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Relatos Ardientes

La noche que dejé de decir que no sé

Lo cuento porque me lo prometí a mí mismo: si alguna vez dejaba de mentirme, lo escribiría tal cual pasó. Sin adornos. Hasta esa noche yo era de los que ponía cara de asco cuando alguien tocaba el tema. «Eso no es lo mío», decía, muy digno, con un vaso en la mano y la certeza de quien no ha probado nada.

Lo conocí en el cumpleaños de un amigo en común. Se llamaba Bruno, o al menos así me lo presentaron. Tenía esa tranquilidad de quien no necesita demostrar nada, y una forma de mirarme que me ponía nervioso sin saber por qué. Hablamos toda la noche de cualquier cosa menos de lo que terminaríamos haciendo.

Acabamos en su departamento. Yo seguía repitiéndome la cantinela de siempre.

No sé, no sé. A saber por dónde anda metido. ¿Y si está sucio? No sé yo…

Bruno cerró la puerta, me apoyó contra la pared del pasillo y me besó sin preguntar. Su lengua entró en mi boca con una calma que no admitía discusión, y yo la recibí como si llevara toda la noche esperándola. Sentí su mano bajar por mi pecho, por el vientre, y pararse justo encima del bulto que ya me marcaba el pantalón. Me apretó ahí, sin prisa, midiéndome, y solté un jadeo que me delató del todo.

Me llevó al dormitorio sin dejar de comerme la boca. Me sacó la camisa, me desabrochó el cinturón y me bajó los vaqueros de un tirón. Cuando me quedé en calzoncillos, con la polla marcando la tela como una piedra, se arrodilló delante de mí y me miró desde abajo. Nunca me habían mirado así, como si fuera algo de comer.

Me bajó los calzoncillos con los dientes. Mi verga saltó tiesa contra su cara y él se rió bajito antes de tragársela entera de una pasada. Sentí el fondo de su garganta, la lengua envolviéndome, la saliva escurriéndose por los huevos, y las piernas me temblaron tanto que tuve que agarrarme a su nuca para no caerme.

Joder, joder, este tío mama como nadie. Me voy a correr de pie si sigue así.

Él lo notó y paró. Se limpió la boca con el dorso de la mano, se levantó y empezó a desnudarse delante de mí sin ninguna prisa. Cuando se bajó el bóxer, se me secó la boca de golpe.

Cuando me animé y lo toqué, descubrí que no era para tanto. Tocarlo no tenía nada de asqueroso. Otra cosa era lo que venía después.

Bueno, tocarla no es lo peor del mundo. Pero chuparla… En fin, ya que estoy, allá voy, sin pensarlo mucho.

Y me la metí en la boca casi por orgullo, para no rajarme delante de él. Lo primero que sentí fue lo dura que estaba, y lo caliente, y lo pesada que le colgaba en la lengua. Lo segundo, el sonido que hizo Bruno, un quejido grave que me subió por la espalda y me apretó las tripas.

Al principio lo hacía mal, con miedo, chupando solo la punta, y él me dejó hacer sin corregirme. Después me armé de valor y bajé hasta la mitad. Noté cómo la vena gorda me palpaba la lengua, cómo el glande me abría el paladar, cómo se me llenaba la boca de un sabor salado y limpio a la vez. Me atraganté una vez, tosí, se me saltaron las lágrimas, y en lugar de darme asco me dio ganas de intentarlo otra vez.

Bruno me agarró del pelo, con delicadeza, y empezó a marcarme el ritmo. Me la sacaba hasta la punta, me dejaba respirar, y me la volvía a meter hasta que sentía sus huevos pegados a mi barbilla. Yo babeaba, con los ojos llorosos, y cada vez que él gruñía por encima de mí me daba una descarga en la polla.

Pues no está tan mal esto. Es fácil. Mira cómo gime el muy desgraciado. Lo estoy haciendo bien. Dios, me estoy poniendo duro yo solo. Estás fatal de la cabeza, mejor ni pensarlo.

Bajé la mano y me agarré la verga sin pensar. Estaba tan dura que me dolía. Me la meneé al mismo ritmo que le mamaba a él, y por la nariz se me escapó un gemido que le hizo reír otra vez.

—Mira al maricón —murmuró, y esa palabra, en su boca y en ese momento, no me ofendió lo más mínimo. Al contrario. Me apretó los huevos.

Le chupé los cojones uno a uno, se los saqué de la boca con un ruido húmedo, subí por debajo del tronco lamiéndolo entero, y volví a tragarlo hasta que se me cerró la garganta. Bruno me apartó antes de correrse. Todavía no.

