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Relatos Ardientes

El plan de Norma para casar a su hija preñada

Norma estaba sentada en la cocina, con el mate frío entre las manos temblorosas. Tenía cuarenta y cuatro años, el cuerpo todavía firme de tanto limpiar casas ajenas y criar sola a su hija, pero esa noche el mundo se le venía abajo. Daniela, de veinte, acababa de confesarle todo entre lágrimas y con la voz quebrada: estaba embarazada de dos meses.

Y no de un novio formal. Según la propia Daniela, todo había pasado en una fiesta de barrio donde se había portado como una cualquiera. Tomó de más, se dejó manosear, terminó en un cuarto con tres tipos desconocidos que se la cogieron uno tras otro, sin forro, acabándole adentro. Ni los nombres pidió. Ahora tenía un hijo en la panza y ningún padre a la vista.

Norma sintió que la sangre le hervía. Se quedó mirando a su hija con los ojos entrecerrados, la voz temblando de rabia contenida.

—Mirá vos… embarazada. Y ni siquiera sabés de quién carajo es. ¿Sabés lo que sos, Daniela? Una zorra. Una que se dejó usar como un trapo en la primera fiesta donde le dieron un poco de alcohol y cuatro miradas. ¿Cuántos te cogieron esa noche? ¿Tres? ¿O fueron más y ya ni te acordás?

Daniela bajó la cabeza, las lágrimas cayéndole por las mejillas, pero no contestó. Norma se levantó de golpe, señalándola con el dedo.

—Yo sabía que esto iba a pasar. ¡Lo sabía! Cada tanto me venías destruida, con el pelo revuelto, la remera al revés y marcas en el cuello. Llegabas a las seis de la mañana con la bombacha en el bolsillo. Y yo callada, pensando que algún día ibas a sentar cabeza. ¡Pero no! Ahora mirate: veinte años, la panza empezando a crecer y ni un solo nombre para el pibe que tenés adentro. ¿Estás contenta?

—Mamá… yo no quería… —sollozó Daniela.

—Callate la boca —la cortó Norma, la voz baja pero cargada de veneno—. Sos una desgraciada que ahora me arrastra a mí también a la mierda. Pero esto no se queda así. Alguien va a pagar por esta panza.

Norma sintió primero rabia, después vergüenza y, por último, un pánico frío y calculador. Era madre soltera, vivía de changas de limpieza en un barrio de Mendoza donde todo el mundo se conocía. Una hija embarazada sin marido era un escándalo que la hundía a ella también: murmuraciones en la verdulería, miradas de lástima en la iglesia, vecinos que dejarían de darle trabajo. Daniela sola con un bebé no iba a poder estudiar ni laburar. Necesitaban un hombre que se hiciera cargo, que pusiera el apellido, que diera plata y techo. Y ese hombre tenía que ser Ezequiel.

***

Ezequiel vivía a dos casas de distancia. Veinticuatro años, morocho, alto, con los brazos fuertes de tanto andar en la obra. Toda la vida había rondado a Daniela: la miraba cuando eran chicos, la saludaba con sonrisas largas cuando pasaba en la bici, una vez hasta le regaló un perfume barato para su cumpleaños. Su familia era conocida: padre jubilado de la municipalidad, madre ama de casa, gente seria pero de pocos recursos. Trabajaba de lunes a sábado, cobraba en blanco, no tenía novia fija. Era el candidato perfecto. Pero para obligarlo a casarse, Norma necesitaba un argumento irrompible.

Por eso lo llamó al día siguiente. Lo invitó a tomar mate con la excusa de un trabajito en la casa. Ezequiel llegó sudado, con la remera pegada al pecho. Se sentaron en la sala. Daniela dormía la siesta en su cuarto, con la panza apenas marcándose bajo la remera.

Norma no dio vueltas. Habló con voz baja pero firme, mirándolo fijo a los ojos.

