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Relatos Ardientes

Conocí a mi mejor amante en una app de citas

Me desperté aquel sábado por la mañana ilusionada y nerviosa a partes iguales. Por fin iba a conocer en persona a Adrián, el hombre con el que llevaba casi un mes escribiéndome desde una app de citas. Habíamos retrasado el encuentro una y otra vez por sus viajes de trabajo, o eso me decía él, y la espera solo había conseguido que mi curiosidad creciera hasta volverse impaciencia.

Tenía cuarenta y nueve años, una piel clara que contrastaba con una barba canosa muy bien recortada y, por las fotos, se le intuía un cuerpo cuidado sin obsesión. Pero lo que de verdad me había atrapado no era su físico. Era su manera de escribir.

Me encantan los hombres seguros y educados, esos que dejan claras sus intenciones desde el primer mensaje sin caer en la vulgaridad, ni siquiera en broma. Venía de una mala racha: hombres distraídos, groseros, incapaces de un mínimo de erotismo o de delicadeza. Adrián parecía justo lo contrario, y yo necesitaba creer que aún existían hombres así.

Nada más verlo de pie en la pequeña plaza donde habíamos quedado, supe que la espera había valido la pena. Vestía con una elegancia sobria: traje cruzado oscuro, jersey fino negro y zapatos de piel impecables. Yo me había decidido por una falda larga color verde oliva —desde entonces estoy convencida de que me trae suerte—, una blusa de seda en tono crema, una chaqueta de cuero negra y mis botines favoritos, de tacón medio y cómodos como ninguno. Nos saludamos con dos besos y, por fin, escuché su voz.

—Hola, Lucía. Tenía muchas ganas de conocerte. Temía que perdieras la paciencia con mi agenda imposible.

—No te preocupes por eso ahora —contesté, casi hipnotizada por aquel tono grave y tranquilo.

La noche prometía. Cenamos en un restaurante japonés que él eligió teniendo en cuenta lo que yo le había contado sobre mis gustos. Ese detalle, tan tonto en apariencia, me derritió un poco más.

—¿Sabes una cosa? —dijo a media cena—. Estás mejor en persona. Las fotos que subiste no te hacen justicia.

—Lo mismo digo —respondí, guiñándole el ojo izquierdo.

La conversación fluyó sin esfuerzo. Hablamos de nuestros trabajos, pero también de cine, de viajes, de libros que ninguno de los dos había terminado. En ningún momento sentí que aquel hombre fuera a decepcionarme. Cuando llegaron los postres, me miró por encima de la copa de vino.

—¿Qué te apetece hacer después? ¿Vamos al cine?

—La verdad es que no me apetece —dije, sorprendiéndome a mí misma por la rapidez—. No hay nada en cartelera que me interese. ¿Qué tal una copa en tu casa?

Mi atrevimiento pareció pillarlo desprevenido. Pero sonrió y aceptó sin hacerse de rogar.

—De acuerdo.

Insistió en pagar él la cena, alegando que venía de cerrar un mes redondo en el trabajo. Era consultor en una empresa tecnológica con clientes por medio mundo, lo cual explicaba sus continuas ausencias. Al llegar a su piso me quedé de piedra. Vivía en uno de los barrios más caros de la ciudad, con vistas que parecían sacadas de una revista. Muebles elegidos con gusto, una cocina abierta llena de detalles, y un sofá enorme en el que, como comprobaría enseguida, una se hundía sin remedio.

Se quitó la americana y me pidió la chaqueta para colgarlas en el perchero de la entrada. Me senté mientras él preparaba un par de copas: para mí un vodka con limón, para él un gin-tonic.

—Menudo piso tienes, Adrián —le dije, mirándolo directamente a esos ojos color avellana que me tenían fascinada.

—No me puedo quejar —respondió, sentándose a mi lado—. Como te decía, me va bien. Lo único que lamento es no tener con quién compartir todo esto. Las mujeres se cansan de que me pase media vida en un avión.

Unos minutos después, ya cómoda y con el alcohol soltándome, le acaricié el muslo mientras lo escuchaba. No podía dejar de mirarlo como quien contempla algo demasiado bonito para ser real. Él se acercó despacio y me besó en los labios. Fue uno de esos besos lentos, como si me diera tiempo a echarme atrás. Pero echarme atrás era lo último que quería. Deseaba aquel beso y mil más.

