Descubrí que mi prima desaparecida era escort
Lo que voy a contar pasó hace algún tiempo. Cambié los nombres por razones obvias, pero todo lo demás es tal cual ocurrió.
Voy a llamarla Renata. Es hija de un hermano de mi padre con el que dejamos de tener trato cuando éramos chicos. Discusiones de las que nadie habla, de esas que parten una familia en dos. Yo no había vuelto a verla en persona desde los siete u ocho años, pero cada cierto tiempo aparecía alguna foto suya en las redes —cumpleaños, vacaciones, un viaje al sur— y la cara se me había quedado grabada lo suficiente como para reconocerla en cualquier parte.
Por aquel entonces yo andaba por los veintiséis, vivía solo y trabajaba en una agencia. Las relaciones largas me habían salido caras y complicadas, así que de vez en cuando contrataba servicios de acompañantes. Era más práctico, más barato y, sobre todo, mucho menos drama. No me enorgullecía, pero tampoco me avergonzaba: era una elección entre adultos.
Una de mis manías era buscar a Renata cada par de meses. Tecleaba su nombre completo y revisaba los resultados a ver si la encontraba. Siempre aparecían nombres parecidos, jamás el suyo exacto. Hasta esa madrugada.
Fue en la plataforma que antes se llamaba Twitter y que ahora todos seguimos diciendo Twitter aunque oficialmente sea otra cosa. Escribí su nombre completo, di enter, y entre los primeros resultados saltó un perfil con su nombre y apellido tal cual. Sentí algo raro en el estómago. Hice clic.
No era la cuenta personal que esperaba. Era un perfil de acompañante: en la biografía, una lista de servicios con precios; en las fotos, una chica menuda en tanga, de espaldas, de costado, recostada, siempre con el rostro fuera del encuadre. Imposible, casualidad de nombre, pensé. Pero ya estaba dentro y, qué carajo, era el rubro que yo consumía. Me quedé mirando.
La chica era diminuta. Petite, como se dice. Espalda angosta, cintura mínima, nalgas sorprendentemente paradas para un cuerpo tan pequeño. Tenía algo en la postura que me resultó familiar y la cabeza ya empezó a hacerme malas pasadas.
Seguí pasando fotos. Y una me detuvo en seco.
Era una toma de tres cuartos donde la luz de un velador le había agarrado media cara. En cualquier otro ángulo habría sido anónima, pero en ese… en ese era ella. Renata. Sin maquillaje en exceso, con la sonrisa que tenía de chica todavía intacta en una boca un poco más adulta. Le calculaba veinte años recién cumplidos.
Me quedé un rato largo sin moverme, con el teléfono apoyado en el pecho. Pensé en mil cosas a la vez: en llamar a mi tío para contarle, en escribirle a ella, en cerrar el perfil y olvidarme. Llamar al tío parecía noble, pero ¿con qué pretexto explicaba yo cómo había llegado al perfil? «Hola, no te hablo desde que éramos chicos, casualidad que estaba buscando acompañantes y…». Imposible.
Escribirle directamente como primo era más limpio, pero no garantizaba nada. Si ella estaba ahí era porque quería estar, no porque yo pudiera rescatarla de nada. Y si se asustaba, me bloqueaba y se perdía la pista para siempre. Cerré la aplicación. Me fui a dormir convencido de que no iba a hacer nada.
***
A la mañana siguiente lo primero que hice fue abrir el perfil otra vez. Necesitaba confirmar que no lo había soñado. Ahí seguía. La foto de la cara también.
Y entonces volví a pasar las fotos.
No voy a hacerme el santo. Cuando llegué a la quinta o sexta, ya no estaba comparando rasgos con la primita que recordaba de chica: estaba imaginándome cosas con la mujer que tenía enfrente. Ese culo levantado, las tetas pequeñas y firmes, la curva exacta de la espalda. Se me puso dura sin que pudiera evitarlo. Tuve que masturbarme ahí mismo, sentado al borde de la cama, con una mezcla de morbo y culpa que me sacudió como nunca.
Cuando terminé, en lugar de venir el arrepentimiento, vino la idea. La idea estúpida, la idea peligrosa, la única idea que en realidad me importaba: la voy a contratar.
