Mi novio nos miraba por las cámaras esa noche
Eran las ocho y media de la noche cuando Damián me escribió que ya estaba abajo, esperándome. Yo acababa de bañarme y me había puesto un vestido rosa, corto y escotado, uno que guardaba todavía en casa de mis papás para las visitas. Me miré en el espejo del cuarto de siempre y sonreí: nadie imaginaba lo que tenía planeado para esa noche.
—Hijita, ¿segura que no quieres que te lleve tu papá? Ya es tarde y me da pendiente que andes sola en la calle —dijo mi mamá desde la puerta.
—No, mami, gracias. El del auto es un compañero de la universidad, ya es conocido —mentí con una calma que me sorprendió a mí misma.
—Ay, qué bueno, hija. Prefiero eso a que te subas con un desconocido.
—Te aseguro que conmigo vas mucho mejor, mi corazón —agregó mi papá desde el sillón, sin levantar la vista del televisor.
Claro que él también aprovecharía la oportunidad de quedarse a solas conmigo. Pero esa noche no era su día. Esa noche era de Damián.
Bajé, abrí la puerta del coche y me dejé caer en el asiento.
—¿Llevas mucho esperando? —pregunté.
—Algo, preciosa. Pero después de verte así vestida, se me olvidó todo —contestó, recorriéndome con la mirada.
—Y si vieras lo que hay debajo, se te olvidaría hasta tu nombre.
—Ay, mami, súbete ya. Me urge llegar.
***
El trayecto duró unos veinticinco minutos, y en ese rato hablamos de todo. Me contó que llevaba dos años soltero, aunque no le faltaba compañía. Yo le hablé de Bruno, le mencioné a Tomás sin dar demasiados detalles, sin decirle todavía quiénes eran exactamente. Resultó que su mamá vivía en la misma cuadra que la mía, y que por eso había aceptado el viaje: mientras yo visitaba a mis papás, él pasaba a ver a su madre. Pensé que sería muy fácil volver a encontrarlo.
En cada semáforo nos besábamos como adolescentes con prisa. Su mano subía por mi muslo y me apretaba un pecho por encima de la tela. Cuando podía, yo me los sacaba para que los viera, para que los chupara. Ya no me importaba si alguien nos miraba desde otro coche. No traía ropa interior y estaba completamente mojada.
—Tengo que confesarte algo —le dije al oído—. No traigo nada debajo, y estoy empapada. No quiero arruinarte el asiento.
—Sería un honor —respondió sin dudar—. Al contrario, refriégate ahí y déjame todo.
***
Llegamos a mi edificio. El vigilante me vio entrar con Damián y, en menos de dos minutos, justo antes de meter la llave en la cerradura, me sonó el teléfono. Era Bruno.
—Hola, preciosa. ¿Con quién andas? Don Rubén me marcó para avisarme que de seguro me estabas poniendo los cuernos —dijo, divertido.
—Ese viejo rabo verde —me reí—. Lo único que le molesta es que no se los ponga con él.
—Pues te estás tardando. Cada vez que pasas se le va el alma detrás de ti. Pero cuéntame, ¿con quién estás que no me has avisado nada?
—Voy llegando. Es mi amiguito del coche, lo conocí hoy. Y me dio una probadita en el camino, ¿quieres ver? Ahorita te mando el video. ¿Puedes dejar todo listo tú?
—Sí, mi amor. Diviértete. Y me guardas algo para cuando vuelva.
A lo que me refería con «dejar todo listo» era a que activara las cámaras del departamento para que empezaran a grabar desde el instante en que entráramos. Así él no se perdería de nada. Teníamos cámaras en la sala, en la cocina, en el baño de la habitación y, obviamente, en el cuarto. Nos encantaba vernos después, repasar cada escena. Y Bruno sabía perfectamente que a ese departamento yo llevaba amantes; cuando nos mudamos juntos, instalamos esas cámaras justo para poder mirarnos el uno al otro.
—Pasa, guapo. Eres bienvenido —le dije a Damián abriendo la puerta.
—Gracias, preciosa. No sabes lo nervioso que estoy de tener a este mujerón enfrente —dijo mientras observaba el lugar—. Aprovecho para confesarte algo: a mí me gusta que las mujeres sean sumisas. ¿Te animarías a probar, o prefieres que lo hagamos normal?
—Me gusta ceder un poco —admití—. Rogar, hacer lo que mis hombres quieran. Pero sumisa del todo, nunca.
—Podemos empezar con algo y ver hasta dónde llegas, ¿te parece?
—Lo que usted me pida.
—Uf, mamacita, me lo hubieras dicho antes.
***
Se acercó a besarme y, al mismo tiempo, me tiró del cabello hacia atrás.
—Quítate el vestido. Te quiero aquí, de rodillas, pero rápido, que ya quiero cogerte.
Me bajé el vestido por debajo, lo dejé caer al suelo y me toqué los pechos mientras lo miraba a los ojos. Después me arrodillé despacio, sin dejar de mirarlo.
—Muy bien —dijo en voz baja—. Ahora abre bien esa boca, que ahí te va.