—Ezequiel, vos sabés que te conozco desde que eras un pibe. Siempre te gustó Daniela, no me mientas. Y ella a vos también, aunque se haga la tonta. Ahora la cosa es seria. Daniela está embarazada. Me contó todo: en una fiesta se dejó coger por tres tipos que ni conocía. Y vos estabas en esa fiesta, te vieron ahí. Ella no sabe de quién es el hijo. Pero vos… vos vas a ser el padre. No porque lo seas de verdad, sino porque yo lo voy a hacer que lo seas.

Ezequiel se quedó blanco. Abrió la boca, pero Norma levantó la mano y siguió, sólida, sin dejarle espacio para respirar.

—Escuchame bien, porque esto no es un capricho. Primero: en este barrio todo el mundo sabe que ustedes se criaron juntos. Todos te vieron mirándola, entrando y saliendo de esta casa. Si yo salgo mañana y le digo a tu vieja, a tu viejo y a las vecinas que el hijo es tuyo, que te la cogiste hace dos meses y que después te mandaste a mudar, me van a creer. Porque sos el único nombre conocido. Los otros tres eran de otra zona, nadie los vio.

—Norma, yo…

—Segundo —siguió ella, sin escucharlo—: vos laburás en blanco, tenés futuro. Si te negás, hago que te echen de la obra. Conozco al capataz. Tercero: tu familia se preocupa por las apariencias. Tu vieja se muere de vergüenza si se corre la bola de que su hijo abandonó a una piba del barrio con un hijo adentro. Te van a obligar a casarte igual. Y cuarto, lo más importante: yo no quiero plata ni nada raro. Quiero que Daniela tenga un marido que la mantenga y que el chico tenga un apellido. Vos sos trabajador, no andás de joda. Sos lo mejor que le puede pasar a mi hija ahora.

Ezequiel tragó saliva. Tenía la cara roja, pero también el bulto ya marcándose debajo del pantalón. Norma lo notó y siguió apretando el argumento, acercándose más.

—Pero para que esto sea creíble, vos tenés que cogértela ahora. Hoy. En su cuarto. Yo me quedo afuera escuchando. Si mañana alguien pregunta, puedo jurar que los vi juntos, que te escuché con ella. O te casás en menos de un mes, o te juro por Dios que tu vida se va a la mierda: tu vieja te echa, perdés el laburo, y en el barrio te miran como al peor de todos. No es un pedido, Ezequiel. Es la única salida para todos.

Ezequiel respiró hondo. El argumento era de hierro. Asintió con la cabeza.

—Está bien… lo hago.

***

Norma sonrió con una mezcla de alivio y algo más oscuro. Lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta del cuarto. Golpeó suave.

—Daniela, abrí. Vino Ezequiel a hablar con vos.

La puerta se abrió. Daniela apareció en remera corta y short de algodón. Al ver a Ezequiel se le encendieron los ojos. Norma empujó al pibe adentro y cerró con llave desde afuera. Pegó la oreja a la madera, ya caliente solo de imaginar lo que venía.

Adentro, Ezequiel no perdió tiempo. La agarró de la cintura y la tiró en la cama.

—Tu vieja me convenció —le dijo al oído—. Me pidió que te coja fuerte para que yo sea el padre oficial. Y la verdad, me gusta la idea.

Le bajó el short. Daniela jadeó.

—Ezequiel… estoy embarazada…

—Por eso mismo —gruñó él—. Voy a cogerte como te merecés, para que todo quede sellado.

Afuera, Norma se bajó la bombacha y empezó a tocarse. Escuchaba cada palabra, cada gemido. Cuando entró el primer grito de su hija, las piernas le temblaron solas.

—¡Más despacio, animal! —chillaba Daniela del otro lado de la puerta—. ¡Me partís en dos!

—Aguantá toda la verga —se escuchaba a Ezequiel—. Esto es para que tu vieja diga que el padre soy yo. Gritá más fuerte.

Ezequiel no aflojó ni un segundo. La cama golpeaba contra la pared con un ritmo cada vez más violento, y entre golpe y golpe restallaban las nalgadas, secas, una atrás de otra. Daniela gemía sin control, mezclando el dolor con algo que ya no era dolor.

