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Relatos Ardientes

Lo miraba por el retrovisor camino al colegio

A los diecinueve años ya conocía bastante bien el mapa secreto de mi propio cuerpo. Lo había aprendido sola, en silencio, con la curiosidad con la que se lee un libro que no deberías tener. Sabía cuánta presión aguantaba mi clítoris antes de saltar, sabía a qué velocidad mover los dedos para que un orgasmo me subiera desde los talones hasta la nuca, sabía que si me metía dos dedos en el coño y curvaba las yemas hacia adelante, mis caderas se despegaban solas del colchón. Pero en mis fantasías más atrevidas siempre aparecía el mismo hombre, el mismo rostro, la misma voz grave: el papá de mi mejor amiga.

Vivíamos a pocas cuadras de su casa, así que durante años él nos llevó al colegio cada mañana. Olía a café y a algo difícil de nombrar, a tiempo vivido. Yo me sentaba atrás y fingía mirar la ciudad recién despierta, pero en realidad lo estudiaba en el espejo retrovisor: la línea de la mandíbula, la firmeza de sus manos en el volante, esa forma tan suya de existir sin ningún esfuerzo.

A veces, de noche, cuando me tocaba, era su nombre el que callaba pero al que me entregaba. Me imaginaba esas mismas manos anchas metiéndoseme entre las piernas, abriéndome, apretándome las tetas mientras me susurraba guarradas al oído. Me chupaba los dedos y fingía que era su polla, la que había intuido mil veces bajo la tela del pantalón cuando él bajaba del auto. Nunca imaginé que un día, sin proponérmelo, él iba a darse cuenta.

Esa mañana parecía igual a todas. Renata, mi amiga, revisaba el celular a mi lado, ajena a la tensión que se cocinaba dentro de mí. Yo me había sentado apenas ladeada, buscando el ángulo perfecto para que el espejito atrapara su cara. En mi cabeza el guion era el de siempre: yo miraba, él conducía. Una fantasía mansa, inofensiva.

Pero justo cuando el semáforo cambió a verde y él soltó el freno, en lugar de acelerar sus ojos subieron. No buscaron el tráfico. No buscaron a su hija. Buscaron mi mirada en el espejo. Y no solo la encontró: la sostuvo.

Fueron dos o tres segundos, nada más, pero en ese tiempo la realidad se disolvió. Sentí un golpe eléctrico que me clavó al asiento, un tirón húmedo entre las piernas que me obligó a apretar los muslos, y vi un destello en sus ojos —¿reconocimiento, curiosidad, algo más peligroso?— antes de que una sonrisa diminuta le tirara de la comisura de la boca.

El auto avanzó. Yo me dejé caer contra el respaldo con el pulso golpeándome en las sienes y la bombacha ya mojada bajo la falda del uniforme. El papá de mi amiga, el hombre tranquilo que olía a café, también me había estado mirando.

***

Los días siguientes fueron una agonía deliciosa. La rutina era la misma, pero el aire dentro del auto pasó de tenso a electrizante. Yo sabía que él me miraba, y él sabía que yo lo sabía.

Una mañana, cuando me animé a buscarlo en el espejo para confirmar que iba atento a la calle, descubrí que no lo estaba. Su mirada estaba anclada en mis rodillas, en mis muslos. Era una mirada larga, sin apuro, que recorría el contorno de mi cuerpo con una minuciosidad que me hizo sentir desnuda bajo la falda del uniforme. Se me pusieron los pezones duros contra el algodón de la camisa, tan evidentes que crucé los brazos por reflejo. Él lo notó también, y esa sonrisa mínima le volvió a la boca. El auto había dejado de ser un medio de transporte: era una trampa de cristal.

Aquel hombre se volvió una presencia casi física en mi cama. A su perfil al conducir se le sumó el recuerdo de sus ojos sobre mis piernas, y mis caricias nocturnas se volvieron un conjuro más que una exploración. Me abría de piernas sobre las sábanas, dos dedos hundidos hasta los nudillos en el coño empapado, el pulgar dándole vueltas al clítoris hinchado, y me venía mordiendo la almohada con su nombre atragantado. Que él estuviera separado de la madre de mi amiga era el condimento más embriagador: al desearme no traicionaba a nadie salvo a la amistad de su hija, y esa era la única frontera que quedaba en pie. El próximo movimiento ya no dependía de la fantasía, sino de quién se atreviera primero.

