La noche que me escapé con el guardia de la disco
Esto que les voy a contar pasó hace apenas un par de semanas, un sábado a la noche, en un boliche de la ciudad donde vivo. Pueden decirme Sofi. Soy bajita, mido un metro cincuenta y cinco más o menos, y no tengo ese cuerpo de revista que tienen algunas de mis amigas. Soy una chica más bien «real», con algún rollito y una panza que de plana no tiene nada.
Aun así, casi siempre llamo la atención. Me gustaría decir que es por mi buena onda y mi alegría —que las tengo—, pero, siendo honesta conmigo misma, sé que es por el culo, que se nota desde lejos, y porque mi mejor carta son las tetas. Con que me ponga el escote más mínimo, ya parece algo vulgar. Para cerrar la descripción: pelo castaño, levemente ondulado.
No soy ninguna santa, he tenido una vida bastante movida, pero déjenme explicarme. No suelo llevarme chicos a la cama; de hecho, hasta antes de lo que les voy a contar, mi historial era de solo dos: mi primer novio, con el que me estrené, y mi último ex. Eso sí, en mis épocas de soltera era rara la noche de fiesta que no terminaba a los besos con alguno.
Algunos besos eran tontos, de esos por la presión de la ronda gritando «¡beso, beso!», o por un Verdad o Reto. Otros eran más calientes, con manos que se animaban a recorrer zonas que no eran precisamente decentes. Pero todo eso se terminó cuando decidí ponerme de novia.
Justamente empecé a salir con un chico al que había besado en una de esas noches. A diferencia del resto, a la mañana siguiente él me escribió, y a diferencia de cómo trataba yo a los demás que también lo hacían, a él sí le di lugar. Salimos un tiempo y al final blanqueamos la relación.
Esta historia no va sobre ese ex, pero necesitaba mencionarlo para que se entienda. Como dije, hoy ya es mi ex. Nunca fui celosa, pero cuando me empezaron a llegar rumores de que se la pasaba revolcándose con su mejor amiga, y él se negaba a poner distancia porque «eran solo rumores» y «la conocía desde chiquitos», no lo banqué. Después de varias discusiones a los gritos, cortamos en medio de un escándalo.
***
Lucas es mi mejor amigo desde hace años, y es el protagonista —y el mártir— de todo esto. Estoy segura de que está enamorado de mí desde antes incluso de que yo me pusiera de novia, pero la verdad es que nunca le di pie ni le seguí ningún intento. Lo tenía en lo más profundo de la friendzone: mi mejor amigo de siempre, sin chance de nada más. Así fue… hasta esa noche.
Ese sábado, con mi grupo de amigas y amigos —Lucas incluido—, decidimos ir a bailar. Ya teníamos unos tragos encima y estábamos en ronda cuando una de las chicas me gritó al oído, por encima de la música:
—Tu innombrable acaba de entrar.
Se me puso la piel de gallina y un escalofrío me bajó por la espalda. La última vez que habíamos hablado fue a los gritos, mandándonos a la mierda. No podía negar que todavía me quedaba algo por él, pero pesaban más la bronca y el rencor. Pasaron unos minutos y por fin lo ubiqué: se paró cerca de la barra, en un ángulo perfecto para verme.
Quedaba un poco de licor de hierbas en la botella y, capaz por los nervios, lo terminé de un saque directo del pico. El grupo me empezó a vitorear, y después de poner cara de asco por semejante trago, traté de volver a meterme en la fiesta.
Estaba decidida a ignorarlo, pero era imposible. Cada vez que lo miraba nos cruzábamos, y en sus ojos no había rencor, sino ganas de acercarse. Orgullosa como soy, opté por ponerme provocadora. Empecé a bailar más suelta, más llamativa; cuando sonaba un temazo y las chicas gritaban, yo era la más escandalosa de todas. El estereotipo perfecto de la chica de boliche.
En un momento volví a mirar a mi ex. En la última hora no se había movido un pelo y seguía clavándome la vista, hasta sonriente. Hoy, con la cabeza fría, creo que su intención era hasta tierna, pero en ese momento, con varios tragos arriba, lo tomé como una provocación.
Sentí un calor en el estómago, un calor vengativo y feo. En mi lógica de despechada pensé: «él me engañó con su mejor amiga; le voy a devolver la cachetada con guante blanco». Así que, sin medir nada, me di vuelta y le planté a Lucas un beso largo, de esos de película.
