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Relatos Ardientes

La semana que nunca confesé del hotel de Sevilla

Hay cosas que una guarda durante años no porque le avergüencen, sino porque sabe que nadie las creería. Esta es una de ellas. La cuento ahora, tantos años después, porque ya no soy aquella mujer y porque a veces necesito recordar que lo fui. Y necesito recordar, sobre todo, lo mojada que llegué a estar durante siete noches seguidas.

Trabajaba de recepcionista en un hotel del centro de Sevilla, uno de esos cuatro estrellas con suelo de mármol y un silencio de iglesia a partir de la medianoche. Hacía el turno de noche por decisión propia: me pagaban un poco más y, sobre todo, me dejaban en paz. Tenía una regla grabada a fuego por el encargado y otra que me había puesto yo misma. La suya: no mezclarse con los huéspedes. La mía: no aburrirme nunca. Aquella semana las dos reglas chocaron de frente y la mía ganó por goleada.

El lunes a media tarde llegó la reserva más grande del año. Un equipo de baloncesto de exhibición venía de Estados Unidos a hacer una gira de espectáculo por varias ciudades, y Sevilla era la última parada. Eran un montón: jugadores, entrenadores, fisios, gente de prensa. Ocuparon una planta entera. Yo estaba detrás del mostrador cuando entraron en tromba por la puerta giratoria, riendo, hablando un inglés rápido y musical, llenando el vestíbulo de cuerpos enormes y de una energía que no había sentido nunca en aquel sitio.

El capitán fue el primero en acercarse al mostrador. Se llamaba Damon, lo supe por el pasaporte que dejó sobre el mármol. Alto como una farola, hombros que tapaban la lámpara del techo, una sonrisa lenta de las que se toman su tiempo. Un bulto en el pantalón del chándal que no pude evitar mirar dos veces mientras fingía teclear.

—Buenas noches —dijo en un español de acento dulce, claramente practicado en el avión—. ¿Usted nos cuida esta semana?

—Solo de noche —contesté, y noté que la voz me salía más baja de lo normal.

Madre mía, en qué momento se me ocurrió decir eso.

Él levantó una ceja, divertido, y no contestó. Cogió las llaves de las habitaciones para repartirlas entre los suyos, me dio las gracias mirándome a los ojos un segundo de más, y se fue hacia el ascensor. Yo me quedé ordenando papeles que ya estaban ordenados, con las bragas empezando a incomodarme entre los muslos.

***

La primera noche apenas dormí en casa. No por insomnio: por anticipación. Me toqué dos veces pensando en él, en aquel bulto, en aquellas manos enormes. Al día siguiente, cuando llegué a las once para empezar mi turno, el vestíbulo todavía olía a su colonia y a cuero de maletas nuevas. A la una de la madrugada bajó Damon. Decía que no podía dormir por el cambio de hora, pero los dos sabíamos que eso era mentira.

Se apoyó en el mostrador con esa naturalidad de quien está acostumbrado a que el mundo se le acerque, no al revés. Hablamos de tonterías: del calor de Sevilla, de la comida, de lo difícil que es dormir en una ciudad que no conoces. En algún momento dejó de haber tonterías y empezó a haber silencios, esos silencios que pesan más que las palabras.

—¿A qué hora termina su turno? —preguntó.

—A las siete.

—Es mucho tiempo para estar sola aquí abajo.

Lo dijo despacio, midiéndome la reacción. Yo podría haberlo cortado con una frase educada. En vez de eso le sostuve la mirada y le dije que sí, que era mucho tiempo. Esa fue toda la conversación que hizo falta.

Pasé el cartel de «vuelvo en quince minutos» y cerré con llave la puerta del despachito interior, el que usábamos para guardar el correo y las maletas perdidas. Él entró detrás de mí sin hacer ruido, agachando la cabeza para no golpearse con el marco.

