Mi marido me ruega que llame a mi amante
Estas medias de nailon nunca se dejan poner a la primera. La costura tiene que caer recta por el centro de la pantorrilla, y si me apuro queda torcida y hay que empezar de nuevo. Mi abuela usaba medias así, con esa misma línea negra subiendo por detrás de la pierna. Hoy las uso para otra cosa muy distinta.
Daniel está arrodillado frente a mí con mis zapatos de tacón en la mano. Llevo el pie derecho apoyado sobre su pecho desnudo y dejo que me bese el empeine, despacio, como si me pidiera permiso para cada beso. Lo aparto con la punta del pie, jugando, y él vuelve. Siempre vuelve. Le clavo un poco el tacón bajo la clavícula y le miro la polla, que está dura y roja contra su vientre, latiendo sola sin que nadie la toque.
Soy lo que algunos llaman una esposa compartida. Yo prefiero decir simplemente que tengo un marido que disfruta mirando.
—Quieto —le digo, y le presiono el pecho con el talón—. Bruno llega en una hora y todavía no estás presentable. Y baja las manos, que te veo. Como te toques esa polla antes de que te lo permita, esta noche te la chupo yo a Bruno delante de tu cara sin dejarte ni oler.
Daniel lleva toda la tarde dando vueltas por la casa sin ropa, nervioso como siempre que viene mi amante, con la verga oscilando entre las piernas cada vez que camina. Lo conozco: si lo dejo, se corre antes de tiempo y arruina lo mejor de la noche. Por eso lo vigilo. Le abro los muslos con el pie, le rozo los huevos con la suela, y él suelta un jadeo tembloroso. No por crueldad, sino porque sé que lo que él más espera es justamente esto: la espera, la polla hinchada y la boca seca.
***
Las niñas se fueron con su abuela esta mañana, así que tengo la casa para mí desde el mediodía. Me di un baño largo, me depilé el coño hasta dejarlo liso como una fruta pelada, me pinté las uñas de los pies de ese rojo encendido que tanto le gusta a Bruno. Daniel me sostuvo el frasco y me sopló cada uña para que secara antes. Hace esas cosas con una devoción que todavía me sorprende después de tantos años.
Todo esto empezó hace cosa de un año, una noche cualquiera de invierno. Daniel y yo siempre fuimos de hablar de todo en la cama, de contarnos las fantasías sin vergüenza. Una de esas noches, con su polla dentro de mi coño y su boca contra mi oreja, me confesó la suya: quería verme follando con otro hombre. Me reí. Le dije que estaba loco, que eso solo pasaba en las películas. Pero la idea se me quedó dando vueltas más de lo que quise admitir.
Seguimos jugando con la fantasía en privado durante semanas. Él fingía que yo acababa de llegar de una cita, me arrancaba las bragas, me olía entre las piernas y me preguntaba con quién había estado, qué me habían hecho, si me había tragado la corrida o si me la había dejado por dentro. Me follaba con una intensidad que yo no le conocía, empujando cada vez más hondo, mordiéndome las tetas, mientras se imaginaba a otro macho encima de mí. Se corría a chorros dentro de mí en cuanto le describía una polla ajena rompiéndome el coño. Y al terminar, todavía agitado, con su semen escurriéndose entre mis muslos, me pedía cosas que al principio me costaba creer.
—Déjame limpiarte —me decía.
Y yo, entre risas nerviosas, lo dejaba. Lo empujaba entre mis piernas y le tiraba del pelo y le pedía que no se dejara nada, que me chupara su propia corrida del coño hasta dejarme seca. Su lengua entraba en mí, lamía los pliegues, subía al clítoris, bajaba de nuevo, tragaba. Yo le apretaba la cabeza con los muslos y me corría otra vez encima de su boca. Cuanto más lo humillaba, más me demostraba que me adoraba. Descubrí que mi ternura por él crecía justo en esos momentos en que lo veía rendido del todo, con la barbilla mojada y los ojos brillantes.
***
Bruno apareció poco después. Lo conocí en el cumpleaños de una amiga y hubo algo inmediato, una corriente que ninguno de los dos disimuló demasiado. Es alto, ancho de hombros, con esa seguridad tranquila de los hombres que no necesitan demostrar nada. La primera vez que le rocé la entrepierna en un pasillo, por encima del pantalón, me di cuenta de que la tenía enorme, gruesa y ya medio dura solo con mi mano por encima de la tela. Cuando le conté que mi marido sabía y, más aún, que lo aprobaba, no se asustó. Sonrió y me dijo que entonces no teníamos ningún problema.
Desde aquella primera vez, Bruno es el hombre al que llamo cuando necesito una polla que Daniel no puede darme. Y no lo digo para herir a mi marido; lo digo porque es la verdad, y porque a Daniel le gusta que sea verdad. Lo amo de una manera que no tiene nada que ver con el sexo. Con Bruno, en cambio, es solo cuerpo, peso, verga hasta el fondo, corridas espesas. Las dos cosas caben en mi vida sin pisarse.
