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Relatos Ardientes

De rodillas entendí que ya no deseaba a mi novio

El vello de la nuca se le erizó y los pezones se le endurecieron en cuanto notó el sabor familiar en la boca. Daniela reconoció la reacción de su propio cuerpo, esa especie de chispazo automático, pero algo no terminaba de encajar. La excitación no llegaba con el sabor. Ya la traía de antes, desde hacía un buen rato, y eso la dejó confundida.

Se quedó pensativa, con los labios todavía cerrados alrededor de él. Quizá no era el sexo en sí. Quizá era la idea de darle placer a alguien, o esa sensación rara de entrar en contacto con la piel ajena, lo que le ponía la carne de gallina.

¿Cómo se volvió esto tan rutinario? Si no hace tanto que estoy con él.

Iván seguía moviéndose despacio, entrando y saliendo de su boca, ajeno a que ella estaba en otra parte. Daniela hizo cuentas sin querer. Cinco años acostándome con hombres. La cuarta parte de mi vida, prácticamente. Y según mis números, voy por el octavo. Dicho así suena a mucho, y a poco al mismo tiempo.

No pudo evitar una sonrisa.

—¿Te gusta esto, eh? —dijo él al ver el gesto.

La voz la devolvió de golpe al cuarto. Llevaba un par de minutos perdida en su cabeza mientras su novio usaba su boca a su antojo.

—Mírame —pidió.

Daniela obedeció. Apretó los labios contra él y levantó la vista hasta encontrar sus ojos. Le gustaba obedecer, siempre le había gustado. Estaba de rodillas, tal como él se lo había pedido, con las bragas enredadas en los tobillos y un almohadón bajo las rodillas para no clavárselas contra el suelo.

La verdad es que no le molestaba arrodillarse delante de sus parejas. Le resultaba hasta cómodo, hacía menos esfuerzo y los dejaba contentos. Con un desconocido era distinto: a uno de una noche se la chupaba, sí, pero no le dejaba usar su boca como si fuera otra cosa. Eso lo reservaba para alguien con quien tuviera confianza.

Y con Iván la tenía. Llevaban casi seis meses, y se sentía bien a su lado. Era un chico atento, la incluía en todo, siempre andaba inventando planes. Esa constancia le daba seguridad, y ella se lo agradecía en los momentos íntimos. Aquella noche, además, era especial: el cumpleaños de él caía dos días después, pero lo estaban celebrando por adelantado en casa de los padres de Daniela, donde ella seguía viviendo a sus veintitrés años. Sus padres se habían ido el fin de semana. Sabían perfectamente que su hija iba a aprovechar la casa vacía para algo más que ver la tele.

Trabajaba de dependienta en una cadena de ropa. Nunca le había interesado estudiar, aunque ese año había empezado un módulo de administración que tampoco la entusiasmaba demasiado. Algo tenía que hacer, y así sus padres dejaban de insistir con el tema. Cuando no estaba en la tienda o en clase, estaba con Iván o con sus amigas. En casa ayudaba un poco y el resto del tiempo lo pasaba aburrida mirando el móvil. A veces se preguntaba si aquello era la vida o solo la antesala de algo que todavía no llegaba.

—Ahora los huevos, anda —murmuró él.

Daniela se lo sacó de la boca y se agachó un poco más para lamerle el escroto. Por suerte se lo depilaba; se lo había pedido ella misma tiempo atrás, porque si no acababa con la lengua llena de pelos y no estaba para esas cosas.

¿Se los habré chupado a todos los que me la han metido en la boca?, pensó mientras lo escuchaba jadear por encima de ella. ¿Qué me pasa hoy que no paro de darle vueltas a todo?

Se llevó una mano entre las piernas para tocarse, a ver si así entraba en situación. Nada. Era como si todo se hubiera vuelto un trámite. Desvestirse, arrodillarse, abrir las piernas y pasar a otra cosa. Habían quedado en casa para hacer algo especial por su cumpleaños, y ahí estaba ella, calculando partidos.

Él tenía dos años más y estaba terminando la carrera. El curso siguiente se marchaba a Róterdam a hacer un máster, y los dos sabían que iba a ser difícil. Para ser sincera, Daniela sabía que lo echaría de menos, pero con la crisis que tenía encima a esa edad, no estaba segura de qué quedaría de la relación. Y, a día de hoy, le costaba reconocer cuánto le importaba.

—Espera, amor. —Iván le apartó con suavidad la cabeza de los muslos. Ella se detuvo y esperó—. Quiero pedirte una cosa.

Daniela lo miró sin hablar. Ya se lo imaginaba.

—Quiero que me la pruebes por detrás.

Se hizo un silencio total. Tres segundos que se estiraron como si fueran horas.

—Claro. Date la vuelta —contestó ella.

Él se giró enseguida y la buscó con la mirada por encima del hombro.

—Joder, eres la mejor. No sabía ni cómo pedírtelo. Quería hacerlo hoy, que es un día distinto.

—Yo también tenía ganas de dar un pasito más —dijo ella—. Y ya sabes que nunca lo he hecho. Vas a ser el primero.

El comentario lo encendió. Le dio una confianza enorme, tanta que le cogió la nuca y la guió hacia él, ansioso por sentir la lengua de su chica en el mismo punto que había visto mil veces en los vídeos.