***

Después me pidió que me girara. Lo dijo con suavidad, como quien propone algo evidente, y yo obedecí antes de pensarlo. Me puso a cuatro patas en el borde de la cama, me abrió el culo con las dos manos y, sin mediar palabra, me metió la lengua entre las nalgas.

¿Pero qué hace este animal? Ay, madre mía. Ay, madre.

La sensación me partió por la mitad. Nunca nadie me había tocado ahí, y mucho menos con la boca. Bruno lamía en círculos, me clavaba la punta de la lengua contra el agujero, me lo abría a besos, me escupía y volvía a chupar. Yo tenía la cara aplastada contra el colchón y la polla goteando entre las piernas, y de la boca me salían ruidos que no había hecho nunca.

Cuando noté el frío del lubricante, todo el discurso digno volvió de golpe.

—Relájate —me dijo.

—Sí, relájate, qué fácil —murmuré, más para mí que para él.

Sentí un dedo entrar. Grueso, calmo, resbaladizo. Me detuvo la respiración de golpe.

No sé yo esto. Casi me marcho. Esto a mí no me va. Joder, si ya me duele y es solo el dedo. Esto no está bien. No sé yo…

Bruno lo movía en círculos, entrando y saliendo despacio, buscándome algo dentro. Cuando lo encontró, se me escapó un gemido agudo que me delató entero. Añadió un segundo dedo y el ardor se mezcló con esa cosquilla nueva que no sabía nombrar todavía. Escuché el plástico del preservativo y, no sé por qué, eso me tranquilizó un poco. Al menos era cuidadoso.

Ay, madre. Ya verás qué daño. Tenía que haberle dicho que paso. No voy a aguantarlo. Le voy a decir que ni de broma. En fin… al menos se está poniendo condón.

—Oye —solté con voz temblorosa—. Con mucho cuidado, ¿eh?

—Con cuidado —repitió.

—Ya, ya, pero si te digo que pares, paras. ¿Eh? —insistí—. En fin, a ver. Ya puestos, probamos. Pero no sé yo.

***

Sentí la punta de su polla apoyarse contra el agujero. Ancha, caliente, embadurnada de lubricante. Bruno me agarró la cadera con una mano y con la otra se la sujetó para colocarla bien. Cuando empujó la primera vez, el mundo se redujo a un solo punto.

¡Más despacio! ¿Dónde va este animal? Vaya daño. No lo voy a aguantar. Esto no es lo mío.

—Oye, sácamela —pedí casi en pánico—. Por dios, sácamela. A ver si voy a acabar en urgencias y menudo papelón.

Bruno paró. Esperó. Apoyó la mano en mi cadera, sin presionar, y dejó que me acostumbrara con la punta metida hasta la corona. Yo respiraba por la boca, con el culo abierto alrededor de aquella verga que se me antojaba enorme, y me temblaban los muslos. Cuando lo intentó de nuevo, fue más lento, milímetro a milímetro, ganándome terreno con paciencia de reloj. Sentí el glande pasar el primer anillo, después el segundo, y el ardor bajarme por dentro hasta las tripas. Aunque seguía doliendo, ya no era el mismo zarpazo de antes.

Otra vez igual, qué dolor. Ni postura ni nada. En fin, respira. Ahora por lo menos va más despacio. A ver cuánto aguanto. No sé yo. Primera y última vez. Primera y última.

Me agarré a las sábanas y conté hacia atrás, como cuando era niño y me ponían una inyección. Pensaba que si llegaba a cero, todo habría terminado. No llegué a cero. Antes de eso noté cómo sus caderas se apoyaban contra mis nalgas y entendí que ya la tenía entera dentro.

***

A los dos minutos noté que el dolor cedía. No desaparecía, pero se volvía algo soportable, un fondo sordo sobre el que empezaba a colarse otra cosa. Cada empuje me arrancaba un suspiro entrecortado. La polla de Bruno me llenaba de un lado a otro, me rozaba por dentro un punto que hacía que se me cerraran los ojos.

Bueno, ya duele un poco menos. Aguantar se aguanta. Uf.

—Sí, algo mejor, sí —admití entre dientes—. Pero ve con cuidado, ¿eh?

No era para tanto. Se puede soportar. Casi me da hasta rabia haberme quejado tanto.

Bruno se movía con una paciencia que yo no me esperaba. No iba a lo suyo, como había temido toda la noche. Estaba pendiente de cada respingo mío, ajustando el ritmo, esperando mis señales. Me pasó la mano por la espalda, me acarició la nuca, me agarró del hombro para tirar de mí contra él en cada embestida. Y yo, sin darme cuenta, había dejado de pensar en marcharme y había empezado a echar el culo hacia atrás para salirle al encuentro.

A los cinco minutos pasó algo que no estaba en mis planes. Aquella cosquilla se convirtió en una corriente. La polla me colgaba entre las piernas más dura que en toda mi vida, marcada de venas, goteando un hilo transparente que ya me manchaba el muslo.

