Lo que mi mujer me pidió aquella tarde de jueves
Hay deseos que se instalan en una pareja y no se van hasta que los cumples. El de Lucía llevaba una semana entera viviendo en nuestra casa, metido entre las sábanas, asomándose cada noche cuando apagábamos la luz. Quería que la penetraran por detrás. No de cualquier manera, no a medias: lo necesitaba con una urgencia que yo nunca le había visto en quince años juntos.
Todo empezó casi sin darnos cuenta. Una tarde la encontré en el cuarto con la caja de los juguetes abierta sobre la cama. Llevaba días castigándose el culo con dildos y plugs cada vez más grandes, probándolos, midiéndose. Yo intentaba contentarla como podía. Le metía los dedos despacio, uno primero, después dos, mientras ella enterraba la cara en la almohada y respiraba hondo. Pero no era lo mismo y los dos lo sabíamos.
—No me llega —me dijo una noche, mirándome a los ojos con una franqueza que me desarmó—. Necesito una polla de verdad ahí.
No me lo tomé como un reproche. Llevábamos tiempo siendo una pareja sin secretos, y aquello que para otros sería una afrenta, para nosotros era apenas otro deseo que poner sobre la mesa. El problema era práctico: yo no podía estar en dos sitios a la vez.
***
El jueves vino Patricia a tomar café, como casi todas las semanas. Es la amiga de Lucía de toda la vida, la única persona delante de la cual mi mujer no finge nada. Yo andaba por la cocina, fingiendo que no escuchaba, pero las paredes de esta casa son de papel. Patricia notó enseguida que algo le rondaba la cabeza y, después de un par de tazas, Lucía se lo soltó tal cual.
Patricia se rio, pero no de burla. Era una risa de complicidad, de mujer que entiende a otra mujer.
—Pues mira —dijo bajando la voz, aunque solo estábamos los tres—, si lo que quieres es alguien discreto y que no os vaya con cuentos, yo conozco a quien le encantaría.
Habló de Ernesto, el padre de su marido. Un hombre mayor, viudo desde hacía años, con más ganas de vivir que muchos de cuarenta. Patricia y él tenían una relación de confianza poco común entre suegro y nuera, de esas que se cuentan cosas que no se cuentan en familia. Aseguró que era limpio, educado y, sobre todo, que sabía guardar un secreto.
—No es ningún jovencito —advirtió—, pero te aseguro que para lo que tú quieres, le sobra.
Lucía me buscó con la mirada desde la mesa. No hizo falta que dijera nada. Le sostuve los ojos un segundo y asentí despacio. Patricia sacó el teléfono allí mismo.
***
Quedamos para el día siguiente, a media tarde. Lo único que nos daba algo de respeto era que Andrés, el hijo de Ernesto y marido de Patricia, era buen amigo mío. Pero Patricia se encargó de inventar una excusa para que la visita de su suegro a nuestra casa no le extrañara a nadie. Lo demás corría de nuestra cuenta.
Lucía pasó la mañana entera encendida. No paraba de moverse por la casa, de cambiarse de ropa, de mirarse en el espejo. Sobre la una se puso el plug y ya no se lo quitó: quería llegar dilatada, lista, sin esperas ni preparativos delante del invitado. Cada vez que pasaba por delante de mí se mordía el labio y yo notaba cómo se me iba poniendo dura solo de imaginar lo que vendría.
Habíamos convertido el cuarto de invitados en algo parecido a un templo. Sábanas limpias, toallas, lubricante, las luces bajas. En una esquina, la banqueta alta y maciza que habíamos comprado precisamente para estos juegos, sólida como una roca.
Ernesto llegó puntual. Era exactamente como Patricia lo había descrito: un hombre de más de setenta años, delgado, con la mirada despierta y unas manos que no paraban quietas. Venía preparado, con su pastilla ya tomada, así que cuando se desnudó en el cuarto la tenía completamente dura. No era grande —de hecho era más bien pequeña—, pero tenía justo la medida y la dureza que el culo de mi mujer estaba pidiendo a gritos.
Nosotros nos desnudamos también. Lucía no perdió el tiempo: se acercó a él contoneándose, jugando a ser otra, deslizándose contra su cuerpo como si quisiera acabar de calentarlo. No le hacía ninguna falta. Aquel hombre no dejaba de mirarla, de pasarle las manos por las caderas, por la espalda, por el pecho, devorándola con los ojos antes incluso de tocarla del todo.
—Es preciosa —me dijo, sin dejar de acariciarla—. Tienes mucha suerte.
Lo sé, pensé. Y hoy se la voy a prestar.
***
Lucía es de orgasmo fácil, así que nos pidió lo de siempre: arrancarle el primero cuanto antes, quitarse de encima la urgencia y poder disfrutar con calma de los que vinieran después. Se tumbó en la cama, abrió las piernas y se ofreció entera.
Ernesto empezó por los pechos. Se echó sobre ella y le atrapó un pezón con la boca, chupando despacio, mordiendo apenas, hasta dejárselos duros y enrojecidos. Con una mano le amasaba un pecho mientras con la cadera buscaba la entrada de su sexo, rozándola, dando golpecitos suaves sin llegar a meterla.
