La madre de mi novio nos miraba desde la puerta
Marina, la madre de mi novio, todavía es una mujer joven y se cuida más que muchas chicas de mi edad. Antes de la noche que voy a contar nos habíamos visto unas cuantas veces y siempre fue agradable, aunque nunca tuvimos demasiada confianza. Ella era cordial conmigo, atenta, de esas personas que te tratan bien sin acabar de soltarse.
Está divorciada hace años y vive sin darle importancia a lo que opinen de ella. Adrián, mi novio, ha salido a su madre: guapo, de cuerpo delgado y fibrado, sin un gramo de más. Y de mí él dice que soy preciosa, que tengo el culo y las tetas firmes y una cara que nadie discute. No voy a contradecirle.
Follábamos donde y cuando podíamos, como cualquier pareja: en su coche, en el mío, en nuestros cuartos cuando no estaban los padres, y de vez en cuando, si juntábamos algo de dinero, en un hotel o en un camping de vacaciones.
Como le pasa a tantas chicas hoy en día, yo había tenido mis experiencias con alguna amiga. Besos largos, manos por debajo de la ropa en momentos extraños y bonitos. No me considero lesbiana ni siquiera bisexual del todo, pero reconozco cuándo una mujer me gusta. Y la madre de Adrián, con esos vestidos suyos a veces más atrevidos que los míos y la piel siempre bronceada, me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Un sábado por la noche, después de unas copas, subimos a su casa con un calentón de los que no entienden de paciencia. Marina había quedado con el hombre con el que salía esos días y no la esperábamos hasta la mañana siguiente. Teníamos la casa para nosotros.
Ya en el ascensor, las manos de Adrián no se separaban de mi cuerpo, apenas cubierto por un vestido de lycra pegado y un tanga mínimo. Mi boca buscaba la suya, perseguía su lengua con la mía, y el pulso se me había disparado antes de cruzar la puerta.
En cuanto entramos le subí la camiseta y le acaricié la piel, caliente y húmeda como la mía. Él intentaba bajarme el tanga con torpeza, pero yo escapaba moviendo la cadera, jugando. Me giré y corrí hacia su dormitorio enseñándole las nalgas bajo el vestido recogido.
Allí dejé que me quitara el tanga, aunque no las sandalias de tacón. Me tumbé boca arriba y le bajé el pantalón de un tirón, justo por debajo de ese culo duro y blanco que me encantaba amasar.
Le ofrecí un pie para que lo besara, porque sabía que eso me ponía a cien. Adrián me sacó una sandalia y empezó a lamerme entre los dedos, metiéndolos en su boca uno a uno, recorriendo la planta sin importarle que yo me retorciera de cosquillas. El vestido me iba trepando por el cuerpo, dejándome el vientre al aire.
Yo misma me sobaba los pechos que asomaban por el escote y me pellizcaba los pezones para marcarlos en la tela fina; esa noche no llevaba sujetador. Él subió despacio por mi pantorrilla y por la cara interna de los muslos sin separar la lengua de mi piel.
Cuando por fin clavó la lengua entre los labios de mi sexo y buscó el clítoris, gemí y me deshice en el primer orgasmo de la noche. Adrián sabía hacerlo. A veces me levantaba las piernas hasta el pecho para lamerme también el culo, hundiendo la lengua sin descanso.
Estaba tan concentrado arrancándome un orgasmo tras otro, y yo tan perdida disfrutándolos, que ninguno de los dos oyó la puerta de la calle. Tampoco nos dimos cuenta de que habíamos dejado la del dormitorio abierta.
***
Abrí los ojos en algún momento y la vi. Marina estaba apoyada en el marco de la puerta, con un top pequeño y un short tan corto que más parecía ropa interior, mirando el espectáculo de las nalgas de su hijo con el pantalón a medio bajar.
La cara de Adrián seguía hundida entre mis muslos. Yo tenía las manos en los pechos y, supongo, una expresión de gozo absoluto. Me llevé el susto de mi vida al verla ahí enfrente. Pero entonces noté el detalle que lo cambió todo: un pezón oscuro se le escapaba por un lado del top y una de sus manos estaba metida dentro del short. No había duda. Se estaba tocando mirándonos.
En lugar de cortarme, aquello me encendió todavía más. Le sostuve la mirada y le sonreí, callada, mordiéndome el labio. Enganché el tacón que aún llevaba puesto en el pantalón de Adrián y estiré la pierna para bajárselo del todo.
Él captó la indirecta y, sin separar la cara de mi sexo, terminó de desnudarse arrastrando el slip con el pantalón. Marina vio por fin la polla de su hijo colgando entre los muslos, gruesa, con los huevos depilados como a mí me gustaban para poder lamerlos sin pelos en la lengua.
Ella dejó caer el short al suelo. Llevaba un tanga mínimo, echado a un lado, y el pubis depilado, con dos dedos hundidos entre los labios. Le hice un gesto para que se acercara. Al principio dudó; imagino que pensaba que aquello no estaba bien, que era su hijo. Pero estaba demasiado caliente y terminó por avanzar.
