La noche que perdí el combate y todo lo demás
La derecha cruzada le entró a Vera por el ángulo ciego y la mandó a la lona como un saco. No oyó el golpe, no oyó al árbitro, no oyó nada. Solo notó el zumbido eléctrico subiéndole por la nuca y el sabor metálico de la sangre acumulándose en la comisura de la boca.
—Cinco… seis… siete…
Intentó incorporarse. Una pierna respondió. La otra no. La cuenta llegó al diez antes de que su cuerpo decidiera obedecerle, y para entonces el combate ya era historia. Dos asaltos. Dos. Su récord más vergonzoso, y eso que cargaba con varios sobre las espaldas.
La rival la había superado en todo: piernas, reflejos, edad. Veintidós años contra treinta y cuatro. Vera había intentado boxear como hacía una década, plantada en el centro y descargando, pero los puños de la otra le llovían desde ángulos imposibles, el jab le encontraba la cara con una facilidad insultante, y cuando levantaba la guardia, el uppercut la doblaba por la cintura. Sus propios golpes morían en el aire, espantando moscas, agotándole las pocas reservas que el tabaco y la cerveza le habían dejado intactas.
Mientras yacía en la lona, esperando que el sistema nervioso volviera a conectar con las piernas, no pensaba en la rival. Pensaba en Carla. En la cara que le iba a poner Carla cuando la viera entrar en el piso con el ojo izquierdo cerrado y la nariz hinchada. En cómo iba a explicarle, una vez más, que el problema no era el boxeo, no era la edad, no era la mala suerte. Que el problema era ella misma y todo lo que se negaba a mirar.
El entrenador la sacó del ring sujetándola por el hombro. Los abucheos del pabellón la siguieron por el pasillo hasta el vestuario, y Vera caminó con la capucha calada hasta los ojos, fingiendo no oír. En el vestuario se metió bajo la ducha fría sin desvestirse. El agua le bajó por la cara y le entró en los ojos como si quisiera limpiarle algo más que el sudor.
Cuando salió, su mánager la estaba esperando con un sobre marrón en la mano.
—Toma —dijo, lanzándoselo sobre el banco—. Es lo que te toca.
—¿Y la próxima?
—No hay próxima. He estado dándole vueltas estos meses y tendría que habértelo dicho ya. Se acabó, Vera. No voy a seguir siendo el payaso que te firma combates para que tú los pierdas borracha.
—No te pases.
—¿Que no me pase? —Le arrancó el cigarrillo que ella estaba intentando encenderse y lo pisó—. Mírate. ¿Cuándo fue la última vez que entrenaste tres días seguidos? ¿La última semana que no te oliera la ropa a alcohol? Búscate un trabajo. Búscate la vida. Yo ya no.
Dio un portazo al salir. Vera se quedó mirando el sobre en silencio, encendiendo otro cigarrillo con dedos torpes. Por la boca le subió algo parecido a la rabia, pero más cansado.
***
Antes de subir a casa hizo la parada de costumbre en el pub de la esquina. La lluvia caía intensa aquella noche y Vera entró empapada, dejando un reguero hasta la barra. El camarero levantó la vista del vaso que estaba secando y arrugó la frente.
—Joder, Vera. No sé qué le pagas a esa chica para que no te raje la cara entera.
—Métete en tus cosas.
—La de siempre, supongo.
—No. Esta noche no.
Se quedó mirando las botellas alineadas detrás del camarero. Whisky, ron, vodka, ginebra. Cada una con su promesa de borrar la velada. Tiró cinco euros sobre la barra y se levantó sin pedir nada. El camarero la miró extrañado.
—¿Y eso?
—Por la molestia de verme la cara.
Salió a la lluvia con las manos hundidas en los bolsillos de la cazadora y caminó las cuatro calles hasta su portal pisando charcos.
***
Carla estaba en la cama con la tablet apoyada en las rodillas, viendo una de esas series escandinavas en las que nunca pasa nada y todo el mundo está triste. Levantó la vista cuando Vera entró al dormitorio, y la expresión se le congeló a medio camino entre la ternura y la resignación.
—Otra vez —dijo.
—Tendrías que ver a la otra.
—La otra no me importa.
Vera se inclinó y le dio un beso corto en la boca, intentando esquivar la conversación. Carla se lo devolvió sin entusiasmo, dejó la tablet sobre la mesilla y se quedó mirándole el ojo hinchado.
Casi dos años llevaban juntas. Carla tenía veintisiete años, trabajaba como traductora en una editorial pequeña y pagaba el alquiler, la luz, internet y las cenas de los viernes. Vera ponía algún billete de los combates cuando ganaba, que últimamente no era casi nunca. Por las mañanas, Vera dormía. Por las noches, Vera fumaba y bebía en el sofá. Y por algún motivo que ni ella misma comprendía, Carla seguía allí.
