Le hice dedo a un camionero y no me arrepiento
El sol terminaba de hundirse detrás de las lomas y dejaba la ruta teñida de un naranja que se apagaba rápido. Camila caminaba por la banquina con paso firme, más por orgullo que por convicción. Se detuvo un segundo para ajustarse la camisa de cuadros que llevaba abierta sobre una musculosa blanca, y la anudó por encima de la cintura casi sin pensarlo. Tenía veintiocho años y la certeza incómoda de que nunca había estado tan sola en mitad de la nada.
Era la primera vez que hacía dedo en una carretera. El viaje lo había empezado con Tomás, su novio, pero una discusión absurda terminó con ella bajándose del auto en un arrebato de rabia, dando un portazo y viéndolo arrancar sin frenar. Ahora estaba ahí, con el bolso al hombro y un cosquilleo extraño en el estómago. Lo raro era que esa soledad, en lugar de asustarla del todo, también la hacía sentir libre.
Se mordió el labio, una costumbre vieja que tenía cuando los nervios le ganaban. Un rugido de motor la sacó de sus pensamientos. Un camión enorme se acercaba despacio, y ella, sin medir demasiado lo que hacía, levantó el brazo y agitó la mano con una decisión que no sentía del todo.
El vehículo redujo la marcha y se detuvo a su lado con un suspiro de frenos. La ventanilla bajó. Detrás del volante había un hombre corpulento, de barba con canas y una gorra gastada, que la miró con una mezcla de curiosidad y prudencia.
—¿Para dónde vas? —preguntó. Tenía una voz grave que parecía salir del mismo motor.
Camila se encogió de hombros e intentó sonar más segura de lo que estaba.
—A donde sea que vayas vos —contestó con media sonrisa.
El hombre la observó un instante más, evaluándola con unos ojos oscuros que habían visto mucho asfalto. Después estiró el brazo y abrió la puerta del acompañante.
—Subí.
Ella trepó con algo de torpeza y se acomodó en el asiento alto. La cabina olía a cuero gastado y a café frío. Él encendió un cigarrillo y le ofreció otro con un gesto; Camila lo rechazó con una sonrisa.
—Andrés —dijo él, dando una pitada larga.
—Camila —respondió ella, evitando mirarlo demasiado.
Había algo en ese hombre que la intimidaba, aunque no de la manera habitual. No era una amenaza. Era, más bien, el peso tranquilo de alguien que sabía exactamente qué hacía detrás de un volante.
El camión se puso en marcha y los últimos rastros del pueblo quedaron atrás. La oscuridad fue cerrándose sobre la ruta, y el silencio llenó la cabina, roto apenas por el ronroneo del motor y el viento que se colaba por la ventanilla entreabierta.
Camila miraba por el cristal buscando calmarse, pero el pulso la traicionaba. La adrenalina de la pelea no terminaba de irse; ahora se mezclaba con otra cosa, un calor nuevo bajo el vientre que no sabía cómo nombrar. Pensaba en Tomás, en la última vez que habían cogido —apurado, de madrugada, él corriéndose adentro sin preguntar y dándose vuelta a dormir— y enseguida volvía a la presencia de ese desconocido tosco que respiraba a su lado, con esas manos anchas apoyadas en el volante, manos que se le antojaban capaces de otras cosas. Apretó los muslos bajo el short y sintió el coño ya húmedo, la bombacha pegándosele. Le dio bronca su propio cuerpo por delatarla tan rápido.
—Primera vez que hacés esto, ¿no? —comentó Andrés, rompiendo el silencio.
—Sí —admitió ella, girándose para mirarlo—. Jamás pensé que terminaría haciendo dedo en una ruta. Pero acá estoy.
Él sonrió de costado.
—Bueno, si te sirve de consuelo, yo tampoco pensé que hoy iba a levantar a alguien como vos. Con esa cara y esa actitud, cualquiera se considera afortunado.
Camila sintió el rubor subirle al rostro, pero se rio bajito. Había una franqueza en él que rara vez encontraba en los hombres, una honestidad sin dobleces.
—Vamos a parar en la próxima estación de servicio —agregó Andrés—. Tengo que cargar combustible.
