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Relatos Ardientes

Lo que confieso de aquella sala a oscuras

Nunca le he contado esto a nadie, y quizás por eso necesito escribirlo. Me llamo Renata, tengo treinta y cuatro años, y hasta aquella tarde de jueves me consideraba una mujer aburrida, de las que planifican el supermercado y se duermen a las once. Esto es lo que pasó cuando dejé de serlo, aunque solo fuera durante una hora.

La puerta de la tienda se cerró a mi espalda con un chasquido suave, y de golpe el ruido de la calle desapareció. Dentro, el aire estaba cargado de un perfume espeso: cuero recién cortado, vainilla tibia y algo más oscuro debajo, un fondo almizclado que parecía pegarse a la piel. Llevaba semanas pasando por delante del local sin atreverme a entrar. Esa tarde, no sé por qué, simplemente empujé el cristal.

Las luces eran bajas, rojas y violetas, como si el sitio entero estuviera conteniendo la respiración. Había estantes con juguetes de todos los tamaños, lencería tan fina que parecía tejida con malas intenciones, arneses de cuero colgados de ganchos plateados. Pasé los dedos por uno de ellos y noté el frío del metal. Mis pezones ya se marcaban contra la blusa, y entre las piernas latía un pulso húmedo y terco que no recordaba haber sentido en años.

Solo voy a mirar, me dije. Era mentira y lo sabía.

Al fondo del local, casi escondida tras una cortina, había una puerta negra. Un cartel dorado anunciaba: «Sala privada. Solo para quienes se atreven». Me quedé parada delante un buen rato, con el corazón golpeándome las costillas. Una dependienta, en algún punto de la tienda, fingía no verme. Respiré hondo y entré.

La oscuridad me recibió como una mano sobre la cara. Apenas un hilo de luz roja caía desde el techo, suficiente para adivinar siluetas y nada más. El suelo era mullido, acolchado, como si toda la habitación fuera una cama sin bordes. Olía a cuerpos, a sudor reciente, a todo lo que había ocurrido allí antes que yo. Cerré los ojos un segundo y esperé.

Entonces lo sentí. Una presencia detrás de mí, cálida, cercana. No lo había oído entrar. Su aliento me rozó la nuca y un escalofrío me recorrió la espalda entera hasta clavarse abajo, donde ya estaba mojada de pura anticipación.

—Bienvenida —dijo una voz grave, muy cerca de mi oído.

No contesté con palabras. Giré despacio y allí estaba: alto, de hombros anchos, una camisa abierta dejando ver el pecho. La poca luz le marcaba la mandíbula y unos ojos que brillaban con algo parecido al hambre. No le pregunté el nombre. No quería saberlo. Esa era precisamente la razón por la que había entrado: ser, por una vez, nadie con nadie.

Sus manos se posaron en mi cintura y tiró de mí. Nuestros cuerpos chocaron sin violencia, encajando. Noté su erección presionando contra mi vientre y se me escapó un sonido ronco antes de que pudiera tragármelo.

—Estás temblando —murmuró bajando la boca hacia mi cuello—. ¿Es miedo, o son ganas?

—Las dos cosas —confesé.

***

Su boca encontró la mía y no fue un beso suave. Fue urgente, posesivo, de los que te dejan sin aire. Su lengua entró en mi boca y yo la recibí con la misma prisa, agarrándome a la tela de su camisa como si fuera a caerme. Sus manos subieron por mis costados, rozaron la curva de mis pechos, y yo arqueé la espalda pidiendo más sin decirlo.

Me apretó los senos por encima de la blusa, buscó los pezones a través de la seda y los pellizcó hasta arrancarme un jadeo contra sus labios. Cada terminación de mi cuerpo parecía haberse despertado a la vez.

—Quiero probarte —dijo, y la frase me recorrió como una corriente.

Me guio hacia atrás hasta que mi espalda tocó la pared acolchada. La oscuridad nos cubría como un secreto compartido. Bajó despacio, besándome el cuello, mordiendo apenas el hueco de la clavícula. Sus dedos desabrocharon mi blusa con una calma que me volvía loca, y cuando mis pechos quedaron al aire, los reclamó con la boca. Su lengua rodeó un pezón, lo succionó, mientras su otra mano subía por mi falda arrastrando la tela hasta la cintura.

—Estás empapada —susurró al rozar la tela de mi ropa interior.

Separé las piernas antes de que me lo pidiera. Apartó la prenda a un lado y deslizó dos dedos dentro de mí. Gemí sin pudor, porque allí, en aquella penumbra, no había nadie a quien dar explicaciones. Empezó a moverlos despacio, curvándolos justo donde lo necesitaba, donde nadie había sabido buscar en mucho tiempo.

—Ahí… justo ahí —jadeé—. No pares.

—Todavía no —respondió—. Quiero que te corras en mi boca.

Se arrodilló frente a mí en la oscuridad. Tiró de mi ropa interior hacia abajo y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua fue paciente y cruel a la vez: lamió despacio, dibujando círculos, y luego succionó con fuerza mientras sus dedos seguían dentro. Enredé las manos en su pelo y empecé a mover las caderas contra su boca, perdida del todo, sin reconocerme.