Vera se quitó la ropa empapada y se quedó desnuda al borde de la cama. Carla la miró y la deseó, una vez más, con esa mezcla de admiración y rabia que le producía aquel cuerpo nervudo, lleno de cicatrices pequeñas y de músculo seco. Se incorporó, le puso una mano en la cintura y la atrajo hacia el colchón.
El dedo de Carla bajó por el esternón de Vera, recorriendo cada hueso y cada estría. Le acarició los pechos pequeños, el pezón duro y oscuro, y siguió hacia abajo siguiendo el surco marcado del abdomen, hasta llegar al sexo depilado, donde solo quedaba un triángulo corto de vello. Vera cerró los ojos y dejó que aquellas yemas conocidas le abrieran los labios y la encontraran ya mojada.
Dos dedos entraron en ella con una facilidad que la avergonzaba un poco. Levantó una pierna y apoyó el pie sobre el colchón para abrirse más. Carla movió la mano dentro de ella con un ritmo que conocía de memoria, mientras la otra le agarraba una nalga y la apretaba como si quisiera dejarle huella. La boca bajó después, y la lengua le encontró el clítoris con esa misma precisión cansada y amorosa que la sacaba de quicio y la salvaba al mismo tiempo.
Vera se corrió con un jadeo breve, casi pidiendo perdón. Carla subió, le besó el muslo, le besó el ombligo, le besó la boca buscando que ella le devolviera algo, que la tumbara, que le dijera ven. Pero Vera ya tenía los párpados pesados y la cabeza llena de la cuenta hasta diez.
—Lo siento —murmuró—. Mañana.
Carla no contestó. Se dio la vuelta hacia la pared y apagó la luz.
***
Cuando Vera abrió los ojos, las persianas dejaban entrar una luz extraña, anaranjada, de tarde de invierno. Carla estaba de pie a los pies de la cama, abrigada, con las manos cruzadas sobre el vientre.
—¿Qué hora es?
—Las cinco y media.
—Joder.
—Has dormido toda la noche y todo el día.
Vera estiró el brazo hasta la mesilla, pescó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo sin levantarse.
—Te he dicho mil veces que no fumes en casa.
—No me toques los ovarios.
Carla apretó los labios. Iba a decir algo, lo tenía en la lengua, pero lo tragó. Vera se levantó desnuda, fue a la nevera y abrió una lata de cerveza. Cuando volvió al dormitorio bebiéndose el primer trago, Carla ya no estaba allí. La oyó cerrar la puerta del salón con una suavidad que era peor que un portazo.
***
El gimnasio estaba casi vacío a las nueve. Dos chicas en las cintas y, en el ring, Iván machacando el saco como si quisiera tirarlo abajo. Levantó la cabeza cuando vio a Vera entrar.
—Joder, princesa, me dijeron que te dieron lo tuyo.
—Pues te mintieron.
—Sí, ya veo —dijo, mirándole el ojo—. Cámbiate y echamos unos guantes. A ver si te quito esa cara de mártir.
Vera se metió en el vestuario y salió con unas mallas cortas y un top negro. Iván silbó por lo bajo cuando la vio acercarse al ring.
—Estás cada vez más buena, princesa. Una pena lo que te gusta.
—Átame los guantes y cállate.
Iván era un metro noventa de chuleta con una sonrisa torcida y unos brazos como dos jamones colgando. Le sacaba una cabeza larga y, cuando se inclinó para apretarle los velcros, ella notó el aliento a chicle de menta sobre el cuello.
—¿Cuándo me dejas invitarte a una barbacoa? Pescado todos los días tiene que cansar.
—Ahora vamos a hostiarnos —contestó ella, sin mirarle.
Subieron al ring, chocaron guantes y empezaron a moverse. Vera lanzó un jab que Iván esquivó con la cintura. Otro. Y otro más, todos al aire. El suyo, en cambio, le entró limpio en la frente.
—La bollera esa tiene que follar como una bestia para que no te apetezca probar una buena longaniza.
Otro jab le aterrizó en el mentón. Vera apretó los dientes y empezó a tirar al cuerpo, golpes cortos y rabiosos buscando la línea de flotación. Iván se cubría con los codos y se reía detrás de la guardia. Cuando Vera bajó la suya, le cayó un cruzado de derecha que le partió el labio por dentro y le hizo ver fogonazos blancos. Algo se desbloqueó. Se le acabó la técnica y empezó la calle.
