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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquel planeta jamás entró en el informe

—Capitán Dorne, de la nave Eolo-9, informando a la base. Estamos en órbita sobre Selith. Los sensores detectan atmósfera respirable y una probable presencia de vida vegetal. Iniciamos maniobra de descenso para un reconocimiento. Seguiremos informando.

La comunicación se cortó con el clic seco de siempre. Marcus Dorne soltó el micrófono y se volvió hacia el puesto de mando.

—Teniente, avise al doctor para que se prepare. Brennan y el piloto se quedan de guardia en la nave.

—Ahora mismo, mi capitán.

La teniente Helena Varga era la eficiencia hecha persona. Cumplió la orden sin un segundo de retraso. En la nodriza muchos murmuraban que su ascenso reciente se debía a lo guapa que era, pero bastaba trabajar un turno a su lado para descubrir que detrás de esa belleza serena había una oficial resolutiva, de esas que el siglo XXIII fabricaba pocas.

Las naves Eolo eran pequeñas, ágiles, pensadas para tantear la habitabilidad de los planetas que la flota iba encontrando sistema tras sistema. La Tierra, para entonces, era casi una sola ciudad continua, con parches de vegetación cuidados como reliquias y un clima sostenido a base de máquinas. Los recursos escaseaban, y por eso se enviaban expediciones a cualquier mundo que prometiera un futuro. Cada Eolo viajaba con un piloto, tres militares y un científico encargado de decidir si valía la pena colonizar.

El descenso fue limpio. Los tres expedicionarios se equiparon a toda prisa. Los militares con sus uniformes verdes, una mochila de supervivencia, un fusil láser de última generación y un intercomunicador. El doctor, con su traje blanco y un maletín metálico lleno de instrumentos. Él no llevaba arma.

—Estamos tocando superficie. Listos para abandonar la nave —avisó el piloto por el altavoz.

El golpe del tren de aterrizaje contra el suelo duro confirmó que habían llegado.

—Temperatura exterior, veintiocho grados. Humedad relativa, setenta por ciento. Oxígeno al veinte por ciento. No hace falta respiración asistida.

La compuerta se abrió con un crujido. El aire era cálido, un poco más espeso que el de casa, y la luz llegaba algo más tenue, aunque la visibilidad era buena. Avanzaron hacia un promontorio para ganar perspectiva. Los sensores prometían vegetación abundante a un par de horas de marcha.

Helena encabezaba la fila con el fusil en alto, escrutando a derecha e izquierda, atenta a cualquier movimiento. Desde lo alto del promontorio vieron una formación rocosa que se levantaba varios cientos de metros, rodeada de un bosque frondoso. Frondoso pero extraño: las plantas no eran verdes, sino de un azul apagado, como si alguien hubiera teñido el paisaje.

***

Llegaron al bosque sin incidentes. Los militares vigilaban; el doctor se distraía tomando muestras que guardaba en frasquitos. En un claro, la vegetación cedía ante una pared de roca imponente. Y de detrás de unos peñascos salió, de pronto, una criatura humanoide de piel grisácea, ojos negros enormes y saltones, sin más objeto encima que una pequeña esfera de cristal en la mano.

Helena, siempre la primera, le apuntó con el fusil. No alcanzó a decir nada. Un halo de luz roja la envolvió y obligó a los tres a cerrar los ojos. Cuando la luz se apagó, segundos después, la teniente seguía de pie, ilesa. Pero sin arma, sin equipo, sin uniforme. Sin ropa interior siquiera. Estaba completamente desnuda.

—¿Pero cómo…? —exclamó, cruzando instintivamente un brazo sobre los pechos mientras con la otra mano se cubría el sexo.

El ser ya no estaba. Ni rastro. Los dos hombres abrieron los ojos y se quedaron mudos ante la imagen de su teniente intentando taparse como podía.

—¿Qué demonios ha pasado? —el capitán se acercó con el fusil por delante.

—No lo sé. Ha sido todo tan rápido… Un campo de energía me ha envuelto y, al disiparse, me he quedado así.

Dorne probó el comunicador.

—Eolo-9, aquí la patrulla de exploración. Respondan. Es una emergencia, respondan.

Solo le contestó un zumbido áspero de estática.

—Las comunicaciones están caídas. No podemos pedir ayuda. ¿Alguna idea, doctor?

—Mmm… Probablemente ese haz consume todo el material inerte sin tocar las células vivas. Una forma de disuasión muy elegante, en realidad. Incapacita sin causar daño.

