más sensual de todas. Con tu lujuria callada levantaste un instante un talón para arquear tus curvas hacia mí, para ofrecerte, para que te tomara.

Quizás para que me arrodillara —como ahora pienso que debí hacer— y hundiera la cara entre tus piernas para beberte y tomar de nuevo tu fruto con las manos y con la lengua. Quizás para que yo también te mirara en silencio y te anclara con las manos a mi cuerpo. Para haberte empotrado contra la pared del baño y haberme desfogado dentro de ti.

Quizás para haberte dado hasta sudar de nuevo, para que pararas y me dejaras limpiarte, para que acompañaras con tus manos el agua tibia y te detuvieras en mi sexo para acariciarlo, para arrodillarte y adorarlo, besarlo, ponerlo en tu boca, batirlo con los dedos mientras tu lengua rozara apenas la punta, y dejarme terminar entre tus labios.

Y, sin embargo, nada de eso pasó. Te vi y te recuerdo, pero cogí una toalla y seguí por otro camino. Después me ayudaste a meter las sábanas manchadas en la lavadora y, de pronto, volvíamos a ser dos conocidos. Dos personas que se saludarían por la calle, seguro, pero que no se pararían a hablar porque no tendrían nada que decirse.

Y aunque quedamos otra vez, fue sexo entre conocidos. Nunca lo escondí, nunca fingí y, en términos vulgares, nunca prometí más de lo que di.

***

Eso, sin que ninguno lo sospechara, nos permitió volver a vernos un año después sin condiciones. Sí, yo volvía a escribirte porque había roto con mi novia. Me dijiste que, si era solo para echar un polvo, no querías verme, y lo entendí. No inventé nada que no fuera a poder sostener.

Dijiste que, cuando los hombres se acuestan contigo, no te gusta sentirte utilizada. Curiosamente, eso lo comparto contigo, pero nunca te lo dije ni te lo diré, no quiero hacerte reír. Y aun así, algo dentro de ti persistió. Nuestra conversación había sido sincera, al menos. Creo que eso nos salvó.

Por eso volviste. Por eso me dijiste que en realidad sí querías verme otra vez. Porque no quieres sentirte utilizada y porque también me deseas. Quieres el amor y el sexo. Quieres el secreto y la gloria, la belleza y el poder. Quieres tocar y ser tocada, comer y ser comida, quieres volver a subirte encima de mí e hipnotizarme hasta derretirme. Y aunque no lo quieras, lo deseas.

Te mandé vídeos y fotos, y recogiste la antorcha que te pasaba. Viniste a mí, y esta vez ya no éramos conocidos, sino viejos conocidos. Gente que puede pedirse lo que quiera y que no tiene que respetar nada del otro. Me chupaste arrodillada, me tuviste humillado ante tus piernas hasta que terminé entre tus labios.

Hablamos de todo, de aquellas conversaciones de camaradas de las que te hablé. Y aunque ninguno confiaba del todo en el otro, ya no nos encadenaba el miedo a tener que volver a vernos. Te follé en el sofá y contra la ventana. Acepté la imagen que tenías de mí, fui un cerdo para ti y me paseé desnudo por mi casa todo el tiempo que estuviste en ella, listo para volver a entregarme en cuanto me lo pidieras.

Y al final, cuando cruzaste el marco de mi puerta para salir, te dije: «Hasta el año que viene».

***

Una frase que te convocaría al verano siguiente, cuando volviera el calor y volvieras a necesitar que te desnudara. Una frase para repetir de nuevo al terminar y citarte un año más tarde, cuando tú o yo tuviéramos pareja y volviéramos a follar como si nadie más existiera.

Otro año, y otros diez incluso. Incluso después de tener hijos, casas, vivir en ciudades distintas, volver solo un día al año para que yo te acariciara el cuello, lo besara y lo mordiera, para que te levantaras las faldas en algún hotel de esos para relaciones sin sentido. Para que me dejaras follarte a cambio de hacer lo mismo conmigo, sea porque ya solo puedo hacerle el amor a mi pareja o porque ya ni siquiera podemos hacerlo.

¿Qué pensaste tú en ese momento? No me atrevo a inventarlo. Sé que pensaste varias cosas, y sabía entonces que al año siguiente podríamos volver a vernos y que sería mejor. Pero no sé si te indignó, si lo aceptaste de buena gana, si lo entendiste como una intimidad extraña y fugaz que nos permitiera desconocernos para siempre.

Te diré algo que encaja con eso que tú crees que soy yo: me encantaría leer tu relato, y el de todas vosotras, mucho más de lo que me gusta escribir el mío. Porque tengo mucho ego, o porque tengo muy poco, mi fantasía más profunda es saber qué hago yo dentro de ti.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

ValePBA

que relato mas hermoso... me dejo pensando un rato largo después de terminarlo

Santi_baires

eso de no conocer del todo a alguien y que igual vuelva cada año... dios. tocaste algo muy real ahi

MasConfesiones_86

Sigue escribiendo por favor, tenes un estilo muy particular. Se hizo cortisimo, quede con ganas de saber mas de esa historia

LauraCordoba7

Que bueno!!! Hacia mucho que no leia algo que me moviera tanto. Esperando el proximo :)

CintiaRdN

me pregunto cuantos veranos mas habrá tenido esa historia jaja. Muy buen relato, gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.