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Relatos Ardientes

Mi amante odiaba un sabor hasta aquella mañana

Hola otra vez, lectores. Hoy quiero contarles algo que me pasó hace un tiempo con una mujer con la que estuve viéndome durante varios meses. No teníamos nada serio, ni falta que hacía. Follábamos, nos reíamos, dormíamos juntos cuando nos apetecía y cada uno seguía con su vida. Los dos estábamos cómodos así, sin promesas ni dramas. Para qué complicar algo que funcionaba.

Se llamaba Marisa, aunque casi todos la llamaban Mari. Era un poco más joven que yo, tenía treinta años recién cumplidos, pero aparentaba menos. La gente que la conocía le calculaba veinticinco sin dudarlo. No era muy alta, andaría por el metro sesenta, con algún kilo de más que a mí me volvía loco. Tenía la cara redonda y dulce, el pelo rubio natural hasta los hombros, los ojos grandes y de un azul que parecía mentira, la piel muy blanca y unos labios carnosos hechos para chupar pollas.

Esos kilos de más le daban unas curvas de las que ya no se ven. El culo era una obra de arte, redondo y firme, de esos que te piden a gritos que se los abras y se los folles a cuatro patas. Y las tetas, madre mía, las tetas eran otra historia. Grandes, generosas, de esas que llenan las dos manos y todavía sobra pezón para chupar. Por el tamaño le caían un poco, pero a mí eso me daba igual. Para mí eran perfectas para meterle la polla entre ellas y correrme sobre su cara.

En fin, que no me quiero enrollar describiéndola toda la tarde. Quedábamos un par de días por semana, a veces tres, y follábamos hasta quedar reventados. Probábamos de todo. No le ponía pegas a casi nada y eso es algo que se agradece muchísimo cuando hay confianza. Lo nuestro era cómodo, guarro y sin tabúes. Casi sin tabúes, mejor dicho. Porque había una sola cosa.

***

Cuando se quedaba a dormir, por la mañana desayunábamos juntos antes de que se fuera a su casa a ducharse y cambiarse. Yo siempre tenía algo preparado para ella: un zumo de naranja y sus cereales de chocolate, que eran lo que más le gustaba. Yo me conformaba con un café y una tostada, porque el zumo en ayunas me da acidez. Pequeñas rutinas que, sin darnos cuenta, habíamos ido construyendo.

Y aquí entra el detalle que da título a todo esto. Marisa odiaba el sabor de la leche. Y cuando digo leche, lo digo en todos los sentidos posibles. La de vaca le daba arcadas, jamás la probaba. Y la mía, el semen, tampoco lo soportaba. Era literalmente lo único que nunca había conseguido que hiciera: tragarse mi corrida.

En alguna ocasión muy contada me dejaba correrme en su boca, pero lo hacía por mí, no por ganas. Y siempre acababa igual: en cuanto sentía el primer chorro caliente golpeándole el paladar, salía disparada al baño a escupir cada gota, se enjuagaba una y otra vez hasta quitarse el sabor por completo. Verla irse con esa cara de asco, conteniendo las náuseas con mi lefa colgándole todavía de la comisura, me cortaba el rollo de inmediato. No me gustaba nada saber que estaba pasándolo mal por darme un capricho.

Así que decidí no volver a pedírselo. A mí me encanta que se traguen mi corrida, no lo voy a negar, pero me gusta que la disfruten, no que la sufran. Lo que para uno es placer no puede ser tortura para el otro. Lo demás entre nosotros era tan bueno que esa renuncia me salía barata. Podía correrme donde quisiera: en su espalda, en el culo, en el vientre, en las tetas, incluso en la cara. Todo menos dentro de la boca para que lo tragara.

—De verdad que no me importa —le dije una de esas noches, abrazándola por detrás mientras le manoseaba una teta—. No hace falta que te tragues nada que no quieras.

—Ya lo sé —contestó, restregándome el culo contra la polla—. Pero sé que a ti te pone. Y eso me da rabia.

No insistí. Le metí la mano entre las piernas, le froté el coño empapado y la follé por detrás hasta correrme en su espalda. No quería que se sintiera obligada a nada.