***

El viernes a la tarde supe que Renata se iba el fin de semana a lo de su mamá, y que él se quedaba solo en esa misma casa donde yo había pasado tardes enteras de juegos y tareas.

El sábado a mediodía me vestí con unos shorts demasiado cortos y una camiseta blanca sin mangas que no escondía la ausencia de sostén. Me despeiné apenas, dejando caer mechones sobre la cara, la ilusión perfecta de un descuido de fin de semana. Debajo, una bombacha de algodón blanco, chiquita, la última capa de un disfraz cuidadosamente calculado. Salí y caminé las tres cuadras que me separaban de su puerta, cada paso una pelea entre la adrenalina y la excusa.

Soy una idiota. ¿Qué estoy haciendo? Es el papá de mi amiga.

No. Es un hombre separado. Yo soy una mujer adulta. Y él me desea.

El plan era simple y cínico: haría de cuenta que había olvidado por completo que Renata no estaba. Toqué el timbre una sola vez, con la firmeza de quien cumple una rutina y no comete una locura. El corazón me golpeaba tan fuerte que temí que se oyera a través de la madera. Escuché pasos lentos y la puerta se abrió.

Llevaba unos pantalones grises gastados y una camiseta negra ajustada a los hombros, descalzo, el pelo revuelto como si acabara de levantarse de una siesta. Olía a café, como siempre. La forma en que sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en el borde de los shorts y subiendo por la camiseta hasta clavarse un segundo de más en la marca de mis pezones, no era la mirada de un hombre que ve a la amiga de su hija. Era la mirada que yo había invocado en mis noches.

—Hola —dije, con toda la dulzura que pude fingir. Me llevé la mano a la frente, simulando un lapsus—. Ay, perdón. Me olvidé por completo de que Renata se iba este finde. ¿Está?

—No, Camila. Sabés que se fue con la madre —respondió con esa voz grave, sin reproche, solo constatando la verdad. Y sonrió. Esa sonrisa era una afirmación: entendía mi juego, sabía que yo estaba ahí a propósito.

—Cierto, disculpá —dije, dando un paso atrás, como si fuera a irme—. Me habré confundido. Mejor me voy…

—Esperá —su tono bajó—. Ya que estás acá… ¿querés pasar a tomar un vaso de agua? Hace un calor bárbaro.

Lo miré a los ojos y supe que, si cruzaba ese umbral, no había vuelta atrás a los silencios del auto.

—Sí, por favor —respondí, y un escalofrío me recorrió al pronunciarlo.

***

Entré a la casa que olía a él, a su soledad, al café, y sentí cómo sus ojos me seguían la espalda, cómo se detenían un instante en el culo apretado contra el denim gastado. Me indicó un sillón de cuero color caramelo, hondo y amplio, y volvió un minuto después con un vaso de agua sudando hielo. Al entregármelo, sus dedos rozaron los míos otra vez, una electricidad tan fugaz como inevitable. En lugar de sentarse en el extremo opuesto, se sentó justo a mi lado, mucho más cerca de lo que la cortesía permitía, y se giró hacia mí hasta que tuve que echar la cabeza atrás para mirarlo.

—¿A qué viniste, de verdad? —preguntó, la voz desnuda de cualquier pretexto.

—Vine porque… porque me olvidé, en serio —balbuceé, con la mentira saliéndome a medias.

—No me refiero a que te olvidaste de mi hija —me corrigió, con una paciencia adulta que en ese momento se sintió increíblemente atractiva. Sus ojos no se movieron de los míos—. Viniste porque me mirabas en el espejo.

El aire se cortó. El reconocimiento era mutuo y demoledor. Dejé el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Y vos me mirabas a mí —le devolví, la voz un susurro desafiante, la última defensa de mi inocencia.

Levantó la mano despacio y la apoyó en el respaldo, justo detrás de mi cabeza, un gesto posesivo y protector a la vez. En ese instante entendí que ya no era el papá de mi amiga: era solo un hombre, solo en su casa, y yo era una mujer que lo deseaba.

—Necesito saber una cosa, Camila —dijo, y bajó la voz—. ¿Estuviste con otros chicos? ¿Te entregaste a alguien… así?

