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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la bodega con el chico del reparto

Carla tenía treinta y un años y la rutina le pesaba como un abrigo mojado. Cada mañana dejaba a su hijo en la escuela, volvía caminando y levantaba la cortina de su pequeña tienda de ropa. Era lo único que tenía después del divorcio, y la pensión que le pasaba el padre del niño no alcanzaba ni para la mitad de las cuentas.

El negocio le devoraba el tiempo. Abrir, barrer, atender, ordenar el almacén, cerrar. No le quedaban horas para salir, ni ganas, ni con quién. Desde que se había separado, su vida sexual era prácticamente un recuerdo: una copa de vino los viernes, un video en la tele del cuarto y sus propios dedos. Nada más. Y aunque se decía que estaba bien así, había mañanas en que el cuerpo le reclamaba otra cosa.

Ese viernes se despertó sin la prisa de siempre. El niño no tenía clases y su padre iba a pasar a buscarlo para llevárselo el fin de semana. Carla le preparó una mochila pequeña, lo abrazó en la puerta y, cuando el coche de su ex arrancó a las diez en punto, se quedó sola con el local y con un silencio que de pronto le pareció demasiado grande.

Puso música, atendió a las primeras clientas y dejó que la mañana corriera. Pero entre venta y venta se le vino a la cabeza una conversación vieja con sus amigas. Una de ellas, entre risas, le había dicho una vez que la solución era sencilla: seducir a algún cliente que entrara con buena pinta y meterse con él en el almacén. Un rato rápido, sin nombres, sin compromisos.

El recuerdo le calentó la nuca. Tres años, pensó. Tengo todo el derecho del mundo a pasarla bien.

Antes de arrepentirse, cerró la puerta de vidrio y colgó un cartel de «vuelvo en diez minutos». Fue al fondo, revolvió las cajas recién llegadas y sacó un top de encaje con brillos y un pantalón ajustado. «Total, me lo descuento de las ganancias», se dijo, mordiéndose una sonrisa.

Se quitó la blusa y el sostén y se puso el top, que le dejaba el abdomen al aire. Cambió la falda por el pantalón, que le marcaba las piernas y le levantaba las nalgas. Se miró en el espejo manchado del almacén, se acomodó el pelo y volvió al mostrador con el corazón un poco acelerado. Quitó el cartel, abrió y esperó.

***

Pasaron las horas y la suerte no la acompañó. Entraban señoras, parejas, alguna adolescente buscando algo barato. Los pocos hombres que aparecieron venían acompañados. A media tarde, algo decepcionada, recogió sus cosas, bajó la cortina, pasó por el supermercado y compró un par de cosas y una botella de vino.

En casa cenó cualquier cosa y subió al cuarto con la botella y una copa. Encendió la tele, conectó el teléfono y aprovechó la soledad para darse un poco de atención. Se sirvió, buscó el video indicado, se desnudó y se recostó sobre las sábanas.

Bebió despacio, copa tras copa, mientras sus dedos se hundían en ella imaginando que la mujer de la pantalla era ella misma. Fue una noche larga y buena. Se acabó tres veces y quedó exhausta, con la copa vacía en el suelo y una sensación tibia que no terminaba de irse. Se limpió con la propia blusa y se durmió desnuda, sin taparse.

***

El despertador sonó puntual. Se levantó con un dolor de cabeza leve, resaca de vino barato, y se metió en la ducha. Antes de abrir el agua notó que el cuerpo seguía encendido: los pezones duros, la piel más sensible de lo normal. Se tocó apenas y un escalofrío le bajó por la espalda. Abrió el agua casi fría a propósito, como si quisiera apagar algo que no se apagaba.

Salió, se puso una tanga negra que tapaba lo justo, un pantalón azul ceñido, un sostén oscuro y una blusa rosa de tirantes finos con un escote más atrevido de lo que solía permitirse. Desayunó rápido y se fue a la tienda con esa inquietud todavía instalada entre las piernas.

A las once apareció doña Lucía, la señora mayor que cocinaba para los locatarios del pasaje y les vendía la comida a domicilio. Carla le hizo el pedido del día y la mujer se marchó. El local quedó otra vez vacío y la fantasía volvió, insistente: que entrara alguien, cualquiera, y poder hacerlo ahí mismo. Sin darse cuenta, se sorprendía a sí misma rozándose por encima de la ropa, apretándose un pecho con disimulo cada vez que la campanita de la puerta no sonaba.

Cerca de la una vio una figura conocida por el cristal. Era Adrián, el hijo mayor de doña Lucía, un muchacho de unos veinte años que ayudaba a su madre con los repartos. Tímido, callado, de esos que miran al suelo. Carla sonrió para sí. En su cabeza ya empezaba a armar algo, aunque suponía que el chico tendría poca o ninguna experiencia.

Un rato después la campanita sonó y Adrián entró con la bolsa de comida.

—Hola, Carla, te traigo lo de hoy —dijo, y los ojos se le fueron solos al escote de ella.

—Gracias, dejala acá —contestó, señalando el escritorio.

Carla notó perfectamente cómo la mirada del muchacho no terminaba de despegarse de su pecho, y eso, en lugar de incomodarla, le subió la temperatura. Decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad otra vez.

—Bueno, el lunes pasa mi mamá a cobrar —dijo él, ya retrocediendo hacia la puerta.

—Está bien —respondió Carla. Y entonces, con el pulso disparado y un nudo de ansiedad en la garganta, agregó—: Oye, Adrián, ¿me ayudas a bajar unas cajas? Están pesadas y yo sola no puedo.