—Contame cómo te dejaste preñar, zorra —le exigía él entre dientes—. Contame qué hiciste en esa fiesta.

—Me la busqué… —sollozaba ella—. Estaba borracha, bailaba apretada contra todos, les decía que quería… les rogué que me acabaran adentro. Por eso estoy así, porque me porté como la peor de la fiesta. ¡Y me encantó!

Norma se metió los dedos hasta el fondo, mordiéndose el labio para no hacer ruido, masturbándose al ritmo de los golpes que venían del otro lado de la madera. Se corrió por primera vez con las rodillas flojas, apoyada contra la pared del pasillo. Y enseguida volvió a empezar.

Cuando Ezequiel abrió la puerta, después de un rato largo, encontró a su suegra en el piso del pasillo, despeinada, con la pollera arriba y la mirada perdida.

—¿Escuchaste, Norma? —preguntó él, agitado.

—Todo. Y ahora sí: mañana mismo empezamos los papeles. Ya nadie va a dudar de que el hijo es tuyo. Te casás con Daniela o te juro que tu vida se termina.

Ezequiel sonrió. Daniela salió tambaleando detrás de él, con las marcas rojas todavía en la piel.

—Está bien —dijo él—. Me caso. Pero con una condición: la voy a seguir cogiendo fuerte todos los días, y vos vas a seguir escuchando… o mirando.

Norma se acomodó la pollera y le sostuvo la mirada.

—Trato hecho, yerno.

***

Desde ese día, el argumento se convirtió en ley. Ezequiel se mudó en menos de una semana. Todas las tardes llegaba de la obra y entraba directo al cuarto. Norma cerraba la puerta y se quedaba afuera —o a veces adentro, sentada en una silla— tocándose mientras él se cogía a Daniela con furia: nalgadas, insultos, embestidas hasta el fondo.

—Esto es para que nadie dude de que el padre soy yo —repetía él cada vez—. Para que la panza crezca con mi apellido.

Daniela gritaba de placer, embarazada y feliz de tener marido. Norma gozaba en silencio, sabiendo que su plan había sido perfecto: sólido, creíble, irrompible. El barrio entero comentaba ya «qué bueno que Ezequiel se hizo cargo de la piba de Norma». Nadie sospechaba nada.

***

Los últimos días del embarazo fueron los más pesados y los más calientes de toda la casa. Daniela ya tenía nueve meses cumplidos, la panza enorme y baja, las tetas hinchadas, las piernas abiertas casi todo el día porque cualquier roce le molestaba.

Esa tarde, mientras Daniela estaba recostada en la cama con un camisón corto, Norma entró al cuarto y cerró la puerta. Se sentó al borde del colchón y le acarició la panza con una ternura fingida.

—Hijita, mirá cómo estás. Ya falta poquito. Pero hay algo que te tengo que decir, porque no quiero que te preocupes.

—¿Qué pasa, mamá?

—Es Ezequiel. El pobre está desesperado. Hace más de tres semanas que no te puede coger como Dios manda. Con la panza así de grande, cada vez que lo intenta te duele y tenés que parar. El pibe llega de la obra duro como piedra, te ve hermosa y preñada y se pone loco… pero no puede descargar. Anoche lo escuché en el baño, gimiendo tu nombre. Un hombre joven no puede estar tanto tiempo así.

Daniela se mordió el labio.

—Pobre… yo también extraño que me coja fuerte. Pero me duele tanto cuando me la mete profundo…

Norma se acercó más, le tomó la mano y la miró fijo, con una sonrisa cómplice.

—Por eso vine a hablarte, mi amor. Yo soy tu mamá y quiero que esta familia esté bien. Ezequiel es tu marido, el padre de tu hijo, y necesita descargar. Si vos no podés ahora… yo me ofrezco. Yo me encargo de que tu marido no sufra hasta que nazca el bebé.