—¿Le parece poco lo que provoca? —saltó Helena, roja de vergüenza y de rabia.

—Está viva, ¿no? Quizá si no lo hubiera apuntado con esa arma…

—No iba a disparar. Iba a intentar hablar con él, pero no me dio tiempo. Y ahora ¿qué hago, pasearme en cueros por este planeta?

El capitán se quitó la guerrera del uniforme y se la tendió.

—Tome, teniente. Y quédese también mi pistola. Puede hacerle falta.

Helena se puso la prenda dándoles la espalda, ofreciéndoles sin querer una vista de su trasero. Como era más baja que Dorne, la guerrera le hacía las veces de falda, aunque demasiado corta: le dejaba al aire la parte alta de los muslos.

—Quizá deberíamos volver a la nave. Aquí hay criaturas hostiles —pensó el capitán en voz alta.

—No estoy de acuerdo —contestó el doctor—. Si quisieran matarnos, ya estaríamos muertos. Yo seguiría la misión e intentaría el contacto. Son muy avanzados. Propongo acercarnos a esa formación rocosa con sigilo.

Como tampoco tenían forma de avisar a la nave, los tres avanzaron por un sendero estrecho entre las rocas, midiendo cada paso.

***

La pared vertical terminaba en una puerta metálica de dimensiones colosales.

—Ahí está su guarida —murmuró Dorne.

No pudo añadir nada más. Una luz azulada los envolvió y, de nuevo, tuvieron que cerrar los ojos.

Helena los abrió en una habitación cúbica de paredes metálicas, sin puerta visible. Comprobó con alivio que conservaba la guerrera y la pistola. Recorrió la celda centímetro a centímetro: ni una rendija, ni un botón, ni una junta. Todo liso, perfecto, sin costuras.

Al cabo de unos minutos, una pared se desvaneció sin más y entró uno de aquellos seres con la esfera en la mano. No le dio tiempo a levantar el arma: ya estaba envuelta en el cegador halo rojo.

—¡No, otra vez no! —gritó.

Cuando pudo mirar, estaba desnuda y desarmada de nuevo. Volvió a taparse por puro instinto.

—Tranquila. No queremos hacerte daño. No entendemos tu agresividad.

La voz era profunda y, sin embargo, el ser no tenía boca. Ahora lo veía con detalle: piel gris sin vello, dos ojos negros descomunales y, entre ellos, un orificio diminuto que hacía de nariz. Ni orejas, ni rasgos sexuales de ninguna clase. Manos y pies de tres dedos larguísimos.

—Yo… yo tampoco quería hacerte daño.

—¿Y entonces por qué cargas esa arma absurda?

—Para defenderme.

—Para defenderse no hace falta dañar. Ya has visto cómo lo hacemos nosotros.

Helena tuvo que reconocer, en silencio, que el método era endiabladamente eficaz.

—¿Por qué estás nerviosa? ¿Por qué cubres ciertas partes de tu cuerpo? —preguntó el ser.

—Es que… hay zonas que preferimos no mostrar a los desconocidos.

—No entiendo el motivo, pero lo lamento: tendré que verlas. Necesito estudiarte.

Una fuerza invisible le separó las manos del cuerpo y se las llevó a los costados. Sintió que perdía peso, que flotaba hasta quedar horizontal, y luego descendía sobre una camilla que un segundo antes no existía. Atada por correas que no podía ver, incapaz de mover un músculo, quedó del todo expuesta a merced de aquel ser de intenciones desconocidas. De un panel surgieron tentáculos rematados en esferas luminosas que empezaron a recorrerla palmo a palmo.

—El escáner detecta ocho orificios en tu cuerpo, ligados a órganos que no logramos comprender. No tenemos nada parecido en nuestros archivos. Necesito que me expliques su función.

—¿Qué quieren de mí?

—No perdamos tiempo y acabaremos antes. Empieza por esos dos a los lados de la cabeza, que parecen iguales.

—Son mis oídos. Sirven para escuchar.

—Ah. Nosotros no oímos: percibimos las vibraciones. ¿Y los dos de debajo de los ojos?

—Las fosas nasales. Respiramos por ahí el oxígeno.

—Curioso. Nosotros lo absorbemos por la piel. ¿Y ese orificio grande con salientes blancos?

—La boca. Comemos y hablamos con ella.

Una fuerza le abrió las mandíbulas para que el ser inspeccionara el interior.

—Nosotros nos comunicamos por telepatía. En realidad no me oyes con los oídos: te habla directamente el cerebro.

