Mi marido lo planeó todo con su mejor amigo
Voy a contar esto tal como pasó, sin adornarlo, porque todavía no termino de entender por qué dejé que sucediera. Aquella noche de verano, en el patio de mi casa, me quedé a solas con Damián, el mejor amigo de mi marido. Tomás ya se había acostado, vencido por el calor y las cervezas, y nosotros seguíamos afuera, hablando como si nos conociéramos desde siempre.
Damián tenía esa facilidad para hacerme reír con cualquier comentario. Llevaba la camisa abierta, el pecho ancho y la piel oscura brillando apenas bajo las luces que colgaban del alero. Yo estaba en short y una remera grande, sin nada debajo, y recién en ese momento me di cuenta de lo poco que dejaba a la imaginación la tela apretada contra mis tetas, los pezones marcándose duros contra el algodón fino.
No podía dejar de mirarlo. Sus manos enormes alrededor de la botella, los brazos marcados, esa boca que hablaba despacio. Llevaba semanas notándolo, desde que se había quedado unos días en casa. Lo había espiado en el baño una mañana, la puerta entreabierta a propósito, y había visto la verga que le colgaba entre las piernas, gruesa y larga incluso en reposo. Desde ese día no había podido sacarme la imagen de la cabeza. Y él lo sabía.
De pronto se puso de pie sin aviso y me sobresalté.
—Tranquila —dijo, y bajó la voz—. Mirá qué noche más linda. Oscura, perfecta. Tu piel blanca brilla más que la luna.
Me sonrojé como una adolescente.
—Es el alcohol el que habla —contesté, intentando reírme—. Estás diciendo cualquier cosa.
—No es el alcohol —me cortó, sin sonreír ahora—. Es tu piel. No te ves como yo te veo.
Me levanté de la silla. Pensé en mi marido durmiendo del otro lado de la pared, en que aquello estaba yendo a un lugar del que no se vuelve.
—Me voy a la cama, Damián —dije—. Tomás es tu amigo. Esto está mal.
Me agarró de la muñeca antes de que diera el segundo paso. No con violencia, pero con una firmeza que no admitía discusión.
—¿Qué hacés? —pregunté, y la voz me salió más débil de lo que quería.
—Hace días que dejo la puerta del baño entreabierta —me dijo al oído—. Y vos hace días que mirás. Hoy te quedaste parada en el pasillo más tiempo del que cualquiera necesita para pasar. No nos hagamos los tontos.
Tiré del brazo. No se movió ni un centímetro. Era mucho más fuerte de lo que había imaginado, y eso, en lugar de asustarme, me prendió algo en el estómago que llevaba años apagado. Sentí que el coño se me humedecía de golpe, empapando el short.
***
Quise protestar, decirle que se equivocaba, pero antes de que pudiera armar la frase sacó el teléfono y me lo puso delante de la cara.
Eran fotos mías. Yo con la tanga roja que me había regalado Tomás, posando frente al espejo del cuarto. Y debajo, una conversación. Mensajes de mi propio marido a Damián. Algún día me gustaría verla con alguien como vos. Verla perdida, que descubra lo que le falta. Cogétela como yo no puedo, hacela puta por una noche.
Sentí que el suelo se movía. Leí dos veces, tres, buscando otra explicación que no existía.
—Esto fue idea de él, no mía —dijo Damián, guardando el teléfono—. Yo, normalmente, no haría algo así. Pero el día que te vi, se me terminó la prudencia. Y las fotos que me mandaba tu marido no ayudaron. Andá a saber qué le pasa por la cabeza. Lo que sí sé es que vos también querés.
—No —dije, pero sonó a pregunta.
—¿No?
Me sostuvo la mirada. Yo tenía la respiración entrecortada, las piernas flojas, y una rabia enorme contra Tomás que se confundía con otra cosa que no quería nombrar. Mi marido me había ofrecido como un regalo. Y lo peor era que una parte de mí, una parte que no reconocía, se sentía elegida.
