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Relatos Ardientes

El amigo gay de mi hermana no era quien yo creía

Mateo nunca se había considerado un tipo cerrado de mente. Para él, cada uno era libre de vivir como quisiera, incluso de maneras que no terminaba de entender. En el fondo, eso sí, tenía una teoría tan simple como tonta: pensaba que nadie era realmente gay, que solo era cuestión de no haber mirado a la mujer correcta. Buscando bien, se decía, siempre acababa apareciendo una que te gustaba. Quizá por eso se sentía tan raro cada vez que Dani, el amigo tan delicado que visitaba la casa casi a diario, lo dejaba con una vergüenza que no sabía nombrar.

Porque la teoría se le daba vuelta en la cabeza. Si bastaba con buscar bien para encontrar a la mujer correcta, ¿no funcionaría igual al revés? ¿No podría aparecer, entre tantos, un hombre que te gustara aunque te creyeras heterosexual? La sola pregunta le revolvía algo por dentro.

Por suerte para él y para esa pequeña crisis de identidad, Dani era de una timidez extrema cuando estaban cerca. Apenas cruzaban dos frases. Llegaba, saludaba bajito y se encerraba con su hermana en el cuarto a reír de cosas que Mateo no alcanzaba a escuchar. Esa distancia lo protegía. Hasta una tarde de marzo en que todo se fue al carajo.

Lucía no estaba. Había salido a hacer un trámite y volvía recién en una hora, pero Dani ya estaba tocando el timbre, recién bajado de un tren, con esa cara de no entender por qué la casa no lo esperaba. Mateo abrió. La conversación en el umbral fue mínima.

—Lucía no llegó todavía —dijo él, intentando sonar natural.

—Ya sé, me cambió los planes a último momento —respondió Dani con una media sonrisa—. ¿Puedo esperarla acá?

Era casi de la familia, así que la pregunta sobraba. Mateo se hizo a un lado. Dani pasó con cierta vergüenza, sin mirarlo del todo, y se metió en el cuarto de Lucía, dejando la puerta entreabierta. Lo escuchó tirarse sobre la cama, boca abajo, y murmurar algo sobre lo poco amable que era hacerlo viajar para no estar.

Mateo se metió en la ducha, en parte por costumbre, en parte para no quedarse a solas con él en el living. Era ridículo, pero a su lado tenía la sensación de que iba a derretirse, de que en cualquier momento iba a volverse gay, como si eso fuera algo que se pega. Y entonces, bajo el agua caliente, la imagen volvió sola. La cara de Dani al abrir la puerta. Esos rasgos suaves, casi de muñeca, que no encajaban en ningún molde.

No puede gustarte aunque tenga cara de princesa. No sos gay, carajo.

Pero ahí estaba el detalle que lo delataba: pensaba en Dani como en un chico con cara de princesa, y la sangre se le iba para abajo igual. Sintió la erección crecer contra su voluntad, dura, terca. Se tocó apenas unos segundos, con culpa, y se obligó a parar. Esto iba a terminar mal, pensó. Iba a terminar enredado en algo imposible, porque aunque pasara cualquier cosa, Lucía jamás lo perdonaría.

Borró los pensamientos como pudo, cerró la canilla y salió con la toalla atada a la cintura, la verga a medio bajar pero todavía despierta. Cruzaba hacia su cuarto cuando, desde la habitación de su hermana, escuchó la voz dulce de Dani diciendo su nombre.

—Mateo…

Pensó en seguir de largo. Pero no responder habría sido más raro que asomarse, y total, se dijo, no había peligro de nada. Estaba equivocado.

Al acercarse, la vista lo dejó clavado en el marco de la puerta. Dani seguía boca abajo, ahora mirando el teléfono, y la postura convertía esa ropa tan masculina en lo más sensual que Mateo había visto en mucho tiempo. Unos vaqueros simples, de tela fina, dibujaban la forma de unas piernas largas y torneadas. Los pies, juntos y descalzos de zapatillas, se balanceaban en el aire por puro aburrimiento.

El movimiento había levantado el borde de la sudadera ancha, dejando al descubierto parte de la espalda y, sobre todo, un culo firme, redondo, que ningún corte de jean holgado conseguía disimular en esa posición. Más arriba, la cintura se estrechaba de golpe, y dos hoyuelos marcados en la base de la columna le secaron la boca. Esa piel pálida pedía a gritos una lengua. Mateo tragó saliva.

