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Relatos Ardientes

El chofer no imaginaba lo que haría en su coche

Hola otra vez. Sé que llevo meses sin escribir, pero entre el trabajo y los preparativos de la boda no me quedaba ni un minuto para sentarme a contarles nada. Ahora que las cosas en la ciudad por fin se calmaron, retomo la costumbre con la historia que tenía guardada desde aquella semana. Es de las que todavía me ponen caliente solo de recordarlas.

Todo pasó pocos días antes de casarme. Bruno, mi prometido, se había ido con Damián a un congreso en Miami. Eran cuatro días enteros y yo no podía acompañarlos: entre la prueba del vestido, las flores y mil pendientes, era imposible. Así que me tocó quedarme, ayudar con los últimos detalles y echarle una mano a Carla con los niños.

Era viernes por la mañana cuando lo despedí en la puerta. Lo abracé fuerte, sabiendo que iba a extrañarlo como una tonta.

—Cuídate, mi amor —le dije—. No hagas nada sin avisarme, ¿sí?

—Jamás haría algo sin contártelo —respondió con esa sonrisa de sinvergüenza—. Aunque, si alguna se me acerca a pedírmelo… ¿me tengo que negar?

—Tú dime —le contesté, mordiéndome el labio—. Que yo también podría encontrar a algún candidato por aquí.

Me apretó contra él, me besó de una forma que no tenía nada de inocente y deslizó la mano por debajo de mi blusa.

—Haz lo que tengas que hacer, mamacita —me susurró al oído—. Solo grábame video, o audio, o llámame. Quiero enterarme de todo.

Esa era nuestra regla, la que nos había costado años encontrar y que a mí me volvía loca: libertad total, con la condición de compartirlo. Nada de secretos. Lo prohibido dejaba de pesar cuando se contaba.

Me despedí, recogí a los niños del colegio y los regresé a casa. Cuando por fin me quedé sola en la cocina, me cayó encima una nostalgia rara. Mis dos hombres se habían largado de fiesta sin mí, seguramente iban a divertirse con alguien esa noche, y a mí me habían dejado con las ganas. Andaba cabizbaja, removiendo una taza de café sin tomármela, cuando entró Carla.

—¿Qué te pasa, cosa bonita? —me preguntó, apoyándose en la barra—. Extrañas a tu hombre, ¿verdad?

—Hola, preciosa —suspiré—. La verdad que sí. Y lo peor es que se fueron y ninguno me dejó atendida.

—Eso tiene solución fácil —dijo con una media sonrisa—. Y la tiene porque tú quieres. Aquí estoy yo.

Se acercó despacio. No hizo falta más. Empezamos a besarnos mientras ella me empujaba con suavidad hasta dejarme recargada contra la barra. Me subí de un salto y me senté en el filo de la encimera. Carla metió la mano por debajo de mi short y, en cuanto sus dedos encontraron mi clítoris, se me escapó un gemido que tuve que tragarme.

—Espera —jadeé—. Los niños pueden bajar en cualquier momento.

—Ven —dijo ella, tomándome de la muñeca—. En la despensa nadie nos ve.

Me jaló hasta ese cuartito estrecho donde guardábamos de todo. Apenas cabíamos, pero eso lo hacía mejor: el calor de los dos cuerpos pegados, el olor a café molido y a su perfume. Carla se hincó sin pensarlo, me bajó el short de un tirón y empezó a comerme con una urgencia que me dejó sin aire. Mientras su lengua trabajaba, me metió dos dedos y luego un tercero.

—Ay, así, mi amor —solté en voz baja—. No sabes la falta que me hacía.

—Cállate —me ordenó, mordiéndome el muslo—. O te quedas sin nada.

Me siguió devorando mientras yo me apretaba los pechos por encima de la tela y trataba de ahogar cada sonido con la mano libre. Estaba a punto de venirme cuando ella curvó los dedos justo donde debía. No aguanté. Me corrí mordiéndome el dorso de la mano para no gritar, un orgasmo largo que ella recibió sin retirar la boca, como si no quisiera perderse ni una gota.

—Qué rica eres —murmuró, limpiándose los labios con el pulgar—. Podría comerte todo el día.

