Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que le entregué esa noche en el hotel

Me llamo Mariana y tengo veintisiete años. Nunca pensé que escribiría algo así, pero hay noches que se quedan pegadas a una y la única forma de sacárselas de encima es contarlas. Esta es una de esas. Es la noche en que le entregué a Andrés lo único que todavía guardaba para mí: mi culo.

A Andrés lo conocí en una aplicación de citas hacía casi un año. No fue amor, nunca lo fue, y eso los dos lo teníamos claro desde el primer mensaje. Era lo que ahora se llama un amigo con derecho, alguien con quien me veía cada tanto cuando el cuerpo me lo pedía y la cabeza me dejaba en paz. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, y creo que él lo sabía. Por eso aceptaba verme aunque solo fuera para follarme.

Había una sola cosa que siempre le había negado. Él insistía desde hacía meses, con esa manera suya de pedir las cosas que parecía un juego pero no lo era. Quería mi culo, quería metérmela por atrás, quería lo que yo había decidido reservar para alguien que algún día quisiera quedarse conmigo. Era una idea anticuada, lo sé, pero era mía. Le decía que no y él se reía, me apretaba una nalga y volvía a intentarlo a la semana siguiente, siempre con el mismo dedo insinuándose entre mis nalgas mientras me follaba de otras maneras.

Aquel lunes amanecí inquieta. No sé describirlo de otra forma: el cuerpo encendido desde la mañana, el coño mojado sin motivo, los pezones duros contra la tela de la blusa, la cabeza en cualquier parte menos en el trabajo. A media tarde no aguanté más, me encerré en el baño de la oficina, me metí dos dedos y me corrí mordiéndome el labio para no gemir. Después le escribí.

—Te veo en el de siempre a las siete —respondió enseguida, como si hubiera estado esperando.

—Ahí estaré —le dije—. Y hoy es tuyo. Todo.

—¿Todo, todo? —preguntó, y sentí cómo se le paraba desde el otro lado del teléfono.

—Todo —repetí, y apagué el teléfono antes de arrepentirme.

El hotel era el mismo de todas las veces, uno de esos sitios discretos a la salida de la ciudad, con recepción de luz blanca y pasillos que olían a desinfectante barato. Subí, abrí la habitación con la tarjeta y me senté en el borde de la cama a esperar. Pasó una hora. Andrés no llegaba.

—Estoy atrapado en el tráfico, llego en cinco —escribió.

—Está bien, te espero lista —contesté, y me sorprendió mi propia respuesta.

Lista. ¿Lista para qué, exactamente?

Me quité la ropa entera, me quedé solo con las medias, y me acosté boca arriba con las piernas abiertas. Me acaricié el coño despacio, jugando con el clítoris, abriéndome los labios con dos dedos para que me encontrara así al entrar. Estaba empapada. Podía oír el ruido húmedo de mis propios dedos entrando y saliendo.

Pasaron diez minutos más antes de que la puerta se abriera. Entró sin disculparse, con la corbata floja y esa sonrisa que conocía de memoria. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien revisa algo que ya considera suyo. Se detuvo entre mis piernas y se pasó la lengua por los labios.

—Así me gusta encontrarte —dijo—. Con el coño abierto y esperándome.

Me besó antes de que pudiera responder. Fue un beso largo, sin prisa al principio y voraz después, de esos que dejan a una sin aire. Sus manos me recorrían la espalda, bajaban, apretaban mis nalgas con fuerza, separándolas, y un dedo suyo se coló entre ellas y presionó contra mi ojete todavía cerrado. Me estremecí. Él sonrió contra mi boca.

—Hoy sí —murmuró—. Hoy me toca.

—Hoy sí —confirmé, y sentí que se me aflojaban las rodillas.

Tiró un cojín al suelo junto a la cama y me sostuvo la mirada mientras se abría el cinturón y se bajaba los pantalones. La polla se le salió dura y erguida, gruesa, con la punta ya brillante. Me sostuvo la nuca sin brusquedad pero sin dejarme opción, y yo me arrodillé.

Lo conocía bien, conocía su ritmo y lo que le gustaba. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta el glande, despacio, mirándolo desde abajo. Me metí la punta en la boca y jugué con ella, chupándola como si fuera un caramelo, dando vueltas con la lengua alrededor del frenillo. Después abrí la garganta y me la tragué entera, hasta que la nariz me chocó contra su vientre. Se le escapó un gruñido ronco.

—Joder, Mariana —murmuró—. Así, cómemela así.