Lo que pasó allí dentro no tuvo nada de elegante y todo de urgente. Me besó como si llevara desde el check-in pensándolo, una mano abierta en mi nuca y la otra recorriéndome la espalda por encima de la blusa del uniforme. Yo le solté la camisa de los pantalones y metí las manos por debajo, palpando un torso duro y caliente que subía y bajaba con la respiración acelerada. Me levantó sin esfuerzo y me sentó sobre la mesa estrecha, entre cajas de objetos olvidados.

Le bajé la cremallera con dedos torpes y le saqué la polla de un tirón. Era gruesa y oscura, ya empapada en la punta, y me quedé un segundo mirándola con la boca abierta antes de agacharme y metérmela hasta donde pude. Damon soltó un gruñido bajo, ahogado contra el puño que se llevó a los dientes para no gritar. Se la chupé rápido, con saliva goteándome por la barbilla, la mano libre acariciándole los cojones tensos, sintiendo cómo la verga se le hinchaba aún más entre mis labios. Me tiró del pelo con suavidad para levantarme antes de correrse, jadeando.

—Todavía no, joder, todavía no —susurró en inglés.

Me arrancó las bragas por debajo de la falda del uniforme, literalmente arrancadas, oí la costura ceder. Metió dos dedos de golpe en mi coño empapado y soltó otro gruñido al notar lo mojada que estaba. Los movió dentro con un ritmo lento y profundo mientras me mordía el cuello, el pulgar aplastándome el clítoris hasta que se me doblaron las rodillas.

—Fóllame ya —le pedí en español, sin importarme si me entendía o no.

Me entendió. Me abrió las piernas, se colocó y me la metió hasta el fondo de una sola embestida. Tuve que morderle el hombro por encima de la camiseta para no gritar. Era enorme, me llenaba de un modo que no había sentido nunca, y empezó a follarme contra aquella mesa con un ritmo brutal y sordo, el mueble crujiendo bajo mi culo, sus caderas chocando contra las mías con un chapoteo húmedo que retumbaba en el despachito. Me subió la blusa y me sacó las tetas del sujetador, chupándome los pezones mientras seguía embistiéndome, y yo le clavaba las uñas en la nuca sintiendo cómo el placer se me acumulaba entre las piernas como una ola imposible de parar.

—Me corro —le avisé en un hilo de voz—, me corro, joder, no pares.

Me apretó el culo con las dos manos, me levantó los últimos centímetros del asiento y me embistió más fuerte todavía. Me corrí ahí mismo, mordiéndole la clavícula, sintiendo cómo el coño se me cerraba a espasmos alrededor de su polla. Él aguantó dos o tres estocadas más y salió a tiempo para correrse sobre mi vientre, gruñendo bajito, marcándome la piel con chorros calientes que me chorrearon por el ombligo hasta el elástico de la falda.

No fue largo, no podía serlo, yo tenía una recepción que atender. Fue intenso y silencioso, los dos mordiéndonos los sonidos para que no cruzaran la puerta. Me limpié con un pañuelo que él sacó del bolsillo, me arreglé el uniforme como pude y guardé las bragas rotas en el bolso. Cuando volví al mostrador, despeinada y con las mejillas ardiendo y el coño todavía palpitando, un huésped esperaba para pedir una almohada extra. Le sonreí con una calma profesional impecable. Por dentro temblaba.

***

Creí que sería solo eso. Una noche, un capricho, una anécdota que me llevaría a la tumba. Me equivoqué de medio a medio.

La segunda noche no bajó Damon. Bajó Theo, el entrenador asistente, un hombre más mayor, de barba canosa recortada y manos enormes y pacientes. Traía dos cafés de la máquina de la planta, como si fuera lo más normal del mundo, y me ofreció uno.

—Damon me ha dicho que la noche se hace larga —comentó con una media sonrisa.

Sentí cómo me subía el calor a la cara. Así que hablaban de mí. Debería haberme molestado. En cambio, una parte de mí, una parte que no sabía que existía, se encendió ante la idea de ser el secreto compartido de aquel grupo de hombres. Se me humedecieron las bragas nuevas solo de pensarlo.