—Métela un poco, si te apetece —le susurró ella, abriéndose más.
Entró a la primera. Llevaba todo el día húmeda y dilatada, y la recibió sin el menor esfuerzo. Yo me había tumbado a su lado, observándolo todo de cerca, mientras Lucía buscaba mi polla con la mano y empezaba a masturbarme despacio.
Ernesto se movía con una suavidad sorprendente, sin prisa, sin dejar de jugar con sus pechos. Lucía empezó a gemir bajito. Él no la llenaba del todo, pero le bastaba para encenderla más y más. Cuando vio que estaba lista, le pidió permiso para bajar.
—Quiero comerte —dijo, y ella asintió sin abrir los ojos.
Se deslizó por su cuerpo hasta quedar con la cara entre sus piernas. Le abrió el sexo con los pulgares y empezó a lamerla de abajo arriba, lento, paladeando cada centímetro. Lucía soltó mi polla, se abrió ella misma con las dos manos y le pidió que se centrara en el clítoris. Él obedeció al instante. Cerró los labios sobre ese punto y empezó a succionar con un ritmo constante hasta que mi mujer arqueó la espalda y se corrió en su boca entre temblores, agarrándole la cabeza para que no parara.
***
La dejamos respirar mientras montábamos la siguiente escena. Ernesto se lubricó bien, sin prisa, mientras yo colocaba la banqueta en el centro del cuarto. Me senté en ella con las piernas abiertas. Lucía, todavía con la respiración entrecortada, se levantó, se acercó y me la metió en la boca un momento, lo justo para dejármela dura como una piedra antes de venir a sentarse encima.
Apoyó los pies en los travesaños de la banqueta y se fue bajando con cuidado, dejando que mi polla la abriera centímetro a centímetro hasta quedar sentada del todo sobre mí. Empapada como estaba, entró sin ninguna dificultad. Se acomodó, me rodeó el cuello con los brazos y yo la sujeté por las nalgas, abriéndoselas.
—Quítale el plug —le pedí a Ernesto— y métesela despacio.
Con mis piernas abiertas y el culo de mi mujer en pompa, él se colocó detrás. Le retiró el plug con cuidado y empezó a empujar. La altura de la banqueta era perfecta: lo tenía justo a la medida para arremeter sin forzar la postura. Después de un día entero dilatada, su ano lo recibió sin apenas resistencia.
Lo sentí entrar. Lo sentí del otro lado de aquella fina pared de carne, su polla deslizándose junto a la mía mientras Lucía soltaba un gemido largo, casi animal, al notarse llena por los dos lados a la vez.
—Estoy llenísima —jadeó—. No paréis, por favor.
Empezamos a movernos al unísono. Ella nos llevaba el ritmo: me abrazaba del cuello, Ernesto se agarraba a sus pechos desde atrás, y yo le mecía las caderas al compás que me iba pidiendo. Cuando las dos pollas coincidían dentro de ella, resoplaba y se tensaba entera; cuando salíamos, se relajaba un instante antes del siguiente envite. Era como tocar un instrumento entre dos.
No tardó en llegar el segundo orgasmo. Se le contrajo todo el cuerpo, me apretó con tanta fuerza por dentro que tuve que apretar los dientes para no acabar antes de tiempo. Y mientras se corría, animaba a Ernesto a que no dejara de empujar.
***
Vino el tercero detrás del segundo, casi sin pausa. Lucía estaba en otra parte, en una nube, repitiendo una y otra vez que le diéramos más, que no nos detuviéramos. La teníamos por completo en nuestras manos.
Ernesto fue el primero en rendirse. Con un bufido ronco empezó a vaciarse dentro de ella, clavándosela con unas embestidas tan fuertes que casi la levantaban del todo.
—No la saques —le suplicó ella sin aliento—. Sigue, sigue.
Y la pastilla hizo su trabajo, porque su polla no perdió la dureza: siguió taladrándola incluso después de terminar. Cuando Lucía empezó a correrse por cuarta vez, las contracciones de su sexo apretándome fueron demasiado. Sentí cómo se me venía todo de golpe. La agarré con fuerza por las caderas y la moví contra mí sin piedad mientras me vaciaba en su interior, alargándole la corrida hasta que ya no le quedaron fuerzas.
Quedó deshecha, abrazada a mí, resbalando poco a poco hasta detenerse sobre mis rodillas. Salí de ella, Ernesto se retiró por detrás, y mi mujer se quedó así un momento, temblando, vacía y llena a la vez.
Nos tumbamos los tres en la cama unos minutos, en silencio, recuperando el aliento. Después Ernesto se vistió sin aspavientos, nos dio las gracias con una sonrisa de hombre satisfecho y volvió a su casa como si tal cosa.
Lucía se acurrucó contra mi pecho y se quedó dormida casi al instante. Yo me quedé despierto un rato más, mirando el techo, pensando que algunas confesiones uno no se las cuenta a nadie. Salvo, quizá, así.