La crudeza de la pregunta me desarmó. Me había preparado para el coqueteo, no para la verdad tan directa. Tragué saliva.

—No. Nunca. Nunca estuve con nadie.

Una pequeña arruga le cruzó la frente, y por fin se permitió tocarme. Sus dedos se apoyaron en mi mejilla, el contraste de su piel áspera contra la mía. Su pulgar rozó el borde de mi labio inferior y cerré los ojos ante la caricia. Sin pensarlo, saqué la lengua y le lamí la yema del dedo, chupándosela apenas. Él respiró hondo, ronco.

—Sos virgen —dijo, más para sí mismo que como pregunta.

—Sí.

—Y querés que sea yo —agregó. No lo preguntaba. Me lo aseguraba.

—Sí —respondí, y mi voz ya era un hilo firme, sin duda—. Quiero que seas vos.

—Decilo bien, Camila. Con todas las letras.

El corazón me martilleó. Me lo estaba haciendo decir, quería oírmelo salir de la boca.

—Quiero que me cojas vos —susurré, y sentí que la piel se me erizaba entera al escucharme.

—Así me gusta —murmuró él, y la sonrisa se le hizo carne.

***

Sin una sola palabra más, tiró suavemente de mi brazo y giró el cuerpo, abriendo el espacio entre sus piernas. Con la misma calma con que cambiaba de marcha en el auto, pero con una intención infinitamente más peligrosa, me indicó dónde quería que estuviera. No me pedía permiso: me pedía que me sentara sobre él.

Mi mente, entrenada en el cálculo y la fantasía, se rindió. Me moví sobre su regazo con la torpeza de una chica y la decisión de una mujer. La tela de mis shorts chocó contra sus pantalones grises, sentí la firmeza de sus muslos debajo y, más al centro, un bulto duro que me apretaba la vulva a través de dos capas de tela. El vértigo fue inmediato: estaba sentada sobre el hombre que había encendido mi cuerpo años atrás, y su polla ya estaba dura por mí.

Su brazo me rodeó, la mano ancha apoyada en la base de mi espalda, y me empujó contra él hasta borrar el último espacio. Nuestras caras quedaron a centímetros. Ya no había sonrisa, solo una seriedad de depredador que acorraló a su presa.

Subió la mano hacia mi pelo, apartando despacio los mechones que yo había dejado caer a propósito. El pulgar trazó la curva de mi ceja, bajó por la mejilla y se detuvo en mi labio con una presión mínima que me hizo abrir la boca en una respiración involuntaria. Y entonces el espacio se disolvió: sus labios encontraron los míos. No fue un beso apurado de adolescente, sino el contacto profundo y maduro que yo había imaginado mil veces. Su lengua me abrió la boca, se enredó con la mía con una calma obscena, y yo lo dejé entrar, aprender el sabor de mi saliva. Mis manos se levantaron solas y se aferraron a su camiseta negra, arrugando la tela sobre sus hombros. Sin querer, moví las caderas hacia adelante y froté mi coño contra el bulto de su pantalón. Él gruñó dentro de mi boca y sus dedos se cerraron en mi nuca.

—Tranquila —murmuró contra mis labios, sin soltarme—. Tenemos toda la tarde.

Se enderezó apenas, solo para verme la cara, y su mano libre bajó por mi cuello hasta posarse sobre la camiseta blanca. Sin sostén debajo, el contacto fue directo, abrasador. Con una lentitud calculada, su pulgar encontró el borde de la tela y empezó a subirla, descubriéndome el vientre. Yo no me movía, fascinada por la calma con que me desnudaba. Cuando la camiseta llegó a la altura de mis pechos, tiró de ella y la sacó por encima de mi cabeza de un solo movimiento.

Quedé con el torso desnudo sobre su regazo, y su mirada bajó a mis pechos con una avidez que me hizo temblar. Los pezones se me habían puesto tan duros que dolían.

—Mirate —dijo, con la voz enronquecida—. Mirá qué tetas tenés.

***

La mano que me sostenía la nuca volvió a mi espalda y me empujó contra él; la otra cubrió uno de mis pechos. El contacto fue un choque de placer tan intenso que se me escapó un gemido, y ese sonido me alertó: ya no era una fantasía, era una realidad compartida y ruidosa.

