No tenía para pagar al abogado, así que negociamos
Hacía tiempo que no contaba nada por aquí, y la verdad es que esta historia me daba demasiada vergüenza para escribirla. Pasaron unos meses, lo pensé mucho, y al final decidí que tenía que sacarlo. Lo que voy a contar me sigue calentando cada vez que lo recuerdo, así que ahí va.
Todo empezó cuando corté con Diego. Lo nuestro venía mal desde hacía tiempo y un día simplemente le dije que se acabó. Pensé que sería un final limpio, de esos que duelen un par de semanas y se olvidan. Me equivoqué.
Como un mes después de dejarlo, me llegó un correo suyo. Lo abrí esperando reproches, alguna queja, lo de siempre. En cambio me encontré con una amenaza. Decía que tenía guardadas varias fotos y vídeos nuestros, de cuando estábamos juntos, y que si no hacía exactamente lo que él me pidiera, los iba a publicar.
Debajo del mensaje había adjuntado las pruebas. Fotos íntimas, vídeos de cosas que habíamos hecho cuando éramos pareja y que, en su momento, me habían encantado grabar. Verlas ahí, usadas como un arma, me revolvió el estómago.
Lo que me pedía era humillante. Quería volver a acostarse conmigo, repetir ciertas cosas concretas que solíamos hacer. Cuando estábamos juntos yo disfrutaba de todo aquello sin pensarlo dos veces. Pero ahora, obligada, chantajeada, ni de broma estaba dispuesta a pasar por ahí otra vez.
Esa misma noche llamé a mis dos mejores amigas y se lo conté todo. Entre las tres nos pusimos a buscar salidas. Sara decía que fuera directa a la policía. Marina opinaba que eso era abrir una caja de la que no sabíamos qué iba a salir, con declaraciones, denuncias y mi vida íntima dando vueltas por una comisaría.
Al final llegamos a tres caminos posibles. El primero, ceder y hacer lo que Diego pedía, que estaba descartado. El segundo, la policía. Y el tercero, buscar un abogado que le mandara un aviso serio, dejándole claro todo lo que podía caerle encima si se le ocurría difundir algo.
Me decidí por el abogado. En el fondo conocía a Diego, y por muy rastrero que estuviera siendo, no lo creía capaz de cumplir la amenaza. Solo necesitaba que alguien con autoridad le pusiera los puntos sobre las íes y lo asustara lo suficiente.
Estuve un buen rato buscando por internet hasta que encontré un bufete que quedaba a quince minutos de mi casa. Pedí cita y, para mi sorpresa, me podían atender al día siguiente por la tarde.
***
Llegué puntual, con el corazón en la garganta. Una secretaria muy amable me recibió, me ofreció agua y me indicó dónde esperar. Mientras estaba sentada, repasando mentalmente cómo iba a explicar todo aquello sin morirme de la vergüenza, lo vi pasar.
Era un hombre que, a primera vista, parecía rondar los treinta, aunque algo en su forma de moverse decía que tenía unos cuantos años más. Moreno, de ojos de un azul que contrastaba con la piel tostada, con el cuerpo de alguien que entrena lo justo, sin exagerar. Llevaba la camisa remangada y un reloj sencillo.
Me quedé mirándolo más de la cuenta mientras intercambiaba un par de frases con la secretaria. Cruzó el pasillo, entró en un despacho y cerró la puerta. Ojalá me toque él, pensé, y enseguida me reproché estar pensando en eso justo en ese momento.
A los pocos minutos escuché mi nombre desde aquel mismo despacho. Era él, asomado al marco de la puerta.
—¿Carla? —preguntó.
—Sí, soy yo —contesté, levantándome demasiado rápido.
—Adelante, pasa. Toma asiento —dijo señalando la silla frente a su escritorio—. Cuéntame qué te trae por aquí.
Me senté, tragué saliva y empecé. Le expliqué que mi ex me estaba amenazando con publicar material íntimo si no hacía lo que él quería, y que no sabía cómo reaccionar sin empeorarlo todo.
—¿Y qué tipo de material es exactamente? —preguntó con tono profesional, tomando notas—. ¿Por qué medio te amenazó? ¿Tienes alguna prueba?
