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Relatos Ardientes

La fiesta de graduación que terminó en el baño de arriba

Me llamo Mariana y acababa de cumplir los dieciocho cuando pasó lo que voy a contar. Era la fiesta de graduación, en la casa enorme de Bruno, el típico que siempre organizaba las reuniones más salvajes del grupo. La música retumbaba tan fuerte que el bajo se me metía en el pecho y bajaba más abajo, como si alguien me tocara por dentro sin permiso.

Había luces rojas y azules parpadeando contra las paredes, el aire pesado de cerveza derramada, perfume barato y el sudor de un montón de cuerpos apretados moviéndose en la sala. Yo llevaba un vestido negro corto, de los que se suben solos cada vez que te mueves. Sin sostén, porque así me sentía más libre y porque me gustaba cómo se notaba todo bajo la tela fina.

Estaba sudada, con el pelo pegado al cuello y algunos mechones cayéndome sobre la cara mientras bailaba sola en medio de todos. Mis muslos se rozaban, la piel caliente, y entre las piernas ya sentía ese calor húmedo subiendo al ritmo de la música. No bailaba para nadie en particular. O eso me decía a mí misma.

Entonces lo vi. Tomás, el de mi salón, el que siempre me miraba de reojo en clase y nunca se animaba a decir nada. Alto, moreno, con esa sonrisa medio torpe y unas manos grandes que me ponían nerviosa desde el primer año. Estaba apoyado en la barra improvisada de la cocina, una lata en la mano, mirándome sin disimular.

Nuestros ojos se cruzaron y no apartó la vista. Me mordí el labio, le sonreí despacio, y seguí moviendo las caderas más fuerte, arqueando un poco la espalda. Sabía que me estaba mirando todo: el sudor brillándome en el escote, cómo el vestido se ajustaba a mi cuerpo, cómo se marcaban mis curvas cada vez que giraba.

Ven de una vez, pensé. Anímate.

No pasó ni un minuto y ya lo tenía detrás. Sentí su cuerpo pegarse al mío en medio de la pista. Sus manos grandes me agarraron de la cintura, firmes, sin pedir permiso, y me atrajeron contra él. Su erección ya se notaba presionando contra mí a través del pantalón.

—¿Qué pasa? ¿Te calentaste tanto bailando sola? —me susurró al oído, la voz ronca por la música y la cerveza.

Su aliento caliente me rozó el cuello y me hizo cerrar los ojos un segundo. En vez de contestar, empecé a restregarme contra él despacio, subiendo y bajando, sintiendo cómo se ponía más duro con cada movimiento.

—¿Tú qué crees? —le dije girando la cabeza, los labios rozándole la oreja—. Mira cómo me tienes.

Metí una mano atrás, entre los dos, y se la apreté por encima de la ropa. Estaba dura, palpitando. Él soltó un gruñido bajo que me vibró en todo el cuerpo y me hizo sonreír.

La gente alrededor seguía bailando sin fijarse, o fingiendo no fijarse, pero a mí me encendía más justo eso: saber que cualquiera podía vernos. Durante años habíamos compartido salón sin pasar de un saludo tímido, y ahora estábamos así, enredados en medio de todos, con dos años de miradas guardadas saliendo a la superficie de golpe.

Tomás me giró de golpe, cara a cara, y me besó sin aviso, la lengua buscándome, con el sabor del último trago todavía en la boca. Yo me agarré de su nuca y le devolví el beso con todo, sin pensar en quién nos veía ni en lo que dirían el lunes, si es que llegaban a enterarse.

Sus manos bajaron a mi trasero, me apretaron, me separaron un poco por debajo del vestido. Sentí sus dedos rozar el borde de mi ropa interior, ya empapada.

—Estás temblando —murmuró contra mis labios—. Y mojada.

No aguanté más. Lo tomé de la camiseta y lo arrastré por el pasillo oscuro, esquivando parejas que se besaban contra la pared y grupos que reían demasiado fuerte. Subimos las escaleras casi a tropezones, riéndome de los nervios, con su mano todavía en mi cintura.

***

Entramos al baño de visitas del piso de arriba y eché el seguro. El ruido de la fiesta seguía retumbando a través de las paredes, lejano y constante, como un latido. La luz era tenue, amarillenta, y de pronto el espacio se sintió pequeño y caliente, solo nuestro.

Me senté de un salto sobre el lavabo, abrí las piernas, el vestido subido hasta la cintura. Él se quedó un segundo mirándome, como si no se creyera que estuviera pasando de verdad. Yo tampoco me lo creía del todo.

—¿Vas a quedarte ahí parado? —le pregunté, y mi propia voz me sonó más atrevida de lo que esperaba.

Tomás se arrodilló sin decir nada. Me bajó la ropa interior de un tirón y la dejó colgando de un tobillo. Su cara quedó a centímetros de mí, su respiración chocando contra mi piel sensible.