—Y yo dejarte —reí, todavía temblando—. Pero le prometí a mi madre que llegaría temprano a ayudarle. Si no, me mata.

—Lástima —dijo, ayudándome a acomodar el short—. Al menos déjame pedirte un coche. No quiero que andes parando taxis en la calle, y yo no puedo salir ahora.

Sacó el celular, escribió la dirección de la casa de mi madre y pidió el viaje desde su cuenta. Tres minutos, decía la pantalla. El conductor estaba a la vuelta. «Adrián está llegando».

***

Salí, ubiqué el coche junto a la acera y me subí atrás.

—¡Buenas tardes! —saludé—. ¿El viaje de Carla, cierto?

—Hola, Carla, exacto —contestó—. Arrancamos.

—Ay, no, perdón —reí—. Yo no soy Carla, ella es mi jefa y me pidió el viaje. Me llamo Renata, mucho gusto.

Volteó a mirarme, supongo que para confirmar que no parecía sospechosa, y ahí lo vi bien por primera vez. Piel clara, el pelo rizado, unos ojos verdes preciosos y una constelación de tatuajes que le subían por los antebrazos hasta las manos. Delgado, con esa pinta de hombre que sabe que es atractivo y no necesita demostrarlo.

—Mucho gusto, bonita —dijo—. Entonces empezamos. Solo te aviso que hay tráfico pesado, vamos a tardar como cuarenta y cinco minutos.

—No hay problema —respondí—. Qué bonito coche, por cierto. Siempre me gustaron, justo ando pensando en comprarme uno.

—Es cómodo y rinde mucho —comentó—. Cuando quieras te acompaño a verlos, bonita.

Lo dijo con un tono que ya no era el del chofer amable de siempre. Había un filo de coqueteo ahí, y me lo confirmó la forma en que me buscó por el retrovisor. Yo seguía caliente por lo de Carla, con el cuerpo encendido y el orgullo herido de que mis hombres anduvieran de fiesta sin mí. Pensé que quizá este desconocido podía quitarme lo que me sobraba.

—Claro —contesté, alargando las palabras—. Siempre viene bien la opinión de alguien con experiencia. ¿Pero qué tal y tu novia se enoja?

Le rocé el hombro por encima del asiento mientras lo decía, con la voz más suave de lo necesario.

—No hay ninguna novia, hermosa —respondió, atrapando mis ojos en el espejo—. Solo amigas con muchos derechos. Todavía no encuentro a una que aguante mi forma de ver las cosas.

—¿Y cómo ves las cosas? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.

—Me gustan los intercambios. Las parejas que comparten. El problema es que muy pocas mujeres lo entienden.

—Pues qué tontas —dije, recostándome en el respaldo—. No saben lo que se pierden.

—¿Ah, sí? —Se rio, sorprendido—. ¿Y tú cómo sabes tanto del tema? ¿Tienes novio?

—Mejor que eso. Estoy comprometida, me caso en unos días. —Hice una pausa para disfrutar su cara—. Pero a mí siempre me ha gustado ser generosa, digamos. El sexo es mi debilidad, y por fin encontré a alguien con quien puedo ser yo misma. Sin culpas. Sin esconderme.

—No me hagas esto —soltó, y noté cómo se acomodaba en el asiento—. Desde que te vi me gustaste, pero ahora se me acaba de volar la cabeza.

—¿Sí? —Bajé un poco la voz—. ¿Y qué te gustó? A lo mejor, si vuelves a mirar por el espejo, te sorprendes todavía más.

Mientras lo decía, me bajé el escote de la blusa y dejé los pechos al aire. Volteó, me vio, y abrió esos ojos verdes como platos.

—No me hagas esto, por Dios —murmuró—. ¿Qué tal si te pasas adelante, conmigo?

Se orilló un momento y cambié de asiento. Antes, en la parte de atrás, me había quitado la tanga sin que se diera cuenta; al subirme adelante se la dejé caer en la mano abierta, ya húmeda. Me incliné, lo besé despacio, con calma, y bajé la mano hasta el bulto de su pantalón. Con la mezclilla no alcanzaba a distinguir mucho, pero la promesa estaba ahí.

Me senté bien, me puse el cinturón acomodándolo entre los pechos y me subí el short hasta que quedó como una braga. El mío era blanco, así que lo mojado de mí ya se transparentaba sin disimulo.