Todo el grupo quedó en shock. Lucas quedó en shock. Y mi ex también, porque cuando volví a mirar la barra ya había desaparecido. Apenas mis labios chocaron con los de Lucas, su reacción fue inmediata: me correspondió. Me agarró de la cintura, me pegó a su cuerpo y conectó ese beso de una forma romántica. Podría jurar que le sentí el pecho latir más fuerte.
Cuando nos separamos, creo que él entendió que el beso había sido más por la situación que por ganas reales de algo conmigo. Igual, aunque no nos volvimos a besar esa noche, seguimos bailando muy pegados, y al salir nos fuimos de la mano. Me acompañó hasta casa y después se fue. Ahí terminó todo.
***
Durante la semana siguiente, sin embargo, me escribió mucho más seguido y hasta se animaba a tirar algún halago o coqueteo, supongo que tanteando para que yo le siguiera el juego. Pero cada intento terminaba conmigo cambiando de tema o respondiéndole con un «jajaja» de compromiso.
Fue idea de una amiga que ese sábado volviéramos a salir. Se convocó a todo el grupo, Lucas incluido. Les mentiría si dijera que no estaba nerviosa, pero no por los motivos que a él le hubieran gustado, sino porque no quería nada con él y sabía que rechazarlo me iba a hacer sentir mal, aunque fuera inevitable. Desde la previa no dejé de pensar en cómo manejarlo.
Desde que nos juntamos, él empezó a buscarme. En la previa se sentó a mi lado, rumbo al boliche insistió en ir en el mismo taxi que yo, y al entrar quiso pagarme la entrada.
El lugar estaba reventado. Si sacabas una foto desde arriba, parecía el juego de ¿Dónde está Wally? Lo único bueno era que había varios de seguridad —patovicas, gorilas o como se les diga en cada lado— repartidos por todos lados, supongo que para cortar cualquier quilombo rápido. Justo nos ubicamos cerca de uno que, al parecer, era amigo de una de las chicas, porque se saludaron y se abrazaron con mucha confianza.
Pedimos una botella, carísima por cierto, pero se terminó enseguida. Éramos los suficientes como para que no mareara a nadie, y los pocos como para quedar apenas medio entonados. Propuse comprar otra, pero nadie me secundó, así que me quedé con «sed», como decía el grupo.
Lucas notó rápido mi fastidio y, acercándose a mi oído por el ruido, me dijo:
—Vamos por unos tragos, te invito.
Medio caliente por no haber tomado lo suficiente, acepté ir con él a la barra. Me invitó un shot del licor de hierbas y después un trago de autor que vendían ahí: una mezcla rara de licor de chocolate, ron, algo amargo y vaya a saber qué más. Medio litro de combinación peligrosa.
Volvimos con el grupo y nos pusimos a tomar esa bomba. Para cuando íbamos por más de la mitad del vaso, los dos ya estábamos borrachos. Y junto con la sobriedad se le fueron a Lucas el nerviosismo y la prudencia de siempre.
Se arrimó sin vueltas y empezó a bailar conmigo. Intentaba agarrarme la cintura o pegar demasiado su cuerpo al mío, y por más que yo me corría una y otra vez, él volvía a la carga. Esperaba que alguien del grupo le dijera que dejara de ser tan pesado, pero todos miraban para otro lado.
***
Lo que hice después no es algo de lo que esté orgullosa. Él no captaba que yo no quería nada; no sé qué se le cruzó, pero se la jugó e intentó robarme un beso, beso que esquivé haciendo la clásica «cobra». Al ver que nadie reaccionaba, recurrí a medidas extremas. Miré alrededor y el único chico con el que crucé la mirada fue justamente el de seguridad que mi amiga había saludado.
En mi cabeza borracha me pareció buena idea acercarme y coquetearle apenas, lo justo para que Lucas dejara de joder. Me arrimé y, casi sin filtro, empecé a hablarle.
—Hola —dije sonriendo y mirando hacia arriba, porque me sacaba casi una cabeza.
—Hola —respondió, medio confundido, levantando las cejas.
—Me llamo Sofi, ¿y vos? —pregunté como una nena curiosa.
—Eh… Bruno —dijo, rascándose la nuca—. ¿Todo bien?
—Todo bien —contesté rápido—. Bueno… ahora que te hablo, mejor.
Soltó una risita, como si no supiera bien qué decir.
—¿Siempre te acercás así a desconocidos? —preguntó, sin perder la sonrisa.
—Solo a los que parecen interesantes —contesté, envalentonada por el alcohol.
—¿Y eso suma puntos? —bromeó.
—Depende de qué clase de interesante —le dije, mirándolo de arriba abajo sin disimular.
Bruno negó con la cabeza, divertido.