Su tacto era metódico, sin apuro. Me sopesó la teta entera con la palma, cerró los dedos como midiendo el peso, y con el pulgar empezó a describir círculos alrededor del pezón sin tocarlo, un juego cruel que me obligó a arquear la espalda para ofrecérselo. Cuando por fin lo atrapó entre el pulgar y el índice y lo apretó apenas, retorciéndolo con una precisión que me dobló, un jadeo agudo se me escapó de la boca.

—Qué sensible sos —murmuró, y bajó la cabeza.

Su boca se cerró sobre el otro pezón con un tirón húmedo y caliente que me atravesó de arriba abajo. La lengua lo lamía en círculos, lo empujaba contra el paladar, lo soltaba solo para volver a mordisquearlo con los dientes —mordiscos pequeños que no dolían pero mandaban una punzada directa al coño—, y mis caderas se apretaron solas contra su regazo, buscando algo, cualquier cosa. Sentí el bulto de su pantalón otra vez, más duro, y me froté sin pudor mientras él me chupaba. Se separó un segundo, la boca húmeda y brillante, me miró con esa sonrisa pequeña y peligrosa que ya conocía, y pasó al otro pecho. Chupó fuerte, tiró con los dientes, y yo me clavé las uñas en sus hombros porque la corriente se me estaba acumulando ya entre los muslos, empapándome la bombacha.

—Ya estás toda mojada, ¿no? —dijo contra mi piel, sin dejar de lamer—. Se te nota.

—Sí —jadeé—. Sí, te lo juro.

***

Más tarde me guio para que me pusiera de pie. Me levanté con las piernas temblorosas y quedé parada frente a él, que seguía sentado como un rey en su trono. Sus dedos encontraron el cierre de mis shorts, y la cremallera sonó como un disparo en el silencio de la sala. Tiró de la tela hacia abajo y los shorts se deslizaron por mis caderas, rozaron la parte interna de mis muslos —esa zona que ya había estudiado en el retrovisor— y cayeron al piso.

Quedé en una pequeña bombacha de algodón blanco, el último vestigio de mi inocencia. La tela tenía una mancha oscura en el centro, la prueba visible de cuánto lo deseaba, y sus ojos fueron directo a ella.

—Mirá cómo te tengo —murmuró, y pasó el pulgar por encima de la tela empapada, apretando apenas contra el clítoris. Se me escapó un gemido y las rodillas se me aflojaron. Él sonrió y se llevó el dedo a la boca, chupándolo despacio, saboreando lo que había robado.

Sin darme tiempo a sentir vergüenza, sus dedos se deslizaron bajo el elástico y, con la misma deliberación de antes, la bajaron despacio hasta que cayó sobre mis tobillos. Ahora estaba completamente desnuda ante él. Sentí el aire de la sala sobre el coño mojado y me temblaron los muslos.

—Abrite —dijo, y con las dos manos me separó apenas las piernas, lo justo para verme. Se quedó mirándome un rato largo, en silencio, y yo me obligué a no cubrirme—. Ese coñito es mío hoy, Camila. Todo mío.

Levantó una mano y señaló el espacio entre sus piernas. La orden era muda. Sin dudar, di un paso y volví a sentarme sobre él, esta vez piel contra la tela áspera de su pantalón. La fricción directa contra la vulva empapada me arrancó otro jadeo. Sus manos me abrieron los muslos despacio, con una presión suave pero inexorable, y acomodó sus piernas bajo las mías para anclarme, obligándome a quedar completamente abierta. Mi espalda quedó apoyada contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón tranquilo, tan distinto de mi pulso frenético. Estaba envuelta, a salvo y a su merced al mismo tiempo.

Su mentón se apoyó en mi hombro y su voz, apenas un murmullo, me rozó el oído.

—Así te quería, Camila. Justo así. Abierta para mí.

La mano que tenía en mi vientre bajó siguiendo la línea de la cadera hasta el centro. No buscó penetrarme: con la yema del dedo medio encontró el punto exacto de mi sensibilidad y empezó a moverse, usando mi propia humedad para resbalar con una fluidez sedosa. El dedo bajó, se hundió apenas en la entrada de mi coño para empaparse y volvió a subir, extendiendo el jugo por todo el clítoris.