***
Cuando el camión se detuvo bajo las luces blancas de la estación, Camila bajó de un salto y estiró los brazos sobre la cabeza, arqueando la espalda para sacarse el entumecimiento del viaje. La musculosa se le levantó y dejó ver una franja de piel morena, el ombligo, el arranque de las caderas. Andrés, junto al surtidor, desvió la mirada hacia ella sin querer. Se le fue derecho a las tetas, que se marcaban firmes bajo la tela sin corpiño, con los pezones erizados por el aire fresco. Tragó saliva y volvió a fijar la vista en la manguera, incómodo con el bulto que empezaba a apretarle el vaquero, demasiado rápido para su gusto.
Un chirrido de frenos lo distrajo. Otro camión se estacionó al costado y de la ventanilla asomó un tipo de gorra negra y sonrisa burlona.
—¡Miralo nada más, el viejo Andrés! —soltó con una risa ronca, golpeando la chapa de su puerta—. ¿Qué andás haciendo, eh?
Andrés alzó una mano a modo de saludo, sin demasiadas ganas, mientras un segundo camionero se acercaba desde el otro lado del surtidor.
—Trabajando, como siempre —contestó—. A diferencia de ustedes, yo no tengo tiempo para boludeces.
El de la gorra se bajó con las manos en los bolsillos y señaló con el mentón hacia la tienda, donde Camila acababa de desaparecer tras la puerta de vidrio.
—¿Trabajando? Sí, claro. Pero bien acompañado, ¿no? ¿Quién es la mujer?
—No es asunto tuyo, Robles —respondió Andrés, chasqueando la lengua.
El otro soltó un silbido largo.
—Tranquilo, fiera. Con un culo así al lado, yo tampoco diría una palabra —comentó Robles, encendiendo un cigarrillo—. Aunque, conociéndote, capaz ni sabés por dónde empezar. Esa piba te la mete doblada, viejo.
Las risas resonaron entre ellos. Andrés apretó la mandíbula y miró de reojo hacia la tienda, asegurándose de que Camila no estuviera escuchando.
—Váyanse a la mierda los dos. Y apúrense, antes de que alguien más escuche las pavadas que dicen.
***
Adentro, Camila recorría los pasillos con la despreocupación de quien no termina de medir el efecto que causa. Llegó al refrigerador y se inclinó a buscar una botella de agua. El aire frío que escapó del vidrio le erizó la piel y la hizo temblar apenas; se pasó una mano por el pezón para calmar el cosquilleo, y de paso comprobó que seguía duro, marcado bajo la musculosa. Pagó en el mostrador, esquivando los ojos del empleado que le miraba las tetas sin disimulo, y salió de nuevo a la noche.
Andrés la esperaba junto a la cabina, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí, claro. Necesitaba agua, nada más —respondió ella, mostrando la botella.
Él asintió y le abrió la puerta. El camión volvió a la ruta, y la noche los envolvió otra vez en esa penumbra cálida. Camila sentía el calor del día todavía pegado a la piel, mezclado con el eco amargo de la pelea con Tomás. La rabia contenida se convertía, kilómetro a kilómetro, en unas ganas concretas, sucias, de coger para vengarse. De sentir que el cuerpo era suyo y podía hacer con él lo que se le cantara.
Lo miró de reojo, observando cómo las manos firmes de Andrés se movían con seguridad sobre el volante. Manos gruesas, con las venas marcadas, dedos que se veían pesados. ¿Qué pasaría si…? La idea cruzó su mente como una chispa, y en lugar de espantarla, la dejó arder un poco. Se imaginó esos dedos entrándole al coño, abriéndola, y tuvo que apretar los muslos otra vez.
—¿Siempre viajás solo? —preguntó, jugando con la botella entre los dedos.
Andrés echó un vistazo rápido y volvió la vista al camino.
—Casi siempre. La cabina no es el mejor lugar para tener compañía… aunque a veces viene bien charlar con alguien.
—Debe ser raro pasar tanto tiempo solo. ¿No te aburrís?
Él soltó una risa breve y seca.
—Te acostumbrás. Aunque a veces la cabeza se te llena de cosas. Pensamientos que no te dejan tranquilo.