—Tengo que admitir que no me esperaba esto hoy. Normalmente solo me piden que deje pasar gente, y acá adentro casi siempre paso desapercibido.
—Entonces consideráme una excepción —respondí—. Además, parecés demasiado serio para este lugar.
—¿Serio yo? —se rió—. Capaz un poco. ¿Y vos siempre sos así de directa?
—Solo cuando alguien me cae bien —dije, acercándome un poco más.
—¿Entonces te caigo bien?
Hubo un silencio breve. La música se filtraba desde adentro, y él bajó la mirada para quedar más cerca de mi cara.
—Creo que sí —dije en voz baja—. Bastante.
—Entonces vamos bien —contestó con una sonrisa.
Bruno me sostuvo la mirada un segundo de más. Ya no parecía confundido, más bien atento, como tratando de descifrarme. Por un momento sentí que todo alrededor se apagaba un poco.
Di un pasito hacia adelante, acortando la distancia sin pensarlo. Él bajó la cabeza para quedar a mi altura.
—Sos más alto de lo que pensé —murmuré.
—Y vos estás más cerca de lo que esperaba —respondió, sin apartarse.
Incliné apenas la cabeza hacia él, casi sin darme cuenta. Fue un gesto chico, pero suficiente. Bruno se acercó despacio, con cuidado, como si no quisiera romper el momento. Nos besamos. Un roce breve, íntimo, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho. Cuando nos separamos quedamos muy cerca, sonriendo en silencio.
Por un instante sentí que todo desaparecía, pero al volver a la realidad me giré para ver lo que había provocado. Mis amigas tenían la mirada cómplice, fingiendo no haber visto nada. El único con los ojos clavados en mí era Lucas. No parpadeaba. La comisura de sus labios bajó apenas, como si intentara sonreír por reflejo y no pudiera. En su cara se mezclaban la sorpresa, el dolor y una resignación amarga.
Se me prendieron las mejillas. No sabía qué acababa de hacer. Nerviosa, casi apurada, le solté a Bruno:
—Voy al baño.
Y me mandé para allá casi corriendo.
***
Entré, me mojé la cara y me miré al espejo. Parecía haber recuperado algo de sobriedad, porque ya distinguía clarito la culpa por lo que seguramente acababa de destruir en mi mejor amigo. Volví a mojarme la cara antes de salir.
Apenas crucé la puerta, vi que Bruno me había seguido. Estaba parado ahí, justo enfrente.
Por algún motivo, saber que me había seguido y que estaba pendiente de mí lo sentí como un gesto tierno que, a la vez, me encendió por dentro. Miré a los costados, chequeando que no hubiera caras conocidas ni otro de seguridad que pudiera llamarle la atención. Cuando vi todo despejado, me acerqué y, sin mediar palabra, le planté un beso.
El beso fue cálido e intenso. Su lengua empezó a explorarme la boca, y sus manos pesadas me agarraron la cintura, pegándome a su cuerpo. Yo quería que escalara, que me bajara las manos hasta el culo y me apretara como alguna vez había hecho algún chico en alguna fiesta. Pero no. Bruno se limitaba a sostenerme de la cintura.
—Vamos a algún lado privado —le sugerí, casi gritando.
—No puedo —dijo, resignado—. Si salgo por la puerta o me ven irme, en el mejor de los casos me sacan el sueldo de la noche; en el peor, me echan.
Hice un puchero, como una nena a la que le niegan algo. Al bajar la mirada y ver su pantalón, confirmé que había hecho cierto efecto que, claramente, decía que sí quería venirse conmigo.
—¿Seguro que no querés escaparte? —insistí, rozándole con la punta de los dedos esa parte del pantalón.
—Uh… sos mala —dijo, entre una sonrisa nerviosa.
Se quedó callado unos segundos, como buscando una salida. Al final se animó.
—Está bien, vení —dijo, tomándome de la mano y llevándome hacia un pasillo detrás de los baños.
Había unas escaleras que nunca había visto. Subimos y llegamos a un cuarto que abrió con una llave para dejarme pasar. Apenas entramos, el estruendo de la música se apagó de golpe; esas paredes eran lo bastante gruesas como para aislar el ruido.
—¿Qué es este lugar? —pregunté.
—Acá viene el administrador a hacer cuentas o papeleo. También lo usamos cuando hay alguien demasiado borracho para sacarlo afuera sin riesgo; lo dejamos acá hasta que reaccione o termine la fiesta.
