Cité a un desconocido para no perder a mi novio
«Lo tengo dentro de la boca. Me está arrasando entera y yo solo soy capaz de pensar que nunca había sentido nada parecido». Es lo único que consigo hilar cuando mis neuronas, que un segundo antes saltaron por los aires, vuelven a reordenarse despacio.
Estoy en mitad de la nada, dentro de un granero medio abandonado, de rodillas sobre la paja, porque yo misma decidí citarme con un completo desconocido. Y todo empezó por una frase.
—Necesito un tiempo para pensar si eres la mujer de mi vida —me había dicho Adrián tres semanas atrás.
Según él, me faltaba fuego. Pasión. Era demasiado vergonzosa, y eso lo obligaba a tragarse cualquier fantasía que se le pasara por la cabeza. Antes de mí había estado con muchas mujeres y nunca ocultó que en la cama era de los que pedían cosas. A mí me daba igual, era mi primer novio y estaba dispuesta a aprender. El problema eran esas cosas que él sugería a media voz y que yo siempre frenaba en el último instante, muerta de apuro.
Para colmo, últimamente salía cada noche con la gente de su trabajo a un bar muy concreto. No es que yo lo espiara, pero una red social me coló una foto suya mirándole el escote a la camarera, y empecé a tener miedo de perderlo.
—Tienes que soltarte, Marina —me insistía Lucía, mi mejor amiga—. No es él, eres tú, que te avergüenzas de tu propio deseo.
Quizá tenía razón. Y como no me atrevía a confesarle a Adrián que no sabía cómo darle lo que pedía, hice algo impensable en mí. Buscando por internet la forma de complacerlo, me topé con un anuncio escueto.
«Ni pago ni cobro. Solo doy placer y te enseño a darlo».
Sentí un nudo enroscándose en el vientre. No quería perderlo, y si había algo que pudiera hacer para recuperarlo… Tal vez era exactamente eso lo que me faltaba: un extraño, una guía, alguien sin pasado conmigo que me enseñara a soltar las riendas.
Me armé de valor y le escribí. Le conté mi situación, lo que buscaba, lo que me daba miedo. Su respuesta fue una sola exigencia: una foto, con vestido y sin ropa interior, de rodillas. No hacía falta que mostrara nada; bastaba con que yo supiera que estaba desnuda debajo.
Lo hice. Y me dio pudor descubrir que, mientras me fotografiaba para un desconocido, los pezones se me endurecían y se me humedecía el sexo. La envié. A los pocos minutos me llegaron unas coordenadas y una hora.
Estuve a punto de no acudir. ¿Y si era un demente? ¿Y si no me gustaba? ¿A quién, en su sano juicio, se le ocurría algo así? Sin embargo, me vi duchándome, vistiéndome y cogiendo el coche hacia el lugar indicado, con las manos heladas y el cuerpo ardiendo.
El granero olía a heno. Una sola bombilla colgaba del techo, balanceándose apenas. «Vamos, Marina, lo haces por tu futuro con Adrián. No te rajes ahora», me repetí mientras caminaba hasta el centro iluminado y me arrodillaba a esperar.
Fueron los cinco minutos más largos de mi vida. En cuanto crujió la madera, todos mis sentidos se pusieron en alerta. Una sombra se acercó, y supe que era él.
Botas marrones gastadas, vaquero, camisa de cuadros. Y cuando llegué a su cara, me di cuenta de que la llevaba medio cubierta con un pañuelo, como un forajido. No poder verle el rostro, descubrir lo corpulento que era, me excitó de un modo que no esperaba.
—Hola, Marina —dijo, plantándose delante.
—Hola, señor.
Me miró desde arriba. Casi pude notar que sonreía bajo la tela.
—Veo que has obedecido. —Llevó la mano a mi pelo y lo recogió en su puño—. Bonita melena. Larga, como a mí me gusta para enrollarla en mi muñeca.
—Gracias, señor.
—Me gustó tu mensaje. Me gustó saber que quieres que te instruya, y me gustó que tu novio busque en su cama a una mujer dispuesta a todo. ¿Es eso lo que quieres ser, Marina?
No estaba segura, así que me limité a asentir. Su pulgar, ancho y áspero, trazó mi labio inferior.
—Eres guapa y tienes una boca hecha para esto. Sepárala. Saca la lengua.
Obedecí, y él hundió el dedo, tanteándome. No me lo esperaba, y el movimiento me arrancó otra oleada de humedad entre las piernas.
—Eso es. Abre, dame espacio, porque dentro de muy poco vas a tenerme entero ahí dentro.
Sus palabras me encendieron todavía más, sobre todo cuando presionó hasta el fondo y me provocó una arcada. Aflojó al instante.
—Tranquila. Respira. Acostúmbrate. —Repitió el gesto, paciente, hasta que mi garganta dejó de rebelarse—. Ahora levanta la barbilla. La espalda recta.