—¿Qué tipo de pensamientos? —preguntó ella, alzando una ceja.
Andrés se removió en el asiento, los ojos fijos en el asfalto.
—Cosas que uno no debería pensar.
Camila dejó escapar una risita y cruzó las piernas, un movimiento que atrajo la mirada de él por un instante. Se acomodó de forma que el short se le subiera un poco más, dejando ver el muslo entero.
—Eso suena misterioso. ¿Hablás de cosas prohibidas o de cosas que preferís no decir?
—Un poco de las dos —respondió él, carraspeando—. En la ruta hay mucho tiempo para pensar, y no siempre son pensamientos limpios.
—¿Y qué hacés cuando te llegan esos pensamientos?
Andrés frunció el ceño, intentando desviar la charla, pero había algo en el tono de ella que lo retenía.
—Aguantás. No queda otra. O te la hacés vos mismo, en algún parador, en el baño.
Camila abrió los ojos, sorprendida por la franqueza, y se rio bajito.
—¿Te hacés la paja en los baños de los paradores?
—A veces —admitió él con media sonrisa—. ¿Vos qué querés que haga? Uno tiene sangre en las venas.
—Debe ser difícil aguantar tanto —dijo Camila, alargando las palabras como quien tira un anzuelo—. Con las manos así, encima. Se te nota que las tenés cansadas.
Él giró apenas la cabeza y se encontró con sus ojos. Había en ellos una chispa que lo desconcertaba, esa mezcla de descaro y picardía.
—No es tan difícil como parece —contestó. Su voz salió más ronca de lo que quería, y volvió enseguida la vista al frente.
Camila se mordió el labio y dejó que el silencio se acomodara unos segundos antes de soltar:
—Yo creo que sería más fácil si no estuvieras solo. Si tuvieras a alguien que te ayudara a bajar la tensión.
Andrés tragó saliva. Cada palabra de ella parecía desnudar un poco más lo que ya se le marcaba en el vaquero.
—A veces la compañía complica las cosas, ¿sabés? —dijo él, tratando de restarle peso.
—¿Por qué? ¿Qué podría ser tan complicado?
Él apretó el volante, los nudillos tensándose.
—Cuando alguien está cerca, empezás a pensar cosas. Cosas que es mejor no pensar.
—¿Y qué tipo de cosas son esas? —insistió ella, apoyándose en el respaldo con un descaro fingido.
—Cosas que pueden meterte en problemas, sobre todo si no sabés poner límites.
Camila deslizó un dedo por la condensación de la botella, trazando líneas, y después se lo llevó a los labios, chupándoselo lento, mirándolo de reojo.
—Yo creo que algunos límites se vuelven borrosos según quién esté al lado.
—¿Estás diciendo que hay límites que vale la pena cruzar? —preguntó Andrés, mirándola de reojo.
Ella se humedeció los labios, lento, un gesto que él no dejó pasar.
—No sé. ¿Vos qué pensás?
—Pienso que esta charla está yendo para un lado peligroso —dijo él con una risa incómoda.
—¿Y eso te molesta? —susurró Camila, bajando la voz.
Él no respondió enseguida, pero el leve rubor en el cuello, la rigidez de sus hombros y el bulto cada vez más obvio entre las piernas hablaban por él. Camila, disfrutando del juego, se inclinó un poco hacia su lado y le miró el vaquero sin disimulo.
—Dijiste que tus pensamientos no siempre son limpios. Me pregunto qué pensarías si supieras lo que estoy pensando yo ahora. Se te nota, encima. Se te está parando.
Andrés se aclaró la garganta, sintiendo el pulso acelerarse. La verga se le había endurecido del todo y le apretaba contra la tela.
—Camila… no creo que quieras seguir con esto.
—Tal vez sí quiero. Tal vez quiero mamártela ahora mismo, mientras manejás. O tal vez vos querés y no te animás a admitirlo.
El camión avanzó unos segundos en silencio, el aire entre ellos más denso que nunca. Al fin, él murmuró, casi sin voz:
—¿Y qué estás pensando?
Camila lo miró directo, con una intensidad que lo desarmó.
