La recepcionista que subió a devolverme la tarjeta
Marina era la recepcionista de un complejo de apartamentos repartidos alrededor de una piscina, a primera línea de mar. Desde que descubrí el sitio, cada vez que el trabajo me obligaba a viajar por aquella costa intentaba reservar uno de esos apartamentos. Eran amplios, con una cama enorme de doscientos por doscientos, jacuzzi y una vista al Mediterráneo que valía cada euro.
Con Marina teníamos la confianza que da haberte cruzado varias veces reservando en el mismo lugar. Nos tuteábamos. Ella tendría unos cuarenta y siete, con un cuerpo trabajado en el gimnasio y el pelo siempre recién salido de la peluquería. Morena, melena larga con ondas suaves que le caían sobre los hombros. Y un perfume que se quedaba flotando en la recepción después de que ella pasara.
Esa tarde llegué un poco justo de hora. Marina terminaba su turno a las siete y faltaba menos de media hora. Se le notaba que tenía ganas de marcharse, y esa especie de pereza compartida fue lo que dio pie a una conversación más larga de lo normal mientras ella rellenaba los papeles y me invitaba a un café de máquina.
Hablamos de tonterías, del calor que había hecho ese verano, de lo vacío que estaba el complejo entre semana. Ella apoyaba los codos en el mostrador y se inclinaba hacia mí cuando preguntaba algo, como si la distancia entre los dos no le importara demasiado. Yo asentía a todo sin escuchar del todo, más pendiente de su boca y de la manera en que jugaba con el bolígrafo entre los dedos.
Llevaba unos vaqueros de licra ajustados como una segunda piel a sus piernas largas, y una camiseta de punto pegada al cuerpo que dejaba ver un buen escote entre sus pechos generosos. No pude evitar un comentario sobre su figura. Ella ni se inmutó, y yo me sentí un imbécil en el acto.
—Marina, con un suspiro hondo se te escapan de la camiseta —dije, y me reí solo, nervioso.
Ni una mueca. Quise disculparme y no me salió. La verdad es que lo que de veras quería era acostarme con ella, y lo demás eran rodeos.
Me había tocado un apartamento un poco apartado del resto. En el complejo solían acompañarte hasta la puerta como detalle de cortesía, para que no te perdieras y supieras llegar después. Esa vez también fue así, y me acompañó ella.
El apartamento estaba en un primer piso al que se subía por una escalera estrecha, de uno en uno. Al llegar al pie me cedió el paso, pero le sugerí que fuera ella delante, que conocía el camino. La razón verdadera era otra, y se la dije con descaro: así, desde atrás, disfrutaría de su culo moviéndose escalón a escalón. De nuevo ningún comentario. Me sentí grosero, pero sin remordimiento de verdad, porque el deseo me podía y en ningún momento pretendía ofenderla.
Arriba me abrió la puerta, comprobó que el aire acondicionado funcionara poniéndolo en marcha y se despidió con una sonrisa amable, ya de salida hacia sus cosas.
***
Una vez solo, deshice la bolsa de viaje, ordené un poco las cosas en el baño y empecé a llenar el jacuzzi. Me apetecía un baño de burbujas después de tantas horas de carretera. El agua subía despacio, el vapor empañaba el espejo y por la ventana entraba el último sol de la tarde, naranja sobre el mar. Pensaba en ella, en su escote, en lo idiota que había sido en la recepción, y me reprochaba no haber sabido callarme a tiempo. Desnudo, con un pie casi dentro de la bañera, llamaron a la puerta.
¿Quién va a ser?
Pensé que alguien se habría equivocado de apartamento y decidí no abrir. Pero insistieron, primero con el timbre y luego con los nudillos. Solté un taco entre dientes, me lié la toalla a la cintura y fui a ver.
—Te dejaste la tarjeta abajo, en recepción —dijo Marina—. Te la subo por si la necesitas, que después te tocaría volver a buscarla. Te la dejo en el mueble de la tele.
Entró sin vacilar a dejar la tarjeta. Pero al volverse para salir yo le bloqueaba el paso, y la puerta ya estaba cerrada a mi espalda. Nos quedamos mirándonos un instante, sin decir nada, como dos personas que llevan meses dándole vueltas a lo mismo.
Le acaricié los pechos. Primero despacio, por encima de la tela, y luego con menos disimulo. Ella siguió sin hablar. La besé, y noté que su mano buscaba bajo la toalla, todavía floja, y me cogía entera con la palma. Debió sentir cómo crecía y se endurecía en su mano, centímetro a centímetro, como algo que cobra vida propia. Suspiré contra su boca.
La excitación me latía en el bajo vientre con una fuerza que no recordaba. Su mano subía y bajaba con una lentitud que parecía un reconocimiento minucioso, sin prisa. Yo le susurraba al oído cosas que ahora ni me atrevería a escribir, y me hundía en sus pechos, ya fuera de la camiseta y del sujetador, chupando sus pezones erizados.