¿Desde cuándo me he vuelto tan mentirosa?, pensó Daniela mientras paseaba la lengua arriba y abajo, haciéndose la novata como si no supiera del todo qué hacer. La memoria le trajo, sin avisar, al imbécil de su ex, el que la obligaba a hacerle aquello cada vez que se metían en la cama.

A ver, yo también tuve la culpa. ¿Qué esperaba de un tío que me sacaba más de diez años? ¿Que me tratara como a una reina? Pues no. El tío hacía conmigo lo que le daba la gana, y hay que asumirlo. Cuatro meses siendo el trapo de alguien. Por lo menos sirvió para aprender.

—Dios, de verdad que eres la mejor… —gimió Iván, agarrado al cabecero.

No duramos ni dos semanas en cuanto se suba a ese avión, siguió pensando ella con la lengua todavía contra él. Es justo lo de antes: ¿cuándo se volvió todo tan habitual? ¿Cuándo se apagó esa chispa del principio? ¿Me estaré cansando de los hombres? ¿Del sexo? Imposible. Tiene que ser otra cosa.

—Ya está —dijo él al cabo de un rato, girándose de nuevo para volver a metérsela en la boca y retomar el vaivén—. Me ha encantado, amor. Gracias por todo lo que me haces.

Daniela levantó la vista, lo miró a los ojos con él dentro y le guiñó un ojo cómplice.

—¿A ti te ha gustado hacérmelo? —preguntó él.

Ella asintió con la cabeza y soltó un sonido afirmativo, las manos apoyadas en su trasero. Iván aprovechó para sujetarle el pelo y entrar más fuerte, más rápido.

—Ah… me voy a correr. ¿Dónde te lo dejo?

Daniela se encogió de hombros. Por un instante temió que el gesto le sentara mal, pero lo cierto es que le daba bastante igual lo que hiciera con ella. ¿Qué me está pasando hoy?

Lejos de molestarse, él se tomó el encogimiento como una licencia para elegir. Se la sacó, le agarró el pelo con firmeza para que no se moviera, dobló un poco las rodillas para apuntar mejor y empezó a masturbarse deprisa, jadeando justo sobre su cara. Ella se quedó mirando, esperando el momento exacto. ¿A cuántos les he aguantado esto? ¿Pensarán que soy una de esas con las que se puede hacer cualquier cosa? Igual tendría que ponerme más firme.

—Ah… ¡toma!

El primer hilo tibio le cayó en la mejilla. Daniela tuvo la sensación de que todo ocurría a cámara lenta, de que veía cada nueva sacudida antes de notarla sobre la piel. Cerró los ojos un segundo. El calor le resbalaba por el pómulo.

—Joder, Daniela… te quiero muchísimo. ¡Dios, vaya corrida!

Sintió cómo el líquido bajaba hacia la mandíbula y se llevó la mano a la mejilla derecha antes de que cayera al suelo. Iván le apoyó la punta en los labios e intentó metérsela otra vez.

—Límpiamela, anda. Y llévate un poco a la boca, de premio.

Será cretino. ¿Qué premio dice este? Aun así, Daniela obedeció. Dio un par de vueltas con la lengua mientras con la otra mano sostenía lo que le quedaba en la cara para que no manchara la alfombra.

—Ya está —dijo él, sacándosela por fin de la boca.

Iván se dejó caer de espaldas en la cama, satisfecho, y le acarició la cabeza con una mano floja. Ella se incorporó sin decir palabra y se fue al baño a lavarse.

Qué asco, joder. Me lo ha tirado hasta en el pelo, con lo que cuesta luego quitarlo de ahí.

Frente al espejo, se limpió la cara y se enjuagó la boca para borrar el resto de aquel sabor. El cristal le devolvió la imagen de una chica de veintitrés años, morena, de pecho generoso aunque no exagerado, mirada despierta y, sin embargo, apagada. Se quedó observándose más tiempo del que pretendía.

No era un orgasmo lo que le faltaba. Eso lo sabía resolver sola, en cualquier momento. Lo que le faltaba era otra cosa, algo que aquella habitación, aquel chico amable y aquella rutina ya no podían darle. Se secó el agua de la barbilla y entendió, con una claridad incómoda, que se había cansado de aquel sabor concreto.

Volvió al cuarto despacio. Iván dormitaba con media sonrisa, convencido de haberle regalado una noche memorable. Daniela se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando la ventana, contando, esta vez en serio, los días que faltaban para que él se fuera a Róterdam. No por nostalgia. Por algo que se parecía mucho al alivio.

Habrá una novena polla, pensó casi con ternura. Y una décima. Y a lo mejor, en alguna de ellas, vuelvo a sentir lo del principio.

Se tumbó a su lado, le dio la espalda y cerró los ojos. Mañana habría que fingir que todo seguía igual. Esa noche, al menos, se permitió saber que no.

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Comentarios(6)

Confieso_todo

que relato... me llego al alma. Muy bien escrito.

Vale_MDP

Por favor que haya continuacion, no puede terminar asi!

MarceloRio

Increible como lo escribiste, se siente completamente real

ClaraRiver

Me identifique demasiado con esto. Hay cosas que uno ya sabe pero no quiere reconocer hasta que la realidad te golpea. Gracias por compartirlo con tanta honestidad.

FranMdq_22

excelente!!! uno de los mejores relatos que lei en este sitio

PatricioSM

Lo que me gusto es que no es solo erotico, tiene mucha profundidad. Muy bien narrado.

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