Joder, pues no está tan mal esto. Estas cosquillas no están nada mal. No sé… Qué bestia el tío. Y yo la tengo como una piedra. Mmmm. Dios, me está gustando. ¿Seré maricón?

Esa última pregunta me la hice como un reflejo, como quien intenta agarrarse a la vieja versión de sí mismo justo cuando se le escapa de las manos. Pero ni siquiera me dio tiempo a contestármela, porque algo dentro de mí acababa de encenderse y exigía toda mi atención. Bruno cambió el ángulo, me clavó la verga hacia arriba, y yo grité contra la almohada como si me estuvieran matando de gusto.

***

A los siete minutos ya no quedaba rastro del tipo digno que había entrado por esa puerta.

Pero ¿qué me pasa? Qué gusto. Qué bueno es esto. Madre mía.

—No te pares —dije, y mi propia voz me sorprendió—. No te pares ahora, ¿eh?

Bruno se rió bajito, sin burla, y siguió. Aceleró el ritmo. Cada embestida me arrancaba un sonido que yo no reconocía como mío: gruñidos, jadeos rotos, un «ay» largo y sucio cada vez que me la metía hasta el fondo. Apreté la cara contra la almohada, medio avergonzado, medio rendido. Escuchaba el golpe húmedo de sus huevos contra los míos, el chasquido del lubricante, su respiración pesada encima de mi espalda.

Entonces noté la palma de su mano caer sobre mi nalga con un chasquido seco.

¿Me ha dado un azote este desgraciado? Me cago en… bueno, no ha sido tan fuerte. La verdad es que no ha estado mal.

Y ahí, en ese «no ha estado mal», terminé de perder la batalla que llevaba toda la noche fingiendo ganar. Bruno me pegó otro, esta vez más fuerte, y yo apreté el culo alrededor de su polla sin quererlo. Le oí gemir por encima y me di cuenta de que le gustaba tanto como a mí.

***

A los diez minutos yo era otra persona. Una que decía cosas que jamás habría imaginado decir en voz alta.

—No pares, no pares, dale —jadeaba—. Dios, qué gusto. Esto es la leche. Métemela toda, joder, métemela.

—¿Así? —preguntó él, clavándomela hasta que sentí sus huevos apretarse contra mi perineo.

—Así, sí. Otro —pedí, sin reconocerme—. Más fuerte. Más fuerte. Dame otro azote, cabrón.

La mano cayó, seca, y me dejó la nalga ardiendo. Después la otra. Bruno cogió ritmo, follándome ya con ganas, sin la cautela de antes, agarrándome de las caderas con las dos manos y tirándome contra él en cada embestida. La cama chirriaba. Yo veía puntos blancos.

—Qué culo tienes, joder —gruñó él—. Mira cómo me lo comes ya. Si esto lo pedías tú.

—Sí —le contesté, sin pensar—. Sí, dame, dame.

Cada azote me empujaba un poco más allá del límite que yo creía tener. Ya no contaba hacia atrás. Ya no pensaba en urgencias ni en papelones. Solo quería que aquello no terminara nunca. Le eché el culo hacia arriba, arqueé la espalda, le ofrecí el agujero abierto para que me la metiera aún más adentro.

—Venga —me oí decir, con una voz ronca que no era la mía—. Dale fuerte. No te pares ahora. Fóllame bien, joder, fóllame.

El que toda la vida había puesto cara de asco le estaba suplicando a un desconocido que no se detuviera y que le metiera la polla hasta las tripas. Y lo más raro de todo es que no me daba ninguna vergüenza. En ese momento, ninguna.

***

A los quince minutos perdí el habla y la dignidad al mismo tiempo. Lo que salía de mi boca ya no eran frases, eran sílabas estiradas, sonidos largos, un idioma que aprendí esa noche y que no sabía que existía. Bruno me embestía con fuerza, cada golpe me sacudía entero, y su polla me tocaba dentro un sitio que me hacía ver estrellas.

Sentí algo subir desde muy abajo, una ola que no podía frenar ni quería frenar. La polla me palpitaba contra el vientre, dura como una barra de hierro, mojando la sábana con hilos de precorrida. Me agarré a las sábanas hasta clavarme las uñas en las palmas. Todo el cuerpo se me tensó como una cuerda.

Y entonces, sin tocarme, sin nada, exploté. Sentí el primer chorro salirme con una fuerza que me dobló las rodillas, y detrás otro, y otro, y otro más, mientras el culo se me cerraba en espasmos alrededor de la polla de Bruno. Grité contra la almohada, un grito largo y roto, y él siguió metiéndomela mientras yo me corría, alargándome el orgasmo hasta que pensé que me iba a desmayar.