***

El problema es que la cabeza es traicionera. Por mucho que yo hubiera decidido pasar página, la imagen volvía sola. Empecé a fantasear con ella de una manera que no podía controlar: Marisa abriendo la boca de par en par, sacando la lengua para enseñarme el charco blanco que le acababa de soltar dentro, y después tragándoselo de una con una sonrisa, relamiéndose los labios como si fuera lo más rico del mundo. No era el acto en sí, era la idea de que ella lo quisiera tanto como yo, que quisiera beberse mi semen a chorros.

Debí de quedarme demasiadas veces con la mirada perdida, porque ella lo notó. Marisa era lista, leía cada uno de mis silencios.

—¿Te pasa algo? —me preguntó una tarde, mientras nos vestíamos—. Llevas unos días raro.

—Qué va, estoy bien.

—No me mientas, que nos conocemos.

Lo dejé pasar un par de veces, pero a la tercera me cansé de esquivarla y se lo conté. Sin dramatizar, dejándole claro que no le reprochaba nada, que era cosa mía y de mi imaginación. Pensé que se enfadaría o que se sentiría presionada. Pero hizo justo lo contrario.

—¿Sabes que llevo yo también dándole vueltas? —confesó, sentándose en el borde de la cama—. He intentado hacerme a la idea de tragarme tu corrida entera, de verdad. Pero solo de imaginarme ese chorro espeso bajándome por la garganta me entran arcadas. No es por ti, es ese sabor. Me supera.

—No tienes que forzarte —le repetí.

—Es que quiero. Esa es la cuestión. Quiero poder tragarte cada gota, y no me sale. Me da rabia que algo tan tonto se me atragante.

La abracé y le dije que no se preocupara, que tarde o temprano encontraríamos la manera. No sabía aún cuál, pero algo se me ocurriría. Lo dije por consolarla, sin imaginar que terminaría cumpliéndolo.

***

Pasaron unas semanas sin que volviéramos a hablar del asunto. Seguimos como siempre, viéndonos, riéndonos, gastando las sábanas a base de polvos. Hasta que una mañana, desayunando los dos en la cocina, se me encendió la bombilla. Estaba mirando su cuenco de cereales de chocolate flotando en la leche y, de repente, todas las piezas encajaron solas.

La idea era tan sencilla y tan retorcida a la vez que casi me hizo reír. Si lo que le daba asco era el sabor de la lefa, bastaba con disimularlo. Esconderlo entre algo que a ella sí le gustara. Algo dulce, fuerte, que tapara cualquier otro matiz.

—Oye —le dije, dejando la taza de café sobre la mesa—. ¿Sigues queriendo intentarlo?

Ella levantó la vista de la cuchara, entendió a qué me refería y se mordió el labio. Asintió despacio, primero con un poco de miedo y después con curiosidad.

—Confía en mí —añadí—. Esta vez va a ser distinto. Si no te gusta, paramos y no se habla más.

Me levanté, le tendí la mano y la ayudé a ponerse de pie. La giré con suavidad y le bajé un poco los hombros, marcándole hacia dónde la quería. No hizo falta decir nada más. Marisa entendía mi cuerpo casi mejor que yo.

***

Se arrodilló frente a mí, todavía en pijama, con esa media sonrisa nerviosa que le conocía tan bien. Me bajó el pantalón del chándal de un tirón y mi polla, ya medio dura de solo imaginar lo que venía, le saltó a un palmo de la cara. Ella la agarró por la base con las dos manos, se la acercó a los labios y sacó la lengua para lamerme el glande de abajo arriba, muy despacio, empapándomelo de saliva.

—Mmm —murmuró, mirándome desde abajo con esos ojazos azules—. Ya la tienes durísima.

Abrió la boca y se la metió entera de golpe, hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta. Empezó a mamármela con la maestría de siempre, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo constante, apretando los labios contra el tronco y jugando con la lengua alrededor de la corona en cada pasada. Se le llenaba la boca de saliva y le caían hilos gordos por la barbilla, mojándole el escote del pijama y transparentándole los pezones.

