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Relatos Ardientes

Lo que hago a solas mientras todos creen que trabajo

Lo voy a contar tal como pasó, porque sé que alguien ahí afuera siente la misma curiosidad que yo sentí la primera vez y no se atreve a decirlo en voz alta. Trabajo desde casa. Para el resto del mundo soy una mujer ordenada que responde correos y entrega informes a tiempo. Lo que nadie sabe es lo que ocurre entre una tarea y otra, con la puerta del estudio cerrada y el resto de la casa en silencio: que me meto cosas por el culo hasta quedar abierta como una puta, y que lo hago mientras contesto mails con la sonrisa profesional intacta.

Esa mañana me senté frente a la computadora como cualquier otro día, solo que ya llevaba un juguete metido en el ojete. Un plug de cuatro centímetros de ancho, hundido desde temprano, que me mantenía el culo abierto y consciente de cada movimiento. Escribir con esa sensación es difícil de explicar. Cada vez que me reacomodaba en la silla, la base del plug me presionaba contra el asiento y empujaba el cuerpo del juguete un milímetro más adentro, y una corriente tibia me recorría la espalda hasta el coño, que ya se me humedecía sin permiso. Se me escapaba la respiración a mitad de una frase y tenía que apretar los muslos para no meterme la mano ahí mismo.

Mi jornada termina a las dos de la tarde. Después tengo unas horas para mí, antes de que vuelva mi marido, y aprendí a aprovecharlas con una disciplina que me sorprende incluso a mí. Mi plan era simple: conservar el plug pequeño hasta media mañana y luego ir subiendo de tamaño, lento, sin apuro, dilatándome el culo de a poco como quien afina un instrumento.

No siempre fue así. Empecé hace un par de años, casi por accidente, una tarde de aburrimiento en la que me animé a probar algo que solo me atrevía a buscar en internet. Lo que encontré no fue lo que esperaba: no fue vergüenza, sino unas ganas enormes de saber qué tan lejos podía meterme cosas y disfrutarlo. Desde entonces convertí esas horas robadas en un ritual, y cada día que pasa me importa menos lo que pensarían los demás si supieran que la señora que les entrega los informes se pasa media tarde con la verga de silicona hundida hasta la base.

Antes de empezar entré al chat de siempre. Es un grupo privado donde gente con gustos parecidos a los míos comparte experiencias sin juzgarse. Ahí conozco a Tomás, aunque ese no es su nombre real y nunca le vi la cara. Hablamos solo por mensajes. Él sabe de mis juguetes, de mis horarios, de mi paciencia, de cuántos centímetros aguanta mi culo un martes cualquiera, todo a partir de lo que yo misma le cuento. A cambio me aconseja: qué postura conviene para que la verga entre más profundo, cuánto tiempo dejar cada cosa clavada adentro, en qué orden ir abriéndome.

—Hoy haría un paso intermedio antes del grande —escribió esa mañana—. Probá el de cuatro y medio. Te va a abrir el culo sin lastimarte, y cuando pongas el gordo vas a estar mojada como una perra.

Un paso intermedio. No lo había pensado así, pero tenía sentido.

Soy bastante autodidacta en esto, y por eso valoro que alguien con la cabeza fría me sugiera cambios. Me gusta experimentar, me gusta que me corrijan, me gusta que un tipo al que no le vi la cara me diga qué meterme y cuánto. Acepté la idea sin discutir.

El dildo del que hablaba es de silicona roja, alargado, con la punta marcada como un glande de unos dos centímetros. Mide trece de largo desde la base redonda, ese clásico que una compra por internet la primera vez que se anima a pedir juguetes. Lo que me inquietaba no era el grosor, sino el largo. Me quedaban un par de horas sentada frente a la pantalla y no sabía si iba a poder trabajar cómoda con algo así clavado en el culo. Caminar por la casa nunca me había dado problemas; sentarme y escribir era otra cosa. Tenía que probarlo.