La miré a los ojos. Tenía la boca entreabierta y se lamía el labio. Caminamos los dos pasos que nos separaban de la cama y me empujó sobre ella. Caí de espaldas, desnudo del todo. Marina se arrodilló, miró un momento y se la metió en la boca. Sus labios recorrían el tronco, su lengua aplastaba la punta contra el paladar. Noté cómo llegaba al fondo de su garganta hasta darle una arcada, y me la sacó con un hilo de saliva espesa colgando, uniéndonos todavía.
Volvió a tragársela, más hondo, con más ganas, hasta que las arcadas le humedecieron los ojos. Le daba igual. Escupía sobre la punta, repartía con la lengua y los dedos, bajaba a mis testículos y subía de nuevo. Sonidos húmedos, succión, saliva por todas partes. Le puse los dedos en la cabeza, enredados en su pelo oscuro, y empujé un poco.
—Más adentro —le dije.
Obedeció. La saliva le desbordaba la boca, no controlaba las arcadas, jadeaba, y todo aquello me dejaba empapado.
—Me encanta tu polla —murmuró.
Yo no podía evitar pequeñas embestidas desde la cama, follándole la boca despacio.
—Estoy empapada —dijo de pronto—. Vamos.
***
Volaron sus vaqueros y el tanga salió enredado con ellos. Se sentó a horcajadas sobre mí, apuntó con la mano y se hundió de una vez. No fue suave: fue firme, decidida, hasta el fondo. Me clavó las uñas en el pecho hasta hacerme daño.
—Hostia, qué grande es —dijo entre dientes.
Y empezó a balancearse sin contemplaciones, sin preguntar nada, con los pechos botando delante de mi cara y las nalgas chocando en cada bajada. El ruido era obsceno, una mezcla de piel mojada y fluidos. Empezamos a follar sin control, ella arqueada hacia atrás para hundirme entero en cada embestida.
—Más fuerte… no pares… sí, así —jadeaba.
Le di una palmada en el muslo.
—Sí —gimió.
Otra.
—Sí, otra vez.
Le daba igual todo, solo quería más, más fuerte, más adentro. Se retorcía sobre mí como si fuera justo lo que llevaba buscando sin saberlo. La obligué a salir, sujetándola de la cintura.
—¿Qué haces? —protestó.
—Date la vuelta —le dije, mientras le palmeaba el culo ya enrojecido.
Se puso de rodillas en la cama, con la cara hundida en las sábanas. Escupí en mis dedos y le acaricié el sexo, dejando que el pulgar resbalara hacia su ano.
—Sí, métemelo —pidió.
El pulgar ya se movía dentro de ella. Con la otra mano le acariciaba el sexo chorreante.
—Mete otro, vamos —insistió.
Dos dedos dentro, moviéndose, ensanchando, abriendo paso. Marina empezó a gemir sin contención, empujando hacia atrás contra mis manos. Saqué los dedos, escupí un par de veces más y apoyé la punta contra ese agujero ya dilatado. Empujé apenas, despacio. La cabeza entró y ella dio un grito corto, agudo.
—Espera, espera —jadeó.
Media punta dentro. Respiraba hondo, rápido, acostumbrándose a algo demasiado grande para ella.
—Sigue —dijo, casi imperceptible—. Despacio, métela toda.
Gemía con cada milímetro. Le dolía, era un dolor real, y aun así no quería que parara. Yo avanzaba despacio. Le goteaba el sexo por dentro de los muslos. Cuando estuvo toda dentro, se quedó un instante quieta.
—Fóllame —dijo—. Fóllame el culo.
Empecé a salir y entrar despacio, siguiendo el ritmo que ella misma me marcaba. Poco a poco el dolor se le fue transformando en otra cosa, una sensación que le latía en todo el bajo vientre. Fui cogiendo más ritmo.
—Tócate —le dije.
De pronto la recorrió un espasmo violento y soltó un grito sin vergüenza. El primer orgasmo le llegó con mi polla hundida en el culo. Sus contracciones le apretaron los muslos y me atraparon dentro de ella. Empecé a embestir rápido, al límite, mientras ella se corría una vez tras otra.
Hundido hasta el fondo, con un gruñido grave, me vacié dentro de ella. La sentí estremecerse al notar el calor llenándola. Salí despacio. Marina se quedó temblando a cuatro patas, con mi semen resbalándole por dentro de los muslos, la piel enrojecida y los ojos vidriosos, pero extrañamente en paz.
Acabó tumbándose de lado, de cara a mí. Yo respiraba hondo, sudado, agotado. Nos sonreímos sin decir nada. Al rato nos habíamos quedado dormidos, uno junto al otro, con el ruido del jacuzzi llenándose todavía de fondo.
Algo había nacido entre nosotros aquella tarde, aunque ninguno de los dos supiera todavía ponerle nombre. Lo único que sé es que la siguiente vez que viajé a esa costa, reservé el mismo apartamento sin pensarlo dos veces.