—Sí, tengo prueba. Me mandó un correo con todo. Y las fotos y los vídeos son… bueno, de pareja. De la intimidad, no sé si me explico —dije, notando cómo me ardían las mejillas.
—Te explicas perfectamente. ¿Tienes ese correo ahí? ¿Puedo verlo?
—Claro —respondí sin pensarlo demasiado.
Fue al sacar el móvil cuando caí en la cuenta de que, al enseñarle el correo, también iba a ver las imágenes. Pero ya era tarde para echarme atrás, y la verdad, parecía un hombre serio. Una parte de mí, esa que llevaba todo el rato observándolo, no se sintió tan mal con la idea de que me viera así.
Le pasé el teléfono con el correo abierto. Ahí estaban las amenazas y, un poco más abajo, los archivos adjuntos.
—¿Te importa reenviármelo a mi dirección? —pidió—. Así lo conservo como prueba y evitamos que se pierda o se borre sin querer.
Accedí. Tecleé su correo y se lo mandé. Cuando le llegó, giró un poco la pantalla de su ordenador para que yo también pudiera verla.
—Vamos a revisarlo mejor desde aquí —dijo.
Empezó leyendo el texto de la amenaza en voz baja, asintiendo de vez en cuando. Luego abrió los adjuntos. Fue pasando las fotos relativamente rápido, con cara neutra, hasta que se detuvo en una en la que yo aparecía con una sonrisa enorme y la cara cubierta de semen.
—Bueno —comentó esbozando media sonrisa—, por lo menos está claro que en ese momento no te molestaba que te hicieran fotos. Te veías bastante a gusto.
Me puse roja como un tomate. No supe qué decir. Él siguió pasando archivos hasta llegar al primer vídeo. En él se me veía mirando a la cámara, muy cerca de mi propia boca, diciendo cosas que ahora me daba pánico que un desconocido escuchara. A los pocos segundos, la grabación dejaba claro cómo terminaba la escena.
Quería que me tragara la tierra. No había revisado el correo entero antes de enseñárselo, y allí estaba todo, reproduciéndose mientras él miraba la pantalla y, de reojo, me miraba a mí.
Cuando terminó de revisarlo todo, dejó el ratón y se recostó en la silla.
—Tranquila —dijo—. Esto es más común de lo que crees. Vamos a darle la vuelta.
Me explicó, con paciencia, todas las consecuencias legales que tendría Diego si difundía cualquier cosa. Luego redactó delante de mí un correo de respuesta, firme y técnico, dejándole claro que cualquier publicación le saldría carísima. Verlo tomar el control me dejó mucho más tranquila.
***
La calma me duró hasta que llegó el momento de hablar de sus honorarios. De eso no habíamos dicho nada, y cuando me soltó la cifra se me cayó el alma a los pies. Pagar eso significaba no llegar a fin de mes, dejar facturas sin cubrir.
Medio al borde de las lágrimas, y muerta de vergüenza otra vez, le expliqué que no podía permitirme esa cantidad. Le pregunté si había alguna forma de rebajarla o de pagársela en plazos.
Él me miró un instante, y entonces una sonrisa lenta se le dibujó en la cara.
—Bueno —dijo despacio—, viendo lo que acabo de ver, se me ocurre alguna manera de que no tengas que pagar. Al menos, no con dinero.
Lo entendí al momento. Y lo curioso es que no me indignó. Al contrario. Una corriente me recorrió entera. Sonreí ligeramente, me llevé las manos al escote y lo abrí apenas un poco.
—¿Así que te gustó lo que viste? —pregunté en voz baja.
—Mucho —contestó, apartando su silla del escritorio—. No todos los días recibo clientas como tú.
—Entonces dígame —dije, poniéndome de pie y rodeando la mesa—, ¿qué tengo que hacer para saldar la cuenta?
No hizo falta que respondiera. Se desabrochó el cinturón sin prisa, mirándome fijo. Yo ya sabía cuál era mi lugar. Me arrodillé entre su silla y el escritorio, en ese hueco estrecho, y empecé a liberarlo de la ropa.
