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Relatos Ardientes

Mi jefa se quedó en casa cuando se inundó la suya

Mi jefa, la Licenciada Renata Vidal, directora de la agencia de publicidad donde yo era su asistente personal desde hacía dos años, se presentó esa tarde de invierno con dos valijas grandes y una cara que no le conocía. Su casa en el barrio cerrado se había inundado entera: una cañería maestra reventada, agua hasta la cintura en la planta baja y el seguro prometiendo demorar semanas en mandar inspectores.

—Necesito un lugar donde quedarme unos días, Tomás —me había dicho por teléfono esa misma mañana, con esa voz firme pero cansada que usaba en las reuniones con clientes—. Sé que vivís solo. No te molesto, te lo juro. Solo hasta que arreglen lo de mi casa o pueda irme a la del lago.

La casa del lago estaba a menos de dos horas, un caserón de lujo con pileta climatizada y todo. Pero ella insistió: —No quiero manejar con este temporal, y menos sola.

No me animé a negarle. Era mi jefa. La misma mujer de treinta y cuatro años que me hacía firmar contratos enormes, que olía a perfume caro y que siempre llevaba blusas que marcaban un cuerpo imposible de ignorar.

Acepté.

Renata era de esas mujeres que cortan la respiración apenas entran a una habitación. Alta, con un porte de quien manda sin alzar la voz, tenía curvas firmes que ningún traje sastre lograba disimular. Pecho grande y alto, cintura estrecha, una piel morena clara que siempre olía a algo caro mezclado con su propio aroma. Caminaba con un contoneo natural, las caderas moviéndose con vida propia, y yo había aprendido a no mirarla más de la cuenta.

Pero lo que más calentaba era su actitud: esa seguridad de mujer que sabe exactamente lo que vale. En la oficina era hielo puro. Y sin embargo, a veces, cuando te clavaba los ojos oscuros un segundo de más, había algo debajo de la máscara que pedía a gritos otra cosa.

***

Los dos primeros días fueron raros pero soportables. Ella se levantaba temprano, como si el reloj de la oficina no se hubiera detenido ni con la inundación. A las siete ya estaba en el living con el notebook abierto, el pelo recogido en un rodete desprolijo pero elegante, y una taza de café humeante que yo le preparaba sin que me lo pidiera. Yo me movía por la cocina en silencio, tostando pan, tratando de no mirarla demasiado mientras ella tecleaba informes con esa concentración feroz.

El departamento era chico para dos: un living-comedor con un sillón de tres cuerpos, una mesa ratona llena de carpetas que ella había traído y una estufa eléctrica que luchaba contra el frío de Bariloche colándose por las rendijas. Afuera el cielo estaba gris plomo y el viento traía olor a tierra húmeda. Adentro, el aire olía a café recién hecho, a su perfume pegado a todo y a la estufa que yo prendía cada rato para que no tembláramos.

Renata usaba un jogging gris que le quedaba perfecto: ajustado en las caderas, holgado en las piernas. Cuando se estiraba para alcanzar el cargador o se inclinaba sobre la mesa, la tela se tensaba y yo desviaba la vista rápido, como un adolescente. Cebaba mate a media mañana, yo le pasaba el termo, y a veces comentábamos el clima. «Este frío cala los huesos», decía, y yo asentía. Hablábamos de trabajo, de un proveedor atrasado, de una campaña a punto de salir. Nada personal. Todavía.

Yo observaba detalles que en la oficina pasaban desapercibidos: cómo fruncía el ceño leyendo un mail complicado, cómo se mordía el labio pensando, cómo se acomodaba un mechón rebelde detrás de la oreja. La veía vulnerable por primera vez, humana, con ojeras leves de estrés. Y ella, creo, empezaba a verme no solo como el asistente eficiente, sino como el tipo que le cebaba mate sin quejarse y le ofrecía el sillón más cómodo.

***

Esa segunda noche, después de cenar unas pastas rápidas, cada uno se fue a su habitación. Renata se despidió con un «gracias por todo, Tomás, de verdad» y un abrazo breve que me dejó oliendo su perfume durante minutos. Yo me quedé apagando luces, chequeando que la estufa estuviera baja.

Fui al baño a lavarme los dientes. El departamento era chico, así que compartíamos ese baño. Al abrir la canilla, algo me llamó la atención: colgando del grifo del agua caliente había una tanga blanca de encaje. Pequeña, delicada, con un leve brillo satinado. No era de las que uno elige para estar cómoda en casa.