Cada segundo nuestros cuerpos se pegaban un poco más. Sus manos buscaban mi pelo, mis pómulos, el lóbulo de mi oreja, con una delicadeza que me erizaba la piel. Yo fui más impaciente: tras acariciarle el pecho por encima del jersey, le pedí que se lo quitara. Quería ver el torso de aquel hombre. Y no solo el torso. Quería verlo entero.

Seguimos besándonos, ahora con verdadera urgencia, y él se atrevió a más. Me tocaba los pechos exactamente como a mí me gusta, sin brusquedad, apretándolos apenas, buscando acomodar mis pezones en la palma de su mano. Me quité la blusa y el sujetador tan rápido como pude. Y entonces hizo algo que me estremeció: se quedó quieto, con la mirada clavada en mis pechos, y se le dibujó una sonrisa que le quitó veinte años de encima.

Dios, cómo me mira.

No soy ninguna modelo, aunque no tengo motivos para quejarme de mi cuerpo, y menos de mis pechos. Pero aquella mirada me subió el ánimo y el deseo a partes iguales. Me hacía sentir especial. Deseada de verdad.

Se inclinó sobre mí con suavidad y decisión a la vez, y empezó a recorrer la aréola de mi pecho derecho con la lengua. ¿Cómo era posible que aquel hombre, en nuestra primera cita, supiera tan bien lo que me volvía loca? La intensidad fue creciendo poco a poco. Cuando atrapó el pezón y lo succionó, yo ya estaba mojada, pero quería que aquello durara. Un mordisco suave me hizo gritar su nombre.

Su mano empezó a subir por mis muslos, apartando la falda, buscando lo que tanto deseaba que encontrara. Apartó la ropa interior a un lado y, en cuestión de segundos, dio con el sitio exacto. Sin dejar de jugar con mis pechos, presionó mi clítoris con una precisión que me dejó sin aliento.

—Joder, Adrián —jadeé—. Esta noche haz conmigo lo que quieras. Lo que sea, sé que lo vas a hacer de maravilla.

Volvió a mirarme, sonrió y me hizo ponerme de pie.

—Enséñame ese cuerpo. Quiero verlo todo.

Me incorporé despacio, me desabroché la falda y la dejé caer. Después la ropa interior. Él seguía con esa expresión de fascinación que me tenía rendida. Sin que me lo pidiera, me giré para que viera mi trasero. Cuando volví a estar frente a él, ya se había puesto de pie y se estaba quitando los pantalones. Luego la ropa interior. Y lo que vi fue lo más cercano a la perfección que había tenido delante en toda mi vida: un cuerpo sin un gramo de más, sin músculos exagerados —esos nunca me han gustado—, y entre las piernas un sexo semierecto que era una preciosidad.

Me estaba volviendo loca. Lo empujé sobre el sofá, lo hice tumbarse y me lo metí en la boca. Quería darle placer, quería devolverle aunque fuera una parte de lo que él me había hecho sentir un minuto antes. Me esmeré como pocas veces.

Durante años el sexo oral no fue algo que me gustara especialmente; lo vivía como un trámite, un intercambio. Pero aquella noche, por primera vez, lo hacía con auténtico deseo, saboreando cada instante, atenta a sus pequeños movimientos y a esos sonidos roncos de aprobación. Entonces me coloqué sobre él al revés, ofreciéndole mi sexo por si también quería probarlo. Y vaya si quiso.

Mientras yo seguía con la boca ocupada, él empezó a estimularme con la lengua y a introducir un dedo, luego dos, sin perder el ritmo. En pocos minutos ya estaba al borde.

—Adrián, me tienes. Estoy a punto.

Él respondió con un gruñido de aprobación, incapaz de hablar, y me animó a dejarme ir. Cuando empezaba a temblar, noté que uno de sus dedos abandonaba mi interior y acariciaba con cuidado mi ano, ayudado por toda aquella humedad. Aquello me hizo estallar.

—¡Me corro, me corro!

Siguió estimulándome hasta el último temblor. Cuando terminé, me dejé caer sobre su cuerpo, rendida. Sacó el dedo muy despacio y juraría que oí cómo se lo llevaba a la boca.

—Tienes un sabor increíble —murmuró.

—Me has dejado sin fuerzas. No creo que te sirva para mucho más esta noche.

—Claro que sí —dijo con una seguridad que me encantó—. Eres una mujer, y por lo que veo, muy sexual.

Sonreí pensando que tenía toda la razón. Quería hacerlo todo con él esa noche, como si el mundo fuera a terminarse al amanecer.