Pensé en los riesgos. Lo más probable era que se acordara de mí en cuanto me viera. Quizá no de entrada, pero sí cuando le diera mi nombre o cuando notara el parecido familiar. Decidí que esa era justamente la prueba. Pondría una foto de perfil donde se me viera bien claro y le escribiría con mi nombre verdadero. Si me reconocía, no me contestaría. Si me contestaba, era porque para ella yo era un cliente más.
Le escribí lo mínimo: hola, me gustaría contratar tus servicios. Le di enviar. Quedé mirando los dos tildes grises esperando que se pusieran azules.
Tardó dos horas largas en leer. Aparecieron los tildes azules. Y nada. Pasaron minutos, después más minutos. Me reconoció, pensé, se está pensando cómo bloquearme sin que se note.
Cuando ya estaba por cerrar el chat, llegó la respuesta. Disculpá, andaba ocupada, claro que sí, cariño. Y a continuación la lista de servicios con precios y una invitación a coordinar día y hora.
No me había reconocido. Sentí algo entre alivio y abismo.
Coordinamos para el día siguiente a las dos y media de la tarde en un hotel céntrico. Me dijo que le avisara cuando me hubiera registrado y caía en cuarenta minutos. Cerré el chat y me quedé mucho rato mirando el techo.
***
Al día siguiente me bañé como si fuera a una primera cita. Loción discreta, ropa limpia, todo medido. Llegué al hotel media hora antes, me registré, subí a la habitación. Le escribí: estoy en la 412.
Los cuarenta minutos que tardó en llegar fueron eternos. Cinco veces estuve por cancelar. La cabeza me hacía ruido: que no, que sí, que era mi prima, que no la veía hacía años y prácticamente era una desconocida, que cuando me viera de cerca iba a reconocerme y sería un papelón humillante.
Sonaron tres golpes secos en la puerta. El corazón se me fue al cuello. Respiré hondo y abrí.
Era ella. De cerca era todavía más impresionante que en las fotos. Tenía puesta una blusa roja entallada que dibujaba dos pezones pequeños y bien colocados, un jean ajustado que le marcaba el culo como si lo hubieran tallado a propósito, y el pelo lacio castaño suelto sobre los hombros. Llevaba la boca cuidadosamente pintada y unos zapatos de tacón medio que la hacían parecer un poco menos diminuta. Olía a algo dulce y limpio.
—Disculpá la demora, había un quilombo de tránsito —dijo entrando con la confianza de quien hace esto todos los días.
—Tranquila, pasá, ponete cómoda.
La miré dejar el bolso sobre una silla y servirse un vaso del agua que ponen en los hoteles. Buscó mi rostro a la luz del ventanal y no encontró nada. Ni un parpadeo. Ni una sombra de duda. Para ella yo era un señor más, uno cualquiera de los que iba a ver esa semana.
—¿Cuánto tiempo querés contratarme? Me confirmaste el lugar pero no la duración.
—Una hora.
Le pagué. Guardó los billetes en el bolso sin contarlos delante de mí. Buena profesional.
—¿Querés que me desvista? —preguntó con una sonrisa que no había aprendido en casa.
—No, así estás bien. Primero unos besos. Vamos despacio.
Se acercó, me puso las manos en el cuello y me besó. Besaba con técnica y, al mismo tiempo, con esa ligera entrega que tienen las que disfrutan de su trabajo. Yo le tomé la cintura, la pegué a mí y bajé las manos hasta sus nalgas. Tenía un culo redondo, duro, completamente desproporcionado para el resto del cuerpo. Se lo apreté. Ella suspiró sobre mi boca.
Cuando le levanté la blusa confirmé lo que sospechaba: no llevaba nada debajo. Las tetas se le saltaron casi a la cara, pequeñas, los pezones de un rosa muy claro y duros como dos botones. Me incliné a chupárselos mientras le desabrochaba el jean. Debajo tenía una tanga negra mínima.
Le bajé el jean, ella se sacó los zapatos, y se quedó en tanga frente a mí. Yo me saqué la camisa y el pantalón. La volví a besar. Ella deslizó la mano por encima de mi bóxer, me midió la verga con los dedos como si estuviera evaluando una mercadería.