Me erguí mientras él se desabrochaba el pantalón y lo bajaba hasta los tobillos. Lo que me mostró era bastante más grande que cualquier cosa que hubiera visto. Pensé que era imposible que me cupiera.
—¿Te gusta lo que ves?
Asentí, porque con la boca abierta no podía hablar. Un olor masculino, intenso, me llenó las fosas nasales.
—Bien. Primera lección. Guarda los dientes, Marina.
Me tomó de la cara y se hundió.
Y ahora lo tengo encajado en la boca, y lo siento de un modo tan brutal que no se parece a nada. Cada célula de mi cuerpo se ha despertado a la vez. Tengo la piel tan sensible que casi me escuece, y creo que estoy empapando la paja, porque no llevo nada debajo del vestido.
Entra y sale sujetándome la cabeza con las dos manos. «Me está follando la boca, Dios mío», pienso, y se me contrae el vientre. Es sexo crudo, primitivo, sin un solo adorno. Y muero y resucito con cada embestida, porque este hombre tiene la habilidad de hacer que lo desee, de que quiera que me use así, de que me falte el aire y de que casi me ahogue con mi propia saliva.
La vocecilla intrusa de mi cabeza no se equivoca: si sigue mucho más con este asalto sin tregua, voy a correrme. Y eso, con Adrián, era impensable. Apenas conseguía relajarme. Aquí, en cambio, jadeo cuando aprieta más, y hasta el leve aguijonazo de dolor me gusta.
—Te encanta, ¿verdad, Marina? Joder, cómo la chupas.
Sus caderas se balancean sin descanso. Babeo como una fuente y él se envalentona. Llega al fondo de mi garganta y me aprieta contra su pelvis sin dejarme retroceder.
—Así, quieta. Mira cómo me encajas entera.
No está siendo ni tierno ni cuidadoso. Es lo contrario: ruda, descarnada, conquistadora, su forma de tratarme roza el dolor. Y, sin embargo, me declaro culpable cuando la presión de sus dedos desaparece y vuelve a empezar.
—Así voy a follarte luego —dice—. Pero antes me voy a comer ese coño, que seguro ya está chorreando.
Una contracción atroz me sacude la vagina con su descarga sobre el suelo. Él lo nota y ríe bajo, esa risa que me derrite en un charco.
Saca la polla y, de manera refleja, arrastro la punta de la lengua por mi labio buscando su sabor. No tarda en leerme. Empuja la cabeza contra mis labios de nuevo, dándome lo que le pido sin que se lo haya pedido con palabras. Recojo la gota viscosa que deja, la saboreo en el paladar y gimo, porque no me basta. Me lanzo sin pudor, lamiéndolo entero, recreándome en la punta húmeda, y un gruñido torturado se le escapa cuando cierro la boca en torno a él y succiono despacio.
«Quiero ahogarme con él», descubro fascinada, sin rastro del miedo paralizante que conocía. No le temo a las arcadas ni a la asfixia. No me avergüenza que las lágrimas se me escapen por las comisuras o que la saliva me resbale por la barbilla, ni que él lo vea, que me vea así. Lo succiono otra vez, diciéndole sin hablar que lo quiero dentro. Empuja las caderas, me llena del todo, se retira y repite el movimiento una, dos, tres veces.
Entonces masculla una palabrota, sale de golpe y, agarrándome de los brazos, me gira el cuerpo entero hasta dejarme de espaldas a él. No me da tiempo a quejarme del ardor de las rodillas: en una fracción de segundo me tiene doblada por la cintura, la mejilla contra la paja, y una palma enorme aplastada en mi espalda baja para que no me enderece.
Su respiración se vuelve tan ronca como la mía cuando, con la mano libre, me sube la falda y empieza a acariciarme las nalgas desnudas. Un gemido me trepa por la garganta y muere de golpe: su palma abierta impacta contra mi cachete derecho, y justo después contra el centro de mi sexo empapado. Chillo. Me retuerzo. Él aprieta más.
—¿Quieres saber o no de qué estoy hecho? —Dejo de removerme ante su tono seco y gimoteo que sí—. Bien. Porque hoy voy a disfrutarte como me pidan las ganas. Y voy a hacer que descubras lo que de verdad eres. —Se inclina hasta pegar la boca a mi oreja—. Mía.
Se yergue, recoge desde atrás la humedad de mi sexo con dos dedos y la arrastra más arriba, hasta un lugar que nadie, ni siquiera yo, había tocado nunca. Me tenso. Su voz, enronquecida, rompe otra vez el silencio.
—Súbeme ese culo, Marina. —No pide. Exige. Y yo levanto las caderas todo lo que puedo.
—¿Qué vas a…? —Mi pregunta se ahoga en un gemido larguísimo. Ha enterrado la cara entre mis muslos desde atrás, y su lengua —osada, imposible en esa postura— engulle mi clítoris hinchado.
«Va a hacer que me corra en su boca».
