Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que dejé de decir que no sé

Lo cuento porque me lo prometí a mí mismo: si alguna vez dejaba de mentirme, lo escribiría tal cual pasó. Sin adornos. Hasta esa noche yo era de los que ponía cara de asco cuando alguien tocaba el tema. «Eso no es lo mío», decía, muy digno, con un vaso en la mano y la certeza de quien no ha probado nada.

Lo conocí en el cumpleaños de un amigo en común. Se llamaba Bruno, o al menos así me lo presentaron. Tenía esa tranquilidad de quien no necesita demostrar nada, y una forma de mirarme que me ponía nervioso sin saber por qué. Hablamos toda la noche de cualquier cosa menos de lo que terminaríamos haciendo.

Acabamos en su departamento. Yo seguía repitiéndome la cantinela de siempre.

No sé, no sé. A saber por dónde anda metido. ¿Y si está sucio? No sé yo…

Cuando me animé y lo toqué, descubrí que no era para tanto. Tocarlo no tenía nada de asqueroso. Otra cosa era lo que venía después.

Bueno, tocarla no es lo peor del mundo. Pero chuparla… En fin, ya que estoy, allá voy, sin pensarlo mucho.

Y me la metí en la boca casi por orgullo, para no rajarme delante de él. Lo primero que sentí fue lo dura que estaba. Lo segundo, el sonido que hizo Bruno, un quejido grave que me subió por la espalda.

Pues no está tan mal esto. Es fácil. Mira cómo gime el muy desgraciado. Lo estoy haciendo bien. Dios, me estoy poniendo duro yo solo. Estás fatal de la cabeza, mejor ni pensarlo.

***

Después me pidió que me girara. Lo dijo con suavidad, como quien propone algo evidente, y yo obedecí antes de pensarlo. Cuando noté el frío del lubricante, todo el discurso digno volvió de golpe.

—Relájate —me dijo.

—Sí, relájate, qué fácil —murmuré, más para mí que para él.

No sé yo esto. Casi me marcho. Esto a mí no me va. Joder, si ya me duele y es solo el dedo. Esto no está bien. No sé yo…

Sentí cómo se acomodaba detrás de mí. Escuché el plástico del preservativo y, no sé por qué, eso me tranquilizó un poco. Al menos era cuidadoso.

Ay, madre. Ya verás qué daño. Tenía que haberle dicho que paso. No voy a aguantarlo. Le voy a decir que ni de broma. En fin… al menos se está poniendo condón.

—Oye —solté con voz temblorosa—. Con mucho cuidado, ¿eh?

—Con cuidado —repitió.

—Ya, ya, pero si te digo que pares, paras. ¿Eh? —insistí—. En fin, a ver. Ya puestos, probamos. Pero no sé yo.

***

Cuando empujó la primera vez, el mundo se redujo a un solo punto.

¡Más despacio! ¿Dónde va este animal? Vaya daño. No lo voy a aguantar. Esto no es lo mío.

—Oye, sácamela —pedí casi en pánico—. Por dios, sácamela. A ver si voy a acabar en urgencias y menudo papelón.

Bruno paró. Esperó. Apoyó la mano en mi cadera, sin presionar, y dejó que me acostumbrara. Cuando lo intentó de nuevo, fue más lento, milímetro a milímetro, y aunque seguía doliendo, ya no era el mismo zarpazo de antes.

Otra vez igual, qué dolor. Ni postura ni nada. En fin, respira. Ahora por lo menos va más despacio. A ver cuánto aguanto. No sé yo. Primera y última vez. Primera y última.

Me agarré a las sábanas y conté hacia atrás, como cuando era niño y me ponían una inyección. Pensaba que si llegaba a cero, todo habría terminado. No llegué a cero.

***

A los dos minutos noté que el dolor cedía. No desaparecía, pero se volvía algo soportable, un fondo sordo sobre el que empezaba a colarse otra cosa.

Bueno, ya duele un poco menos. Aguantar se aguanta. Uf.

—Sí, algo mejor, sí —admití entre dientes—. Pero ve con cuidado, ¿eh?

No era para tanto. Se puede soportar. Casi me da hasta rabia haberme quejado tanto.

Bruno se movía con una paciencia que yo no me esperaba. No iba a lo suyo, como había temido toda la noche. Estaba pendiente de cada respingo mío, ajustando el ritmo, esperando mis señales. Y yo, sin darme cuenta, había dejado de pensar en marcharme.

A los cinco minutos pasó algo que no estaba en mis planes.

Joder, pues no está tan mal esto. Estas cosquillas no están nada mal. No sé… Qué bestia el tío. Y yo la tengo como una piedra. Mmmm. Dios, me está gustando. ¿Seré maricón?

Esa última pregunta me la hice como un reflejo, como quien intenta agarrarse a la vieja versión de sí mismo justo cuando se le escapa de las manos. Pero ni siquiera me dio tiempo a contestármela, porque algo dentro de mí acababa de encenderse y exigía toda mi atención.

***

A los siete minutos ya no quedaba rastro del tipo digno que había entrado por esa puerta.

Pero ¿qué me pasa? Qué gusto. Qué bueno es esto. Madre mía.

—No te pares —dije, y mi propia voz me sorprendió—. No te pares ahora, ¿eh?