—Qué mojada estás —susurró contra mi cuello, mordiéndome apenas el lóbulo—. Se te está chorreando por el muslo.

Movía el dedo en círculos lentos, después arriba y abajo, alternando la presión, aprendiendo mi cuerpo como si nunca hubiera hecho otra cosa. Cada vez que se me tensaban las piernas él bajaba la velocidad, cada vez que aflojaba, aceleraba. El mundo se redujo a la presión de su dedo, una punzada eléctrica que viajaba directo al vientre, y mis caderas se movían solas, buscando la fricción, apretándose contra su erección que sentía dura contra el culo.

—Así, despacio… —murmuró contra mi oreja—. Dejate llevar. Vení para mí.

El dedo mayor bajó otra vez y esta vez sí se metió, hundiéndose despacio en el coño apretado. Solté un grito ahogado al sentirlo entrar, la sensación tan distinta de mis propios dedos, más grueso, más consciente. Lo movió adentro, curvándolo, buscando algo, y encontró un punto que me hizo saltar entera. Con el pulgar volvió al clítoris, y la doble estimulación —adentro y afuera al mismo tiempo— fue demasiado.

Sentí cómo mis músculos se tensaban y la respiración se me cortaba. Mis uñas se clavaron en sus brazos y mi espalda se arqueó contra su pecho mientras el orgasmo me golpeaba con una fuerza brutal, un estallido que me dejó temblando sobre su regazo, apretándole el dedo por dentro con espasmos violentos. Grité sin importarme quién pudiera oír, la boca abierta contra su mandíbula, y él sostuvo el ritmo sin ceder, alargándomelo hasta el último temblor. Él no detuvo la mano hasta que el último espasmo cedió, sosteniéndome mientras yo recuperaba el aliento. Cuando sacó el dedo, brillaba entero de mí. Se lo llevó a la boca frente a mis ojos y lo chupó despacio, sin apartar la mirada.

—Riquísima —dijo—. Sabía que ibas a ser rica.

***

Me dio un beso suave en la coronilla, un gesto que era la antítesis del peligro que representaba, y después me levantó en brazos como si yo no pesara nada. Me cargó por la casa y me depositó con cuidado sobre una cama amplia, las sábanas blancas frescas bajo mi piel caliente.

No se acostó a mi lado. Se quedó de pie junto al borde, mirándome, y empezó a desvestirse con la misma lentitud que había marcado toda la tarde: primero la camiseta negra, revelando un torso sólido y maduro, un pecho ancho con vello oscuro que le bajaba en una línea hasta el ombligo y se perdía bajo el pantalón. Después las manos fueron al cinturón, la hebilla se soltó con un chasquido que se me clavó en el vientre, y bajó el cierre. Cuando empujó los pantalones grises por las caderas y también el bóxer, abrí los ojos de par en par: la realidad superaba cualquier silueta que hubiera imaginado a través de la tela. Tenía la polla dura, gruesa, apuntando hacia arriba, la punta brillante de líquido, el tronco venoso y pesado. Se me hizo agua la boca sin pensarlo.

Debió notarlo, porque sonrió y se acercó un paso más al borde de la cama.

—¿La querés probar? —preguntó, la voz baja—. Antes.

Asentí sin palabras. Me incorporé sobre los codos y me arrastré hasta el borde del colchón, la cara a la altura de sus caderas. Le rodeé el tronco con una mano —era ancho, ni siquiera podía cerrar los dedos del todo alrededor— y la acaricié despacio, sintiéndole el latido bajo la piel caliente. Él respiró hondo. Saqué la lengua y le lamí la punta, recogiendo la gota que le había brotado. El sabor era salado, denso, ajeno, y me gustó. Me la metí en la boca con timidez, apenas la punta, y él soltó un gruñido grave que me erizó la piel.

—Así, despacio —dijo, y me apoyó la mano en el pelo, guiándome sin forzar—. Chupála como te salga.

Fui bajando de a poco, aprendiendo cuánto podía meterme sin ahogarme, cerrando los labios apretados alrededor del tronco y ayudándome con la mano en la base. La lengua le rodeaba la punta cada vez que subía, y él dejaba escapar pequeños jadeos que me daban ganas de más. La saliva empezó a chorrearme por la comisura, mojándome el mentón, y a él pareció volverlo loco. Me tomó del pelo con más fuerza, marcando un ritmo suave, y por unos segundos me dejó tragarlo entero hasta que sentí la punta chocar contra el fondo de la garganta y tuve que retroceder tosiendo.