Se sacó la polla un momento para tomar aire y me la meneó a dos manos, pegándose los labios al glande y besuqueándolo, sacándole la lengua por debajo mientras me miraba fijo. Después bajó, me atrapó los huevos con la boca uno por uno, los chupó despacio, y volvió a subir por el tronco con lametones anchos, como si fuese un helado que se estuviera derritiendo.

—Fóllame la boca —me pidió, sacándosela otra vez—. Cógeme del pelo y hazlo tú.

La agarré del moño rubio, se la volví a meter hasta la campanilla y empecé a empujarle la cabeza contra mi ingle, marcándole yo el ritmo. Ella se dejaba hacer, con los ojos entornados y las manos apoyadas en mis muslos, tragando saliva entre embestida y embestida, atragantándose de vez en cuando y volviendo a por más. Le corría un reguero de babas por el mentón hasta las tetas.

Yo ya estaba al límite antes de empezar. Llevaba semanas imaginando ese momento, y tenerla así, de rodillas, con la boca abierta y babeando por mi polla, me tenía a punto de estallar. Ella notó los primeros espasmos, esos pequeños avisos que anuncian que queda poco, el modo en que se me tensaban los huevos, y aceleró el ritmo mamándome más rápido y más profundo, creyendo que me iba a correr en su boca como las otras veces.

—Espera —le dije, conteniéndome con todas mis fuerzas y clavándole los dedos en el cuero cabelludo—. Para un segundo.

Me miró extrañada, con la polla todavía dentro y un hilo de saliva colgándole entre los labios y el glande, sin entender el cambio de planes. Estiré el brazo hacia la mesa y cogí su cuenco de cereales, el de chocolate, que aún estaba medio lleno. Ella seguía mirándome de reojo, confundida, pero le hice un gesto para que continuara y obedeció, todavía sin pillar mi jugada.

Volvió a chupármela, esta vez a mano llena, meneándome el tronco con el puño mientras me lamía y me besaba la punta. Aguanté unos minutos más, los justos para asegurarme de que no había vuelta atrás, con los muslos temblándome y los huevos hirviendo. Cuando supe que ya no podía parar, le saqué la polla de la boca de golpe y me la meneé rápido con la mano, apuntando directo al cuenco.

El primer chorro salió con tanta fuerza que rebotó contra los cereales y salpicó por fuera. Solté un gruñido y siguieron cuatro o cinco más, gordos, blancos, cayendo entre el chocolate y la leche. Vacié encima del desayuno todo lo que llevaba guardado de la noche anterior, hasta la última gota. Me sacudí la polla contra el borde del cuenco para que no se perdiera nada y removí bien la mezcla con la cuchara, machacando los cereales, hasta que no se distinguía ni rastro. Todo era una papilla marrón y espesa.

Marisa observaba la escena con los ojos como platos, alucinando con la cantidad y, sobre todo, sin terminar de creerse lo que tenía delante. Todavía de rodillas, con la boca entreabierta y los labios brillantes de saliva, tragó en seco. Cogí una cuchara del cajón, la hundí en el cuenco y pesqué unos cuantos cereales bien empapados.

—Te lo prometo —le dije, acercándole la cuchara a los labios—. Mezclado así no vas a notar nada. Si te da asco, lo escupes y ya está.

***

Dudó. La cuchara temblaba un poco delante de su boca y ella la miraba como quien mira un acantilado. Pasaron unos segundos eternos. Después, despacio, abrió los labios y aceptó el bocado.

Lo masticó con calma, concentrada, buscando ese sabor que tanto temía. Yo la observaba sin respirar, con la polla todavía dura y goteando, listo para retirar el cuenco a la primera mueca. Pero la mueca no llegó. Cerró los ojos un instante, tragó y se quedó pensativa.

—¿Y bien? —pregunté.

—Pues… —empezó, sorprendida de sí misma— está bueno. No noto nada raro. Está igual de rico que siempre.