Empecé a mamársela con hambre, con las dos manos, una en la base y otra masajeándole los huevos. Se la sacaba de la boca para lamérsela entera y volvía a tragármela hasta el fondo, dejando hilos de saliva que le corrían por los cojones. Él me agarró del pelo y empezó a marcarme el ritmo, empujando la cadera contra mi cara, follándome la boca hasta que sentí las arcadas y los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Sigue así —jadeaba—. Nadie me la chupa como tú.

Me la sacó de golpe, con un hilo de baba colgando entre mis labios y su glande. Me incorporó tomándome del brazo y me empujó boca arriba sobre el colchón. Me abrió las piernas de par en par y se hundió entre ellas sin preámbulos, con la boca directamente contra mi coño. Su lengua se coló entre mis labios ya empapados y buscó mi clítoris. Empezó a chupármelo con la misma voracidad con la que yo le había mamado la polla, tirando de él con los labios, dando pequeños golpes con la punta de la lengua.

Me dobló las rodillas contra el pecho y me quedé completamente abierta para él, sin nada que esconder. Bajó la lengua por mi raja, la metió en mi coño y la sacó, la subió otra vez al clítoris, y después, sin avisar, se saltó hacia abajo y me pasó la punta de la lengua por el ojete. Grité contra la almohada.

—No, ahí no —protesté, pero fue más un gemido que una negativa.

—Ahí sí —respondió él, y volvió a hacerlo—. Ahí, ahí y en todos lados. Hoy no queda un solo sitio tuyo que no vaya a probar.

Empezó a alternar. Un rato mi coño, un rato mi culo. Su lengua entraba y salía de sitios en los que nunca me había dejado tocar así, y yo me retorcía entre el pudor y el placer. Era una mezcla extraña, casi incómoda, de vergüenza y deseo, y él lo notó enseguida. Me metió dos dedos en el coño mientras me chupaba el clítoris, y con el pulgar empapado en mi propio jugo empezó a masajearme el ojete en círculos.

—Hoy todo va a ser mío —dijo contra mi piel—. Dilo.

—Es tuyo —contesté, y no supe de dónde salió esa voz que parecía rendirse.

—¿Qué es mío? Dilo con todas las letras.

—Mi culo —solté, con la cara ardiendo—. Mi culo es tuyo, Andrés.

Se me corrí en la boca con esas palabras. Me convulsioné entera contra su lengua, apretándole la cabeza entre mis muslos, y él no paró hasta que la última onda me atravesó y me dejó temblando.

***

Lo que vino después lo recuerdo en fragmentos, como si la memoria hubiera decidido proteger algunas partes y dejar otras nítidas. Me puso boca abajo y me levantó las caderas, obligándome a quedar de rodillas con la cara hundida en la almohada y el culo bien alto. Me escupió entre las nalgas y vi cómo un hilo tibio bajaba por mi raja. Sentí sus dedos abriéndomelas, exponiéndome del todo. Después sentí la lengua otra vez, y después un dedo entrando despacio, hasta el nudillo.

—Relájate —murmuró—. Empújame como si fueras a echarme.

Obedecí. El dedo entró entero. Me quedé quieta, sintiéndolo dentro de un sitio en el que nunca había tenido nada. Empezó a moverlo despacio, dando pequeñas vueltas, y a los pocos minutos añadió un segundo. Ardía. Ardía y a la vez me hacía apretar los muslos de puro nervio.

—Estás lista —dijo, y sacó los dedos.

Oí el ruido del bote de lubricante, sentí el chorro frío cayendo en mi raja, y después el peso de él acomodándose detrás de mí. Puso la punta de la polla contra mi ojete y empujó suavemente. Al principio no entraba, mi cuerpo se resistía por instinto.

—Más despacio, por favor —pedí, con la cara hundida en la almohada.

—Estás muy cerrada —respondió él, con la respiración entrecortada—. Aguanta un poco, relájate, ábreme.

Empujó otra vez, con más firmeza, y sentí cómo mi ojete cedía, cómo el glande se abría paso y entraba con un ardor que me hizo gritar contra la almohada. Se quedó quieto ahí, solo con la punta dentro, dejándome acostumbrar.

—Ya está lo peor —susurró—. Ya la tienes dentro.

No me dejó morder la almohada. Me giró la cara hacia un lado, decía que le gustaba escucharme, que cada sonido que se me escapaba lo encendía más. Yo me debatía entre pedirle que parara y pedirle que no lo hiciera, porque la verdad incómoda es que una parte de mí quería seguir, quería ver hasta dónde llegaba esa noche que yo misma había buscado.

—Me dijiste que era mío —me recordó al oído, mientras empujaba otro centímetro—. No me voy a echar atrás ahora.