Se acercó despacio, como un animalillo asustadizo. Cuando llegó a mi lado, sustituí sus dedos por los míos y empecé a masturbarla todo lo hondo que alcanzaba. Poco después su lengua se enredó con la mía, y fue justo ahí cuando Adrián se dio cuenta de la compañía que teníamos.
No sé si fue el alcohol o lo calientes que estábamos los tres, pero la situación, por delirante que fuera, no nos pareció extraña. Seguimos con lo que estábamos haciendo, ahora los tres.
Solté la cabeza de mi novio para coger uno de los pechos de su madre, algo más grandes que los míos. Aparté el top para acariciarle la piel desnuda y, al ver que le estorbaba, ella misma se lo quitó. Quedó con el tanga mojado, apartado a un lado, y entre los dos me ayudaron a sacarme el vestido arrugado por encima de la cabeza mientras Adrián seguía a cuatro patas entre mis piernas.
Me moría por sentirlo dentro. Tiré de él para que subiera y me la clavara, y le dejé espacio a Marina, que se había puesto a mordisquearme los pezones. Adrián me la metió despacio, como me gusta, haciéndome notar cómo se abría paso en mi sexo empapado.
—Ponte aquí —le dije a Marina, y le pedí que se arrodillara sobre mí, a la altura de mi cara.
Cuando lo hizo, le demostré a su hijo que no era el único en esa cama que sabía comer coños. Enseguida sentí su sabor en la lengua mientras recorría sus labios, buscaba su clítoris y me hundía todo lo posible. Por los gemidos que soltaba, no debía de hacerlo nada mal.
Adrián, mientras tanto, había empezado a dedicarle atenciones parecidas al culo de su madre, mordiéndole las nalgas y pidiéndome que se las abriera con las manos para poder lamerla a gusto. Que te coman a dos lenguas, dos bocas dándote placer a la vez, es de lo mejor que una mujer puede sentir.
Él no había soltado mi sexo y seguía follándome suave para no renunciar al resto. Apenas habíamos cruzado una palabra, como si tuviéramos miedo de romper la magia, pero nuestros cuerpos hablaban solos.
No podía ni imaginar el morbo que debían de sentir madre e hijo en ese momento. Yo me había corrido ya no sé cuántas veces y todavía notaba a Adrián duro dentro de mí.
***
Seguí sin despegar la lengua de la piel de Marina. Tiré de ella con los brazos hasta atrapar uno de sus pechos con los dientes, con la cadera encajada entre nuestros vientres. Adrián captó mi indirecta y sacó la polla de mi sexo para entrar en el de su madre.
Ella, al sentirlo, abrió la boca y soltó un jadeo largo notando cómo la penetraba despacio. Yo le callé el jadeo con mi lengua, todavía con su sabor en la boca, y no le importó compartirlo conmigo.
Me escurrí por debajo de los dos para que Marina pudiera lamerme a mí, y lo hizo con una destreza que me hizo sospechar que yo no era la primera chica a la que se lo comía. Esa lengua de mujer hecha y juguetona escarbaba entre mis labios, penetraba todo lo que podía y chupaba mi clítoris al ritmo que le marcaba la polla de su hijo.
Adrián la sujetaba con fuerza por la cadera y se la follaba como si quisiera volver a entrar por el sitio del que un día había salido, dándole los orgasmos que parecía necesitar desde hacía demasiado tiempo.
Pero yo sabía lo que le gustaba a él. Para darle el final que se merecía, me coloqué a su espalda, le agarré los huevos con una mano y, con un dedo de esa misma mano, acariciaba el clítoris de Marina dejándome llevar por sus embestidas. Entonces hundí la cara entre sus nalgas y le lamí el ano hasta que se corrió, llenando a su madre.
En cuanto se separaron, me lancé a lamer el sexo de ella, rezumando, recogiendo con la lengua todo lo que pude de ese semen. Los dos buscaron mi boca con las suyas y compartimos entre los tres aquellos sabores en un beso a tres lenguas.
No solté el culo de Marina, porque no quería que se marchara. Pero ella, en lugar de dejarnos, propuso trasladar la fiesta a su cama, más grande y cómoda que la de Adrián.
***
Ya tumbados, nos contó que había discutido con el hombre con el que había salido y que volvió a casa caliente y necesitada. Nos encontró follando y no pudo resistirse a tocarse mirando el espectáculo que dábamos sin querer. Además, admitió que hacía mucho que no veía a su hijo de esa manera.
También reconoció que yo no era la primera chica con la que se acostaba, y yo le confesé que me volvía loca su cuerpo. Adrián nos dijo que se había hecho un montón de pajas pensando en ella, que la deseaba como mujer sin dejar de quererme a mí. Y yo tuve que admitir mis experiencias con otras chicas y por qué tenía tantas ganas de probar a Marina.
Mientras hablábamos desnudos, con unas copas en la mano, nuestras manos no dejaban de recorrernos. Ella me acariciaba el clítoris con dedos suaves sin soltar la polla de su hijo, y yo seguía mimando sus pechos perfectos, porque le había cedido a mi novio el sexo de su madre.
Nos calentábamos despacio, preparándonos para un segundo asalto que esa noche ya nadie pensaba evitar. Desde entonces no hemos dejado de compartir su cama, y lo mejor de todo es que ya no tenemos que escondernos de nadie para hacerlo.