Me estiré a su lado, besándolo, acariciándolo, disfrutando de aquel cuerpo sin prisa. Nunca había sentido tanta conexión, tanta confianza, con alguien a quien acababa de conocer. Me sentía como una adolescente redescubriendo el placer.

—¿Vamos a la cama? Estaremos más cómodos.

Asentí. Me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio. Era perfecto: amplio, con una cama enorme y un espejo en la puerta del armario que reflejaba la luz tenue de la mesilla. Me senté en el borde mientras él sacaba una caja de preservativos del cajón. Lo hice tumbarse y empecé a recorrer su cuerpo con las manos, desde las piernas hacia arriba, sin dejar de sonreírle. Sentía a la mujer descarada que vive en mí pidiendo paso a gritos. Volví a llevarme a la boca aquella maravilla, ya de nuevo dura.

Habría estado horas así. Pero cuando estuvo listo, se puso el preservativo y yo me senté encima de él. Lo necesitaba dentro. Lo introduje despacio, saboreando cada centímetro. Apoyé las manos en sus hombros y empecé a moverme en semicírculos sobre su pelvis, buscando el roce justo en mi clítoris.

—¿Te gusta así, Adrián?

—Me gusta —jadeó—. Me gusta tu cuerpo y cómo te mueves.

—Esta noche soy tuya —le dije sin dejar de gemir, acelerando.

Intenté poner en práctica los ejercicios de suelo pélvico que había aprendido semanas antes en una sesión que me recomendó mi amiga Marta. Y vaya si funcionaron.

—Mmm, Lucía, ¿qué me estás haciendo? —dijo entre risas y gemidos.

Éramos dos adultos experimentados disfrutando del sexo sin complejos. Así seguimos unos minutos, hasta que estiré la mano hacia atrás para acariciar sus testículos y comprobar cómo mi humedad lo había inundado todo. Entonces, sin salir de mí, me hizo estirar las piernas y, con un movimiento rápido, nos giró para quedar él encima.

—Uf, qué habilidoso. Así, fóllame tú ahora.

Empezó a empujar con pasión. Su sexo entraba y salía casi por completo y me hacía temblar como una hoja al viento. Con las piernas cruzadas sobre su cintura lo atraía aún más hacia mí. A veces la sacaba del todo, provocándome una frustración deliciosa, y luego me rozaba con el glande antes de volver a entrar. Cada vez que lo hacía, yo le pedía más.

—Métemela bien adentro. Quiero sentirte. Dame más.

—Toda tuya, Lucía.

Y volvía a hundirse en mí, cada vez con más ganas. Después decidió cambiar de postura. Me puso a cuatro patas, me besó las nalgas y volvió a entrar. Con la mano derecha empecé a tocarme mientras él empujaba con fuerza, alternando los tirones de mi cintura con caricias y algún cachete suave en las nalgas.

Las embestidas se volvieron casi violentas y mis dedos hicieron su trabajo, ese que tantas veces habían hecho a solas.

—¡Me corro, me corro, vamos, hazlo!

Segundos después lo noté deshacerse, vaciarse en un orgasmo intenso, casi con espasmos. Nos dejamos caer, yo sobre las sábanas, él sobre mi espalda. Con cuidado, lo sentí retirarse despacio para quitarse el preservativo.

Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento, hasta que me giré para besarlo.

—¿Te das cuenta de lo que me acabas de hacer?

—Sí —respondió sonriendo—. Te he dado placer, de la mejor manera que sé. Y tú a mí.

Reímos, nos besamos, hablamos hasta tarde. Me quedé a dormir y a la mañana siguiente desayunamos juntos como si lleváramos años haciéndolo. Me sentía absurdamente feliz. En los meses que siguieron tuvimos tres encuentros más, todos igual de intensos. Y entonces, sin más, desapareció de mi vida como había llegado. Lo echo de menos. Fue, con diferencia, el mejor amante que he tenido nunca.

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Comentarios (5)

PabloBA2k

Buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Lorena_K

Me encanto como lo narraste, se siente que paso de verdad. Seguí escribiendo!

Curioso_76

Las apps de citas a veces te dan sorpresas asi jaja. Excelente relato, muy bien contado.

MarisolFK

Por favor una segunda parte, quede con mucho morbo de saber como siguio todo entre ustedes

SergioMDP

Me recordo a una experiencia propia, aunque no tan intensa como la tuya jaja. Muy buena escritura, se lee de corrido.

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