Bruno se rió bajito, sin burla, y siguió. Cada embestida me arrancaba un sonido que yo no reconocía como mío. Apreté la cara contra la almohada, medio avergonzado, medio rendido.

Entonces noté la palma de su mano caer sobre mi piel con un chasquido seco.

¿Me ha dado un azote este desgraciado? Me cago en… bueno, no ha sido tan fuerte. La verdad es que no ha estado mal.

Y ahí, en ese «no ha estado mal», terminé de perder la batalla que llevaba toda la noche fingiendo ganar.

***

A los diez minutos yo era otra persona. Una que decía cosas que jamás habría imaginado decir en voz alta.

—No pares, no pares, dale —jadeaba—. Dios, qué gusto. Esto es la leche.

—¿Así? —preguntó él.

—Así, sí. Otro —pedí, sin reconocerme—. Más fuerte. Más fuerte.

Cada azote me empujaba un poco más allá del límite que yo creía tener. Ya no contaba hacia atrás. Ya no pensaba en urgencias ni en papelones. Solo quería que aquello no terminara nunca.

—Venga —me oí decir, con una voz ronca que no era la mía—. Dale fuerte. No te pares ahora.

El que toda la vida había puesto cara de asco le estaba suplicando a un desconocido que no se detuviera. Y lo más raro de todo es que no me daba ninguna vergüenza. En ese momento, ninguna.

***

A los quince minutos perdí el habla y la dignidad al mismo tiempo. Lo que salía de mi boca ya no eran frases, eran sílabas estiradas, sonidos largos, un idioma que aprendí esa noche y que no sabía que existía.

Sentí algo subir desde muy abajo, una ola que no podía frenar ni quería frenar. Me agarré a las sábanas hasta clavarme las uñas en las palmas. Todo el cuerpo se me tensó como una cuerda.

Y entonces, sin tocarme, sin nada, exploté.

***

Tardé unos segundos en entender qué había pasado. Me quedé quieto, jadeando contra la almohada, con el corazón a punto de salírseme por la boca.

¿Qué fue eso? ¿Fue una corrida? Dios, no sé. Qué corrida. Qué gusto. Qué gusto, por dios. Uf.

Nunca me había pasado algo así. Ni de lejos. Me había corrido sin que nadie me pusiera un dedo encima, solo por lo que estaba sintiendo por dentro. Me sentí descolocado, eufórico y un poco asustado, todo a la vez.

***

Pero el cuerpo es así de traicionero, y en cuanto la euforia bajó, el viejo discurso volvió a presentarse, puntual como siempre.

—Venga, sácala ya —pedí, de repente incómodo—. Sácala, venga, ya está.

Bruno salió con el mismo cuidado con el que había entrado. Me dejé caer de lado en la cama, mirando al techo, y sentí cómo el ardor regresaba ahora que la fiebre se apagaba.

Ahora parece que me vuelve a doler. Pero ¿qué he hecho? Joder, como se entere alguien. Una y no más. Una y no más. La última vez. Vaya vergüenza. Y vaya dolor de culo. Una y no más, vamos.

Lo pensé con toda la convicción del mundo. Esa misma convicción con la que, horas antes, había jurado que aquello no era lo mío.

Bruno se tumbó a mi lado y me ofreció un vaso de agua sin decir nada. Lo acepté. Nos quedamos un rato en silencio, y yo me reía solo por dentro de lo ridículo que había sido todo: el miedo, las amenazas de pararle, el «si te digo que pares, paras».

***

Y aquí viene la parte que me toca confesar de verdad, la que no le cuento a nadie.

Pasaron unas semanas. Quizá un mes. Y un día, sin buscarlo, me sorprendí pensando en aquella noche. Volví a llamar a Bruno. Y la secuencia se repitió, idéntica, con su prólogo de dudas y su «no sé yo» de rigor.

Pero algo había cambiado. Las primeras reacciones, las del miedo y el dolor de los primeros minutos, fueron cada vez más cortas. Al cabo de unos meses ya casi no aparecían. Y el «una y no más» del final, ese que tan en serio me había tomado, se transformó en lo contrario: en pedirle que no la sacara todavía, que esperara un poco más.

Con el tiempo dejé de fingir incluso conmigo mismo. Aprendí a pedir lo que quería sin el rodeo de las dudas, a decir en voz alta cosas que el tipo digno del principio jamás habría tolerado. Frases que no voy a repetir aquí, pero que cualquiera que haya cruzado esa línea reconocería.

Así que sí, lo confieso: aquella primera y última vez fue solo la primera de muchas. Y si todavía hay alguien por ahí poniendo cara de asco y diciendo muy digno que «eso no es lo suyo», solo le digo una cosa, la misma que me habría ahorrado tantas noches de mentirme.

Que pruebe.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(5)

LectorNocturno9

tremendo!!! me tuvo pegado de principio a fin

CataRdP

jajaja el titulo lo dice todo. Muy bien escrito, se siente autentico

ManuelBsAs

Muy bueno, de esta categoria es de los mejores que leí en mucho tiempo. Seguí así!

RosaLect91

Me encantó como lo narraste, se nota que fue real. Me recordó a una situacion parecida que tuve, aunque yo tardé bastante mas que quince minutos en rendirme jaja

MarcoAR_92

eso de entrar convencido de que vas a parar y terminar haciendo todo lo contrario... muy identificable. Excelente relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.