Era un cuarto mediano, ni chico ni grande. Tenía un escritorio y, al frente, unos sillones negros de cuero mirando a un televisor donde se veían las cámaras del lugar. Me dio curiosidad y me acerqué a mirar. Ahí estaba mi grupo: algunos charlaban, otros bailaban con vasos llenos. Entre ellos, Lucas. Se lo veía fastidiado, quieto, parado mirando el celular.
Antes de que me agarrara el remordimiento, sentí cómo Bruno se acercaba por detrás y me abrazaba, pegando su cuerpo al mío.
***
Sentir el calor de aquel hombre alto y lleno de músculos me prendió de nuevo por dentro. Eché el cuerpo hacia atrás para sentir su pecho, sus brazos trabajados, y era totalmente notorio el bulto que se le había formado en el pantalón, apoyado justo sobre mis nalgas. Me di vuelta y encaré otra vez esa cara, sin perder un segundo antes de empezar a besarlo, ahora de una manera más sucia. Nuestras lenguas chocaban mientras yo le acariciaba esos brazos hinchados de gimnasio. Él no se quedó atrás: sus manos fueron directo a amasarme el culo, apretándolo sin reparo.
—¿Te gusta tocarme el culo? —pregunté coqueta.
—Me encanta tocarte —dijo, dejando atrás el pudor de hacía un rato.
—¿Querés tocarlo más?
—Te lo voy a tocar, comer y romper esta noche —soltó al más perverso estilo.
No aguantaba más. Cada segundo que pasaba él me apretaba con más fuerza, y como si cada apretón funcionara de inflador, el bulto del pantalón crecía y crecía. Corté el beso y le dediqué una sonrisa cómplice de lo que iba a pasar. Me arrodillé frente a él; con el bulto a la altura de mi cara, confirmé que era una montaña del tamaño que imaginaba para un hombre tan grande. Con las dos manos le bajé el pantalón, y de un tirón salió disparado ese pedazo de carne que tantas veces me había presionado el cuerpo.
Me metí la cabeza en la boca y la saqué casi enseguida, para volver a meterla, esta vez no solo la punta sino parte del tronco; salir, repetir, abarcar unos centímetros más cada vez. Seguí así hasta que ya no entraba solo la cabeza sino gran parte de él. Cada tanto le clavaba la mirada y lo veía embobado mirándome chupársela. Mi ex me decía que mirarlo me hacía ver muy sexy, y se me volvió algo mecánico, una técnica para hacer disfrutar más. Como un reto propio, intentaba metérmelo lo más profundo posible, sintiendo el roce en el inicio de la garganta.
—¿Te gusta, Bruno? —pregunté con la voz más dulce que pude.
—Me encanta, me encanta —respondía, casi ido.
Podría haber seguido, pero abajo sentía un calor desesperante y necesitaba que él tomara cartas en el asunto. Me levanté y lo empujé al sillón, sentándome a horcajadas, de frente, para plantarle un beso que él correspondió enseguida. Algo que odiaba mi ex era que después de chupársela le diera un beso; siempre me pareció una pavada de su parte, pero por evitar la pelea me callaba. Bruno, todo lo contrario: apenas acerqué la cara, me metió la lengua entera. Me sostuvo el cuerpo y, como si no pesara nada, me recostó sobre el sillón. De un solo tirón me sacó el pantalón ajustado, dejándome las piernas al aire y mis partes apenas cubiertas por la tanga. Sonrió y se lanzó a la altura de mi vientre.
Empezó a dejar un reguero de besos, lamidas y mordidas suaves que iban desde el ombligo hasta la cara interna del muslo, volvían al ombligo y bajaban por la otra pierna. Un movimiento rítmico que repitió tres o cuatro veces. Eso me enloquecía: quería agarrarle la cabeza y empujarla entre mis piernas, pero algo me decía que lo dejara seguir a su ritmo. La excitación solo crecía. Y así fue: después de terminar el recorrido, hundió la cara justo en el centro, sin importarle la tela que había en el medio. Alternaba entre tomar fuertes bocanadas de aire por la nariz, como si quisiera absorber todo el olor, y después lamer como un perro tomando agua. Aunque su lengua no me tocaba en directo, los rastros de saliva que dejaba sobre la tela empezaban a traspasar, generando esos roces indirectos.
—Ay, sí, ay, uff —a esta altura el cuarto era una lírica de gemidos.
Pero cuando separó la cara y con cuidado me bajó la tanga hasta las rodillas para darme una lamida de punta a punta, solté un suspiro que me descargó todo el calor contenido. Sentí las piernas temblar, las nalgas contraerse, las manos agarrándose de donde podían del sillón. Estuvo unos segundos dando lengüetazos, hasta que me levantó la pierna derecha sobre su hombro, ganando lugar para hundir más cómodo —y juraría que más profundo— la cara contra mí. A veces recorría toda mi extensión, a veces se concentraba en meter la lengua adentro; un espectáculo de sensaciones. Yo no paraba de gemir.