Theo era todo lo contrario a Damon: lento, atento, de los que preguntan antes de tocar y se quedan a observar la respuesta. No tuvimos prisa porque a esa hora ya no quedaba nadie despierto. Me llevó al mismo despachito y se tomó su tiempo conmigo. Me desabrochó la blusa botón a botón, mirándome como si me estuviera desenvolviendo. Me bajó el sujetador y me lamió los pezones muy despacio, uno y luego el otro, chupando con hambre pero sin prisa, hasta que yo empecé a jadear apoyada contra la mesa.

Me subió la falda, me apartó las bragas a un lado y se arrodilló en aquel suelo frío. Su barba me rozó los muslos y me estremecí antes incluso de que me tocara. Me abrió los labios del coño con los pulgares y se quedó un segundo mirándome, respirando sobre mi piel mojada, hasta que no pude más.

—Por favor —murmuré.

Me lamió de abajo arriba, una lengüetada larga y ancha que casi me hace caer de espaldas. Y luego se instaló ahí. Chupándome el clítoris con la boca entera, metiendo la lengua dentro, alternando con dos dedos que me ganchaban justo en el punto que me hacía temblar. Tuve que agarrarme al borde de la mesa para no caerme, mordiéndome el labio, con las piernas abiertas sobre sus hombros anchos. Era un amante de los que escuchan, de los que ajustan cada movimiento a lo que tu cuerpo les va diciendo sin palabras. Cuando notó que iba a correrme se detuvo, se levantó y me besó la boca dejándome saborear mi propio sabor en su barba.

—Todavía no —dijo, y esa frase, dicha así, casi me corre igual.

Se bajó los pantalones. Tenía la polla más larga que gruesa, muy recta, con las venas marcadas. Me giró contra la mesa, me dobló la espalda con una mano entre los omóplatos y me penetró desde atrás muy despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cómo entraba. Cuando por fin estuvo hasta el fondo se quedó quieto, respirándome en la nuca, y luego empezó a moverse con un ritmo profundo y calmado que me arrancaba gemidos ahogados a cada embestida. Me metió una mano por delante para acariciarme el clítoris mientras me follaba, y con la otra me apretó una teta desde atrás, pellizcándome el pezón entre los dedos.

Me corrí así, doblada sobre la mesa, con su polla dentro y sus dedos jugando conmigo, mordiendo la manga de mi propio uniforme para no despertar al hotel entero. Él aguantó, me dio la vuelta, me sentó otra vez sobre la mesa y me tomó de frente. Cuando por fin estuvo cerca lo hizo mirándome a los ojos, y eso fue casi más íntimo que el sexo. Se corrió dentro de un condón que sacó a último momento, la mandíbula apretada, sin dejar de mirarme.

Esa noche entendí en qué me estaba metiendo. Y, lo confieso, no quise frenarlo.

***

Los días siguientes se volvieron un juego del que solo conocíamos las reglas nosotros. De día yo era la recepcionista impecable que les recomendaba restaurantes y les imprimía los itinerarios del autobús. De noche, cuando el vestíbulo quedaba vacío y el portero de seguridad hacía su ronda larga por el aparcamiento, la planta entera parecía saber que la madrugada me pertenecía.

No fueron todos, que quede claro. Fueron unos pocos, los que me gustaban, los que se ganaban una mirada cómplice durante el día. Yo elegía. Esa fue siempre mi parte favorita de toda la historia: que yo elegía. Bajaban de uno en uno, a veces de dos en dos, y yo decidía a quién dejaba pasar al otro lado del mostrador y a quién despedía con una sonrisa y un «mañana, quizá».

Hubo una madrugada, la del jueves, que se me quedó grabada para siempre. Damon bajó con Marcus, un base bajito para lo que era el equipo, fibroso, con unos ojos negros que se reían solos. Los tres acabamos en una de las suites vacías de la planta, la que reservaban para el directivo que no había venido. Nunca había estado con dos hombres a la vez. Estaba aterrada y excitada a partes iguales, y ellos lo notaron.