—Estoy pensando en sacártela y chupártela hasta que te corras en mi boca. En tragarme todo. Que te olvides de la ruta un rato.
El motor pareció volverse ensordecedor mientras Andrés peleaba con la tormenta que esas palabras desataron dentro de él. La verga le latía con fuerza, palpitando contra el cierre.
***
Apretó el volante con más fuerza y mantuvo la mirada en la carretera, como si el asfalto pudiera darle una respuesta. No llegó ninguna. Solo el suave roce de Camila reacomodándose en el asiento, girándose hacia él, arrodillándose casi sobre el asiento del acompañante.
—No tenés que decir nada —murmuró ella, tan bajo que apenas se oyó sobre el motor—. Si no querés, decilo y paro. Pero si no decís nada, te la saco.
Andrés no dijo nada. Solo abrió las piernas un poco más, casi sin querer, y ese gesto fue toda la respuesta que ella necesitaba.
—Camila… —susurró Andrés, la voz ronca, un último intento de frenarla sin verdadera convicción.
—Vos seguí manejando, camionero —respondió ella, con un atrevimiento que contrastaba con el rubor de sus mejillas—. Yo me encargo de esto.
Las manos de ella se posaron sobre su muslo y una corriente lo recorrió entero. Con movimientos pausados, casi tímidos al principio, los dedos de Camila buscaron el cinturón y lo aflojaron. Después el botón. Después el cierre, bajándolo diente por diente, como si cada centímetro que descubría fuera un premio. Andrés exhaló con fuerza, los nudillos blancos, la carretera de golpe más estrecha frente a él.
—Estás loca —murmuró, sin apartar los ojos del camino, aunque la voz lo delataba.
—Tal vez un poco —contestó ella con una risa apenas audible.
Él levantó apenas la cadera para ayudarla a bajarle el pantalón y el bóxer hasta la mitad del muslo. La verga saltó afuera, gruesa, dura, con la vena marcada de arriba abajo y la punta ya brillante de líquido. A Camila se le escapó un suspiro cuando la vio. Era más grande de lo que había imaginado, más ancha que la de Tomás, con un peso que ella podía adivinar solo de mirarla. La rodeó con la mano y no llegó a cerrar los dedos.
—Mirá lo que tenías guardado —susurró ella, moviendo el puño despacio de arriba abajo, esparciendo el pre-semen con el pulgar sobre el glande—. La tenés durísima. Todo esto por unas palabras nada más.
Andrés soltó un gemido ronco, la cabeza cayéndole apenas hacia atrás antes de forzarse a mirar la ruta otra vez. Era un hombre curtido, acostumbrado a las historias furtivas de la ruta, pero en Camila había algo distinto, esa timidez mezclada con determinación que lo dejaba sin defensas.
Ella se inclinó del todo, y él sintió primero el aliento tibio sobre la punta, después la lengua trazando un círculo lento alrededor del glande. Camila lamió con paciencia, saboreándolo, chupando apenas la punta, jugando con la lengua sobre la ranurita de arriba. Andrés apretó los dientes y contuvo un jadeo.
—Puta madre… —murmuró.
Camila sonrió con la boca llena. Se metió el glande entero y lo apretó con los labios, chupando con succión, mientras la mano seguía trabajando la base. La cabina se llenó del ruido húmedo de su boca, mezclado con el motor y con la respiración de él, cada vez más entrecortada. Ella bajó despacio, tragándose la verga centímetro a centímetro, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta. Se le llenaron los ojos de agua pero no se apartó. Al contrario: se quedó ahí un segundo, tragando alrededor de él, sintiendo cómo palpitaba en su boca.
—Ay, la puta… —Andrés soltó una mano del volante sin darse cuenta y volvió a agarrarlo enseguida, casi asustado—. Así… así, nena, así.