Damián me puso una mano enorme en la nuca y me acercó. Me besó despacio, y yo, que había venido a decirle que parara, lo besé de vuelta. Le busqué la lengua, le clavé los dedos en el hombro, dejé que me apretara contra él hasta sentir todo su cuerpo. Y ahí la sentí: la verga dura, gruesa, apretándose contra mi vientre a través del pantalón. Me subió una arcada de deseo que me dejó floja. Sin pensarlo bajé la mano y se la agarré por encima de la tela, midiéndola con los dedos, y él dejó escapar un gruñido bajo contra mi boca.
—Ves —me dijo, mordiéndome el labio—. Sí querés.
Cuando me separé para respirar, ya no había vuelta atrás y los dos lo sabíamos.
—Adentro —dijo. No fue una pregunta.
***
Me llevó al cuarto de huéspedes casi en el aire, con una mano en la cintura, como si no pesara nada. Me dejó sentada al borde de la cama y se arrodilló frente a mí.
—Quiero que estés callada —me dijo—. Tu marido está del otro lado del pasillo. Si te escucha, mejor para él.
Me sacó la remera de un tirón y se quedó un segundo mirándome las tetas. Me agarró una con cada mano, apretándolas, jugando con los pezones entre los dedos hasta que se me escapó un gemido corto. Se agachó y se metió uno en la boca, chupándomelo fuerte, mordiéndolo apenas, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro pezón. Yo me arqueé contra su cara, empujándome sola, y él se rio con el pezón entre los dientes.
Me bajó el short de un tirón. Yo me tapé el coño con las manos, por reflejo, por vergüenza, y él me las apartó con una suavidad que contradecía todo lo demás. Me abrió las piernas de par en par, sin pudor, como si estuviera revisando algo suyo.
—Mirá cómo estás —me dijo, pasando dos dedos por la raja—. Estás chorreando, nena.
Me metió los dos dedos de golpe y yo hundí la cabeza en el colchón. Me los movió adentro, curvándolos, buscando un punto que Tomás nunca había encontrado en doce años. Cuando lo tocó, me sacudí entera.
—Ahí —susurré, sin pensarlo—. Ahí, no pares.
Se rio, sacó los dedos y se los llevó a la boca. Los chupó despacio, mirándome a los ojos.
—Rica —dijo—. Ahora quedate quieta.
Me besó desde el ombligo hacia abajo, sin apuro, y cuando llegó al coño me mordí el labio hasta hacerme daño para no gritar. Me abrió los labios con los pulgares y empezó a lamerme el clítoris con la punta de la lengua, círculos lentos, después más rápido, después chupándomelo entero como si fuera un caramelo. Metió la lengua adentro, la sacó, volvió al clítoris. Repitió eso una y otra vez, sin dejarme llegar.
No era como con Tomás. Tomás iba al grano, me metía la pija dos minutos, terminaba rápido, me dejaba a mitad de camino. Damián tenía paciencia. Usaba la lengua como si tuviera todo el tiempo del mundo, leyendo cada temblor de mis piernas, retrocediendo justo antes de que llegara para volver a empezar. Cuando lo intentaba apurar apretándole la cabeza con los muslos, él se apartaba, me daba una nalgada corta en el muslo y volvía a lamerme desde el principio.
—Mirame —me ordenó en un momento.
Bajé la vista y lo encontré observándome desde abajo, con la boca brillándole de mí, una sonrisa de medio lado y dos dedos entrando y saliendo de mi coño mientras me chupaba el clítoris. Esa imagen, más que cualquier otra cosa, me terminó. Me agarré de la colcha, arqueé la espalda y me vine con un temblor que me recorrió entera, apretándole los dedos con el coño, mojándole la cara, tan fuerte que tuve miedo de haber despertado a toda la casa.
Damián se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se rio bajo.
—Eso —dijo—. Así me gusta. Ahora andá al cuarto de tu marido y traé la tanga roja. La de las fotos.
Lo miré sin entender.
—¿Querés que entre ahí?
—Quiero que entres, que la busques, y que vuelvas. Si está despierto, mejor.