***

Primero necesité ir al baño. Me senté en el inodoro sosteniendo el plug con la mano para que no se saliera, pero mi culo lo empujó solo y lo dejé caer en la palma, brillante de mis jugos. Aproveché para revisar cómo estaba. Pasé los dedos por el contorno del ano, sentí la dilatación, el estiramiento todavía firme, el borde blando que quedaba después de horas abierta. Me metí un dedo hasta el nudillo, después dos, y comprobé lo relajada que estaba por dentro. Me gustó comprobarlo. Volví a inclinarme y me reinserté el plug de un solo empujón; esta vez entró completo, sin resistencia, sin necesidad de crema. La humedad de mi propio coño, que se había desbordado hasta el ojete, bastaba. Mi culo se cerró otra vez alrededor del cuello del plug y lo retuvo con un chasquido suave, como si pidiera más, como si me estuviera diciendo dale, metéme algo más grande.

Subí la escalera hasta la habitación donde guardo los juguetes. La sensación de tener algo hundido en el culo mientras subo los escalones, ese balanceo lleno y caliente del plug moviéndose medio centímetro con cada paso, rozándome por dentro, es de las cosas que más me gustan. Solo de recordarlo se me contrae el coño y se me endurecen los pezones bajo la remera.

Busqué el consolador rojo. Me bajé el pantalón y la bombacha hasta las rodillas, me arremangué la remera hasta las tetas y me apoyé de rodillas en el borde de la cama, con el culo levantado. Hice un poco de fuerza, como para expulsar el plug a voluntad, y lo conseguí; sonó seco al golpear el parquet y me reí sola, encantada de poder controlar el ojete así. Me quedé un instante con el culo abierto al aire, sintiendo cómo el agujerito latía y se cerraba a medias, tratando de recuperar la forma. Acto seguido apoyé la cabeza del dildo nuevo contra la entrada y empujé despacio. La punta, por la forma, fue lo que más me costó; el glande de silicona se hundió apretándome el borde, forzándome a abrirme un poco más de lo que estaba. No lo suficiente para frenarme, todo lo contrario: cuanto más sentía la resistencia del culo estirándose, más quería seguir. Escupí en la palma, lubriqué el fuste, y empujé firme hasta que la mayor parte se perdió en mí. Sentía cómo cada centímetro se abría paso, cómo la punta iba a buscar más adentro, y se me escapó un gemido corto que rebotó en la habitación vacía.

Fue molesto, sí, pero un molesto que me gusta. Lo sentía profundo, casi como si me alcanzara más adentro de lo posible, empujando por dentro del vientre. Bajé al estudio apretando los músculos del culo para sostenerlo, con las piernas un poco temblando, me senté frente a la pantalla y seguí trabajando. Sentarme fue una descarga: la silla empujó la base y clavó la verga roja un dedo más adentro. Funcionó. Cada vez que cambiaba de postura se me escapaba un jadeo entre dientes; el coño me chorreaba y tenía que abrir las piernas bajo el escritorio para no mancharme el pantalón. Más tarde, al retirarlo, comprobé que los últimos centímetros y la base estaban secos: el largo se había doblado un poco para adaptarse a mi postura en la silla. Durante esa hora y media sentí algo difícil de nombrar, una mezcla de estiramiento y plenitud que me mantuvo mojada y con los pezones duros todo el tiempo. Dos veces tuve que meterme la mano en la bombacha y frotarme el clítoris apenas un segundo para no correrme ahí mismo sobre el teclado.

***

Llegaron las dos de la tarde. Cerré la sesión del trabajo y, mientras tanto, en el chat hablaba también con Renata, que esa temporada se ocupaba de darme órdenes sobre otra parte de mi cuerpo —pero eso es una historia aparte—. Subí de nuevo a la habitación a buscar el cierre de la rutina. Otra vez los escalones, otra vez el culo lleno y el balanceo, otra vez las gotas de flujo bajándome por la cara interna del muslo. Esa sensación gustosa mezclada con un dolorcito leve, con esa incomodidad justa que te avisa que te están abriendo, no es fácil de explicar. No tengo palabras a la altura de lo bien que se siente tener el ojete forzado y el coño chorreando al mismo tiempo.