—Tú mandas —me dijo Damon al oído—. Cuando quieras parar, paras.

Esa frase me desarmó más que cualquier caricia. Saberme dueña de la situación me dio una libertad que no había sentido nunca.

Empezó Marcus, arrodillándose delante de mí, subiéndome la falda con una lentitud casi religiosa. Damon se colocó detrás y me desabrochó el sujetador, agarrándome las tetas por encima del hombro mientras me besaba el cuello. Marcus me lamió por encima de las bragas primero, respirando fuerte sobre la tela húmeda, y luego me las bajó por las piernas y me devoró el coño de rodillas en aquella alfombra cara. Damon me giró la cabeza y me metió la lengua en la boca a la vez que Marcus me chupaba con hambre entre las piernas. Me temblaban las rodillas. Los dos me sostenían.

Me llevaron a la cama. Marcus se tumbó de espaldas y me montó encima. Se la metió entera y me pidió que no me moviera todavía, que le diera un segundo, y yo me reí bajito acariciándole el pecho. Damon se puso detrás de mí, arrodillado sobre el colchón, y me acercó la polla a la boca. Se la chupé mientras montaba a Marcus muy despacio, sintiendo cómo se me abría el coño alrededor del uno mientras el otro me llenaba la boca. Nunca había hecho nada así. Nunca me había sentido tan poderosa y tan pequeña a la vez.

Cambiamos de posición varias veces esa noche. Manos que parecían multiplicarse, un ritmo que ellos coordinaban entre risas bajas y susurros en inglés que yo apenas entendía pero que sonaban a adoración. Damon me folló de lado mientras yo mamaba a Marcus y le mimaba los cojones con la mano libre. Después Marcus me la metió por detrás muy despacio, cuidándome, mientras Damon me hundía la lengua en el coño hasta hacerme gritar contra la almohada. Marcus resultó ser, contra todo pronóstico, el más tierno de los tres; el que paraba a preguntarme si estaba bien, el que me hacía reír en medio del calor.

Me corrí dos veces aquella noche. La primera con la boca de Damon devorándome mientras Marcus me susurraba guarradas en un español torpe al oído, tirándome del pelo con delicadeza. La segunda con Marcus dentro de mí, montándolo yo encima, mientras el capitán me besaba la boca y me acariciaba las tetas con las dos manos enormes. Ellos también se corrieron, uno detrás del otro, marcándome la tripa y las tetas con chorros calientes que me dejaron brillante bajo la luz de la mesilla. Nos quedamos los tres tumbados un rato, riéndonos por lo bajo, pasándonos una botella de agua. Salí de aquella suite al amanecer con las piernas temblando, semen seco en el bajo vientre y una sonrisa que no me cabía en la cara.

***

No todo fue sexo, y esa es la parte que la gente no creería. Me trataban como a una reina. Cada tarde, cuando llegaba a fichar, encontraba algo esperándome en el mostrador: una caja de bombones de una pastelería del barrio, un ramo de flores compradas vaya una a saber dónde, una botella de cava metida en un cubo de hielo con una nota en un español torpe y precioso. Yo lo compartía con ellos a escondidas, brindando en vasos de plástico de la máquina del café a las cuatro de la mañana, muertos de risa para no despertar a nadie.

Aprendí más de mí misma en aquella semana que en los años anteriores. Aprendí que el deseo, cuando lo eliges tú y nadie te lo impone, no tiene nada de sucio. Aprendí que un cuerpo puede ser generoso, que el placer compartido y honesto no deja resaca de culpa si se vive sin engañar a nadie. Yo estaba soltera, ellos también, no había promesas rotas, solo adultos que se gustaban y que tenían siete noches contadas antes de que un autobús se los llevara para siempre.

El viernes el encargado de día estuvo a punto de pillarme. Entró a las seis y media, una hora antes de lo normal, y me encontró colocando un jarrón con rosas detrás del mostrador. «¿Y eso?», preguntó. «Un huésped agradecido por la atención», contesté sin pestañear. No mentía del todo. Todavía tenía la marca de los dientes de alguien en la parte interior del muslo.

