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Relatos Ardientes

El millonario del club me llevó a su mansión

Como casi todos los sábados, esa noche acabé en el Eclipse, el club donde siempre me cruzo con alguien conocido. Voy a bailar, a tomar algo y a ver qué pasa. La mayoría de las veces no pasa nada y vuelvo a casa solo, pero hay noches en las que el azar tiene otros planes.

Llevaba apenas media hora apoyado en la barra cuando alguien me tocó el hombro por detrás.

—¿No te acuerdas de mí?

Me giré y me encontré con un hombre de unos cuarenta y dos años, alto, con la barba muy cuidada y una camisa que se notaba cara incluso bajo las luces moradas del local. Sonreía como quien tiene un secreto compartido. La verdad es que no lo reconocí enseguida, y eso debió de notárseme en la cara.

—Bruno —dijo, divertido—. Coincidimos en primavera. Por lo visto yo me acuerdo mejor que tú.

Bruno. Algo me sonaba, pero muy de lejos.

—Perdona —reí—. Tengo mala memoria para las caras.

—No pasa nada. Yo de ti me acuerdo perfectamente.

Había algo en la forma en que lo dijo, sin prisa, mirándome a los ojos demasiado tiempo, que me hizo entender que aquella noche no iba a ser una de las aburridas. Pedimos una copa cada uno y nos fuimos hacia la zona donde la música pegaba más fuerte.

Bailamos un rato sin tocarnos del todo, manteniendo esa distancia tonta que dura justo hasta que uno de los dos se cansa de fingir. Fue él quien acortó el espacio. Me puso una mano en la cintura y me acercó lo justo para hablarme al oído.

—Me gustas mucho. ¿Te vienes a mi casa?

—¿Y dónde vives? —pregunté, más por ganar tiempo que por interés.

—Cerca. Tengo casa con piscina.

Y ahí, lo confieso, algo dentro de mí hizo clic. No voy a fingir que soy mejor de lo que soy: el dinero me pone, las casas grandes me ponen, y la idea de un hombre que puede permitirse decir «tengo casa con piscina» como si nada me excitó muchísimo más que la propia frase.

—Vale —dije—. Vamos.

***

El coche olía a cuero nuevo. Salimos del centro y subimos hacia las afueras, donde las farolas se espacian y las verjas empiezan a hacerse más altas. Cuando paró frente a un portón automático y este se abrió solo, lo recordé todo de golpe. La casa. Por supuesto que me acordaba de la casa.

Era una mansión moderna, de líneas blancas y enormes cristaleras, con una piscina rectangular iluminada por dentro que proyectaba ondas azules sobre la fachada. El agua estaba quieta y brillante, como una joya en mitad del jardín.

—Ahora sí me acuerdo de ti —dije, sin pensarlo.

Bruno se rió.

—De mí o de la piscina.

No le contesté, y mi silencio fue respuesta suficiente. A los dos nos hizo gracia.

Entramos. El recibidor tenía el techo altísimo y una lámpara que costaba más que mi coche. Apenas crucé la puerta, Bruno me empujó contra la pared con una firmeza que no me esperaba. Me besó hondo, con lengua, sujetándome la cara con una mano mientras con la otra me apretaba contra él. Aquel beso me subió la temperatura de cero a cien en cuestión de segundos.

—Llevo toda la noche queriendo hacer esto —murmuró contra mi boca.

Yo también, aunque no lo dije. Le contesté bajando una mano por su pecho, sintiendo cómo respiraba más rápido, hasta llegar al cinturón. Él me cogió de la nuca y me guió hacia abajo sin ninguna delicadeza, y a mí esa falta de delicadeza me encantó.

Me arrodillé sobre el mármol frío. Le abrí el pantalón y empecé a chupársela despacio, mirándolo desde abajo. Bruno apoyó la cabeza en la pared y soltó un gemido grave que retumbó en el recibidor vacío.

—Joder —dijo—. Así.

Pero el «así» le duró poco. Estaba demasiado encendido para dejarme llevar el ritmo. Me agarró de las dos manos, sujetándomelas casi a la espalda, y empezó a moverse él, marcando el compás, entrando hasta el fondo una y otra vez. Era intenso, al borde de lo brusco, y yo me dejé hacer porque era exactamente lo que había ido a buscar.

Cambiamos varias veces de postura, pero él no perdía nunca el control. Solo cuando nos movimos hacia el salón y me senté en el borde del sofá conseguí tomar yo las riendas. Le sujeté las caderas para frenarlo, marqué un ritmo más lento, más mío, y lo escuché jadear de otra manera, sorprendido de que de repente fuera yo quien mandaba.

—Tramposo —dijo entre dientes, con una sonrisa.

Seguí un rato así, disfrutando de tenerlo al límite. Estuvo a punto de correrse, lo noté en la tensión de sus piernas, pero se apartó de golpe.

—Todavía no —dijo, casi sin aliento—. Quiero follarte.