Tan hipnotizado estaba que no notó cuando Dani giró el cuello. De pronto tenía esa cara enfrente, los labios rosados curvados en una sonrisa, diciendo algo que él no llegó a procesar.

—¿Es un problema? —repitió Dani, al ver que no contestaba.

Mateo recién entonces miró de verdad. El pelo corto, rizado y revuelto, negro azabache. Unos ojos enormes, verdes, escondidos bajo pestañas largas y espesas. La cara ovalada, la nariz fina y respingona, la barbilla delicada. Había algo en todo eso que cualquiera habría leído al instante, y que él, por la ropa, por los pechos que nunca abultaban bajo la tela, se había empeñado en no ver.

—Perdón, ¿qué decías? —atinó a preguntar, rojo hasta las orejas.

—Que si te molesta que me quede una hora más, hasta el próximo tren —dijo Dani con una sonrisa tímida, esos labios casi en forma de corazón—. Lucía cambió de planes.

A Mateo la noticia le encantó y le pesó en partes iguales. Una hora a solas. Una hora de tortura.

Se quedó ahí, de pie, sin darse cuenta de que la toalla empezaba a marcar un bulto evidente. Dani lo notó, claro, pero asumió otra cosa: que el hermano de su amiga estaba simplemente bien dotado y andaba cómodo por la casa.

Casi sin pensarlo, Mateo se inclinó y rozó medio segundo esa espalda descubierta. Dani se sonrojó, aunque no lo encontró extraño, porque él enseguida bajó la tela para cubrirla.

—Vas a agarrar frío —murmuró Mateo, como excusa.

Dani sonrió, agradecido, y palmeó el colchón invitándolo a sentarse. Él aceptó por cortesía, todavía en toalla, en el borde de la cama. Dani cambió de posición para quedar a su lado y le pasó un brazo delgado por los hombros, acariciándole la nuca con dedos finos de uñas pintadas de rojo. Para Dani era un gesto de amistad, inocente. Para Mateo, no.

El bulto creció bajo la toalla. Él intentó disimular, sostener la pose de amigo.

—Es raro que vengas tanto y casi no hablemos, ¿no? —dijo, con la voz un poco tomada.

—Es que me puede la timidez —contestó Dani, asintiendo—. Pero me caés muy bien, en serio.

Lo que Dani no decía era que también estaba excitada. Un hombre nada feo, en forma, hermano de su amiga, mirándola fijo, casi relamiéndose. Y ese bulto en la toalla, ahora lo entendía, no era casualidad.

***

Nerviosa pero entera, Dani soltó en broma:

—Capaz me debería duchar yo también, así la espera se hace más corta.

Mateo tragó saliva. Sintió que la cosa había llegado demasiado lejos y se puso de pie. Dani lo imitó, sonriente, y le dio la espalda.

—Ayudame con esto —dijo, girando apenas el cuello—. Sí, creo que me voy a duchar.

Le pedía ayuda para sacarse la sudadera. Mateo pensó que ahí podía cortar todo: le sacaba la prenda y se iba antes de arrepentirse. Pero mientras tiraba de la tela hacia arriba, Dani arqueó la espalda y apretó ese culo contra la erección que él ya no podía esconder. A Mateo se le escapó un gemido cargado de vergüenza.

Terminó de quitarle la parte de arriba. Debajo había una musculosa blanca, diminuta, pegada a la piel. Fue incapaz de soltarla. Le agarró la cintura estrecha con las dos manos y la apretó fuerte contra él. El gemido, esta vez, fue de Dani, que suspiró, lo miró por encima del hombro y susurró como si nada estuviera pasando:

—¿Puedo usar tu toalla cuando termine?

Mateo se separó muy despacio. Se sacó la toalla y se la tiró sobre la espalda. Dani giró del todo y se quedó mirando la verga grande y dura, con una gota cayendo de la punta gruesa. Y en ese instante Mateo respiró hondo, porque por fin lo entendió: bajo la musculosa se marcaban dos pechos pequeños, muy firmes, los pezones traspasando la tela sin sostén. Dani era una mujer. Lo había sido siempre.