—Es que duele —insistí.

—Va a dejar de doler. Confía en mí. Toca cómo te tengo.

Me llevó una mano hacia atrás y me hizo palpar donde su polla desaparecía dentro de mí. Sentí lo estirada que estaba, lo abierta, y el pudor me atravesó otra vez. Y, contra todo lo que mi cabeza gritaba, confié. Cerré los ojos, respiré hondo y dejé de pelear contra la sensación. Empujé hacia atrás, contra él, y sentí cómo el resto de la polla se hundía en mi culo hasta que sus huevos me golpearon el coño.

—Ya estoy toda dentro —gimió—. Toda entera, mi amor.

Empezó a moverse. Salidas cortas al principio, entradas lentas y profundas. Hubo un momento, no sabría decir cuándo, en que el dolor empezó a transformarse en otra cosa, en una presión densa y caliente que me subía por la espalda y me llegaba hasta la nuca. Ya no sabía si me gustaba o me asustaba, pero me tenía completamente entregada. Él lo sintió. Lo supo por la manera en que dejé de tensarme, por cómo mi respiración cambió de ritmo y empecé a empujar el culo hacia atrás para encontrarme con sus embestidas.

—Ahí está —susurró—. Ya lo estás disfrutando. Mírate cómo mueves el culo para mí.

No le di la razón en voz alta, pero tampoco lo negué. Mi silencio, y la mano que bajé hasta mi coño para frotarme el clítoris al ritmo de sus embestidas, fueron toda la respuesta que necesitaba.

***

Aceleró. Empezó a follarme el culo con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas con las dos manos, dejándome las marcas de los dedos en la piel. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo se mezclaba con mis gemidos ahogados contra la almohada y con sus palmadas secas en mis nalgas. Cada golpe me sacudía entera.

—Dime que te gusta —jadeó—. Dime cómo te la estoy metiendo.

—Me gusta —confesé, y me sorprendí escuchándome—. Me gusta cómo me la metes por el culo, Andrés, no pares.

—Esa boca. Esa boca sucia que te sale ahora.

Me tumbó del todo, aplastándome contra el colchón, con su peso encima y la polla todavía enterrada en mi culo. En esa posición no podía moverme, solo recibirlo. Me follaba con la cadera pegada a mis nalgas, con embestidas cortas y rápidas, mientras me mordía la nuca y me susurraba cosas al oído que no repetiría en voz alta ni ahora.

Metió una mano por debajo de mí y me buscó el clítoris. Empezó a frotármelo con dos dedos, rápido, mientras seguía taladrándome por atrás. Yo había dejado de pensar. No había trabajo, ni lunes, ni la idea que tantos meses había defendido sobre guardarme para alguien. Solo estaba esa habitación de hotel, su voz, su polla dentro de mí y la sensación de haber cruzado una línea que no podría volver a cruzar nunca por primera vez.

Me corrí. Me corrí con la polla metida hasta el fondo del culo y sus dedos apretándome el clítoris, y grité tan fuerte que él me tapó la boca con la otra mano. Mi ojete se cerró alrededor de él en espasmos, y eso lo acabó de rematar.

—Me voy, me voy —jadeó—. ¿Dónde?

—Dentro —solté sin pensar—. Córrete dentro de mi culo.

Se hundió una última vez, hasta el fondo, y sentí cómo se descargaba en chorros calientes muy adentro de mí. Se quedó quieto encima, temblando, con la frente pegada a mi nuca y la respiración rota contra mi piel.

Cuando terminó, se desplomó a mi lado y yo me quedé boca abajo, sintiendo cómo su semen empezaba a resbalar despacio por mi raja, el cuerpo deshecho y un ardor sordo que me recorría entera. Me costaba creer lo que acababa de pasar, lo que acababa de permitir.

—Eres increíble —dijo, acariciándome la espalda con una ternura que no esperaba de él—. ¿Estás bien?

—Me duele —admití con un hilo de voz—. Mucho.

—Se va a pasar —respondió, y me besó el hombro—. Te lo prometo.

Me levanté con dificultad y fui al baño. Me senté un momento y sentí cómo el resto de su corrida bajaba de mí. Me lavé despacio, y al rozarme sentí un ardor que me hizo apretar los dientes. No lo había disfrutado entero, no de la manera limpia y fácil que él parecía haber vivido. Lo mío fue más complicado: una mezcla de dolor, vértigo, rendición y algo parecido al orgullo por haber sido capaz de soltar el control. Me miré en el espejo y casi no me reconocí.

Cuando volví a la habitación, él estaba estirado en la cama con un brazo detrás de la cabeza, la polla todavía brillante y a media asta, mirándome.