La primera noche que Bruno me tomó en serio, le pedí a Daniel que sostuviera un espejo para poder mirar. Quería verlo todo: cómo esa polla enorme se abría paso dentro de mí, cómo mi coño la tragaba centímetro a centímetro hasta que los huevos de Bruno chocaban contra mi culo. Daniel obedeció con las manos temblando, sosteniendo el cristal en el ángulo justo, mirándome con una mezcla de adoración y de algo parecido al dolor. Yo veía en el reflejo mi propio coño estirado alrededor de la verga de Bruno, brillante de mis jugos, y a la vez veía a mi marido, con su polla goteando pre-semen contra el suelo, sin atreverse a tocársela. Esa expresión suya es, para mí, lo más excitante de toda la escena.
***
Con el tiempo armamos nuestras propias reglas. Cuando salgo con Bruno —a cenar, a bailar, a veces a su casa—, Daniel se queda con las niñas. En algún momento de la noche lo llamo por teléfono. No para avisar de nada, sino para que escuche.
Suelo esperar al instante exacto en que estoy encima de Bruno, con su polla clavada hasta la raíz dentro de mi coño, para marcar. Entonces sostengo el teléfono contra la oreja y dejo que Daniel oiga mi respiración entrecortada, el chapoteo húmedo de mi culo bajando y subiendo sobre la verga de Bruno, la voz grave de Bruno diciéndome al oído que soy su puta, que aprieto el coño como una virgen, que me va a llenar hasta que me chorree por los muslos. Mi marido aguanta en silencio del otro lado, paciente, esperando.
—¿Estás ahí, cariño? —pregunta a veces, con un hilo de voz.
—Sigo aquí —le respondo, y eso es casi todo lo que digo, porque Bruno acaba de embestirme desde abajo y se me escapa un gemido gutural directo al teléfono.
Bruno me mueve despacio mientras hablo, agarrándome de las caderas, mirándome a los ojos, divertido con el juego. Sabe perfectamente con quién estoy hablando y disfruta complicándome la tarea: me chupa los pezones hasta dejarlos duros y morados, me besa justo cuando intento articular una frase, me mete dos dedos en la boca para que se los chupe, me obliga a tragarme un gemido. A veces me da la vuelta sin cortar la llamada y me embiste por detrás, agarrándome del pelo, mientras yo aprieto el auricular contra la mejilla. En esos momentos casi se me cae el teléfono, pero aguanto. Daniel, en casa, con la polla en la mano —porque sé que en cuanto oye los primeros gemidos ya no se aguanta—, escucha cómo me deshago.
Cuando llego al orgasmo no hace falta que finja nada. Bruno acelera, me golpea el culo con la palma abierta, me muerde el cuello, y yo prácticamente grito contra el auricular que me corro, que me corro con su polla, que me llene, que me la deje toda dentro. Siento la verga de Bruno hincharse, latir dos veces, y descargar dentro de mí un chorro tibio y espeso mientras me sigue empujando hasta la última gota. Sé que del otro lado mi marido tiene los ojos cerrados, la polla goteando entre los dedos, imaginándolo todo. Después le hablo con una calma que lo desarma: le digo que Bruno acaba de llenarme el coño, que vuelvo pronto con la corrida caliente todavía dentro para que me limpie él, que no me espere despierto si no aguanta, y cuelgo sin esperar respuesta.
Hay noches en que alargo la cosa a propósito. Le mando un mensaje desde el baño de la casa de Bruno, una foto de mis zapatos junto a los de él en el suelo, o mejor, una foto de mi coño abierto con el semen escurriéndose por dentro de los muslos, nada más. Sé que con eso basta para tenerlo despierto, con la polla dura y las manos atadas por su propia palabra, mirando el techo, contando las horas hasta que la llave gire en la cerradura. Esa anticipación lo consume de un modo que ningún encuentro físico le daría. Aprendí a administrarla como quien dosifica algo precioso.
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Una vez le advertí que no se tocara la polla mientras yo no estuviera. Esa noche, al volver, supe por su cara —y por la mancha reseca en su vientre— que no me había hecho caso. No me enojé de verdad, pero le hice creer que sí. Le dije que era un mal chico por no haber esperado mi permiso, que se había corrido como un cerdo sin pedir turno, y que esa noche dormiría solo, sin lengua, sin coño, sin nada. Lo vi suplicar de rodillas, con la polla otra vez dura solo de oírme regañarlo, como si le hubiera quitado lo único que importaba en el mundo.
Llegué a buscar en internet uno de esos dispositivos de plástico que impiden a un hombre tocarse la polla sin permiso. Estuve a punto de pedirlo. Me imaginé la llave colgando de mi collar, el pequeño candado sobre su verga cuando yo saliera a follar con Bruno. Pero al final lo descarté: prefiero que Daniel se controle por mí, por las ganas de complacerme, y no por un candado. El verdadero juego está en su cabeza, no en su polla. Y mientras yo tenga ese control, ningún aparato hace falta.