Helena empezó a temer la dirección que tomaba el examen.

—¿Y este orificio, entre estos pliegues de tus piernas? —al decirlo, una fuerza le abrió los muslos y dejó su sexo a la vista.

—Eso… eso es la vagina. Por ahí nacen los hijos.

—Muy interesante —el ser deslizó uno de sus largos dedos en el interior—. Está húmedo. ¿Y este pequeño, un poco más arriba?

—Por ahí expulsamos los líquidos de desecho.

—¿Y el de detrás, entre esas dos masas de carne?

Sus piernas se alzaron, forzadas, para dejar el trasero accesible.

—El ano. Por ahí salen los desechos sólidos —antes de terminar la frase, el ser ya había hundido apenas la punta de un dedo.

—Nosotros no generamos residuos —el panel volvió a moverse y las piernas de Helena bajaron a una postura menos humillante—. Así que por la vagina nacen las crías. Eres una hembra, entonces. Conocemos especies divididas en hembras y machos, ambos necesarios para procrear. ¿Y esos dos abultamientos del torso, que también escondías?

—Son… mis pechos. Sirven para amamantar a los hijos.

—¿Y solo los tienen las hembras?

—Sí.

—Interesante —murmuró, manipulando de nuevo los instrumentos.

La presión que la inmovilizaba fue cediendo poco a poco.

—Ahora te libero. Espera aquí a que vuelva. No tardaré.

El panel, la camilla y el ser se esfumaron, y Helena quedó sentada en el suelo, sin nada con que cubrirse.

***

Una pared lateral se desvaneció y, en la sala contigua, aparecieron el capitán y el doctor. Dorne estaba desnudo, tapándose con ambas manos; el científico, en cambio, conservaba intacto su traje blanco. Helena volvió a cubrirse, y los tres se encontraron por fin en la misma estancia.

—Capitán, veo que le ha pasado lo mismo que a mí. ¿Y por qué el doctor sigue vestido?

—Tuvieron que defenderse de ustedes, que iban armados —respondió el científico con cierta condescendencia—. Yo no representaba peligro.

—Teniente, sé que todo esto es muy extraño, pero escuche un momento. El doctor pudo hablar con ellos. Cuéntele.

—Pues sí —el doctor adoptó un tono grave—. Conversé con ellos y respondí preguntas sobre nuestros organismos. Necesitan estudiar todas las formas de vida que encuentran. Su especie ha degenerado tanto que apenas logran descendencia sana; están al borde de la extinción. Por eso recogen información sobre cómo se reproducen las demás especies, con la esperanza de hallar una solución.

—A mí ya me inspeccionaron de sobra —interrumpió Helena—. ¿Qué más quieren?

—Pues, ejem… —carraspeó el doctor—. Para entender el proceso, desean ver una demostración de cómo se aparea nuestra especie.

—¿Cómo? —exclamaron a la vez la teniente y el capitán.

—Lo que oyen. Quieren que ustedes dos tengan… relaciones. Los eligieron por ser los más jóvenes. Después, prometen liberarnos.

Un silencio tenso se instaló en la sala. Ninguno se atrevía a mirar a los otros.

El capitán, fiel a su rango, fue el primero en romperlo.

—No tenemos salida. Estamos a su merced. Pero podemos hacerlo como si fuera una película: lo mínimo para que resulte creíble, y nada más.

—Pero está hablando de… de… —la voz de Helena se quebró.

—Solo lo imprescindible, Helena —el capitán usó por primera vez su nombre de pila.

—No funcionará —cortó el doctor—. Aunque no los veamos, la sala está repleta de sensores. Pulso, reacciones nerviosas, fluidos, sensaciones: lo registran todo. Sabrán al instante si fingen. Han insistido en que sea como un intento real de concepción. De eso depende nuestra libertad. Lo dejaron clarísimo.

—¿Con… eyaculación dentro? —los ojos de Helena se abrieron de par en par.

—Por supuesto.

A ella le inquietaba más la intromisión en su intimidad que el embarazo: el implante lo descartaba.

—Y hay algo más —añadió el doctor en voz baja—. Saben que el sexo nos da placer. Quieren comprobar que ambos lo disfrutan de verdad. Sin simulaciones.

Otro arrebato de rebeldía le revolvió las tripas. No solo iba a ser penetrada ante la mirada de aquellos seres: encima tendría que correrse con un acto que no había elegido.

—Pues habrá que esforzarse —dijo Dorne, mirándola con una suavidad casi de disculpa.

