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Relatos Ardientes

Toqué el timbre y no la dejé avanzar ni un paso

Hay noches que no se planean. Esa fue una de ellas. Llevaba toda la semana pensando en Daniela, en su forma de mirarme de reojo cuando creía que no me daba cuenta, y a las once de la noche me descubrí frente a su edificio sin recordar siquiera haber arrancado el coche.

Subí los tres pisos a pie. No quería darle tiempo al ascensor para que me hiciera dudar. Cuando llegué a su puerta, me quedé un segundo con el dedo suspendido sobre el timbre, escuchando mi propia respiración.

Lo toqué.

Daniela tiene treinta y seis años y una manera de habitar su cuerpo que no se aprende: piel cálida que parece guardar el sol de todo el verano, pelo oscuro y ondulado que cae en desorden cuando se lo suelta, ojos castaños que clavan sin pedir permiso. No es alta, apenas me llega al hombro, pero tiene unas curvas que enganchan: pechos pequeños y firmes, de los que caben justos en la mano, y unas caderas redondas que se mueven solas con cada paso.

Yo tenía veintinueve entonces, el pelo corto, la piel más clara que la suya, los brazos trabajados de cargar cajas todo el día en el almacén. Una barba recortada y ese gesto un poco canalla que, según ella, era lo primero que le había gustado de mí.

Llevábamos semanas en ese juego de miradas que no termina en nada: un mensaje a deshoras, una excusa para vernos cinco minutos, un roce de manos al despedirnos que se alargaba un segundo de más. Ninguno de los dos había dado el paso. Esa noche decidí darlo yo.

Abrió la puerta con cara de sorpresa, todavía con la ropa de estar en casa, el pelo recogido en un moño flojo y los pies descalzos. Y antes de que pudiera preguntarme qué hacía allí, ya la estaba besando.

Fue un beso de los que no dejan avanzar. Entré empujando la puerta con el pie, cerrándola a mi espalda sin soltarle la boca. Ella retrocedió medio paso y la frené con las manos en la cintura. No, esa noche no iba a dejarla llegar ni hasta el sofá.

—¿Qué haces aquí? —alcanzó a decir contra mis labios.

—No podía esperar más —respondí.

Y era verdad.

Apagué la luz del recibidor de un manotazo. Solo quedó la claridad gris que entraba por la ventana del salón, suficiente para adivinarnos las siluetas. Me gustó esa penumbra. Hacía que todo fuera más piel y menos imagen.

La besé otra vez, más despacio, devorándole esa boca pequeña que tantas veces había imaginado durante la semana. Nos calentamos en cuestión de segundos. Sus manos subieron de mi cintura a mi cara, me recorrieron la mandíbula, volvieron a bajar buscando el borde de mi camiseta.

Aproveché ese instante para girarla.

***

La fui guiando hacia el dormitorio sin dejar de besarla, caminando hacia atrás los dos, tropezando con sus zapatillas y con la alfombra, riéndonos a medias entre beso y beso. El cuarto olía a ella, a esa colonia suya que reconocería con los ojos cerrados en cualquier parte.

En el dormitorio había un espejo grande apoyado contra la pared, de esos de cuerpo entero. La coloqué justo enfrente, de espaldas a mí, y le aparté el pelo del cuello con una lentitud calculada. Sentí cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos.

—No cierres los ojos —le dije bajito, casi al oído—. Mírate. Míranos solo a través del espejo.

Se revolvió un poco, entre la vergüenza y las ganas, pero no apartó la vista. Empecé a desnudarla despacio, deslizando la tela por sus hombros, descubriendo cada centímetro como si fuera la primera vez. Ella echó las caderas hacia atrás, buscándome, y sintió contra su cuerpo lo duro que estaba, lo apretado que iba dentro del pantalón.

Sus manos volaron hacia atrás, hambrientas, mientras yo le besaba el cuello, lamiendo, mordisqueando suave la curva que baja hacia el hombro. Con la otra mano le recorrí los pechos pequeños, el vientre que subía y bajaba cada vez más rápido, descendí hasta su sexo por encima de la última prenda que le quedaba.

Y entonces la subí de nuevo, solo para alargar el momento, para terminar de desvestirla sin prisa.

El aire fresco del cuarto le puso los pezones duros al instante. Jugué con ellos, los pellizqué con cuidado mientras ella respiraba entrecortado y movía las caderas, inquieta, intentando apagar ese fuego que ya nos quemaba a los dos por igual.

—Date la vuelta —le pedí.

Se giró y nos besamos de nuevo, esta vez con verdadera hambre, devorándonos la boca, enredando las lenguas como si nos fuera la vida en ello. Sus manos no paraban: tiraron de mi camiseta hasta sacármela, desabrocharon mi pantalón con torpeza ansiosa. Me quedé con los vaqueros enredados en los tobillos, el pecho agitado, y ella de rodillas frente a mí antes de que pudiera reaccionar.

Levantó la vista. Esa imagen, Daniela mirándome desde abajo con los ojos brillando en la penumbra, vale más que cualquier cosa. Me agarró con las dos manos. Sabía perfectamente lo que me volvía loco.