—Basta —susurró, apartándome con dulzura, la voz ronca—. Basta o me vengo acá, y hoy no quiero venirme acá.

Caminó hacia mí, lento, como quien va tras su presa saboreando la captura inevitable, y me empujó suavemente hasta acostarme de nuevo. Con las rodillas me abrió los muslos hasta dejarme expuesta.

Inclinó el torso y, sin preámbulos ni caricias, bajó la boca. El primer roce de su lengua fue una descarga húmeda y cálida, tan nueva que mi espalda se arqueó sola sobre el colchón. No se quedó en la superficie: exploró con una curiosidad metódica, como una investigación íntima del territorio que había encendido con su mirada en el espejo. Me separó los labios del coño con los pulgares, dejándome abierta del todo, y pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, empapándome. Después se concentró en el clítoris: lo lamió en círculos, lo chupó dentro de la boca, lo dejó atrapado entre los labios y lo tironeó apenas. Cuando le dio la gana, me metió la lengua adentro, follándome con ella, mientras el pulgar seguía dándome vueltas al clítoris.

Mis manos se enredaron en su pelo, empujándolo contra mí, rogándole que siguiera. Mis caderas se levantaban solas para pegarme más a su cara, sin ninguna vergüenza, y él bajaba la mano libre para clavármela en la panza y mantenerme quieta.

—Quedate —gruñó contra mi coño, y la vibración de su voz me atravesó—. Dejate hacer.

Sentí el placer escalar otra vez hacia la misma espiral de minutos atrás. Pero justo cuando estaba por explotar, se detuvo, levantó la cabeza —la cara brillante entera de mi humedad— y me miró con una promesa: el verdadero final estaba por llegar.

—No —jadeé—. No pares.

—Te vas a venir con mi verga adentro —dijo, subiendo por mi cuerpo, dejando un rastro de besos por el vientre y las tetas—. Esa la vas a guardar para mí.

***

Se arrodilló entre mis piernas, su erección alineada con mi centro. La punta caliente buscó mi entrada, rozándola apenas, jugando con mi humedad, un preámbulo que me hizo jadear. Se la agarró con la mano y la pasó de arriba abajo por toda la vulva, empapándosela con mis jugos, golpeando suavemente el clítoris con la punta hasta que se me escapó un quejido de puro deseo. Después se inclinó más cerca y empezó a entrar.

Fue de a poco. Primero la punta se presionó con firmeza contra mi entrada y sentí la tensión de mi virginidad, el estiramiento nuevo, el cuerpo cediendo milímetro a milímetro. Solté un sonido de dolor mezclado con placer anticipado, y él se detuvo. Sus ojos me preguntaron en silencio si podía seguir; asentí. Tomó aire y avanzó.

El empuje fue deliberado. La sensación de su cuerpo estirándome se transformó casi de inmediato en una plenitud que no conocía, y un gemido de sorpresa escapó de mis labios. Sentí la resistencia de mi himen ceder con una punzada aguda, y él aprovechó ese instante para hundirse un poco más, robándome el aire.

—Ya estoy acá, Camila —susurró, la voz ronca—. Aguantá. Ya pasó lo peor.

Cuando sintió mi cuerpo relajarse, terminó de entrar con un movimiento lento y poderoso, hundiéndose hasta el fondo. Sentí sus testículos apoyarse contra mi culo, la pelvis entera de él pegada a la mía, y solté un jadeo largo. Era la primera vez que un hombre estaba en mi interior, y era enorme, era él, me llenaba entera. Se quedó quieto, la frente perlada de sudor, y en su mirada vi una mezcla de conquista y una ternura honda.

—Toda para mí —murmuró, y bajó la boca a la mía en un beso profundo, dejándome sentir su sabor mezclado con el mío.

Después empezó a moverse, muy despacio, iniciando el ritmo de mi primera vez. Salía casi entero y volvía a hundirse, dejándome sentir cada centímetro, enseñándome mi propio cuerpo desde adentro. Mis manos resbalaron hacia su espalda, atrayéndolo más profundo con cada empuje, las uñas clavándose en los músculos tensos. Y de pronto la avalancha emocional me golpeó: los ojos se me llenaron de lágrimas. No era un llanto desgarrado, sino un desborde silencioso, el eco del dolor mezclado con el placer y el triunfo de haber cruzado esa frontera justo con él.