Camila se levantó despacio, arrastrando los labios apretados por todo el largo, y volvió a bajar. Y otra vez. Y otra. Encontró un ritmo lento, profundo, sacando la verga entera para lamerla desde los huevos hasta la punta y volver a tragársela. Con la mano izquierda le agarró los testículos y los masajeó suave, rodándolos entre los dedos, sintiéndolos pesados, tensos. Cada reacción de él —los temblores en las piernas, los suspiros entrecortados, el leve arqueo de la espalda, el modo en que le crujía la garganta cuando aguantaba un gemido— le daba el impulso para seguir. Le encantaba tenerlo así, deshecho, un tipo grandote reducido a un montón de nervios por su boca.
—Chupamela más rápido —pidió Andrés con la voz quebrada—. Por favor.
Camila obedeció. Aceleró, chupando fuerte, la mano moviéndose en sincronía con la boca, dejando ruido de babas y succión que llenaba la cabina. Andrés cerró los ojos un segundo, dejando que el placer lo arrastrara mientras el camión avanzaba lento por la ruta desierta, casi a paso de hombre. El cabello de Camila le rozaba los muslos con cada movimiento, una caricia más en el torbellino que lo invadía.
Entregado, soltó por fin la mano derecha del volante. Le agarró la nuca a Camila con dedos firmes pero cálidos, sin forzarla, solo acompañando el movimiento, sintiendo cómo la cabeza subía y bajaba sobre su verga. Después la mano bajó por la espalda, trazando un camino que la hizo arquearse bajo su tacto. La curva de su columna se sentía delicada bajo las yemas, y la manera en que ella reaccionaba a cada caricia le arrancaba pequeños sonidos ahogados que vibraban contra la verga y le mandaban descargas hasta la nuca.
La mano de Andrés bajó hasta la parte baja de su espalda, donde el short empezaba a ceder. Le acarició la piel cálida y después, con un tirón, le bajó el short y la bombacha hasta la mitad del culo. Camila gimió con la boca llena. Él le apretó una nalga, gruesa, firme, y le pasó los dedos por la raja de arriba abajo. Sintió el calor, la humedad que había escapado hasta ahí. Camila estaba empapada.
—Estás toda mojada, nena —murmuró él, la voz rota—. Se te chorrea todo.
Los dedos de él se deslizaron entre las piernas de ella y encontraron el coño hinchado, resbaloso. Le metió dos dedos de una, sin preguntar, y Camila soltó la verga un segundo para gemir fuerte.
—Ay… ay, sí… así…
—Seguí chupándome —le ordenó, y ella volvió a metérsela en la boca al toque, con más ganas todavía.
Andrés le movía los dedos adentro con ritmo, curvándolos, buscando el punto, mientras el pulgar le encontraba el clítoris y se lo frotaba en círculos. Camila empezó a moverse contra la mano de él, sin dejar de chupar, gimiendo contra la verga, la vibración volviéndolo loco. La cabina era un caos de gemidos ahogados, ruido de mamada, motor, y el chapoteo de los dedos de Andrés metiéndose y saliendo del coño empapado.
—Me voy a correr, nena —jadeó él después de un rato, apretando los dientes—. No sabés cómo… no sabés cómo la tenés que chupar. Me matás.
Camila no se apartó. Aceleró todavía más, la mano trabajando la base con firmeza, la boca succionando la punta con todo. Andrés le clavó los dedos en la nuca y su cadera se levantó del asiento con una sacudida.
—Ahí va… ahí va, puta… ahí va…
La verga se le hinchó una última vez y explotó dentro de la boca de Camila. Un chorro grueso y caliente le golpeó la garganta, y otro, y otro más, tres, cuatro, cinco descargas que ella tragó de a poco, sin dejar de chupar la punta, sin dejar de sacarle todo lo que tenía. Andrés soltó un gemido gutural, largo, casi un grito, y el camión zigzagueó apenas antes de que él enderezara el volante como pudo.
Cuando ya no quedó nada, ella siguió lamiéndolo despacio, limpiando la punta con la lengua, recogiendo las últimas gotas de semen espeso que se le habían escapado por la comisura. Después se sentó despacio, se pasó el pulgar por el labio y se lo chupó también, mirándolo con los ojos brillantes.
—Te la tragaste toda —murmuró Andrés, sin creerlo.
—Toda —contestó ella con una sonrisa cansada—. Estaba rica.