—Me corro —avisé con la voz rota—. Me estoy corriendo.

El orgasmo me atravesó como una descarga. Las piernas me temblaron, me sostuve de sus hombros para no caer, y él se quedó allí, bebiendo cada segundo de aquello, gimiendo contra mi piel demasiado sensible. Tardé en volver. Cuando lo hice, lo levanté y lo besé, encontrándome a mí misma en sus labios.

***

Mis manos bajaron hasta su cinturón. Lo desabroché con torpeza, con prisa, y lo liberé. Lo rodeé con los dedos y empecé a acariciarlo despacio, midiéndolo, disfrutando del gruñido que se le escapó.

—Quiero sentirte —le dije al oído.

Me arrodillé yo entonces. Lo tomé en la boca sin pensarlo demasiado, primero la punta, despacio, y después más adentro, hasta donde pude. Él me sujetó la cabeza con suavidad, sin imponer, dejándome marcar el ritmo. Lo miré desde abajo, en la penumbra roja, y vi cómo echaba la cabeza hacia atrás.

—Así —murmuró—. Exactamente así.

Sus gemidos se volvieron más roncos, más cortos. Antes de que perdiera el control me levantó, me giró contra la pared y me dejó con las manos apoyadas y la espalda arqueada hacia él. Sentí la punta de su erección rozando mi entrada empapada y contuve el aire.

—¿Segura? —preguntó, y aquella pregunta, en mitad de todo, me derritió más que cualquier otra cosa.

—Segura —dije.

Empujó despacio, abriéndome centímetro a centímetro, hasta que estuvo del todo dentro. Los dos soltamos un gemido largo. Empezó a moverse pausado, profundo, saliendo casi por completo para volver a hundirse. Cada embestida me apretaba contra la pared acolchada, rozándome justo donde lo necesitaba.

—No pares —supliqué—. Voy a correrme otra vez.

Aceleró. Sus manos se cerraron sobre mis caderas y el ritmo se volvió más duro, más hondo. El sonido de nuestros cuerpos llenaba la sala oscura, mezclado con mis jadeos y los suyos. En ningún momento dejé de ser una desconocida para él, y eso, lejos de asustarme, me liberaba.

—Mírame —pidió.

Giré la cabeza. En la penumbra, sus ojos brillaban. Me besó de lado, sin frenar, y noté cómo se tensaba, cómo el final se le acercaba. Cuando se vino, lo hizo con un gruñido apretado contra mi cuello, y aquel temblor suyo bastó para arrastrarme de nuevo. Mi segundo orgasmo fue más profundo que el primero, más lento, una ola que tardó en romper y tardó en retirarse.

***

No nos detuvimos enseguida. Me giró, me sostuvo contra la pared y mis piernas le rodearon la cintura casi por instinto. Me besó con calma esta vez, recorriéndome la espalda con las manos, como si quisiera memorizarme aunque jamás fuera a volver a verme.

—Una vez más —pedí, y ni yo me reconocía en aquella voz.

Volvió a moverse, despacio al principio, y luego con todo. Mis uñas se clavaron en su espalda húmeda. Nuestros cuerpos resbalaban, el aire se había vuelto espeso, irrespirable, perfecto. El tercer final nos llegó casi a la vez, primero yo, agarrándome a él, y después él, vaciándose con un temblor largo mientras yo seguía estremeciéndome.

Nos quedamos abrazados un rato, jadeando, todavía unidos, dos siluetas sin nombre en una habitación que olía a nosotros. Me besó en la frente, una ternura inesperada después de tanta urgencia.

—Eres increíble —susurró.

—Y tú me has hecho olvidar quién soy —respondí, y era lo más sincero que había dicho en mucho tiempo.

Me vestí con las piernas todavía flojas, buscando la ropa a tientas en la penumbra. Él me dio un último beso, largo, antes de que yo apartara la cortina. Nunca le vi la cara del todo. Nunca supe a qué se dedicaba, ni su nombre, ni si era la primera vez para él como lo había sido para mí.

Al cruzar de nuevo la puerta de la tienda, la calle me pareció demasiado clara, demasiado ruidosa, demasiado real. Volví a casa, preparé la cena, contesté un par de mensajes y me dormí antes de las once, como siempre. Por fuera no había cambiado nada.

Pero dentro de mí algo seguía ardiendo, bajo, constante, como una brasa que se niega a apagarse. Confieso que paso por delante de aquel local más a menudo de lo necesario. Y confieso, también, que tarde o temprano voy a volver a empujar esa puerta.

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Comentarios (5)

Curiosa_pdm

Que confesion mas intensa, me dejo sin palabras. Esa sensacion de entregarte sin saber quien sos del otro lado... tremendo.

PatoLector99

excelente!!!

vale_lectora22

Lo que mas me gusto es la ambiguedad, que no haya nombres ni reglas le da una tension que no se encuentra en muchos relatos. Se siente muy real. Seguí así!!

Lorenzo_MZA

Me recordo algo que me paso en un viaje hace años, esas situaciones te quedan grabadas para siempre jaja. Muy bien contado.

Maricel_RJ

Fue real o es ficcion? Porque se siente demasiado autentico jajajaja, por favor decinos algo!

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