Él notó las lágrimas. No se detuvo: aflojó el ritmo y acercó la boca a mi oído.

—Shh —susurró—. Dejalo salir. Dejate coger.

Y siguió, profundo y lento, recogiendo mis lágrimas con los dedos, con los labios, besándomelas de las mejillas. El placer y la emoción se volvieron indistinguibles, hasta que el gemido que se me escapó fue de puro gozo, eclipsando el llanto.

El ritmo se aceleró de a poco. Se enderezó apoyándose sobre los brazos, la vista clavada en el punto donde nuestros cuerpos se unían, y empezó a mirarse entrar y salir de mí, hipnotizado.

—Mirá cómo te entra —dijo, ronco—. Mirá cómo me chupa tu coñito.

Bajé la vista y vi su polla brillante de mí desapareciendo dentro de mi cuerpo, empapada, y algo en esa imagen me llevó al borde. Mis caderas empezaron a alzarse solas para encontrarlo, buscando más profundo, más rápido. Él respondió, aumentando el ritmo, embistiendo más fuerte, el sonido húmedo de nuestros cuerpos golpeándose llenando la habitación.

—Papi —se me escapó, y me sorprendió a mí misma, pero él soltó un gruñido animal al oírlo y embistió más fuerte.

—Otra vez —jadeó—. Decímelo otra vez.

—Papi, más… más fuerte, por favor…

Bajó una mano entre los dos cuerpos y me buscó el clítoris con el pulgar, apretándolo mientras seguía cogiéndome. La combinación fue letal: el llenado profundo de su polla y la fricción precisa del pulgar me llevaron al borde en segundos. Justo cuando sentí que los dos estábamos al límite, embistió una última vez con una urgencia que ya no podía contener, hundiéndose hasta el fondo. El clímax me golpeó con una fuerza increíble, una convulsión que me sacudió entera, los músculos del coño apretándose alrededor de él en espasmos violentos, y él me siguió un instante después con un gemido profundo, hundiéndose una última vez y dejándose venir dentro. Sentí el latido caliente de su polla llenándome, la corrida hirviéndome adentro, y esa sensación me disparó otra pequeña ola de placer. Quedamos los dos jadeando, unidos por el acto que había roto todos los límites.

***

Se retiró despacio, y sentí un hilo tibio deslizarse por el muslo cuando salió. Cayó rendido a mi lado, pero enseguida me buscó la cintura y, con una ternura inesperada, me atrajo hasta dejarme encima de él, mi cabeza sobre su pecho. Esta vez no había urgencia ni dominación: era solo para abrazarme. Una de sus manos empezó a acariciarme la espalda con un movimiento rítmico, el bálsamo perfecto después de la tormenta. Me sentí completamente segura, protegida por el mismo hombre que había sido lo prohibido durante años, el que olía a café y a tiempo vivido y ahora era mi refugio.

Su voz grave, ya un murmullo somnoliento, me llegó al oído.

—Dormí, Camila.

Y la firmeza de esas dos palabras me dio permiso para soltar el último resto de tensión. El mundo se redujo al sonido de su corazón y al vaivén suave de su mano en mi espalda. En ese calor, desnuda sobre él, todavía con su corrida caliente dentro, me quedé dormida.

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Comentarios(7)

Lara_Rosario

que manera de escribir... se nota que es real, lo sentis en cada linea. Esperando mas!

FrancoTK

buenisimo!! de esos relatos que te enganchan desde el primer parrafo y no podes dejar de leer

Marcos_Tcba

la excusa torpe me mato jajaja. Muy bueno

Perla22

Me recordó a algo parecido que viví hace unos años, esas miradas en el tráfico que te dicen todo sin decir nada. Excelente relato, bien narrado.

SebaMdeo

primera vez que comento acá y es por este relato. Genial

PabloSantaFe

Muy bien contado, sin apuros, con tension de la buena. Seguí escribiendo así

Cris_Maravillas

Que final!!! lo ultimo me dejó con ganas de mas, por favor una segunda parte

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