La verdad es que desde el momento en que lo había visto pasar por el pasillo, me moría por estar exactamente ahí. Cuando lo tuve frente a mí, duro, a un palmo de mi cara, levanté la vista hacia él.
—Joder, menudo regalo —murmuré antes de metérmela casi entera de una sola vez.
Empecé a chuparla buscando el ritmo que más lo encendiera. Estaba completamente fuera de control. Cada movimiento de mi lengua, cada vez que lo notaba reaccionar en mi boca, me ponía más y más cachonda. Llegó un punto en que apoyó las manos en mi cabeza, me apartó el pelo de la cara para verlo todo con claridad, y comenzó a marcar él el compás.
Me llevó a su antojo, cada vez más hondo, más firme. Alguna arcada se me escapó, pero aguanté como pude, porque lo estaba deseando tanto como él. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Lo único que sé es que cada segundo me tenía más al límite.
De repente se detuvo y se apartó un poco.
—Como sigas así me voy a correr —dijo con la voz ronca.
—Vamos —contesté mirándolo, guiñándole un ojo y abriendo la boca todo lo que pude—. Ya sabes dónde me gusta.
Apoyó la punta en mis labios y empezó a acabar él mismo, rápido, sin contemplaciones. Mis labios seguían pegados a él, sin la menor intención de separarse. Lo noté estremecerse y, cuando llegó el primer golpe de calor en mi garganta, me sacudió un orgasmo que no vi venir, brutal, sin haberme tocado.
Dejé que terminara del todo y lo retuve todo en la boca. Cuando se apartó, abrí los labios para enseñárselo, y se me escapó una gota al suelo. Tragué.
—Ya tienes lo que querías —dijo él, divertido.
—Joder, vaya descarga —respondí, todavía recuperando el aliento.
—¿Te ha gustado? —preguntó.
—Mucho —dije, mientras seguía limpiándolo despacio, dejándolo impecable.
—Se te ha caído una gota al suelo —comentó señalando el parquet—. En el vídeo decías que tú no desperdiciabas nada.
Lo miré desde abajo, sin contestar, y me incliné a recoger del suelo lo poco que había caído. Cuando volví a levantar la vista, él me observaba con una mezcla de sorpresa y deseo.
—Como decía —murmuré—, no desperdicio ni una gota.
—Así me gustan —dijo él, terminando de colocarse la ropa.
Me incorporé poco a poco, todavía asimilando lo que acababa de pasar. Apenas estuve de pie, me sujetó por la cintura y me apoyó contra la pared del despacho.
—Antes de que te vayas —susurró—, enséñame de cerca eso que vi en la pantalla.
Me bajó el top con cuidado. Recorrió mi piel con las manos, con la boca, sin prisa, y yo intentaba controlar la respiración sin demasiado éxito.
—Como sigas no me voy a poder ir —le dije, medio en serio.
—Veamos hasta dónde te ha gustado esto —contestó.
Deslizó la mano bajo mi falda y comprobó lo evidente. Cuando retiró la mano, sonreía.
—Estás empapada. Te has corrido y todo —dijo—. Seguro que fue mientras me la comías.
—Te equivocas —respondí—. Fue justo cuando acabaste.
—Pues esto me lo quedo de recuerdo —bromeó—. Ya puedes irte. Tu deuda está saldada.
—Perfecto —dije, recolocándome la ropa con una calma que no sentía—. Aunque te aviso que pienso volver, siempre que me dejes pagar de esta manera.
—Por supuesto —contestó, acompañándome hasta la puerta—. Las veces que quieras.
***
Salí de aquel bufete con las piernas todavía temblando y una sonrisa que no podía borrar. Aún no he vuelto, no se ha presentado ninguna excusa legal para hacerlo, pero llevo meses buscando una.
De Diego no he vuelto a saber nada. Desde que recibió el correo que me redactó aquel hombre, se esfumó. Ni una amenaza más, ni un mensaje. Resulta que un buen abogado lo arregla todo.
No sé si me quedó muy largo. Espero que os haya gustado tanto como a mí me gustó vivirlo. Y, créanme, estoy deseando que llegue el día en que tenga que pasar de nuevo por su despacho.