—¿Y usted, doctor? ¿Disfrutando del espectáculo? —escupió ella.

—Yo… no, claro… me giraré de espaldas.

Una voz profunda retumbó en la estancia.

—Nada de eso. Usted observará y describirá cada paso. Así entenderemos mejor el apareamiento y lo que indican los sensores.

—Está bien… si no hay más remedio —concedió el atribulado científico.

***

Con un gesto del doctor apareció una cama amplia en el centro de la sala. El capitán y la teniente caminaron hacia ella despacio, desnudos, cubriéndose todavía. Una vez allí, frente a frente por primera vez, dejaron caer las manos y empezaron a acariciarse.

—Vamos a ello, Helena —le susurró él al oído.

Los dos eran jóvenes, fuertes y, para los cánones de la época, atractivos. La situación era humillante, pero ser el centro de todas las miradas tenía un morbo que ninguno esperaba. El primer beso fue tímido. El segundo, menos. Él le tomó los pechos, medianos y firmes, mientras ella bajaba la mano para rodear su sexo. Los pezones se le endurecieron entre los dedos del capitán, y el calor de la sala pareció subir un grado.

El doctor seguía con sus explicaciones incómodas cuando Helena dio un paso atrás y se tendió boca arriba, las piernas apenas separadas, invitándolo. Dorne se acercó, pero como aún no estaba del todo a punto, bajó la cabeza hasta su sexo y empezó a lamerlo con calma. Los jadeos de ella se mezclaron con la voz del científico, que en ese instante explicaba a los seres la sensibilidad del clítoris humano.

La humedad delataba que estaba lista. El hombre fue a incorporarse, pero ella lo detuvo con un susurro.

—Espera.

Helena se arrodilló frente a él. Con una decisión que la sorprendió a sí misma, le recorrió el miembro con la lengua hasta arrancarle sus propios jadeos. La erección creció bajo su boca. Cuando ambos estuvieron del todo encendidos, ella volvió a la cama y abrió las piernas, ofreciéndose abierta. Él la penetró despacio, pero sin titubeos. Los dos cuerpos encajaron hasta parecer uno solo, y el vaivén acompasado dejó atrás, por fin, la conciencia de los sensores, de los seres, del doctor y sus comentarios.

Dorne notó que se acercaban al límite. Le alzó las piernas para hundirse más profundo y aceleró el ritmo hasta que se oyó el choque húmedo de los cuerpos. El compás se volvió frenético, y los gritos de un orgasmo compartido se entrelazaron mientras él se vaciaba por completo dentro de ella.

Capitán y teniente quedaron tendidos, exhaustos y sudorosos, sin acordarse ya de que toda la escena había sido observada. Tardaron en regresar a la realidad. La devolvió la voz del doctor, que se acercaba.

—Ha sido… perfecto —sentenció—. Me comunican que están plenamente satisfechos. Tienen toda la información que necesitaban. Nos liberarán enseguida. Lamentan no poder devolverles la ropa, la desintegraron, pero les darán algo equivalente.

En el suelo aparecieron unas prendas. Helena se enfundó una con prisa; encajaba en su talla con una exactitud desconcertante. El capitán hizo lo mismo. Cuando ambos estuvieron vestidos, el ser reapareció sin que ninguna puerta se hubiera abierto.

—Quedamos muy satisfechos con lo aprendido de vuestra especie. Sois agresivos y, en muchos aspectos, inferiores, pero creo que podéis seguir adelante. Ahora os liberamos.

Un halo de luz azul los envolvió. Al abrir los ojos, los tres estaban de nuevo en el sendero entre las rocas, fuera de aquellas instalaciones.

—Vámonos a la nave, sin perder un segundo —ordenó el capitán.

—Capitán… ¿y qué vamos a contar de todo esto? —preguntó Helena, todavía pálida.

—No lo vamos a contar. Ya pensaremos entre los tres qué poner en el informe para que suene, más o menos, creíble.

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Comentarios (5)

MatiasG

que historia!! no me esperaba ese giro para nada. tremendo

AstroLector88

Me encantó el enfoque, te mantiene en suspenso y al mismo tiempo te engancha. Buenisimo

NocheConsorte

Muy original la propuesta, se agradece algo distinto entre tanto de lo mismo. Sigue escribiendo asi de bien!

Caro_Mdq

jaja me costo arrancar pero despues no pude parar de leer. eso cuenta!

LectorMisterioso7

La premisa es genial, nunca lei algo así por acá. Ojalá haya continuación

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