—Eres preciosa —dijo, y la frase me derritió más que cualquier grosería.

Pasó la lengua despacio, una caricia larga y lenta que me hizo arquear la espalda de golpe. Gemí más fuerte de lo que debía y le agarré el pelo, empujándolo contra mí.

—Así, no pares —le pedí, la voz entrecortada.

Me lamió como si tuviera todo el tiempo del mundo, concentrado, mientras dos dedos se abrían paso dentro de mí. Entraron con facilidad, y yo empecé a moverme contra su cara sin ningún control, las caderas marcando un ritmo propio.

—Más —jadeé—. No te detengas.

Él obedeció, curvando los dedos, encontrando ese punto exacto que me hizo temblar las piernas y apretar los talones contra su espalda. El placer me subía rápido, demasiado rápido, una ola que no podía frenar aunque quisiera.

—Voy a… —no terminé la frase.

El orgasmo me partió en dos. Me contraje alrededor de sus dedos, la cabeza echada hacia atrás contra el espejo, los muslos temblándome sin parar. Él no se apartó hasta que dejé de moverme, hasta que el último estremecimiento se me escapó en un suspiro largo.

***

Cuando volví a abrir los ojos, él ya se estaba poniendo de pie, con una sonrisa torcida y la respiración agitada. Se bajó el pantalón sin dejar de mirarme, y yo me deslicé del lavabo, las piernas todavía flojas, para quedar frente a él.

—Ahora me toca a mí —le dije.

Lo empujé suavemente contra la pared y bajé, arrodillándome sobre la alfombrilla. Lo tomé con la mano, despacio, disfrutando de cómo se le cortaba el aliento. Subí la mirada para verle la cara mientras me acercaba, porque quería recordar exactamente esa expresión.

Empecé despacio, con la lengua, jugando, haciéndolo esperar. Él apoyó una mano en mi cabeza, sin forzar, solo siguiendo el ritmo que yo marcaba. Sus gemidos contenidos, mezclados con la música del piso de abajo, me encendían tanto como las caricias.

—Mariana —murmuró mi nombre como si le costara—, no voy a aguantar mucho así.

Me detuve y me levanté, lo besé con la boca todavía caliente, y volví a sentarme en el borde del lavabo. Lo atraje hacia mí con las piernas, rodeándole la cadera.

—Entonces ven —le dije al oído.

Entró despacio la primera vez, observándome, cuidando de no apurarse. Solté un quejido largo, de puro placer, y le clavé las uñas en la espalda. Cuando estuvo seguro de que estaba lista, empezó a moverse con más fuerza, y el sonido de nuestros cuerpos se mezcló con el bajo lejano de la fiesta.

—¿Así está bien? —preguntó entre embestidas, todavía pendiente de mí.

—Más fuerte —respondí, y le mordí el hombro para no gritar.

Me sujetaba de la cintura con una mano y con la otra me sostenía la nuca, besándome el cuello, susurrándome cosas que apenas entendía pero que me hacían arder. El espejo a mi espalda se empañaba con nuestro calor, y yo sentía cada movimiento subir por mi columna como una corriente.

El segundo orgasmo me agarró desprevenida, más profundo que el primero. Me aferré a él, temblando, y lo sentí tensarse al mismo tiempo, conteniéndose hasta el último segundo antes de apartarse. Quedamos jadeando, pegados, sudados, con la frente apoyada el uno en el otro.

***

Nos quedamos así un rato, recuperando el aliento, riéndonos en voz baja de lo que acababa de pasar. Él me ayudó a bajar del lavabo y me besó de nuevo, esta vez lento, sin prisa, como si quisiera alargar el momento un poco más.

—Esto no tiene por qué terminar aquí —dijo, acomodándome un mechón detrás de la oreja.

Me arreglé el vestido frente al espejo empañado, todavía con las piernas temblando y una sonrisa que no podía borrar. Abajo seguía la música, seguía la fiesta, seguían todos sin saber nada.

Lo miré por encima del hombro antes de abrir la puerta.

—Quién sabe —le contesté—. La noche todavía es larga.

Y mientras bajábamos las escaleras de vuelta hacia el ruido y las luces, pensé que esa graduación iba a ser la única cosa de la prepa que no olvidaría nunca. No por el diploma. Por él, por esa puerta cerrada con seguro, y por la chica atrevida que descubrí que podía ser cuando nadie me miraba. O cuando solo me miraba la persona correcta.

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Comentarios (5)

RioNocturno

Increible!! uno de los mejores que lei en esta seccion

ViviR88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche!

NachoRivero

Me trajo recuerdos de mi propia fiesta de egresados jaja, aunque la mia no termino tan interesante. Muy bueno!

Luna_Cba

Y despues de esa noche como quedaron? se volvieron a ver? jaja quede intrigada con el final

GastonLect

La tension que se va construyendo desde el principio esta muy bien lograda, uno ya intuye donde va a terminar pero igual no puede dejar de leer. Excelente relato!

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