***
Crucé el pasillo descalza y desnuda, con las piernas todavía temblando y el coño chorreándome por el muslo. Empujé la puerta de nuestro cuarto. Tomás estaba acostado, de espaldas, pero por la forma en que respiraba supe que no dormía. Estaba fingiendo. Esperando.
Abrí el cajón, encontré la tanga roja entre su ropa y la apreté en el puño. Me quedé un segundo mirándolo en la penumbra. Sentí pena, bronca, y una satisfacción rara y nueva de saber que él había armado todo esto y que ahora le tocaba escuchar. Cerré el cajón más fuerte de lo necesario y volví por donde había venido.
Damián me esperaba de pie en medio del cuarto, ya desnudo. Y ahí la vi entera por primera vez: la pija que se le paraba contra el vientre, gruesa, larga, con una vena que la recorría de arriba abajo y la punta ancha brillándole de líquido preseminal. Se me hizo agua la boca sin querer. Era casi el doble que la de Tomás.
Me tomó la tanga de la mano, la miró, la tiró sobre la cama.
—Ponétela —dijo—. Quiero que la tengas puesta cuando termine con vos.
Obedecí. Me subí la tanga roja por las piernas, sintiendo cómo la tela se me hundía enseguida entre los labios empapados. No sé en qué momento dejé de discutir y empecé simplemente a hacer lo que me pedía, pero ya estaba dentro de eso y no quería salir. Me arrodillé frente a él sin que me lo dijera. Él entendió el gesto y dejó escapar una risa grave.
—Aprendés rápido.
Le agarré la pija con las dos manos —no me alcanzaba una sola— y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreándole el gusto salado. Me metí la cabeza en la boca y chupé, ahuecando los cachetes, mientras con una mano le hacía cabo y con la otra le sostenía las bolas. Él me miraba desde arriba, respirando fuerte por la nariz, sin apurarme todavía.
—Más adentro —me dijo—. Toda.
Traté. Me la empujé en la garganta hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y me quedé sin aire. La saqué tosiendo, con un hilo de saliva colgándome del mentón, y él me agarró del pelo con una mano, marcando el ritmo, obligándome a tomar cada vez más. Me la clavaba hasta el fondo y me la dejaba ahí un segundo, mirándome llorar, antes de dejarme respirar. Yo me dejé llevar entre lágrimas que no eran de dolor sino de algo que no tengo palabras para explicar.
Cada tanto se detenía, me sostenía la cara con las dos manos y me hacía decirle que me gustaba mamársela. Y yo se lo decía, con la voz ronca y la boca brillándole encima, sintiéndome más viva y más perdida que nunca. Le mamé las bolas, se las chupé una por una mientras le hacía cabo, y él dejó escapar un "puta madre" bajo que me atravesó entera.
—Pará —dijo de golpe, levantándome del piso—. Date vuelta. Me voy a acabar en tu boca y no quiero todavía.
***
Me acomodó sobre la cama, de rodillas, la cara contra la almohada y el culo levantado. Me corrió la tanga roja de un lado, sin sacármela, dejándome el coño al aire. Yo estaba muerta de miedo y de ganas al mismo tiempo, una mezcla que no había sentido jamás en doce años de matrimonio.
Sentí la punta de su pija apoyándose en la entrada del coño, mojándose con lo mío. Me pasó la cabeza por los labios, arriba y abajo, golpeándome el clítoris con la punta hasta que empecé a empujar hacia atrás sola, buscándolo.
—Pedímelo —me dijo.
—Metémela —susurré contra la almohada.
—Más fuerte.
—Metémela, por favor.
Entró despacio, leyéndome, esperando a que mi cuerpo se acostumbrara antes de avanzar. Sentí que me abría entera, centímetro a centímetro, hasta que la sentí tocarme el fondo y solté un gemido largo que se me escapó sin poder evitarlo. No me destrozó como había temido. Hizo algo peor: me tomó el tiempo que hiciera falta hasta que fui yo la que empujó hacia atrás, cogiéndomelo yo sola, buscándolo, pidiéndolo sin decir una palabra.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído, sin dejar de moverse—. ¿Te gusta cómo te coge el amigo de tu marido?
