La novia de mi exjugador me reconoció en el bar
Dicen que aquel encierro nos cambió a todos, cosa que yo dudo, pero lo que sí es verdad es que dejó historias raras detrás. Justo antes de que se parara el mundo yo entrenaba a un equipo amateur de fútbol sala. Tenía cuarenta y un años y, después de pasarme media vida sobre la pista como jugador, me había hecho cargo del banquillo con la idea de sacar al club de las categorías regionales. La plantilla no daba para mucho, pero los chicos ponían ganas.
Estuvimos meses sin vernos las caras. Cuando por fin se pudo volver a jugar, cada uno había aguantado el confinamiento a su manera. El que más nos sorprendió fue Aníbal, mi pívot, un veterano de treinta y seis años con más oficio que talento. Apareció en el primer entrenamiento contando que se había echado novia por internet, una chica boliviana seis años menor que él.
Durante semanas nos dio la lata con su romance a distancia. Los compañeros se reían y le gastaban bromas pesadas sobre que la pobre se iba a llevar una decepción cuando lo conociera en persona. Aníbal se lo tomaba a risa y juraba que jamás nadie se le había quejado de la polla. La diana favorita de esas comparaciones era Bruno, un chaval de veinticuatro años al que la naturaleza había sido especialmente generosa entre las piernas y que se ponía colorado cada vez que sacaban el tema en el vestuario.
Por fin, medio año después, la chica aterrizó en España para venirse a vivir con él. Se llamaba Yanira y Aníbal la trajo al primer partido en casa. No era nada fea. Era una mujer bajita, de piel muy morena, melena negra hasta media espalda y una figura que llamaba la atención sin necesidad de esforzarse. Tenía unos rasgos andinos que le daban una belleza distinta a la de las chicas de aquí. Se colocaba justo detrás de nuestro banquillo y, un poco perdida, animaba al equipo daba igual cómo fuera el marcador. A mí me saludaba siempre con timidez y una sonrisa.
Antes de acabar la temporada, Aníbal anunció que Yanira estaba embarazada. Los compañeros le dieron la enhorabuena y, cómo no, empezaron las bromas de mal gusto sobre quién sería el verdadero padre. Bruno se moría de vergüenza cada vez que lo señalaban. Cuando nació el niño, Yanira dejó de venir a los partidos y la vida del equipo siguió su curso.
***
La cosa se torció un año más tarde. Aníbal dejó a Yanira por una venezolana mayor que él que había conocido en un local latino, y poco después colgó las botas. Nadie en el vestuario lo echó de menos. Yo me había olvidado por completo de todo aquello hasta que una noche el azar volvió a cruzarnos.
Fue un viernes, en una de esas cenas de equipo que terminan en ronda de copas. Después de dar vueltas por varios sitios acabamos en un local que estaba a reventar, con gente de todas las edades y música latina a todo volumen. Bien entrada la madrugada, mientras esperaba en la barra a que me sirvieran, me topé con ella. No la veía desde aquel último partido, antes del embarazo.
Yanira se había recuperado del parto mejor de lo que recordaba. Estaba algo más delgada, con la figura más marcada, las tetas apretadas contra un top negro y el culo respingón embutido en unos vaqueros que parecían pintados. Vestía de una manera mucho más moderna y segura que la chica tímida de antes. Fue ella quien se acercó.
—Hola, entrenador. ¿No se acuerda de mí? —dijo, ladeando la cabeza.
—Hola, Yanira. Claro que me acuerdo. ¿Qué tal estás?
La invité a una copa y nos pusimos al día. El alcohol hizo que la conversación fluyera sola, entre risas y confidencias. Hacía mucho que no me sentía así con nadie. Una cosa llevó a la otra y acabamos bailando. Y vaya si sabía moverse. Con cada estribillo se acercaba un poco más, hasta que terminó dándome la espalda, levantándose la melena con las dos manos y restregando el culo contra mi polla al ritmo de la música. Yo ya estaba empalmado, y ella lo notó perfectamente, porque apretó todavía más y se rio bajito, girando la cadera contra mi bulto.
No tardé en reaccionar. Le puse las manos en la cintura, la atraje hacia mí y le besé el cuello, chupándoselo hasta dejarle marca. Ella echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, y dejó escapar un suspiro que se perdió entre la música. Le bajé una mano por el vientre hasta rozarle la entrepierna por encima del vaquero y ella abrió un poco las piernas, permitiéndomelo, mordiéndose el labio.
—Vámonos de acá —me susurró al oído—, que se me está mojando el coño.
***
Aquello no podía terminar de otra forma que en su casa. Conduje con Yanira mordisqueándome el cuello y una mano suya metida entre mis piernas, apretándome la polla por encima del pantalón hasta el bloque de ladrillo rojizo en las afueras. Subimos las escaleras a oscuras, besándonos en cada rellano, hasta el tercer piso. En el segundo la aplasté contra la pared, le metí la mano por debajo del top y le pellizqué un pezón; ella soltó un jadeo agudo y me buscó la boca con lengua. Con cierto nerviosismo, buscó las llaves en el bolso mientras yo le sujetaba las caderas y le hablaba al oído, contándole todo lo que le iba a hacer. Sin encender ni una sola luz me llevó hasta su dormitorio y cerró la puerta.