***

Tardé unos segundos en entender qué había pasado. Me quedé quieto, jadeando contra la almohada, con el corazón a punto de salírseme por la boca y el semen calentito escurriéndome por el vientre y por los muslos.

¿Qué fue eso? ¿Fue una corrida? Dios, no sé. Qué corrida. Qué gusto. Qué gusto, por dios. Uf.

Nunca me había pasado algo así. Ni de lejos. Me había corrido sin que nadie me pusiera un dedo encima, solo por lo que estaba sintiendo por dentro, solo con la polla de otro tío moviéndose en mi culo. Me sentí descolocado, eufórico y un poco asustado, todo a la vez.

Bruno gruñó a mi espalda, me clavó las uñas en las caderas y de golpe se hundió hasta el fondo. Sentí la polla palpitarle dentro, sentí cómo se corría llenando el condón, y él se quedó apoyado contra mí, jadeando en mi nuca, hasta que se le pasó.

***

Pero el cuerpo es así de traicionero, y en cuanto la euforia bajó, el viejo discurso volvió a presentarse, puntual como siempre.

—Venga, sácala ya —pedí, de repente incómodo—. Sácala, venga, ya está.

Bruno salió con el mismo cuidado con el que había entrado. Sentí el vacío raro que deja una polla cuando se va, y ese ardor de después que te recuerda todo lo que acaba de pasar. Me dejé caer de lado en la cama, mirando al techo, con el pecho subiendo y bajando, y noté cómo el escozor regresaba ahora que la fiebre se apagaba.

Ahora parece que me vuelve a doler. Pero ¿qué he hecho? Joder, como se entere alguien. Una y no más. Una y no más. La última vez. Vaya vergüenza. Y vaya dolor de culo. Una y no más, vamos.

Lo pensé con toda la convicción del mundo. Esa misma convicción con la que, horas antes, había jurado que aquello no era lo mío.

Bruno se tumbó a mi lado y me ofreció un vaso de agua sin decir nada. Lo acepté. Nos quedamos un rato en silencio, y yo me reía solo por dentro de lo ridículo que había sido todo: el miedo, las amenazas de pararle, el «si te digo que pares, paras».

***

Y aquí viene la parte que me toca confesar de verdad, la que no le cuento a nadie.

Pasaron unas semanas. Quizá un mes. Y un día, sin buscarlo, me sorprendí pensando en aquella noche, con la polla dura debajo de las sábanas y la mano yéndoseme sola. Volví a llamar a Bruno. Y la secuencia se repitió, idéntica, con su prólogo de dudas y su «no sé yo» de rigor.

Pero algo había cambiado. Las primeras reacciones, las del miedo y el dolor de los primeros minutos, fueron cada vez más cortas. Al cabo de unos meses ya casi no aparecían. Aprendí a abrirme, a recibirla sin resistirme, a mover el culo yo mismo cuando quería más. Y el «una y no más» del final, ese que tan en serio me había tomado, se transformó en lo contrario: en pedirle que no la sacara todavía, que se corriera dentro, que me la dejara ahí un rato más aunque ya se le hubiera bajado.

Con el tiempo dejé de fingir incluso conmigo mismo. Aprendí a pedir lo que quería sin el rodeo de las dudas, a decir en voz alta cosas que el tipo digno del principio jamás habría tolerado: que me follara fuerte, que me llenara la boca, que me diera por el culo hasta correrme sin manos otra vez. Frases que no voy a repetir aquí, pero que cualquiera que haya cruzado esa línea reconocería.

Así que sí, lo confieso: aquella primera y última vez fue solo la primera de muchas. Y si todavía hay alguien por ahí poniendo cara de asco y diciendo muy digno que «eso no es lo suyo», solo le digo una cosa, la misma que me habría ahorrado tantas noches de mentirme.

Que pruebe.

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Comentarios(7)

LectorNocturno9

tremendo!!! me tuvo pegado de principio a fin

CataRdP

jajaja el titulo lo dice todo. Muy bien escrito, se siente autentico

ManuelBsAs

Muy bueno, de esta categoria es de los mejores que leí en mucho tiempo. Seguí así!

RosaLect91

Me encantó como lo narraste, se nota que fue real. Me recordó a una situacion parecida que tuve, aunque yo tardé bastante mas que quince minutos en rendirme jaja

MarcoAR_92

eso de entrar convencido de que vas a parar y terminar haciendo todo lo contrario... muy identificable. Excelente relato

DiegoBA_85

se hizo corto, quiero saber que pasó despues!!

Rolando_Uru

La presentacion ya te atrapa y el desarrollo cumple todo lo que promete. Saludos desde Montevideo

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