—Sí —admití, y al admitirlo se me cerró la garganta.
—Decilo bien. Decilo fuerte para que se escuche.
—Me gusta —dije, más alto—. Me gusta cómo me la metés.
Me agarró de la cintura con las dos manos y aceleró. La cama empezó a golpear contra la pared, y yo mordí la almohada para ahogar los sonidos, pero se me escapaban igual, gemidos cortos, húmedos, que llenaban el cuarto. Él me cogía con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndola a clavar hasta el fondo, y cada vez que me la metía se me escapaba un gruñido.
Me pasó una mano por la espalda hasta la nuca y me apretó la cara contra la almohada. Con la otra me dio una nalgada seca que sonó como un latigazo en el silencio de la casa.
—Puta —me dijo, sin maldad, casi con cariño—. Sos una puta, y lo sabés.
Y en lugar de ofenderme, me vine. Con todo el cuerpo, apretándole la pija con el coño hasta que él soltó una puteada apretada entre los dientes. Me quedé temblando, llorando de placer, sin fuerzas para sostenerme, y él siguió cogiéndome mientras yo me deshacía debajo.
Sin sacármela me dio vuelta, me puso boca arriba y me abrió las piernas contra su pecho. Volvió a metérmela de una y siguió cogiéndome así, mirándome a los ojos, con los pulgares apretándome las tetas. Me chupó los dedos y me los bajó al clítoris, frotándomelo en círculos mientras me la clavaba.
—Decilo —me exigió, frenando apenas—. Decí que esta noche sos mía. Que sos mi puta.
No me reconocí en la voz que salió de mi boca. Le dije que era suya, que esa noche le pertenecía, que era su puta, que nunca me habían cogido así. Y mientras lo decía pensaba en Tomás, despierto del otro lado de la pared, escuchando cada palabra que él me había puesto en la boca con su plan, con sus mensajes, con sus fotos.
—Me voy a acabar —me avisó, acelerando—. ¿Dónde la querés?
—Adentro —le dije, sin pensarlo—. Acabate adentro.
Damián terminó con un gruñido apretado contra mi cuello, hundiéndome la pija hasta el fondo y descargándose ahí, en chorros calientes que sentí llenarme entera. Se quedó apoyado sobre mí, respirando fuerte, sosteniéndome para que no me cayera. Cuando por fin la sacó, sentí el semen chorreándome por dentro del muslo, empapando la tanga roja que nunca me había sacado.
Me dejó caer suave sobre el colchón y se quedó un rato en silencio, acariciándome la espalda, como si quisiera devolverme algo de lo que se había llevado.
***
No me dejó dormir ahí. Cuando recuperé el aliento, me ayudó a levantarme, me alcanzó la remera y me acompañó hasta la puerta del cuarto de huéspedes. Yo tenía la tanga roja empapada de él pegada al coño, un hilo caliente bajándome por la pierna.
—Andá con tu marido —me dijo, sin burla esta vez, casi con ternura—. Lo decidió él. Que se aguante las consecuencias. Y no te limpies.
Crucé el pasillo por última vez esa noche. Me acosté al lado de Tomás, todavía con la tanga roja puesta y chorreando del semen de otro, con el pelo revuelto y el cuerpo deshecho. Él seguía de espaldas, inmóvil, fingiendo un sueño que los dos sabíamos que no existía. Sentí que se removía apenas cuando el olor a sexo me llegó a mí también, denso, imposible de esconder.
No dijimos nada. No hizo falta. A la mañana siguiente tampoco hablamos del tema, ni esa semana, ni el mes siguiente. Pero algo se había roto y algo se había abierto a la vez, y yo ya no era la misma mujer que había salido al patio esa noche a tomar la última cerveza.
Lo cuento ahora, tanto tiempo después, todavía sin saber si lo que pasó fue una traición o un regalo. Quizás las dos cosas. Lo único que sé es que mi marido abrió una puerta esa noche, y que ninguno de los dos supo nunca cómo volver a cerrarla.