—Ven —dijo, y abrió el brazo para que me acomodara contra su pecho.

Dudé un segundo. Después fui.

Nos quedamos así un rato largo, en silencio, escuchando el zumbido del aire acondicionado y los coches que pasaban de vez en cuando por la carretera. Su mano subía y bajaba por mi brazo, despacio, y yo pensaba en lo extraño que era sentirme tan cuidada justo después de haberme sentido tan vulnerable. Andrés no era el hombre con el que iba a casarme. No era nada de lo que yo había imaginado para ese momento que tanto tiempo había protegido. Y, sin embargo, ahí estaba, con el culo lleno de su semen, dándoselo.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que te negué esto durante meses —dije—. Y en que no entiendo por qué hoy dije que sí.

—Porque querías —respondió, sin asomo de duda—. Lo demás eran excusas.

Quizá tenía razón. Quizá llevaba meses construyendo una idea romántica para no admitir lo simple que era todo: que lo deseaba a él, que lo deseaba así, con su polla partiéndome en dos por donde a él le diera la gana, y que la historia que me contaba sobre guardarme para alguien especial era solo una forma de no reconocerlo.

***

Más tarde nos duchamos juntos. El agua caliente me alivió el ardor y, bajo el chorro, él me abrazó por detrás con una calma que no había mostrado antes. Sentí su polla, ya blanda, apoyada contra mis nalgas doloridas, sin exigencia esta vez. Solo sus brazos rodeándome y su barbilla apoyada en mi hombro mientras el vapor empañaba el espejo. Una de sus manos bajó y me acarició el coño despacio, sin pretender nada, casi como si me estuviera pidiendo perdón.

—La próxima vez será más fácil para ti —dijo en voz baja.

—¿Quién dijo que va a haber una próxima vez? —respondí, aunque los dos sabíamos que sí la habría.

Se rió contra mi cuello y no insistió. No le hacía falta.

Me llevó a casa cuando ya era de noche. El camino fue tranquilo, con la radio puesta bajita y su mano sobre mi rodilla en cada semáforo. No hablamos mucho. No teníamos que hacerlo. Cuando me bajé frente a mi edificio, se asomó por la ventanilla.

—Avísame cuando llegues arriba —dijo.

Me sorprendió el detalle. Andrés nunca pedía esas cosas. Subí, le escribí un mensaje corto y me dejé caer en mi propia cama, esta vez sola, con el culo todavía resentido y la cabeza dando vueltas.

El ardor me acompañó casi dos semanas. Cada vez que me sentaba, cada vez que caminaba demasiado rápido, lo recordaba. Y, en lugar de arrepentirme como pensé que haría, me descubría sonriendo en los momentos menos oportunos, en mitad de una reunión o haciendo la compra, con el recuerdo de su polla abriéndome por atrás apareciéndoseme sin avisar y obligándome a apretar los muslos bajo la mesa.

Han pasado meses desde entonces. Andrés y yo seguimos viéndonos, y ya no hay parte de mí que no le haya dado. Algo cambió entre nosotros que ninguno de los dos se atreve a nombrar. Esa noche dejé de ser la que se guardaba y empecé a ser la que se permite. No sé si fue una buena decisión o una mala. Solo sé que fue mía, completamente mía, y que por primera vez en mucho tiempo no le pedí permiso a nadie para desear lo que deseaba.

En otra ocasión, si me animo, les contaré cómo fue la primera vez que estuvimos juntos. Pero esa es otra historia, y no estoy segura de estar lista para contarla todavía.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

Naty_Cba

increible... me quede sin palabras. que relato tan honesto y bien escrito!!

LectorNocturno_88

Lo lei de madrugada y fue lo mejor que pude hacer jaja. Tenes un don para contar estas cosas sin que suene forzado, muy bueno.

AlmaR

Que valentía la de confesarse así. Me enganché de principio a fin y se me hizo cortísimo, quiero mas!!

RosarioLect

por favor seguí escribiendo, este tipo de relatos tan reales son los que mas me gustan

SantiRiver_88

Buenisimo. El detalle del hotel barato le da una autenticidad que pocos logran. Saludos desde aqui!

EscritaEnSombra

Eso de negarse durante meses y finalmente decir que si... lo sentí muy real. La espera lo hace todo mas intenso, eso es cierto.

MateoRosas

el olor a desinfectante barato fue lo primero que me hizo reir y despues ya no pude soltar el relato. Genial!

CristinaBA_

me recordó a una situacion que yo misma viví hace años. esa mezcla de nervios y ganas que describís es exactamente así. gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.