Saqué dos juguetes. Uno color piel, realista, con forma de pene, testículos marcados y venas dibujadas en la silicona; seis centímetros de diámetro y veinte de largo, una verga de las que te acomodan las tripas. El otro, un plug inflable: una pieza rígida forrada en látex grueso que se infla con una pera de mano. Forma fálica, una bola dura de cinco centímetros en la punta, diecisiete de largo. Al inflarlo, la cabeza crece adentro del culo y abre el ano con una presión que no se parece a nada más, como si te estuvieran metiendo un puño desde el interior hacia afuera.

Con Tomás habíamos quedado en un ejercicio concreto para el grande color piel. Saqué el rojo que aún me ensartaba —salió con un sonido húmedo, obsceno, y sentí el ojete abrirse un instante en el vacío— y me penetré el culo con el de seis centímetros. Me acosté boca arriba en la cama, levanté las piernas y me llevé las rodillas al pecho para tenerlo todo a la vista. Apoyé el glande gordo contra el agujero y empujé. Mi cuerpo se resistió un instante en la entrada; el ano se estiraba blanco alrededor de la cabeza, negándose y cediendo a la vez. Empujé con un poco más de fuerza, lo había ensalivado bien y encima le había pasado saliva y mi propio flujo del coño, y cedió con un tirón sordo. La cabeza entró de golpe y sentí que se me escapaba el aire. Me molestó apenas y después fue todo deslizamiento, centímetro a centímetro, hasta que la base de silicona chocó contra las nalgas.

El entrenamiento consistía en una serie precisa: quince inserciones lentas y quince rápidas, sin retirarla nunca del todo, deslizándola solo hasta el límite. Las quince primeras las hice con paciencia, sacando la verga hasta que el borde del ano se cerraba justo bajo el glande, volviendo a hundirla despacio hasta el fondo, mirando cómo el culo se tragaba los veinte centímetros. Después vinieron las quince rápidas: agarré la base con las dos manos y me la clavé a un ritmo brutal, pum pum pum, la carne golpeando contra las nalgas, los pechos sacudiéndose, el coño escupiendo flujo que caía a la sábana. Al terminar cada tanda debía dejarla dentro, quieta y profunda, tres minutos exactos. Usé el cronómetro del teléfono para no hacer trampa. La rutina pedía cinco repeticiones; de golosa hice siete. Cuando terminaban las embestidas rápidas quedaba al borde, con el clítoris hinchado y el culo palpitando alrededor del cuerpo de la verga, en ese punto que solo conoce quien acaba por el culo, y los tres minutos de reposo, sin saber si retirarla o conservarla clavada hasta el fondo, me provocaban latidos que sentía en todo el bajo vientre y me obligaban a morderme el labio para no correrme.

—¿Aguantás los tres minutos? —preguntó él, como si pudiera verme.

—Apenas —escribí con la mano temblando sobre el teclado, la otra sosteniendo la base de la verga hundida en el culo—. Es lo que más me cuesta. Y lo que más me gusta. Tengo el coño chorreando y no me puedo tocar el clítoris o me corro y arruino todo.

—No te toques —contestó—. Aguantá. Cuando termines el inflable te dejo acabar.

Obedecí. Solté el teléfono, respiré hondo y seguí.

***

Al sacar la verga realista me sentí abierta de un modo que me pareció hermoso. La saqué despacio para verlo: el ano quedó abierto, un agujerito redondo que tardaba en cerrarse, y me metí dos dedos para comprobar la apertura. Cabían holgados. Estirada, lista. Entonces pasé al inflable. La bola de la punta dolió cuando entró; el ojete tuvo que abrirse de un tirón para tragarla y solté un quejido largo, pero mi culo la recibió a pesar del dolor agudo, casi con avidez, cerrándose después del bulbo y atrapándolo adentro. La rutina mandaba insertarlo, apretar tres veces la pera, esperar tres minutos cronometrados y expulsarlo sin desinflar. Cada apriete de la pera me llenaba de una presión nueva, la bola creciendo dentro, abriéndome por dentro donde nada suele llegar. Después había que repetirlo aumentando el inflado, ganando diámetro de a poco.