***

Subimos al dormitorio principal, que tenía un ventanal entero asomado a la piscina iluminada. El reflejo del agua se movía por el techo en líneas temblorosas. Me tumbé de lado y Bruno se colocó detrás. Me la metió despacio, de lado, en esa postura que me vuelve loco porque permite que todo sea lento al principio, controlado, profundo.

Empezó con calma, casi con cuidado, dándome tiempo a acostumbrarme. Yo arqueé la espalda y busqué su mano para que me sujetara contra él. Durante un par de minutos fue casi tierno, y esa mezcla de fuerza contenida y delicadeza me gustó más que cualquier brusquedad.

—¿Vas bien? —preguntó al oído.

—Más fuerte —pedí.

No hizo falta repetirlo. Me pidió que me pusiera encima de él y obedecí. Una vez sentado, recuperé yo el control y empecé a moverme cada vez más rápido, marcando un ritmo que lo dejó a su merced. Bruno me clavaba los dedos en los muslos, con la cara descompuesta de placer, y entre la postura y las ganas que arrastraba desde el sofá no aguantó mucho más. Se corrió con un gemido largo, agarrándome con fuerza, y se quedó un buen rato respirando contra mi espalda.

Nos quedamos quietos, sudados, con la luz azul del techo moviéndose sobre los dos. Pensé que la noche había terminado. Me equivocaba.

***

Bajamos otra vez al salón a beber agua y acabamos los dos desnudos en el sofá, dándonos besos perezosos, yo medio encima de él. No sé si fue el contacto de la piel o que ninguno de los dos tenía sueño, pero al poco rato lo noté otra vez duro contra mi pierna.

—Otra vez ya —dije, sorprendido.

—Por verte así, no me extraña —contestó.

Esta vez fui yo quien marcó lo que quería.

—Fóllame fuerte —le pedí—. Tengo muchas ganas de hacerlo así, sin parar.

No se lo pensó. Me puso a cuatro patas sobre la alfombra y entró de golpe, sin la calma de antes. La cosa se volvió bruta de verdad. Me embestía con fuerza, sujetándome de la cadera, y yo movía el cuerpo para acompañar cada empujón, buscando que fuera incluso más intenso. Cada golpe me arrancaba un jadeo que no controlaba.

Fue una de esas folladas que dejan marca, en las que el cuerpo deja de pensar y solo siente. Esta vez fui yo quien no aguantó: me corrí con un temblor que me recorrió de arriba abajo, apoyado en mis propios brazos, mientras él seguía dentro de mí sin frenar.

Y ahí se invirtieron los papeles. Yo ya había acabado, pero él seguía duro, todavía con ganas. Me sonrió desde arriba, con ese gesto de quien sabe que la noche aún no se ha terminado.

—Vamos fuera —dijo.

***

Salimos al jardín. El aire de la madrugada estaba fresco y la piscina seguía encendida, dibujando reflejos sobre los azulejos. Bruno se tumbó en una hamaca junto al agua y yo me arrodillé entre sus piernas sobre la madera todavía tibia del día.

Le besé el interior de los muslos, sin prisa, alargando el momento, y luego le hice una mamada larga y tranquila, disfrutando de tenerlo otra vez a mi merced después de lo de la alfombra. Lo miraba desde abajo mientras se lo hacía, y esa mirada lo encendía tanto como la propia boca.

Aguantó bastante, pero al final no pudo más. Se corrió con un espasmo, sujetándome de la cabeza, y yo me dejé. Seguí un rato más, despacio, sin apartarme, mirándolo a los ojos mientras él intentaba recuperar el aliento bajo el cielo que empezaba a aclararse por el este.

Nos quedamos un rato en silencio junto a la piscina, el agua quieta otra vez, los dos sin fuerzas. Él me pasó un brazo por encima y no hizo falta decir nada.

***

Me marché cuando ya clareaba del todo. Bruno me ofreció llevarme, pero preferí pedir un taxi y bajar solo por aquella carretera de verjas altas, con el cuerpo deshecho y una sonrisa idiota que no se me iba.

No voy a sacar ninguna gran lección de esto, porque no la hay. La confesión es simple, y la escribo tal cual: me gustan las casas grandes, me gusta el dinero y me gustan las folladas fuertes que te dejan caminando raro al día siguiente. Aquella noche tuve las tres cosas a la vez. Y si Bruno vuelve a tocarme el hombro en el Eclipse cualquier sábado, esta vez no voy a tardar nada en acordarme de su piscina.

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Comentarios(7)

ValeCba

jajaja lo de la piscina como criterio de seleccion... demasiado real esto!! buenisimo

NachoRio89

me encanto, se siente autentico. segui asi!

Gonzalo_BA

Por favor que haya segunda parte! quede con ganas de saber como siguio todo

Luciano_mdq

me recordo a algo que me paso similar, aunque sin mansion jajaja. muy bueno el relato

Ricky_BA99

Muy bueno, me gusto como lo contaste sin hacerlo burdo. Se agradece ese toque

Manu_Ctes

excelente!!!

Pato_villa

que bien cerrado quedo el final, se me hizo corto pero en el buen sentido. Quiero mas :)

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