Me quedé paralizado un segundo, con el cepillo en la mano. El corazón me dio un vuelco. Era de ella, obvio: no había nadie más. La imaginé quitándosela esa tarde, después de la ducha rápida para sacarse el olor a humedad, y colgándola ahí porque no tenía dónde más. Práctico, me dije. El baño estaba tibio, la tela se secaba rápido. Nada raro.

Pero no pude evitar tocarla. Con dos dedos la levanté apenas. Suave, casi sedosa. Olía a su jabón mezclado con un rastro de su piel. La solté rápido, como si quemara, y sentí la sangre acelerarse. Es tu jefa, idiota, me dije frente al espejo. Es solo una tanga.

La dejé exactamente donde estaba. Pero esa noche, cada vez que pasaba por el baño, mis ojos iban directo ahí. Era un secreto sin palabras: ella no sabía que yo la había visto, y yo no podía sacármela de la cabeza. Me acosté pensando en esa prenda mínima que había estado pegada a su cuerpo todo el día. Fantaseé un rato, pero no me toqué. Me dormí con una erección molesta y su perfume todavía flotando en el pasillo.

A la mañana siguiente la tanga ya no estaba. Renata salió de su cuarto con el jogging gris y una sonrisa neutra. «Buenos días, Tomás. ¿Dormiste bien?». Asentí, tartamudeando un «sí, gracias», mientras servía el café. Ninguno mencionó nada. Pero en ese silencio algo había cambiado: el departamento ya no era solo mío. Tenía su olor, sus cosas y un secreto que me calentaba por dentro cada vez que la veía cruzar el living.

***

La tercera noche había nevado toda la tarde. El frío entraba por las ventanas mal selladas. Cené lo que pude armar: un asado simple, papas al horno y una botella de Pinot Noir que casualmente ella me había regalado para las fiestas. Terminamos la segunda copa en el sillón, con la calefacción al máximo y tiritando igual. Ella llevaba un buzo holgado y pantalones de yoga negros. El vino ya nos había soltado la lengua.

—Tomás… —empezó, mirando la estufa—. ¿Nunca te sentiste solo? De verdad solo.

La pregunta me agarró desprevenido. Asentí despacio.

—Todos los días, Licenciada.

—Renata. Llamame Renata cuando no estamos en la oficina —dijo bajito, y por primera vez me miró a los ojos sin la máscara—. Yo también me siento sola. Tengo todo: la agencia, la plata, la casa del lago. Y llego a la noche y nadie me espera. Hace años que nadie me toca como corresponde.

Se me secó la boca. Ella siguió, con la voz ronca por el vino y el frío.

—Mi marido se fue hace cuatro años. Desde entonces solo trabajo y finjo que estoy bien. Pero mirá… —se señaló el cuerpo con una mano temblorosa— todavía tengo ganas. Todavía me pasa que pienso en que alguien me agarre fuerte y me haga sentir algo.

Me quedé mudo. Se acercó un poco más en el sillón. Su rodilla rozó la mía.

—Vos vivís solo. Sé que no tenés novia. ¿También te sentís solo, Tomás?

—Sí —confesé, y la voz me salió gruesa—. Mucho.

Renata dejó la copa en la mesita. Se sacó el buzo despacio. Debajo llevaba una remera blanca fina que no escondía nada, los pezones marcados por el frío o por la excitación, no sabía.

—Entonces hagamos algo al respecto —susurró—. Esta noche. Acá. Sin promesas, sin culpas después.

No esperé más. Me abalancé sobre ella y la besé con fuerza. Sabía a vino y a mujer. Mis manos fueron directo a su pecho, lo apreté por encima de la tela y ella gimió dentro de mi boca, clavándome las uñas en la nuca.

—Sacate todo —ordenó, jadeando.

Me saqué la remera. Ella se sacó la suya. Me lancé a sus pechos, los lamí, los mordí suave mientras arqueaba la espalda.

—Así… más fuerte —pedía.

Bajé la mano por su panza y metí los dedos dentro del pantalón de yoga. Estaba empapada. Dos dedos entraron fáciles y ella abrió las piernas, empujando la pelvis contra mi mano.

—Así… más adentro… —gimió—. Qué bien, por dios.

Le bajé el pantalón y la bombacha de un tirón. Quedó desnuda en mi sillón, las piernas abiertas. Me arrodillé entre sus muslos y la comí sin apuro, lamiendo despacio, después más rápido, hasta que me agarró la cabeza con las dos manos y me apretó contra ella.

—No pares… así… me vengo —jadeó.

Se corrió fuerte, temblando, apretando los muslos alrededor de mi cara. Cuando se calmó me miró con los ojos vidriosos.

—Ahora vení vos.