Solo pude completar tres rondas. En la última, la bola llegó a unos ocho centímetros de ancho y sentía cómo se me abría todo cada vez que la retiraba, el ano forzado a estirarse alrededor de esa esfera dura para dejarla salir. Cuando por fin salió del todo, con un plop húmedo, me quedé de rodillas sobre la cama con el culo abierto al aire, pulsando, la entrada boquiabierta durante varios segundos antes de empezar a cerrarse. Metí dos dedos, después tres, después cuatro, y ahí, con el ojete todavía abierto de par en par y el coño empapado, me bajé la otra mano al clítoris y me froté rápido, sin piedad. El orgasmo me sacudió entera en menos de un minuto: sentí las contracciones en el culo apretando los dedos, el coño escupiendo un chorro corto sobre la sábana, y me quedé temblando boca abajo, respirando contra la almohada, con las piernas abiertas y el ano todavía latiendo. Esa apertura plena, esa sensación de quedar completamente dilatada y correrme con el culo así, es a lo que vuelvo una y otra vez. No hay nada que se le parezca.

Así terminó el ejercicio del día. Guardé los juguetes, los lavé uno por uno con jabón neutro, me metí a la ducha y me lavé con calma, pasándome los dedos por el ojete todavía sensible, sintiendo cómo el agua tibia bajaba por la raya. Volví a ser la mujer ordenada que el resto de la casa esperaba. Cuando mi marido llegó, cenamos, hablamos de cualquier cosa, vimos algo en la televisión. Él nunca sospechó nada, ni siquiera cuando me removí un poco en el sofá porque el culo me seguía palpitando bajo el pantalón. Esa misma noche, ya acostada cerca de las nueve, todavía conservaba la sensación de plenitud, como un eco tibio que me acompañó hasta quedarme dormida con la mano entre los muslos.

Lo disfruté muchísimo. Mi cuerpo, todavía más. Y lo más extraño es la calma que viene después, esa sensación de haber cumplido conmigo misma, como quien termina un entrenamiento exigente y se queda mirando el techo, satisfecha, con el pulso lento y el ojete abierto tibio bajo las sábanas.

Voy a seguir con la rutina, por supuesto, abierta a las sugerencias de Tomás y a mis propias ganas de probar más. Quizás la próxima vez infle la pera una vuelta de más. Quizás me clave las dos vergas a la vez, una en cada agujero, y le mande el audio a Tomás para que escuche cómo me suena el culo mientras me corro. Quizás invente algo que ni él imagine.

Cuento esto sin culpa. Hay una parte de mí que vive entre las dos y las cinco de la tarde, con la puerta cerrada, el cronómetro en marcha y una verga de silicona hundida hasta el fondo, y esa parte soy yo tanto como la que firma informes. Si llegaste hasta acá, supongo que ya lo entendés.

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Comentarios(7)

MarceloLect

Increible!!! me tuvo pegado a la pantalla hasta el ultimo parrafo

Vero_1983

jajaja no puedo creer que hayas contado esto, que valentia. Me quedo la duda de si alguien te llego a descubrir alguna vez

LauMendoza

me identifico demasiado con esto, mas de lo que me gustaria admitir jaja. Sigue escribiendo asi

Ricky_BA99

Excelente!!! se hizo muy corto, quiero mas

NelsonRdz

tremendo. Lo lei dos veces y la segunda fue mejor

ClaudioF_77

De las mejores confesiones que lei aca. Se siente autentico, no inventado. Felicitaciones.

TeresaLect

Los detalles del ambiente hacen que te metas en la historia, muy bien escrito

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