—Qué rica te ves —dijo, con la vista yendo y viniendo de la calle a mis piernas—. Esto es de no creerse. Ojalá te subieras a algo más que a mi coche.

—Vamos despacio —contesté—. Primero convénceme. Quiero que me dejes mojada, que me hagas rogar. Pero antes… le prometí a mi prometido que tendría pruebas de todo lo que hiciera.

—Haz lo que quieras, mami —respondió, con la respiración ya pesada—. Graba, manda lo que sea. Solo ábreme un poco las piernas.

Separé las rodillas y, sin quitar la vista del semáforo, me pasó la mano por encima del short. Sintió lo empapada que estaba y soltó una maldición entre dientes.

—No es justo —dijo—. Estás demasiado rica.

Metió los dedos por debajo de la tela y ahí sí comprobó de verdad lo lista que me tenía. Yo saqué el celular y empecé a grabar su mano entrando en mí.

—Mira, mi amor —dije a la cámara, con la voz quebrada—. Sé que apenas te fuiste, pero ya hay alguien atendiéndome. Ay, qué rico, papito, dame más.

—Mándale eso a tu hombre —murmuró Adrián, moviendo los dedos con un ritmo lento y exacto—. Que vea cómo te tiene gimiendo un desconocido.

Lo grabé todo: sus dedos tatuados, mi short hecho a un lado, mi cara. Él subía la intensidad sin perder el control del coche, sin quitar la cara de seriedad que me ponía aún peor. Yo estaba tan caliente que sabía que no iba a durar.

—Me voy a venir —jadeé—. Ay, no, así, hazme acabar.

—Mójame todo —respondió—. No me importa el coche. Dámelo entero.

Me corrí con un temblor que me dobló en el asiento, empapándole la mano y la tela. Cuando terminé, se llevó los dedos a la boca y los saboreó despacio, mirándome de reojo como si quisiera grabarse el momento.

—Espero que te haya gustado tu prueba, mi amor —dije a la cámara, cortando el video—. Y tú, Adrián… me convenciste.

—Perfecto —contestó—, porque yo estoy a punto de explotar.

***

Estábamos a cinco minutos de la casa de mi madre. Saqué un short limpio de la mochila y me lo cambié con la práctica de quien ya conoce estas urgencias. Antes de bajar, le acerqué el que traía puesto a la cara.

—¿Lo quieres? —le pregunté.

Lo olió sin pudor y sacó la lengua para lamer justo la parte más húmeda.

—Estás deliciosa —dijo, guardándoselo en la guantera como un trofeo—. ¿Hasta cuándo te quedas aquí?

—Solo le ayudo a mi madre y comemos. Tres, cuatro horas, calculo. Para la noche pido otro viaje y me voy.

—Ni se te ocurra —respondió—. Yo paso por ti. Te doy mi número y te llevo a tu casa. Y tú decides si todavía sigues mojada para invitarme a pasar.

Y así fue. Me anotó su número, comí con mi madre fingiendo una calma que no tenía, y cuando cayó la noche él ya estaba afuera esperándome. Yo, bañada, con un vestido ligero y nada debajo, solo lo veía acercarse por la ventana mientras el celular me vibraba con un mensaje de Bruno desde Miami: «Te toca contarme TODO». Sonreí. Iba a ser una noche muy larga, y esta vez la prueba no iba a caber en un solo video.

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Comentarios (6)

Romi_23

Dios mío que relato!!! no pude parar de leer hasta el final

NicoRiver_22

Por favor necesito una segunda parte. Quede con ganas de saber qué pasó después jaja

DiegoCba_91

Este tipo de situaciones espontaneas son las que quedan grabadas para siempre. Me encanto la descripcion de cómo fue mirando por el retrovisor, eso te eriza la piel.

VeroMdq

jajaj el prometido sin saber nada... increible. tremendo relato

LauraM_BA

Me recordó a una situación parecida en un viaje largo. Nunca llegué tan lejos pero esa tensión de las miradas es exactamente como lo describís, muy real.

Lautaro55

Muy bien escrito, se siente como si lo estuvieras viviendo vos misma. Sigue subiendo relatos!

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