Me bajé el jogging. Se puso en cuatro en el sillón y me arrodillé detrás. La penetré de un solo empujón, despacio, y los dos gemimos al mismo tiempo. Empecé a moverme duro. Cada embestida hacía rebotar su cuerpo contra mis caderas y el living se llenó de ese sonido húmedo y obsceno.

—Más fuerte… —suplicaba ella entre gemidos.

La agarré del pelo y tiré su cabeza hacia atrás mientras la cogía sin parar. Le di una palmada en una nalga y ella gritó de gusto. La di vuelta, la puse de espaldas en el sillón, le levanté las piernas hasta los hombros y volví a entrar, más profundo. Le chupaba los pezones mientras me movía.

—Mirame —le pedí—. Mirame mientras te cojo.

Se tocaba el clítoris con dos dedos y se corrió otra vez, apretándome con espasmos que casi me hacen acabar.

—Todavía no —jadeó—. Quiero terminarte yo.

Se arrodilló en el piso, me agarró con una mano y se lo metió entero en la boca. La levanté antes de venirme, la llevé a mi cama y la tiré boca arriba. Ahí cogimos como dos que llevan años esperando. El colchón crujía, la cabecera golpeaba la pared.

—No salgas… terminá adentro —me pidió al oído.

Me corrí como hacía mucho no me pasaba. Ella se vino al mismo tiempo, arañándome la espalda, apretándome para que no me fuera. Quedamos jadeando, sudados, pegados.

***

No nos movimos por varios minutos. Yo tenía la cara hundida en su cuello, oliendo su perfume mezclado con sudor. Ella fue la primera en hablar, casi un susurro contra mi oreja.

—No sabés lo bien que me siento ahora —dijo, y suspiró hondo—. Hace años que no me sentía tan viva.

Levanté la cabeza para mirarla. En sus ojos había algo nuevo: ternura mezclada con una sinceridad cruda.

—Siempre soñé con esto —siguió, sin vergüenza—. No con flores ni con un príncipe. Soñé con alguien que me mirara como me mirás ahora. Que me deseara con ganas pero que después se quedara así, abrazado, sin apuro. En la agencia soy la Licenciada Vidal, la que nunca se quiebra. Pero acá quiero ser solo Renata.

Me pasó los dedos por la espalda, trazando las marcas que me había dejado.

—¿Y vos? —preguntó—. Decime qué necesitás de verdad. Sin filtro.

Respiré hondo. Era raro hablar así, desnudos, con el olor a sexo todavía en el aire.

—Necesito sentir que importo —admití—. No solo como el asistente que arregla reuniones y trae café. Quiero que alguien me vea. Estoy cansado de llegar a casa y que el silencio sea lo único que me espere.

Renata asintió despacio, con una sonrisa sincera.

—Me gusta que seas franco —dijo, y me besó largo, sin apuro—. No pensé que iba a pasar esto cuando te pedí quedarme. Pero ahora no quiero que termine pronto.

Se apretó contra mí, metiendo una pierna entre las mías.

—Me da un poco de miedo lo que pueda pasar después, con el trabajo y todo —agregó—. Pero ahora mismo, en esta cama, me siento completa. Quedémonos así un rato más.

Nos dormimos abrazados, exhaustos.

***

A la mañana siguiente me desperté con su cuerpo pegado al mío, en cucharita, mi pecho contra su espalda. El sol débil de invierno entraba por las cortinas. Renata se removió y, sin decir nada, llevó la mano hacia atrás y empezó a acariciarme muy lento.

—Buenos días… —susurró, con voz dormida.

Gemí bajito contra su nuca y le besé el hombro.

—Hoy es viernes —dijo, sin cambiar el ritmo—. ¿Te gustaría acompañarme a la casa del lago? Quiero ver qué se salvó del agua, llevar ropa. Podríamos pasar el fin de semana allá. Y la semana, acá. Tu cama es demasiado cómoda.

Sonreí contra su piel.

—Donde vos quieras, Renata.

Se dio vuelta, se metió bajo las sábanas y terminó lo que había empezado con la boca. No tardé ni cinco minutos.

—Buen desayuno —murmuró cuando salió, lamiéndose los labios.

***

A la tarde cargamos el auto y salimos rumbo a la casa del lago. El viaje fue tranquilo, con música baja y conversaciones que ya no eran de jefa y asistente. Cada tanto ella ponía la mano en mi muslo y yo le acariciaba la pierna.

Ese fin de semana la cogí en todos lados. En la cocina enorme, contra la mesada de mármol, mientras preparaba el mate. En la sala de estar, sobre la alfombra gruesa frente a la chimenea encendida, tirándole del pelo mientras ella me pedía más. En la pileta climatizada, sacándola del agua para sentarla en el borde y comerla hasta que se corría. En el dormitorio principal, toda la noche del sábado, despacio y mirándola a los ojos.