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El regreso a casa siempre es la mejor parte para él. El trayecto es largo, casi una hora por la autopista, y lo hago despacio, con la ventanilla baja, la piel todavía erizada y las bragas empapadas de la corrida de Bruno chorreando entre las piernas. Entro y me lo encuentro esperando junto a la puerta, vestido con la camisa que le gusta, la polla marcándose bajo el pantalón, como si recibiera a una invitada de honor. Me deja caer en el sofá, me quita los zapatos uno a uno, me observa como si yo fuera algo precioso y frágil a la vez. Luego me sube la falda, me arranca las bragas mojadas y hunde la cara entre mis muslos sin decir palabra. Su lengua entra directa en mi coño reventado, y sé que está probando la corrida ajena. Traga, lame, chupa mis labios hinchados, sube al clítoris y lo succiona con hambre, mete la lengua otra vez lo más hondo que puede para sacarme cada gota que Bruno me dejó dentro. Se queda ahí hasta que me arranca dos o tres orgasmos más, suaves, casi de despedida, mientras yo le tiro del pelo y le susurro que es un buen chico, que se lo trague todo.
Cuando termina, con la barbilla brillante y los ojos vidriosos, todavía me pide más. Me ruega que lo deje meterme la suya, aunque sabe que estoy agotada, que Bruno me ha dejado el coño abierto y sensible. A veces cedo, más por ternura que por deseo, y lo dejo subirse encima un rato breve. Se mete despacio, casi con miedo, y siente cómo su polla se desliza en un coño resbaladizo, todavía tibio de otro. Bastan cuatro o cinco embestidas para que se corra dentro de mí gimiendo contra mi cuello, sumando su semen al que ya llevo. Lo abrazo, le acaricio la nuca, le digo que es mío, que su corrida y la de Bruno están mezcladas dentro de mí y que así me gusta. Para él, esa frase vale más que cualquier otra cosa.
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Suena el timbre. Daniel ya casi termina de abrocharme el segundo tacón. No voy a vestirme; abriré la puerta así, con el liguero, las medias de costura recta, los pezones al aire y el coño depilado a la vista. A Bruno le gusta encontrarme exactamente así, para poder metérmela en la boca en el mismo recibidor si le apetece, y a mi marido le gusta verme abrir la puerta de ese modo, sabiendo lo que viene.
Esta tarde tienen un plan entre los dos. Bruno trajo su cámara y un trípode; quiere fotografiarnos follando en el sofá mientras Daniel me sostiene la mano y me mira a los ojos. Pusieron un mando a distancia para disparar sin moverse, y mi marido estará tan pendiente de apretar ese botón en el momento justo —cuando la polla de Bruno me esté partiendo en dos, cuando yo tenga la boca abierta gritando— que casi se olvidará de respirar. Me hace reír verlos ponerse de acuerdo como dos socios.
Abro. Bruno me abraza, me besa en el cuello, me agarra una teta con la mano libre y entra como si la casa fuera suya. Daniel nos prepara una bebida y se sienta en el brazo del sillón, desnudo otra vez, con la polla dura contra el vientre, a mirar. Pronto Bruno me empuja con suavidad contra el cuero del sofá, me abre las piernas de un tirón, se baja el pantalón y me enseña esa verga gruesa y venosa que ya conozco de memoria. Me la mete en la boca primero, hasta el fondo, hasta que se me saltan las lágrimas y se me corre el rímel. Luego me pone de rodillas sobre el sofá, me agarra de las caderas y me la clava por detrás de un solo golpe. Grito. Todo lo demás deja de importar.
En algún momento mi marido se acerca, me toma la mano y me sostiene el tobillo, atento a que esté cómoda, como una abeja cuidando su nido, mientras Bruno me embiste tan fuerte que el sofá se arrastra unos centímetros. Escucho el clic de la cámara una y otra vez: clic cuando Bruno me abre las nalgas para meterla más hondo, clic cuando me saca la polla brillante y la vuelve a hundir, clic cuando me corro por primera vez de la noche con la mejilla apretada contra el cuero. Bruno y él se llevan bien, casi como hermanos; quizá por eso esto funciona, porque nadie compite por lo que no le toca. Daniel me chupa los dedos, me besa la muñeca, y yo aprieto su mano cada vez que Bruno me golpea el fondo del coño.
Voy a recostar la cabeza un rato en el brazo del sofá mientras Bruno se toma un descanso para beber un trago, todavía con la polla dura brillante de mis jugos. La noche es larga y Bruno apenas empieza; sé que antes de que amanezca me habrá vaciado dentro por lo menos dos veces, y que Daniel se pasará horas de rodillas limpiándome. Se queda cerca, vigilante, feliz a su manera, con la polla todavía intacta esperando su turno o su permiso, lo que yo decida.
No escribo esto para presumir, sino casi como una confesión. Durante años creí que la única forma de querer a alguien era la de los manuales, y resulta que había otra esperándonos, hecha a nuestra medida. Si algo aprendí es que la clave nunca fue esconder nada, sino contárnoslo todo. Quién iba a decirme que la honestidad terminaría llevándome justo hasta aquí, con dos hombres en casa y la boca todavía sabiendo a semen.