Empezó por abajo, despacio, con la lengua subiendo por toda la longitud y bajando otra vez, sin prisa, disfrutando de hacerme esperar. Con mis manos le recogí el pelo oscuro para que no le estorbara, para verle la cara entera. Cuando por fin me metió del todo en la boca y empezó ese vaivén lento, dentro, fuera, tuve que apretar los dientes para no terminar ahí mismo.

—Para —le dije, tirándole suave del pelo—. Quiero más de ti.

***

Con el sabor de su boca todavía conmigo, la levanté y volvimos a besarnos con puro fuego. Intentó arrastrarme hacia la cama, pero la frené otra vez. La quería ahí, de pie, frente al espejo.

La giré de nuevo. Le subí la barbilla con dos dedos para que volviéramos a vernos reflejados: mis manos paseando despacio por su cuello, por sus pechos, por su vientre, bajando hasta su sexo, mientras mi boca se adueñaba otra vez de esa zona del cuello que la hacía temblar.

Gimió más fuerte. La respiración se le disparó, las caderas empezaron a moverse solas, y mi sexo quedó justo encajado entre sus nalgas. Echó el cuerpo hacia atrás, lo sintió duro y caliente contra ella, y me dijo con la voz ronca, casi sin aire:

—Quiero sentirte dentro.

No hizo falta más.

Se inclinó hacia delante, apoyó las dos manos en el espejo. Coloqué la punta en su entrada y fue ella, despacio, la que se dejó caer, abriéndose centímetro a centímetro hasta tenerme entero, llenándola por completo. Soltó un gemido largo que se me quedó grabado.

Miró el reflejo. Vio cómo le tomaba el cuello con firmeza pero con cuidado, cómo le sujetaba las caderas con las dos manos y empezaba a moverme. Quería hacerla gritar de placer. Quería que se viera como yo la veía en ese momento: entregada, hermosa, perdida.

—Mírate —le repetí—. Mira lo guapa que estás.

Ella sostuvo la mirada en el espejo todo lo que pudo, hasta que el placer la obligó a cerrar los ojos y dejar caer la frente contra el cristal.

Seguimos un rato así, jugando con el ritmo, deteniéndome a propósito cuando la notaba demasiado cerca, hasta que me pidió parar y tiró de mí hacia la cama.

***

Me senté en el borde del colchón y ella se subió encima, a horcajadas. Volvió a metérselo y empezó a moverse a su antojo, marcando su propio compás. Yo me perdí en sus pechos pequeños, los llevé a la boca uno tras otro, los chupé despacio mientras le clavaba los dedos en la espalda.

No paró. Subía y bajaba cada vez más rápido, apoyada en mis hombros, la cabeza echada hacia atrás, hasta que todo su cuerpo se tensó y se corrió encima de mí con un temblor que sentí recorrerla entera.

Le di un segundo para recuperar el aire y aproveché para girarla, tumbarla de espaldas, besarla de nuevo. Pero esta vez fui bajando, lento, dejando un rastro de besos por su cuello, entre sus pechos, por el vientre. Quería devorar otros labios.

Recorrí cada parte de su cuerpo con la lengua hasta llegar a su sexo. Ella sabe cuánto me gusta esto. Ver cómo arquea la espalda, cómo aprieta los muslos alrededor de mi cara, cómo sus manos me empujan y me atraen al mismo tiempo, sin decidirse.

Metí un dedo mientras seguía con la lengua, pasándola entera, devorándola con ganas. Metí un segundo dedo y ya no aguantó más: se corrió otra vez, fuerte, retorciéndose sobre las sábanas, agarrándome del pelo.

Subí de nuevo sobre ella, la besé para que se probara en mi boca, y volví a entrar. Ahora sí, sin pausa, buscando los dos lo mismo. Sintió cómo me hinchaba dentro de ella, cómo todo se tensaba justo antes de soltarse.

—Quiero que llegues conmigo —me susurró al oído, clavándome las uñas en la espalda.

Y eso hicimos. Terminamos los dos a la vez, yo vaciándome dentro mientras ella se apretaba a mi alrededor, los dos sin aire, sin palabras, agarrados con una fuerza que no tenía nada que ver con el sexo.

Me incorporé lo justo para respirar. El aire fresco del cuarto nos rozó la piel sudada, la suya cálida, la mía más pálida, pegadas todavía. Nos besamos despacio ahora, saboreando lo que acababa de pasar, sabiendo que esa noche nos habíamos entregado del todo.

No habíamos planeado nada. Por eso, supongo, fue tan perfecta.

Todavía hoy, cada vez que paso por delante de ese edificio, miro hacia el tercer piso.

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Comentarios (5)

Tiago_Cba

Dios, que arranque. Tremendo.

PatriMolina

Espero que haya segunda parte, me quede con ganas de mas!!

PabloEnc

Me recordo a una situacion que vivi hace tiempo, esa misma urgencia que no se puede frenar. Muy bien narrado.

ClaritaRos

increible como transmitis la tension desde el primer parrafo, se siente real

SilviaP_91

buenisimo!!!

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