Él negó con la cabeza, todavía deshecho, la respiración descontrolada. Pero no la dejó descansar. Antes de que Camila pudiera acomodarse, la mano de él volvió a bajar por dentro del short, buscándole el coño otra vez.
—Ahora te toca a vos —dijo, con la voz ronca pero firme—. No te voy a dejar así.
Le metió tres dedos, gruesos, empujando profundo, y con la otra mano soltó momentáneamente el volante para bajarle del todo el short y la bombacha, dejándola con las piernas abiertas sobre el asiento. Camila se arqueó y apoyó una pierna contra el tablero, dándole todo el acceso. El coño le brillaba a la luz del tablero, hinchado, chorreando.
—Mirá cómo estás —murmuró él, mientras le entraba y salía con los dedos, rápido, haciendo un ruido húmedo que llenaba la cabina—. Toda empapada. Mamármela te puso así, ¿no?
—Sí… —jadeó Camila, agarrándose del apoyabrazos—. Sí, así… metémelos más adentro…
Él le hizo caso. Curvó los dedos y golpeó ese punto que la hacía retorcerse, mientras el pulgar le seguía trabajando el clítoris. Camila empezó a temblar entera, las tetas subiendo y bajando bajo la musculosa, los pezones marcados. Con la mano libre se levantó la remera y se apretó una teta ella misma, pellizcándose el pezón, entregada del todo.
—Así, nena, así —susurraba Andrés, sin dejar de mirar entre la ruta y el coño de ella—. Corréte en mis dedos. Dale.
—Ya… ya casi… —Camila apretaba los muslos contra la mano de él, las caderas moviéndose solas—. Ay, no pares, no pares…
El orgasmo la partió al medio. Se arqueó violenta, con un grito que resonó en la cabina, y le apretó los dedos con el coño como si no quisiera soltarlos. Andrés no aflojó: la siguió trabajando durante toda la ola, sacándole cada espasmo, hasta que Camila cayó desmadejada contra el asiento, jadeando, la piel brillante de sudor.
Él sacó los dedos despacio, empapados, y se los llevó a la boca. Se los chupó uno por uno, mirándola.
—Riquísima —dijo.
Camila se rio, sin fuerzas.
Ambos quedaron inmersos en una mezcla de agotamiento y placer, con el eco de sus respiraciones llenando el espacio cerrado. La sensación de conexión era palpable, una intimidad que iba mucho más allá de lo que acababa de pasar y los dejaba sin palabras.
***
Camila se incorporó despacio, casi torpe, evitando mirarlo directamente. Tenía el rostro teñido de un rubor que no podía esconder, y se entretuvo arreglándose el pelo entre los dedos. Se subió la bombacha y el short con timidez, acomodando la tela con una discreción nerviosa, mientras la respiración todavía delataba el torbellino que seguía vibrando en su cuerpo. Todavía se sentía el coño palpitando, hinchado, y una gota le corría por el muslo. La secó con el dorso de la mano y se rio sola.
Andrés se acomodó la verga adentro del bóxer con esa torpeza que él llamaba delicadeza, se subió el cierre, soltó un suspiro y se recostó en el asiento, tratando de recuperar el control de la situación. Entonces, con esa mezcla de desfachatez y humor que lo caracterizaba, dejó escapar uno de sus chistes malos, de los que él creía geniales.
—Espero que en la próxima estación tengan buen servicio de limpieza… porque creo que este camión lo va a necesitar.
Camila, intentando mantener la seriedad, no pudo evitar soltar una carcajada que resonó en la cabina, ligera, desprolija, como si el peso del momento se desvaneciera de golpe. La risa rompió la tensión que había quedado suspendida en el aire, y para ella fue un alivio, una manera de espantar cualquier rastro de incomodidad. Echó la cabeza contra el respaldo mientras los hombros le temblaban, y Andrés, al verla así, tan espontánea, no pudo evitar sonreír, contagiado.
Afuera, la ruta seguía extendiéndose oscura y sin fin, y los faros del camión abrían un túnel de luz hacia ninguna parte. Camila volvió a mirar por la ventanilla, esta vez con una calma nueva. No sabía adónde la llevaba ese camino, y por primera vez en todo el día, no le importó.