—Sí, claro.

—Están en el almacén. Mañana voy a surtir y necesito ver qué me hace falta.

—Dale, vamos.

Carla cerró la puerta, colgó el cartel de «cerrado» y lo guio hasta el cuartito del fondo. Sacó un banquito y Adrián se subió a bajar las cajas que ella le iba indicando, una por una, hasta dejarlas apiladas en el piso.

Cuando terminó, el muchacho le dio la espalda para sacudirse el polvo de la ropa. Carla respiró hondo. Sabía exactamente lo que estaba por hacer y, aun así, le temblaban un poco las manos. Inhaló otra vez, dio un paso y lo rodeó por la cintura con el brazo derecho mientras la mano izquierda bajaba directa, sin rodeos, hasta el bulto del pantalón.

—Y esto… ¿qué? —preguntó él, con la voz quebrada por los nervios.

—Shhh —susurró ella contra su nuca.

Lo apretó por encima de la tela y sintió cómo respondía de inmediato, endureciéndose bajo sus dedos. Sin soltarlo, le bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón, dejándolos caer hasta los tobillos. Adrián se quedó quieto, conteniendo el aire, mientras ella le pasaba la yema de los dedos por toda la extensión y lo notaba ya húmedo en la punta.

Carla lo tomó en su mano y cerró los dedos. Empezó despacio, con un movimiento firme y constante, sintiendo cómo el muchacho se estremecía contra ella. Apoyó la barbilla en su hombro para mirar lo que hacía, como si necesitara comprobarlo con los ojos además del tacto.

—Tranquilo —le murmuró—. Solo dejate llevar.

Adrián tragó saliva. Después contó, casi sin querer, que su exnovia lo había hecho un par de veces, pero que así no, que de aquella manera nunca lo había sentido. Carla sonrió. Bajó la otra mano y empezó a acariciarle también desde abajo, alternando, y notó enseguida la respiración del chico volviéndose más profunda, el cuerpo tensándose como una cuerda. Apretó un poco más y aceleró.

Él aguantó lo que pudo, que no fue mucho. Soltó un gemido ronco y se vino con un temblor que le erizó toda la piel, apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio. Carla no se detuvo de golpe: aflojó al bajar, apretó al subir, exprimiéndolo hasta el final, hasta dejarlo vacío y jadeante.

Adrián pensó que ahí terminaba todo. Hizo el gesto de agacharse a buscar el pantalón, pero ella le sujetó la muñeca.

—Todavía no —dijo.

Antes de que volviera a ablandarse, lo tomó de nuevo y siguió, esta vez concentrada en la cabeza, frotando con el pulgar en círculos lentos. El chico jadeó por la sensibilidad, una mezcla incómoda y deliciosa que lo hizo arquearse. Carla observaba cada reacción con una calma casi cruel, leyendo su cuerpo como quien aprende un idioma nuevo.

—¿Te gusta así? —preguntó en voz baja, sin dejar de mover la mano.

—Sí… —alcanzó a decir él, con la voz hecha pedazos.

El calor de la bodega lo tenía cubierto de sudor. Carla sentía contra su propio cuerpo cómo el de Adrián volvía a tensarse, cómo una oleada le subía desde la base y le recorría todo. El muchacho gimió otra vez, más fuerte, y el sonido rebotó contra las paredes estrechas del cuartito. Cuando terminó por segunda vez quedó pleno, agotado, desahogado de una manera que no recordaba.

Ella fue bajando el ritmo hasta detenerse y lo soltó. Adrián se dio vuelta, todavía agitado, y se besaron. Fue un beso torpe al principio, de alguien que no se lo esperaba, y después uno más hondo.

—Estuvo bueno, ¿no? —dijo Carla, apartándole un mechón de la frente.

—Sí —contestó él, sin aire.

Ella se agachó, le acomodó la ropa interior y el pantalón y se los subió con cuidado, como si lo arropara. Después le tomó la mano y la guio hasta uno de sus pechos, por encima de la blusa rosa.

—Quería preguntarte si mañana te das una vuelta —dijo.

—Pero los domingos no abrís.

—Voy a pintar el local. Necesito que alguien me dé una mano.

—Ah… bueno.

—Y ya veremos de qué manera quedamos a mano —agregó, guiándole los dedos sobre la tela.

—Está bien —murmuró Adrián, y se le subieron los colores a la cara.

—Entonces te espero acá a las nueve. Andate antes de que tu mamá te busque, que ya tengo que abrir.

—Sí, dale.

Adrián salió del almacén con las piernas todavía flojas y la camisa pegada a la espalda. Carla descolgó el cartel, levantó la cortina y volvió al mostrador como si nada hubiera pasado. Pero por dentro, por primera vez en mucho tiempo, sintió que la mañana siguiente valía la pena esperarla. Y que lo del domingo, fuera lo que fuera, no iba a quedarse en pintar paredes.

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Comentarios (5)

Seba_BA

tremendo relato, me dejaste con ganas de mas!!!

MontserratLB

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con ganas de saber como siguió todo jaja

CristinaR_Mdp

me recordó a una situación parecida que me pasó a mi hace unos años... juro que casi igual jajaja. La excusa tonta y todo

Rosi_Cba

y despues? quedaste bien con el chico o no lo volviste a ver? jaja la curiosidad me mata

Pato_uy

el cartel de cerrado lo dice todo jajajaa

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