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Relatos Ardientes

Lo que pasó después de bailar en el carnaval

Carolina bajó del escenario armado en plena calle con el cuerpo todavía latiendo al ritmo de los tambores. El carnaval en Pompeya estaba en su punto más alto esa noche de febrero, con el aire cargado de olor a choripán, cerveza derramada y sudor ajeno. Había bailado durante horas, moviendo las caderas al compás, con el disfraz pegado a la piel por el calor y el esfuerzo.

El top corto le dejaba el ombligo al aire y la falda plisada, roja y negra como los colores de la comparsa, se le había subido con cada salto. Tenía las piernas firmes, trabajadas en el gimnasio, y el pelo oscuro, largo y revuelto, se le pegaba al cuello húmedo. Hacía poco había cumplido los veintidós y era de las bailarinas que más miradas se llevaban del grupo.

La presentación había salido perfecta. La gente aplaudía, gritaba, se metía a bailar entre las cuerdas. Pero ahora que la música se apagaba, la murga empezaba a dispersarse: algunos seguían la fiesta en un bar cercano, otros volvían a casa. Carolina, en cambio, sentía un fuego que no se apagaba con el final del show.

El roce de los cuerpos durante el baile, las miradas encendidas del público, el corazón a mil… todo eso la había dejado con una tensión que le palpitaba entre las piernas. Se despidió de sus compañeros con besos rápidos.

—Nos vemos mañana —le dijo a Rubén, el percusionista, un grandote que siempre la miraba de más.

Esa noche no quería lo de siempre. Quería algo nuevo, algo que estuviera a la altura del descontrol del carnaval. Caminó por la avenida con el eco de la fiesta todavía en los oídos y el corazón sin terminar de bajar de revoluciones.

***

Llegó a un bar montado en una esquina, con mesas de plástico y barriles de cerveza. Pidió una bien fría y se apoyó en la barra, sintiendo cómo el líquido helado le bajaba por la garganta. Calmó el calor de afuera, pero no el otro, el que la hacía apretar los muslos sin darse cuenta.

Miró alrededor. Parejas riendo, bocas buscándose en las sombras, manos perdiéndose bajo la ropa. El carnaval era exactamente eso: permiso para soltarse y dejar de pensar. Y ella estaba lista.

Entonces lo vio. Un tipo alto, de piel morena y una remera ajustada que marcaba cada músculo del pecho. Barba de dos días y una sonrisa que se le encendió cuando sus ojos se cruzaron. Se llamaba Diego, lo supo después, pero en ese momento el nombre era lo de menos. Se acercó con dos cervezas en la mano.

—Bailaste increíble allá arriba —le dijo, con la voz ronca por los gritos de la noche—. Me dejaste sin palabras.

Carolina se rio, con un cosquilleo subiéndole por el estómago.

—Gracias. Fue una locura.

Hablaron un rato de pavadas: la música, el calor, el gentío. Pero debajo de las palabras había otra cosa. Los ojos de él se le iban al escote, que subía y bajaba con la respiración agitada. Ella notó el bulto en el pantalón, discreto pero imposible de ignorar.

—¿Vamos a un lugar más tranquilo? —propuso él, directo.

Ella asintió, mordiéndose el labio de abajo.

***

Salieron y caminaron unas cuadras hasta un hotel barato, de esos que alquilan habitaciones por hora durante el carnaval. El de la recepción ni los miró; estaba acostumbrado. Subieron las escaleras y, todavía en el pasillo, Diego la empujó contra la pared y la besó con urgencia, la lengua buscándola como si quisiera devorarla. Ella le respondió con la misma hambre, clavándole las uñas en la espalda.

La habitación era una caja chica, con una cama deshecha y un ventilador que hacía ruido contra la pared. No importaba nada de eso. Él cerró la puerta de una patada y la levantó en brazos para tirarla sobre el colchón. Carolina rebotó riéndose, pero él no perdía el tiempo. Le quitó el top de un tirón y le descubrió los pechos firmes, los pezones ya endurecidos.