—La tenés bien parada. ¿Querés que te la mame?
—Arrodíllate.
Se arrodilló sin chistar. Me bajó el bóxer despacio, lo dejó caer hasta las pantorrillas y se la metió a la boca con una soltura que me desarmó. Yo le puse una mano en la nuca, no para empujarla, sino para marcarle el ritmo. Ella se la comía hasta el fondo, sacaba aire por la nariz contra mi vientre, volvía a bajar. De vez en cuando le pasaba la lengua a los huevos. Le caían unas lágrimas por las arcadas, pero no se detenía.
Cuando empecé a sentir que se me iba a escapar la tomé del brazo y la levanté. La besé y aproveché para sacarle la tanga. La tiré sobre la cama boca arriba.
***
Le abrí las piernas y bajé. Renata tenía la entrepierna depilada y olía a algún jabón neutro. Le pasé la lengua despacio, marcando, sin atacar el clítoris de entrada. Ella se retorció. Le tomé los muslos para mantenerla quieta y le subí el ritmo. Se le tensaron las piernas, después se le aflojaron, se le tensaron de nuevo. Me tiró del pelo, marcándome para arriba, para abajo, hasta que dejó de marcar y solo apretó. Un gemido largo, un temblor, y un líquido tibio que se me quedó en el mentón.
No le di tregua. La di vuelta, la puse en cuatro con la cara contra el colchón y el culo elevado, ese culo absurdo en un cuerpo tan pequeño. Le acomodé un preservativo, le acomodé la punta y se la metí entera de una. Soltó un quejido de los buenos. Empecé a coger sin piedad. La tomaba de la cadera y la traía hacia mí, marcando el ritmo. Le dejé una palmada en la nalga, después otra, después una serie.
En el espejo del placard se reflejaba todo. Le vi la cara: ojos cerrados, boca abierta, una expresión que dejaba de ser profesional para volverse genuina. Le tiré del pelo y la hice arquear. Eso me prendió fuego.
Después la di vuelta otra vez y la traje hacia mí por la cintura. Pesaba tan poco que la pude maniobrar como si fuera de plástico. Le puse las piernas sobre los hombros y se la metí de nuevo, más profundo todavía. La besaba mientras la cogía, le mordía el cuello, le apretaba las tetas. Me clavaba las uñas en la espalda.
—Aguantás un montón —dijo entre dientes—. Te voy a hacer venir.
—Eso quiero verlo.
Se subió encima. Empezó a moverse con un control que no era de aficionada. Movía el culo en círculos, después de adelante hacia atrás, después se alzaba y se dejaba caer. Yo le aguanté lo más que pude, pero verla así, con la cara concentrada en hacerme acabar y el pelo cayéndole sobre los hombros, me terminó de matar.
—Vení, papi, dame todo —susurró.
Eso fue. Me corrí con una sacudida larga que me dejó tonto. Ella se quedó un rato más arriba, despacio, dejando que se me bajara. Después se acostó al lado.
—Sos generoso. Es raro que se preocupen por que una sienta también.
—Es lo menos que puedo hacer, sos…
Casi se me sale «mi prima». Frené a tiempo.
—¿Soy qué?
—Sos una mujer espectacular. No iba a quedar mal.
Sonrió. Una sonrisa de chica de veinte. Me dio un beso corto.
—¿Te bañás conmigo? Ahorramos agua —dijo, y se rio sola del chiste.
Nos bañamos. La masajeé con la excusa del jabón, le di unos besos más, le pasé las manos por todo el cuerpo como si fuera la primera y la última vez. Salimos, nos vestimos. En la puerta me dio un último beso en la boca.
—Espero que repitas.
—Seguro.
Le di una palmada de despedida y se fue.
Bajé al estacionamiento mareado. Acababa de coger con mi prima y ella no tenía idea. No me reconoció ni una sola vez en toda la tarde. Hasta el día de hoy ella no lo sabe. Y sí, por si alguno se lo pregunta, la contraté unas cuantas veces más.
Gracias por leer mi confesión.