***

La última noche fue distinta. No hubo juego ni elección. Bajaron varios, los que se habían convertido en algo parecido a amigos a lo largo de esos días imposibles, y nos sentamos en los sofás del vestíbulo a oscuras a hablar de sus ciudades, de sus familias, de lo raro que es la vida cuando te pasas el año entero viajando. Damon me cogió la mano en algún momento y no la soltó. Theo me contó que se retiraba a final de temporada. Marcus me hizo prometer que algún día cruzaría el charco a visitarlos.

Y luego, ya casi de madrugada, subimos a la suite vacía por última vez. Fue lento, casi triste, con la conciencia de que era una despedida. Me desnudaron entre los tres con una ternura de la que no los habría creído capaces, quitándome el uniforme prenda a prenda, besándome cada centímetro de piel que descubrían. Me tumbaron en el centro de la cama y se turnaron para hacerme el amor sin prisa, casi sin hablar. Theo me lamió el coño mientras Marcus me acariciaba las tetas y Damon me besaba la boca. Después Damon me tomó despacio, mirándome a los ojos, hundiéndose hasta el fondo con embestidas largas y profundas, mientras los otros dos me acariciaban el pelo y me susurraban cosas al oído en una mezcla de inglés y español torpe. Me corrí bajo él con un temblor largo, agarrada a sus hombros, y él se corrió dentro un instante después.

Luego fue el turno de Theo, que me giró de lado y se me pegó por detrás, entrando muy despacio, abrazándome mientras se movía. Y por último Marcus, que me pidió que me pusiera encima y me montó despacio, sonriéndome, dejándome marcar el ritmo hasta que los dos nos corrimos a la vez casi sin ruido. Me amaron por turnos y a la vez, sin prisa, como quien quiere memorizar algo que sabe que no se repetirá. Yo me dejé querer hasta que la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas y supe que se había acabado.

A las ocho de la mañana, cuando el autobús del equipo arrancó frente a la puerta del hotel, yo ya estaba en la calle, fuera de mi turno, fingiendo que pasaba por allí de casualidad. Damon bajó la ventanilla y me lanzó un beso con la mano. Theo levantó el pulgar. Marcus, el último, me gritó algo que el ruido del motor se llevó pero que entendí igual.

***

Han pasado muchos años. Dejé aquel hotel, me casé, me divorcié, viví otras mil cosas. Nunca volví a tener una semana como aquella y, sinceramente, no creo que nadie pueda tenerla dos veces. No fue por la cantidad ni por la novedad de los cuerpos. Fue por la sensación, irrepetible, de ser deseada sin condiciones y de desear sin miedo, de mandar en mi propio placer mientras un grupo de hombres me trataba como si yo fuera la cosa más extraordinaria que les había pasado en la gira.

Todavía guardo una de las notas, la del cava, metida entre las páginas de un libro. Cada cierto tiempo la saco, leo aquel español torpe y vuelvo a tener veintipocos años y un turno de noche por delante. Quizá algún día sí cruce el charco. O quizá no, y prefiera que aquella semana siga siendo justo lo que fue: el mejor secreto que tuve nunca, y el único que ya no me importa contar.

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Comentarios(7)

NocheReader22

que relato tan bueno!!! me dejo sin palabras

Camila_cba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo eso

LectorNocturno

Me recordó a una semana que pasé trabajando en recepción hace años... aunque en mi caso no llegó a tanto jajaja. Muy bien contado

MartinLapaz

Lo de romper la regla desde el primer dia le da un toque especial. Como uno sabe que no debe y lo hace igual

wandaRojas

Y al final de la semana que pasó? quede intrigada jaja

SevillaFan88

increible!!! seguí escribiendo que tenés talento

Renzo_ok

Me encantó como lo narraste, se siente muy real. Espero que subas mas relatos de este estilo

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