—Ponete los anteojos —dijo ella, conteniendo la risa, mientras se arrodillaba—. Solo me gusta la ropa de hombre, idiota.

El «idiota» quedó a medias, porque Mateo ya se acercaba. Le sostuvo la mandíbula con una mano y, con la otra, le pasó la verga por la mejilla. Toda la tensión de los últimos meses se le juntó en la garganta.

—Todo este tiempo lo pasé pésimo —susurró—. Pensaba que eras un tipo.

Dani se reía y suspiraba al mismo tiempo, la boca abierta, esperando. Él entró despacio, llenándole esa boca chica, y los ojos de ella se cerraron casi del todo mientras se metía una mano dentro del pantalón y empezaba a tocarse.

Mateo respiraba acelerado, entrando y saliendo lento y profundo, sin apuro, sin dejar de mirar esos ojos verdes. Una mano en la coronilla, despejándole la frente; la otra en la nuca, no para forzarla, sino porque ella misma no hacía ademán de echarse atrás. Un hilo de saliva le caía por la barbilla hasta el escote.

Dani se masturbaba con una urgencia desesperada, los dedos hasta el fondo, arrancando un sonido húmedo que se mezclaba con el de su propia garganta. Mateo aceleraba, y por momentos sus testículos chocaban contra la barbilla de ella, que se aferraba con la mano libre a la pierna de él. Pronto tenía la cara empapada, lágrimas y saliva, y a él le costaba creer lo que estaba viviendo.

—Mi hermana nos mataría —murmuró, frotándole la verga por los labios y las mejillas.

Dani sonrió, culpable, demasiado prendida para frenar. Se levantó con las piernas temblando y lo besó. Un beso sucio, agresivo, con las dos bocas brillando de saliva. Con una mano se bajó el pantalón y la ropa interior; con la otra guió la punta hasta su clítoris y empezó a frotarse, sosteniendo ese orgasmo que tenía a un paso.

—Me importa una mierda tu hermana —le susurró dentro de la boca.

La frase lo encendió. Mateo se dejó caer sentado en la cama y la arrastró con él. Dani, en un solo movimiento, le dio la espalda y se empaló sola en esa verga palpitante. Él le abrazó la cintura y le besó el hombro, gimiendo contra su oreja.

—Aunque llegara ahora mismo, seguiría. Me tuviste re caliente todo este tiempo, joder.

A Dani las palabras la enloquecían. Se clavaba una y otra vez, metiéndose todo el largo en cada bajada, mientras él le recorría el cuerpo entero con las manos, le devoraba el cuello y la espalda. Ninguno de los dos notaba que la cama de Lucía empezaba a crujir bajo la intensidad.

Ella gemía casi a los gritos. Mateo resoplaba como un toro, peleando por aguantar, perdiendo la batalla cuando sintió la contracción del orgasmo de ella estrangulándolo por dentro. Dani se sacó la verga del cuerpo y apretó los muslos a su alrededor, sudada, al borde del desmayo, terminando de ordeñarlo con una fricción lenta. Mateo se vino con una fuerza que lo dejó hueco, salpicándole el vientre plano, los pechos chicos y parte de la cara, tan lejos llegó.

El temblor se fue apagando de a poco. Quedaron los dos sin una gota de energía, él sentado en el borde de la cama de su hermana, ella todavía encima, con los muslos pegoteados. Dani giró el cuello buscando un beso, y Mateo se lo dio, todavía agitado.

—Ahora sí que me hace falta una ducha —suspiró ella, sonriendo.

Mateo se rio bajito, mirando el desastre, calculando cuánto tardaría Lucía en volver. Por primera vez en meses, no sentía ninguna culpa por lo que pensaba. Solo las ganas de que el próximo tren se demorara un poco más.

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Comentarios (5)

IgnacioLP

Que relato tan bueno, no esperaba ese giro jaja. Tremendo!

Santi_87

Por favor seguí esto, quede con ganas de mas...

CarmenRio

Me encanto como lo contaste, se nota que es real. Esas cosas que te cambian sin que te das cuenta

JuanF_cordoba

el titulo lo dice todo pero igual sorprende. Muy bueno

Valentina_rosario

Y despues que paso?? necesito saber si siguieron viendose jaja

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