Separó la cara, y no había otra imagen en mi cabeza que imaginarlo lleno de mí por toda la boca y las mejillas. Levanté el rostro pensando que iba a subir hasta mi altura para darme un beso. Pero solo parte de mi idea era cierta: subió, sí, con mi pierna todavía enganchada a su hombro, hasta que sentí la punta de su miembro tocar mi entrada. El contacto me hizo dar un saltito de sorpresa, lo que le sacó una sonrisa, y a mí también. Nos miramos unos segundos antes de que él rompiera el silencio.
—¿Querés que…?
—¿Que qué? —pregunté, empujándolo a terminar la frase.
—¿Querés que lo haga?
Me dio ternura su timidez, y fue gracioso teniendo en cuenta que estábamos los dos medio desnudos.
—Quiero que me la metas —le susurré, mirándolo a los ojos.
Nos hundimos en un beso, y mientras sentía su calor y su lengua jugar con la mía, su miembro empezó a empujar, abriéndose paso adentro mío. No me podía despegar del beso; a medida que entraba, dejaba de pensar en lo que pasaba con nuestras bocas, hasta solo cerrar fuerte los ojos y gemir contra él. Finalmente sentí su pelvis chocar contra mi cuerpo: había entrado entero. No pude evitar sonreír, con sus labios todavía pegados a los míos. Cuando el beso terminó, su mirada recorrió mi cuerpo hasta clavarse en mi entrada, invadida por él, y empezó a moverse, sacaba y metía, sosteniéndome con la mano derecha la pierna levantada.
—Ah, ahh —gemía cada vez que ese pedazo entraba.
Él se mantenía callado, atento a lo que hacía, como cuidando de hacerlo bien o simplemente disfrutando de ver cómo desaparecía adentro mío. El vaivén empezó a tener un sonido particular, como cuando apretás algo viscoso. Estaba húmeda a más no poder, y él se deslizaba con una facilidad enorme.
—¿Te gusta? —preguntaba.
—Me encanta, me encanta —era lo único que alcanzaba a responder.
En un momento me soltó la pierna y la dejó caer sobre el cuero frío del sillón. Pensé que era por cansancio, pero otra vez me equivoqué: se acercó, me abrazó y, como si fuera una muñeca de trapo, me levantó para sentarme encima de él. Quedé sobre sus piernas, mirándolo de frente.
—Quiero que me cabalgues —dijo.
Solo sonreí, apoyé los pies en el sillón, uno a cada lado de él, y cuando me equilibré, lo guié adentro mío y empecé a bajar despacio, como una sentadilla, hasta quedar sentada con todo él ensartado. No me salió ni un ruido; tenía la boca abierta de par en par, no sé si por la impresión o por el placer de sentirlo entero. Pero esa cara cambió cuando me agarró el rostro con las manos y me jaló hacia él para hundirnos en otro beso. No pude mantener la postura: las piernas me temblaban y me dejé caer de rodillas, todavía ensartada. Empecé a moverme hacia adelante y hacia atrás, frotándome contra su cuerpo mientras él rozaba mis paredes por dentro.
—Ahh, ahh —no podía evitar gemir.
Mientras tanto, él intercalaba sus manos entre jugar con mis nalgas y pasarse adelante para amasarme las tetas. En un momento dejé el vaivén y empecé a tomar impulsos cortos, pequeños saltos que hacían que, cada vez que me dejaba caer, él se clavara un poco más adentro.
—Me vengo, me vengo —empezó a gemir Bruno.
Lo lógico habría sido sacármelo y dejarlo terminar en cualquier lado, pero estaba demasiado caliente, no podía frenar. Sentí una explosión adentro, casi al mismo tiempo que llegaba al orgasmo. El cuerpo me empezó a vibrar, una descarga eléctrica de pies a cabeza, y no sé si eso le hizo algo a Bruno, porque apenas esa sensación me dejaba el cuerpo, un líquido caliente empezó a inundarme por dentro.
Era la primera vez que dejaba que alguien terminara adentro mío. Siempre fui una paranoica con los embarazos, así que mis parejas usaban preservativo o terminaban afuera. Pero esa noche, con alguien que conocí hacía un par de horas, alguien que no era mi pareja, lo había dejado venirse adentro. Y, para mi propia sorpresa, no me arrepentí de nada.