Nos desnudamos sin dejar de besarnos. Yanira tenía un cuerpo espectacular, con unas tetas no muy grandes pero firmes, de pezones tan oscuros que casi parecían negros, endurecidos por la excitación. En la penumbra, su piel morena contrastaba con las sábanas claras. El coño, cuando le bajé el tanga por los muslos, era un coño moreno, casi sin pelo, con los labios ya hinchados y brillantes de lo mojada que estaba. Y en la cama resultó ser otra mujer: dejaba que yo llevara las riendas, complaciente, casi suplicando que la dirigiera.
La tumbé boca arriba y me coloqué sobre ella con el pantalón todavía puesto. La besé en la boca y empecé a bajar despacio, recorriendo su cuello, deteniéndome en las tetas para chuparle los pezones uno a uno hasta hacerla gemir, mordisqueándoselos mientras ella me clavaba los dedos en la nuca. Seguí descendiendo, lamiéndole el vientre, el hueso de la cadera, el interior de los muslos, hasta acomodarme entre sus piernas. Le abrí el coño con dos dedos, se lo miré unos segundos, y cuando la toqué con la lengua, arqueó la espalda y se aferró a mi pelo con las dos manos.
—Así, papito, así —jadeaba—. Chúpame el coño, no pares.
No paré. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris, chupándoselo con los labios como si fuera un caramelo, dando vueltas alrededor y volviendo a atacarlo. Le metí dos dedos y empecé a moverlos dentro, buscando ese punto que sabía que la iba a volver loca, mientras seguía chupando arriba. Yanira empezó a soltar tacos en el mismo momento en que le acerté; movía las caderas contra mi cara, follándome la boca ella a mí, con tanto descaro que casi no la reconocía. Le sujeté las caderas para que no se escapara y seguí hasta que la sentí temblar entera, apretando los muslos contra mis orejas y soltando un gemido largo, cochino, que rompió el silencio del piso. Se corrió empapándome la barbilla.
Entonces se incorporó, me empujó contra el cabecero y terminó de desnudarme con manos ansiosas. Se le escapó una risita nerviosa cuando me bajó los calzoncillos y se me liberó la polla, dura, con el glande hinchado y una gota gruesa asomando en la punta.
—Uy, entrenador, si me la tenía guardadita —murmuró, agarrándomela por la base.
Me miró a los ojos, abrió la boca y se la metió entera de golpe, sin pausa, hasta que la sentí golpearle el fondo de la garganta. Empezó a mamármela con una entrega que no me esperaba, sin dejar de observarme ni un instante. Subía y bajaba la cabeza despacio, chupándome fuerte al salir, dejándome un hilo de saliva colgando; después me sacaba la polla, se la restregaba por la cara y por las tetas, me lamía los huevos uno a uno metiéndoselos en la boca, y volvía a tragármela hasta el fondo. Aguanté lo que pude, apretando los dientes, pero no quería terminar así.
—Ven aquí —le dije, tirando suavemente de su brazo.
La tumbé de nuevo y ella abrió las piernas de par en par, ofreciéndome el coño con una imagen que se me quedó grabada: los labios abiertos, brillantes, el agujero contrayéndose solo de ganas. Me puse un preservativo con manos torpes y me acomodé encima. Le pasé el glande por toda la raja, restregándoselo contra el clítoris, torturándola, hasta que me suplicó que se la metiera. La penetré de una sola embestida, hasta la base. Gritó al sentirme dentro y me clavó las uñas en los hombros, arqueándose entera.
—¡Ay, qué grande, papito, qué grande!
Con cada movimiento de caderas ella respondía con un gemido, susurrándome guarradas contra el oído, contándome lo llena que la tenía, lo bien que se la estaba follando. La embestí primero despacio, dejándola sentir cada centímetro, y luego empecé a acelerar, con golpes secos que le hacían temblar las tetas y le sacaban un "ay" a cada uno.
—Ay, usted sí que sabe —jadeó contra mi oído—. Fóllame más fuerte, no seas bueno conmigo.
Le levanté las dos piernas y me las cargué sobre los hombros, doblándola por la mitad, y en esa postura la polla le entraba hasta un sitio que no había tocado antes. Yanira empezó a gemir cada vez más agudo, con la boca abierta, mirándome follarla, y a los pocos minutos se corrió otra vez apretándome la polla con el coño como un puño. La cambié de postura, la puse de lado, le levanté una pierna y volví a entrar, seguí sin descanso mientras le chupaba un pezón, hasta que se corrió una tercera vez, demostrando que su cuerpo daba para mucho más de una vez. La sujeté con fuerza, dejándola sin aire, hasta que yo también terminé descargando dentro del preservativo con un gruñido que me salió de lo más hondo, empujando a fondo tres o cuatro veces más mientras me vaciaba. Nos quedamos unidos unos segundos, recuperando el aliento, besándonos despacio, con mi polla todavía dentro palpitando.