Noto crecer en mi interior un orgasmo que amenaza con ser destructivo. Encadeno un jadeo con otro. Está llegando. Lo siento subir. Y entonces retira la cara, tan de repente como la enterró. Me deja a punto, suspendida. Lloriqueo. Escucho su risa baja.
—Pídeme que te folle, Marina. Pídemelo. Suplícamelo, o me largo ahora mismo.
—Lo quiero… lo quiero dentro, señor, por favor —ruego, y el subidón que me recorre el cuerpo al hacerlo es instantáneo.
—Túmbate de lado.
Obedezco. No puedo verlo, pero él a mí sí. Me saca los pechos por el escote y me pellizca los pezones.
—Las tienes enormes, como a mí me gustan. Pesadas. Menuda pérdida tener esto y que tu novio no sepa aprovecharlo.
La idea me humedeció todavía más. Se la estaba acariciando con la mano libre; podía oírlo, y me excitó saber que se masturbaba mirándome. Se tumbó a mi espalda para que sintiera contra el coño lo duro que estaba. Me rodeó la garganta con la mano y acercó la boca a mi oído.
—¿Confías en mí?
—Confío en usted, señor —musité, y, como recompensa, me dio un mordisco en la oreja.
—Entonces disfruta. Solo eso. De darte lo que ni siquiera sabes que deseas me encargo yo.
Me levantó la pierna, abriéndome para él. Me mordió el hombro por encima de la ropa, me amasó un pecho y me pellizcó el pezón con fuerza. Gemí, con la respiración hecha trizas, desesperada por tenerlo dentro. Cerró los dedos en mi cuello con la presión justa para que la falta de aire se reflejara entre mis piernas; se agarró la polla, colocó la punta en mi entrada y, de un solo golpe, se clavó hasta el fondo. Chillé. Él gruñó desde el estómago.
—¡Dios, eres enorme! —balbuceé, y se le escapó una risa por la nariz.
—Estoy enterrado hasta dentro y no me he caído. Tan enorme no seré.
—Lo eres —insistí, medio ahogada—. Pero me gusta cómo te siento.
Empezó a moverse despacio, con embates largos, sacándola casi del todo para volver a hundirse con lentitud. Cuando empecé a enlazar un gemido con otro, cambió el ritmo y me folló duro, palmeándome el clítoris con la mano libre cada vez que se clavaba en mí. Yo me retorcía, abría más las piernas, sacaba el culo para sentirlo más adentro. Él también jadeaba, como un poseído, sin bajar la violencia de sus acometidas. Apretó un poco más los dedos en mi garganta, y el ardor del coño y la sensación de asfixia se mezclaron en algo que me llevó al borde.
Sentí que el orgasmo me venía a lo bestia. Estaba en mi punto de no retorno, y sabía que él se venía conmigo.
—Córrete. Ahora. —La palmada que dejó caer sobre mi clítoris me tensó de pies a cabeza y me hizo convulsionar. Mis contracciones terminaron el trabajo, ordeñándolo, y con un rugido casi animal se clavó una última vez y se vació entero dentro de mí.
Acabo de recibir muchísimo más que un orgasmo. Mucho más de lo que jamás se había corrido Adrián conmigo. Mi cuerpo se vuelve blando, líquido.
—No voy a preguntarte si te ha gustado, porque sé que sí —me dice cerca de la oreja—. Eres más que suficiente para cualquier hombre, ¿me oyes? No dejes que nadie te haga creer lo contrario. Mereces a alguien que sepa valorar todo lo que llevas dentro.
En cuanto se aparta, siento la pérdida como un vacío.
—¿Por qué me suenas a despedida? —pregunto.
—Porque es hora de que me vaya. Creo que ya has aprendido a soltarte. ¿No era eso lo que buscabas?
—¿Y si necesito más clases? —murmuro, con un temblor en la voz, sin atreverme a mirarlo.
—¿Eso quieres? ¿Que te dé más lecciones?
Consigo darme la vuelta y lo miro, con los pechos al aire y los muslos manchados con lo suyo.
—Sí —me escucho confesar.
Sus ojos oscuros me taladran desde el borde del pañuelo.
—¿Y estás dispuesta a cruzar cualquier límite que te ponga?
Trago con dureza y me digo que lo hago por mi relación. Que solo es por eso.
—Sí.
—Muy bien. Entonces, hasta la próxima, Marina. —Se pone de cuclillas, me eleva un pecho, se aparta apenas el pañuelo y me succiona el pezón con tanta fuerza que me deja una marca. Grito, y lo disfruto. Luego se incorpora y desaparece en la oscuridad del granero tan en silencio como llegó.
Me quedo de rodillas sobre la paja, todavía temblando, escuchando alejarse sus pasos. Y mientras me bajo el vestido sobre la piel marcada, una certeza me golpea con más fuerza que cualquier cosa que él me haya hecho esta noche: ya no estoy segura de estar haciendo esto por Adrián.