El domingo, antes de volver, la cogí contra el ventanal que daba al jardín, su cuerpo apretado contra el vidrio frío mientras yo la penetraba desde atrás con embestidas largas.

***

Volvimos el domingo a la noche y ahí empezó la rutina que nunca imaginamos. De lunes a jueves dormíamos en mi cama. Ella llegaba de la oficina, se sacaba la ropa de jefa y se volvía otra persona. Los viernes salíamos temprano al lago, donde no había reglas.

Poco a poco, sin darnos cuenta, nos fuimos convirtiendo en pareja. No fue algo que habláramos formalmente. Empezamos a decir «nosotros», a planificar los fines de semana, a cocinar uno para el otro, a dormir abrazados. En la oficina seguíamos siendo jefa y asistente: ella mandaba, yo cumplía. Pero cuando se cerraba la puerta de casa, éramos Tomás y Renata, dos personas que se deseaban con locura y, al mismo tiempo, se querían de verdad.

Le gustaba que la cogiera mientras me contaba cómo había sido su día en la agencia. A mí me volvía loco que, todavía con tacos y falda de oficina, se arrodillara debajo del escritorio de casa. Hablábamos de nuestros sueños mientras yo estaba dentro de ella: que algún día viajaríamos a Portugal, que yo le compraría una casa solo para nosotros. Y mientras hablábamos, seguía moviéndome despacio, sintiendo cómo me apretaba.

A veces era tierno: desayunos en la cama, masajes, besos largos bajo la ducha. Otras veces era puro morbo. Así fueron pasando los meses: trabajo, sexo, cariño sincero, noches en mi departamento y fines de semana en el lago.

***

Meses después, un viernes de invierno en la casa del lago, todo se sintió definitivo. Habíamos cenado temprano, bebido vino y encendido la chimenea del dormitorio. Renata estaba desnuda boca abajo sobre la cama. Yo detrás de ella, después de que me chupara con devoción durante un buen rato.

Le acaricié la espalda con ternura, bajando despacio.

—Renata… —susurré, apoyándome contra ella con cuidado—. Mirame.

Ella giró la cabeza, la mejilla contra la almohada, los ojos brillantes.

—Te amo —le dije, y empujé lento, firme. Ella soltó un gemido largo, mezcla de placer y de algo más hondo—. Te amo con la forma en que me mirás en la oficina, con la forma en que te dormís abrazada a mí después.

Empecé a moverme con embestidas profundas pero no brutales: medidas, intensas. Cada una le arrancaba un gemido ronco.

—Sos todo lo que soñé sin saber que lo soñaba —seguí—. Quiero despertarme todos los días con vos. Quiero ser el hombre que te hace gritar y también el que te abraza cuando llorás.

Ella apretó las sábanas, la voz quebrada de placer y de emoción.

—Soy tuya —gimió—. Siempre tuya. Nadie más, Tomás. Solo vos.

Le agarré las caderas y aceleré, sintiendo cómo me apretaba con cada movimiento. Con un gruñido terminé dentro de ella. Renata temblaba debajo de mí, corriéndose otra vez, sollozando de puro placer.

Cuando salí, me tiré a su lado y ella se pegó a mí enseguida, escondiendo la cara en mi pecho.

—Te amo —susurró, con la voz rota y feliz—. De verdad. Con todo lo sucio y todo lo lindo que tenemos.

La besé en la frente, en los ojos húmedos, en la boca.

—Y yo a vos. Para siempre. Mi jefa y mi mujer, todo junto.

Nos quedamos así, abrazados, sudados, llenos de promesas. Afuera nevaba suave. Adentro, el fuego de la chimenea y el fuego de lo que sentíamos lo iluminaba todo. Esa noche sellamos lo que ya sabíamos desde la tercera noche en mi departamento: éramos dos personas que se habían encontrado en medio del frío, del deseo y de la soledad, y que habían decidido quedarse juntas.

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Comentarios (6)

Rodri_BA

Tremendo relato, me engancho desde el principio. Espero la segunda parte!

Fernanda_PBA

Uy, que historia... me dejo con ganas de saber como siguio todo. Por favor contanos mas!

PatricioNight

El detalle de las valijas me parecio genial, se ve que es algo que viviste de verdad. Muy bien contado.

LucasPba

increible!!! sigue escribiendo

MartaLuna_88

Me encanto la situacion, esas cosas que pasan en la vida real son las mas emocionantes. Muy buena escritura, se lee de un tiron sin querer parar. Felicitaciones por compartirlo.

Juancho_Crd

La Licenciada... jajaja eso me mato. Muy real todo, se nota que no es inventado

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