—Mirá lo que tenés —murmuró, bajando la boca para succionar uno hasta hacerla gemir.

Ella arqueó la espalda y sintió el placer bajarle directo al sexo.

—Más fuerte —pidió, con la voz quebrada.

Él obedeció, alternando lengua y dientes, mientras las manos descendían para desabrocharle la falda. La deslizó hacia abajo junto con la ropa interior de encaje y la dejó completamente expuesta. Estaba empapada. Diego pasó un dedo entre los pliegues y sintió el calor.

—Lo estás deseando —dijo, con una sonrisa.

—Entonces no me hagas esperar —respondió ella, abriendo las piernas sin pudor.

Pero él quería jugar. Se arrodilló entre sus muslos, los separó un poco más y bajó la cabeza. La lengua le rozó el clítoris y la hizo saltar. Lamió despacio al principio, después más rápido, mientras hundía dos dedos y los curvaba para tocar ese punto que la volvía loca.

—Así, más adentro —jadeó ella, agarrando las sábanas.

Él aceleró, la boca y los dedos trabajando juntos, hasta que el cuerpo de Carolina empezó a temblar. El orgasmo la golpeó como una ola, las caderas moviéndose solas, hasta que tuvo que empujarlo, demasiado sensible para seguir.

Se incorporó y lo buscó. Le bajó el pantalón y lo tomó con la mano, sintiéndolo latir contra la palma. Se lo llevó a la boca sin esperar, succionando, lamiendo, mientras él gruñía y le sostenía el pelo con una mano.

—Pará, o esto se termina antes de empezar —dijo él, apartándola.

La acostó de nuevo y se colocó entre sus piernas. Frotó la punta contra su sexo mojado y entró de una sola vez. Ella gritó, sintiendo cómo la llenaba por completo.

—Qué apretada estás —murmuró él, empezando a moverse con fuerza.

Carolina le rodeó la cintura con las piernas, clavándole los talones para que entrara más hondo. Se movieron así un buen rato, la cama crujiendo bajo ellos. Después él la giró y la puso en cuatro. Le dio una palmada que le dejó una marca rosada en la piel.

—Movete —ordenó.

Ella empujó hacia atrás mientras él la sostenía por las caderas, hipnotizado con la imagen. Cuando estuvo al borde, no aguantó más: se apartó y se vino sobre su espalda, derramándose con un gruñido ronco.

Se desplomaron en el colchón, jadeando. Pero la noche estaba lejos de terminar. Al rato, Carolina se giró hacia él y lo besó otra vez.

—¿Querés más? —preguntó, con una sonrisa pícara.

Él asintió, ya recuperándose. Ella se montó encima, guiándolo de nuevo a su interior, cabalgándolo despacio, las caderas dibujando círculos. Los pechos se le balanceaban y él los tomó, jugando con los pezones. Cambiaron de posición varias veces, cada vez con menos vergüenza: de costado, con una pierna de ella sobre el hombro de él; después contra la pared fría del cuarto, mientras él la sostenía en el aire; por último de nuevo sobre el colchón. Cuando él se vino otra vez, se quedaron enredados, agotados, escuchando el ventilador y los gritos lejanos de la fiesta que no paraba.

Al amanecer se despidieron con un beso. Carolina salió a la calle con el cuerpo dolorido pero satisfecho, el disfraz arrugado dentro de una bolsa. El carnaval seguía, pero para ella esa noche había sido el verdadero clímax.

***

Caminó hasta su departamento con las piernas temblando. El sol empezaba a salir y teñía de rosa el cielo sobre la avenida. El barrio despertaba despacio, con restos de papel picado en las veredas y botellas rodando por el cordón. Pero en su cabeza las imágenes se repetían una y otra vez.

Subió a su piso y se miró en el espejo. Tenía marcas rojas en el cuello y en los pechos, donde él la había mordido. Sonrió, tocándose la piel sensible. El calor no se había ido del todo; el carnaval le había despertado algo profundo, algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Se dio una ducha, pero el agua tibia sobre la piel solo la encendió de nuevo.