***
Estuvimos un buen rato acariciándonos en la penumbra, sin prisa, hasta que poco a poco el deseo volvió a despertar. Mis dedos jugueteaban por su espalda, bajando cada vez más, siguiéndole la raja del culo, y ella, lejos de detenerme, me cogió la mano, se llevó mis dedos a la boca, los chupó bien mojados y luego los guio de vuelta, colocándomelos justo en el agujero del culo.
—¿Te animas? —murmuró, mirándome por encima del hombro con una media sonrisa.
Le sonreí. Ella se giró y se puso a cuatro patas, arqueando la espalda y separándose las nalgas con las dos manos, ofreciéndome los dos agujeros sin pudor.
—Es usted todo un hombre —dijo—. Métamela por el culo, haga lo que quiera conmigo.
Me coloqué de rodillas tras ella y tomé las cosas con calma. Le escupí en el ojete y le metí primero un dedo, moviéndolo despacio en círculos, después dos, hasta que la sentí relajarse. Le pasé la lengua por el culo, chupándoselo bien, ensalivándola, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. Me puse otro preservativo, lo empapé de saliva y apoyé el glande contra el agujero. Empujé despacio y ella gritó cuando la corona forzó la entrada, pero me pidió entre jadeos que no se me ocurriera parar. Entré poco a poco, milímetro a milímetro, dándole tiempo, sintiendo cómo el culo me apretaba la polla como nunca me había apretado nada, hasta que su respiración entrecortada se transformó en algo parecido al placer. Entonces empezó a pedir más, a soltar obscenidades, a retarme para que no me contuviera.
—Eso es, rómpeme el culo, dámelo todo —jadeaba, echando la cadera contra mí—. Toda para dentro, papito, no te guardes nada.
La sujeté de las caderas con las dos manos y aceleré el ritmo, empotrándola contra la cama con embestidas cada vez más fuertes, viendo cómo mi polla desaparecía entera en su culo y volvía a salir. Yanira se metió los dedos en el coño y empezó a masturbarse mientras yo se la clavaba por atrás, y a los pocos minutos se corrió otra vez, mordiendo la almohada para no despertar a media casa. Ese apretón final me remató a mí, y descargué dentro con un empujón brutal, sujetándola por la melena, apretando los dientes hasta que la última gota se me fue por la polla. Yanira se dejó caer boca abajo sobre la cama, con el culo aún en pompa, agotada y satisfecha, mientras yo me tumbaba a su lado con el corazón a mil.
***
Pasé la noche en su cama. A la mañana siguiente desperté con ella pegada a mi espalda, la mano en mi polla ya empalmada, y las ganas intactas. Me giré, le besé el cuello y le acaricié las tetas hasta que empezó a suspirar de nuevo, pellizcándole los pezones oscuros hasta ponérselos duros como piedras. Bajé la mano y le encontré el coño otra vez mojado. Le susurré al oído que tenía que volver a casa, pero que quería una despedida como Dios manda. Ella sonrió, se apartó las sábanas y se arrodilló frente a mí en el borde de la cama.
Me la mamó despacio, sin prisa, mirándome a los ojos todo el rato, tragándomela hasta el fondo y sacándola lenta, chupando el glande con un ruido húmedo cada vez. Se escupió en la mano, me masturbó la base mientras me chupaba la punta, después me sacó la polla y me lamió los huevos, subiendo la lengua por debajo hasta la punta como quien lame un helado. Cuando notó que estaba a punto, aceleró, cerró los labios apretados y empezó a bombear la cabeza sin descanso. Me corrí en su boca con dos o tres empujones, agarrándola de la melena, y ella me lo tragó todo sin soltarme la polla, apretándome hasta la última gota, y después me la sacó, abrió la boca para enseñarme que no había dejado nada, y volvió a metérsela para chuparme limpio. Sin una sola queja, sin dejar de mirarme.
Me vestí en silencio y la dejé enredada entre las sábanas para que siguiera durmiendo. Crucé el pasillo hacia la salida y me quedé de piedra al pasar por el salón. Había una mujer mayor sentada a la mesa, desayunando en bata. Era idéntica a Yanira, treinta años más tarde.
Yo no tenía ni idea de que la madre vivía con ella. Sin duda nos había oído durante toda la noche, hasta el último suspiro. Por pura cortesía, y muerto de vergüenza, le di los buenos días. Ella me respondió bajito, llevándose una mano a la cara, no sé si avergonzada por lo de su hija o por haberse quedado a escuchar sin esconderse. Yo solo quería desaparecer.
De repente se levantó, dejó la taza sobre la mesa y se dirigió hacia uno de los dormitorios del fondo, donde dormía el hijo de Yanira. Antes de cerrar la puerta, la oí decir, sin volverse:
—Voy a despertar a Mateo. Tiene un sueño muy profundo, este niño.