Me quitó la cuchara de la mano con una sonrisa traviesa y siguió desayunando ella sola, como si nada. Cucharada tras cucharada, fue vaciando el cuenco entero de cereales bañados en leche y en mi corrida. Yo me quedé de pie con la polla todavía tiesa colgándole delante de la cara, todavía recuperando el aliento, sin dar crédito a lo que estaba viendo. Hasta rebañó el fondo con el dedo y se lo chupó para no dejar ni una gota, relamiéndose después los labios.

—No estaba tan mal, ¿ves? —dijo al terminar, limpiándose la comisura con el pulgar y chupándoselo—. A lo mejor el problema era cómo me lo dabas.

Se puso de rodillas otra vez, me agarró la polla y se metió el glande en la boca para limpiarme los últimos restos que aún colgaban, chupándome con una calma que ya no tenía nada de la aprensión de antes. Me eché a reír. No por la gracia, sino por el alivio. Y por lo cachondo que me tenía verla así. Habíamos cruzado ese límite sin que ella sufriera lo más mínimo, que era justo lo que yo quería. Y, no nos engañemos, también porque acababa de cumplir una fantasía que llevaba meses rondándome.

La levanté del suelo, la senté en la mesa de la cocina, le arranqué el pantalón del pijama y la braga de un tirón y le comí el coño empapado hasta que se corrió gimiendo con la cabeza apoyada contra los azulejos. Después la puse a cuatro patas encima de la mesa y me la follé por detrás, con la mano abierta sobre esa espalda blanca, mirándole ese culo redondo golpeándome la ingle en cada embestida. Terminé corriéndome otra vez, esta vez sobre sus dos nalgas, marcándoselas con dos chorros gordos que le resbalaron por la raja hasta el coño.

***

A partir de aquella mañana, todo cambió un poco entre nosotros. No de golpe ni de manera dramática, sino con esa naturalidad de quien descubre un juego nuevo. Empezamos a probar el truco con otras cosas: con el chocolate caliente, con la mermelada, con cualquier sabor lo bastante fuerte como para hacer de tapadera. Cada desayuno se convirtió en una pequeña travesura compartida, un secreto que solo conocíamos los dos, y casi ninguno terminaba sin que yo acabase corriéndome en algún recipiente o sobre alguna parte de ella.

Lo curioso es que, con el tiempo, ella dejó de necesitar el disfraz. Empezó a pedírmelo directamente en la boca, abriéndola de par en par y sacando la lengua para que le apuntara bien y viera cómo la iba llenando. Después cerraba los labios, hacía gárgaras despacio para que yo me relamiera mirándola, y se lo tragaba todo de una, enseñándome después la lengua vacía con una sonrisa. Lo que había empezado como un engaño cariñoso para esquivar su rechazo se transformó en algo que ya hacía sin reparos, incluso con ganas. Supongo que el asco nunca había estado del todo en la lengua, sino en la cabeza. Y una vez que la cabeza se rinde, lo demás viene solo.

De aquellos meses guardo un recuerdo estupendo. Nunca buscamos nada serio y nunca lo tuvimos, pero nos dimos justo lo que cada uno necesitaba en ese momento. A veces pienso en ella y me pregunto si seguirá desayunando cereales de chocolate y si se acordará de por qué le gustan tanto.

Hubo más historias parecidas, otros experimentos en aquella cocina que merecen su propio relato. Pero esos los dejo para otro día. Si os ha gustado este, decídmelo en los comentarios y os cuento cómo seguimos jugando. Hasta la próxima.

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Comentarios(7)

LauraB91

Que manera de arrancar un domingo con esto jajaja, increible relato. Sigue subiendo!

SantiNocturno

Me enganchó desde la primera linea. Muy bien contado, se siente autentico.

NoraCba

Excelente!! quede con ganas de mas, por favor una segunda parte

Tuki_87

Me recordó a algo parecido que me paso con mi ex, ja. Esos momentos inesperados son los mejores.

MarioCba

Buenisimo. La forma en que lo describis hace que te metás en la historia sin darte cuenta.

PablitoCba_

Tremendo final!! no me lo esperaba para nada

viajera_99

Es de los relatos mas reales que lei acá. Se nota que fue algo que viviste de verdad. Gracias por compartirlo.

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