***

Esa tarde, después de dormir unas horas, se juntó con la comparsa para ensayar el próximo desfile. Rubén, el percusionista, la miró con una sonrisa torcida.

—Tenés cara de no haber dormido nada.

Ella se rio.

—Cosas del carnaval.

Durante el ensayo notó cómo él la seguía con la mirada, los ojos bajando a sus caderas cada vez que bailaba. Siempre había habido tensión entre ellos, pero nunca habían cruzado la línea. Después, el grupo se quedó a comer en la casa de uno. Carne en la parrilla, vino tinto, risas. Carolina tomó un poco de más, y el alcohol avivó el fuego que traía de la noche anterior.

Rubén se sentó a su lado, el muslo rozando el de ella.

—Anoche bailaste como nunca —le dijo, posando la mano «por casualidad» sobre su rodilla.

Ella no la apartó. Al contrario, separó un poco las piernas bajo la mesa. Cuando casi todos se fueron, los dos se quedaron «ayudando a ordenar». En la cocina, solos, él la acorraló contra la mesada.

—Hace meses que te deseo —confesó, antes de besarla.

Sus besos eran distintos a los de Diego: más posesivos, las manos grandes apretándola con fuerza. Carolina respondió, quitándole la remera para recorrerle el pecho con la lengua. Pasaron al sillón del living. Rubén era más brusco, menos juguetón.

—Qué hermosa sos —dijo, hundiendo la cara entre sus piernas sin preámbulos.

Lamió con ganas, hambriento, hasta hacerla gemir y arquearse contra su boca. Después le tocó a ella. Se arrodilló, le bajó el pantalón y lo tomó en la boca, tragándolo hasta el fondo, arrancándole un gruñido largo.

La tomó en el sillón, primero de frente, con embestidas potentes que la hacían gritar. Luego la sentó a horcajadas sobre él y la dejó marcar el ritmo, frotándose contra su cuerpo hasta que se vino temblando. Pero él no se detuvo. La puso en cuatro y la sostuvo del pelo como si fueran riendas, embistiendo hasta quedarse sin aire.

—Sos insaciable —murmuró, con la voz ahogada.

Terminó con un último empujón y se derrumbó sobre ella. Se quedaron tirados en el sillón, sudados, riéndose en voz baja de lo que acababa de pasar.

***

Los días que siguieron fueron una espiral. El carnaval la había soltado y ya no había marcha atrás. Una noche, después de otro desfile, terminó en una fiesta improvisada en la casa de un amigo de la comparsa. Eran varios; entre ellos estaban Rubén y Diego, que apareció de casualidad, y dos chicas, Vale y Noe.

Empezó con besos y caricias, cerveza y música de fondo. Carolina besó a Vale, sintiendo sus pechos suaves contra los suyos, mientras los demás miraban en silencio. La timidez duró poco. Las bocas y las manos empezaron a buscarse sin orden, los cuerpos cambiando de pareja, las risas mezclándose con los jadeos.

Fue una madeja de piel y deseo: una boca en su pecho, una mano entre sus piernas, otra lengua buscando la de Vale. Se entregaron por turnos, repartiéndose entre todos, hasta que el cansancio pudo más que las ganas. Carolina quedó en el centro de todo, agotada y, por primera vez en mucho tiempo, completamente saciada.

El carnaval terminó pocos días después. Pero para ella, esa semana que había arrancado bailando con la murga fue una revelación. Su cuerpo, su deseo, todo había cambiado. Volvió a la rutina, aunque ya nunca del todo igual, con recuerdos que la encendían en las noches solas y la promesa silenciosa de que el próximo febrero la encontraría todavía más libre.

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Comentarios (4)

NicoMDQ

Excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, me engancho desde el primer parrafo.

andina_75

A mi me paso algo parecido en un festival de verano, uno ni sabe como termina la noche jajaja. Muy real todo.

Romi_GBA

Por favor que haya segunda parte, termine leyendo sin darme cuenta y queria que siguiera.

Gastón_86

Tremendo. Se nota que fue real, no como otros relatos que se notan inventados. Seguí escribiendo asi!!

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