Daniela abrió los ojos grandes, sorprendida, pero no escandalizada.

—¿Vos… con Ezequiel?

—Sí, hijita. Yo me ocupo del yerno para que aguante. Vos vas a estar acá al lado, descansando o mirando, y yo me encargo de que saque todo lo que tiene acumulado. Es un favor de familia, nada más. ¿Qué decís?

Daniela se quedó callada unos segundos, respirando agitada. La idea la mojaba a pesar del peso de la panza. Al final sonrió con picardía.

—Está bien, mamá. Si es para que él esté bien… no tengo problema. Pero quiero mirar.

Norma se lamió los labios.

—Claro que vas a mirar, mi amor. Esta misma noche, cuando llegue de la obra.

***

Esa noche, tal como lo habían hablado, Ezequiel entró a la casa sudado y con el bulto ya marcándose en el pantalón. Norma lo recibió en la sala, completamente desnuda, las tetas pesadas y la piel todavía firme para sus años.

—Vení, yerno —le dijo con la voz ronca—. Tu mujer no te puede atender estos días, pero yo sí. Vení a descargar todo eso que tenés guardado.

Ezequiel ni preguntó. Se sacó el pantalón y dejó que su suegra lo tomara con la boca, ahí mismo, parado en el medio de la sala. Norma lo chupó con ganas, babeando y gimiendo, mientras Daniela, desde la silla al lado de la cama, se tocaba la panza y la entrepierna mirando todo.

—Eso, mamá… atendelo bien a mi marido —gemía Daniela.

Ezequiel la agarró del pelo y le cogió la boca un rato. Después la tiró sobre la cama, al lado de su hija embarazada, le abrió las piernas y se la metió de un solo empujón.

—Tomá, suegra —gruñó—. Esto es lo que necesitabas, ¿no? Atender al marido de tu hija.

—¡Sí, yerno! ¡Fuerte! ¡Usame entera! —gritaba Norma mientras lo recibía profundo.

Daniela miraba todo con los ojos brillantes, tocándose cada vez más rápido, la respiración entrecortada por el peso de la panza.

—Metésela toda, amor… mamá te lo va a dar todo.

Ezequiel la dio vuelta a Norma y la hizo terminar con la cara contra el colchón, nalgueándola y llamándola «suegra puta» mientras Daniela se corría mirando cómo su marido descargaba toda esa desesperación acumulada en el cuerpo de su propia madre. Ezequiel se vació por fin con un gruñido largo, temblando, y se dejó caer entre las dos mujeres.

—Así se hace —dijo Norma, recuperando el aire—. Mientras Daniela no pueda, yo me encargo del yerno. Todas las veces que haga falta, Ezequiel.

Daniela, todavía temblando del orgasmo, sonrió con la panza enorme subiendo y bajando.

—Gracias, mamá… ahora sí vamos a estar todos bien hasta que nazca el bebé.

Y así, en los últimos días de espera, la familia encontró su raro equilibrio: Ezequiel descargando en la suegra mientras la esposa embarazada miraba y gozaba, esperando el momento de volver a recibirlo ella. El plan de Norma había funcionado a la perfección. Un embarazo que iba a ser un escándalo terminó convertido en matrimonio obligado… y en la mayor fuente de morbo diario de esa casa.

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Comentarios (5)

RaulMdq

Buenisimo!! La madre es todo un personaje, jaja. De las mejores confesiones que leí acá.

Florencia_S

Que manera de contar esto... me dejó pensando un buen rato. Estas confesiones son las mejores del sitio.

NachoBaires_99

hay que tener mucho carácter para hacer lo que hizo esa mujer... tremendo relato

PabloMarin87

Una confesión de las que te sacuden. Muy bien narrado, parece real de lo natural que fluye. Seguí publicando!

Marta_leyendo

Ay estas madres que arreglan todo a su manera... me recordó a alguien que conozco muy bien, jaja. Muy buena historia, sigue así que tenés un don para contar esto.

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