Le tiró encima como una perra rabiosa, descargando con las dos manos, sin protección, sin asaltos, sin reglas. Iván retrocedió, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la lona, y Vera cayó con él, encima de él, golpeándole la cabeza y los hombros sin parar. Él aguantó dos golpes más, la giró con un movimiento rápido de cadera y la inmovilizó boca arriba, sujetándole las muñecas a los lados.
—¿Qué cojones te pasa? —le gritó pegado a la cara.
Vera quiso contestar y no le salió nada. Sintió el peso entero de Iván sobre ella, la respiración acelerada chocándole contra el cuello y, entre las piernas, a través del fino tejido de las mallas, un bulto duro que se había puesto duro en algún momento de la pelea y que ahora le presionaba el sexo con una insistencia que no esperaba.
Una corriente fea, sucia, le subió por la espalda. Movió la pelvis hacia arriba, una sola vez, casi sin querer. Iván tragó saliva. Se miraron a los ojos un segundo entero, sin parpadear. Después se lanzaron a la boca el uno del otro sin elegancia ninguna, mordiéndose los labios, tirándose de los guantes con los dientes para soltárselos.
—Quiero follarte —dijo él contra su oreja.
—Cállate y hazlo.
—Tendría que haberte zurrado antes.
—Cabrón.
Iván le bajó las mallas hasta las rodillas, se desató los pantalones cortos y se sacó la polla, larga y curvada hacia arriba. Vera la cogió, la guio entre sus piernas sin dejar de mirarle a la cara y empujó las caderas hacia delante, ensartándosela de un solo movimiento. El gemido se le escapó tan ronco que sonó como un puñetazo más.
Le clavó las uñas en las nalgas y lo apretó contra ella. Iván empujaba con una furia ordenada, mecánica, igual que pegaba al saco. Sin separarse, Vera se subió encima y le arrancó la camiseta. Apoyó las manos en aquel pecho enorme y empezó a moverse como si quisiera romper algo. Se quitó el top de un tirón y lo lanzó fuera del cuadrilátero.
Desde las cintas, las dos chicas miraban con los ojos como platos, sin saber si reírse o irse. A ninguno de los dos le importó. Iván le mordió un pezón pequeño y oscuro y le retorció el otro entre dos dedos. Vera se corrió cabalgándole, gritando sin tapaderas, mientras el orgasmo le sacudía las piernas durante varios segundos largos.
Apenas pudo recuperar el aliento. Iván la tumbó boca abajo, le abrió las piernas con las rodillas y volvió a metérsela desde atrás. Otra vez. Más fuerte. Vera apretó los puños contra la lona y notó que el siguiente orgasmo subía como una ola que no iba a poder esquivar. Cuando la rompió, Iván salió de ella y le vació encima un chorro espeso que le manchó la espalda hasta los omóplatos.
Se quedó un instante quieto, respirando, sobre ella. Después se hizo a un lado.
—Menudo polvazo, princesa. ¿Te vienes a casa?
Vera se incorporó. Miró hacia las cintas y las dos chicas apartaron la vista. Cogió su top del suelo, se limpió el semen con él y bajó del ring desnuda, con la naturalidad de quien sale del mar.
—Otro día.
Iván sonrió mirándola caminar hacia el vestuario y volvió a empalmarse.
***
La lluvia seguía cayendo cuando salió a la calle. Vera se subió la capucha y caminó hacia casa pisando los mismos charcos. Había gozado, eso era innegable. Había gozado más que en muchos meses. Y sin embargo, por dentro, nada se había movido del sitio.
Fue entonces, en esa calle vacía y mojada, cuando lo entendió. Lo entendió de golpe, como un crochet bien dado. No era el boxeo. No era el alcohol. No era Carla. Era ella, era el miedo a aceptar que llevaba dos años queriendo a una mujer y fingiendo que solo le hacía un favor. Era el miedo a llamarse a sí misma con la palabra justa. Era el miedo a quedarse quieta el tiempo suficiente como para sentir algo de verdad.
El frío de la lluvia se le metió por el cuello y entendió que ese frío iba a ser su única compañía si dejaba escapar a Carla. Entendió que no necesitaba etiquetarse de nada. Bastaba con aceptar que la quería y dejarse llevar. Solo eso. Solo dos años tarde.
Subió las escaleras corriendo. Entró en el piso empapada, dejando otro reguero por el pasillo, y encontró a Carla en el sofá del salón, con un libro en el regazo y los pies recogidos debajo de una manta. La miró con un sobresalto.
—Vera, estás chorreando.
Vera se arrodilló a su lado, le cogió las dos manos con las suyas mojadas y heladas, y la miró a los ojos.
—Te quiero.
Carla la miró largo. Cerró el libro. Lo dejó sobre la manta sin apartar los ojos de los suyos.
—Demasiado tarde.