Se quitó la playera y se bajó el pantalón. Me quedé literalmente con la boca abierta. La verga que yo imaginaba pequeña era la más grande que había visto en mi vida: fácil más de veinte centímetros, recta, gruesa, hinchada. En cuanto se bajó el bóxer, rebotó hacia arriba por su propio peso. Me mojé todavía más.
—No me va a caber esa cosa —murmuré.
—Eso lo hubieras pensado antes. Ahora cierra la boca para hablar y ábrela para lo otro.
Lo metí. Sentía como si la mandíbula se me fuera a desencajar de lo abierta que estaba. Llegaba hasta el fondo, me hacía dar arcadas, y él me sostenía del pelo mientras se movía sin piedad. Los ojos se me llenaban de lágrimas, la saliva se me escapaba por las comisuras. Era brutal, y me gustaba.
—Tócate —ordenó—. Te quiero bien abierta para cuando entre.
Mientras él seguía, yo me masturbaba con fuerza. Tenía miedo de que algo tan grande me partiera en dos, así que me fui preparando con los dedos, abriéndome poco a poco.
De golpe me la sacó. Apenas alcancé a respirar cuando me levantó de los brazos, me dio una bofetada suave, me escupió en la boca y me sentó en la mesa del comedor.
—Abre las piernas. Ahora sí.
Se hincó y empezó a lamerme. Metía la lengua de una forma que me hacía temblar, la movía sin parar, y cuando creí que no podía más, sumó los dedos. Perdí la cuenta de cuántos. Estaba a punto de explotar.
—Así, así —gemí—. Me vengo, me vengo en tu boca.
Me corrí con un chorro que le mojó la cara, y él siguió, terco en mi clítoris, hasta arrancarme un segundo orgasmo igual de intenso. Me retorcía sobre la mesa, gritaba, gemía sin control.
—Sigue, dame todo —dijo. Y entonces giró la cabeza hacia la cámara del comedor. Yo ni siquiera había notado que la había visto—. Socio, espero que tu chica te hable bien de mí, porque no pienso dejarla ir.
Cuando me incorporé, la mesa estaba empapada. Él me sentó sobre mis propios jugos, me alzó del antebrazo y me dejó caer otra vez, una y otra, y el sonido era delicioso. Luego me cargó de frente, me acomodó para penetrarme. Sentí la punta en la entrada y me estremecí. Pero justo entonces me bajó y me llevó al sillón.
—Aquí las cosas no son como tú quieres —dijo—. Ven.
Se sentó y me hizo una seña.
—Móntate. Quiero ver cómo te entra toda, y sentada la vas a sentir hasta la garganta.
—Me vas a destrozar —protesté entre risas y nervios.
—Apúrate.
Me senté encima. Él acomodó la punta y yo empecé a bajar despacio, milímetro a milímetro. Entonces levantó las caderas del sillón y me la metió entera, de un solo golpe. Se me fue el aire. Me sentí mareada. Jamás había tenido algo tan grande dentro, y sin embargo era increíble. Gemía como nunca.
—No voy a aguantar mucho así —jadeé.
—Vas a aguantar hasta que yo termine. No me vas a decir tú qué hacer.
Empezó a embestirme con una fuerza animal. Me agarraba de la cadera, me apretaba el cuello con una mano, me escupía, me mordía los pechos, me los apretaba como si quisiera marcarme.
—Aprietas tan duro que yo tampoco voy a durar —dijo entre dientes.
—Por favor, lléname —rogué—. Dame todo. Ya no puedo más.
—Eso, ruégame.
Me sujetó de nuevo, se levantó del sillón cargándome, y me acomodó con las piernas sobre sus hombros. En esa posición lo sentí todavía más adentro, hasta un punto que no sabía que existía.
—Ya no aguanto —grité.
—Ahí va.
Lo sentí terminar dentro de mí, caliente, profundo, y al mismo tiempo me corrí otra vez. Era el quinto orgasmo de la noche. Estaba fuera de mí, temblando, vacía y llena a la vez.
—Sácala, por favor —supliqué.
—¿No que aguantabas mucho? —se rió—. Está bien, ya te llené.
La sacó y se escuchó un sonido húmedo. Sentí cómo todo se me escurría. Delicioso.
***
—Ahora sí me dejaste seca —dije, todavía agitada—. Qué manera de coger.
—Te lo dije, mamita. Sabía que te iba a gustar. Lástima que no esté aquí tu hombre para limpiarte.
Nos quedamos un rato en el sillón. Damián volvió a acariciarme los pechos, a pellizcarme los pezones con suavidad.
—¿No te cansaste? —pregunté.
—No pienso desperdiciar ni un minuto contigo. ¿Puedo quedarme un poco más?
Llamé a Bruno. Quería que estuviéramos de acuerdo en todo.
—¿Viste las cámaras en vivo? —pregunté.
—Las vimos. Tomás está aquí conmigo, y ahora nos hace falta alguien que nos ayude a bajar lo que se nos levantó —dijo, riéndose—. Justo íbamos saliendo a un bar. ¿Por qué?
—Es que… ¿se puede quedar mi amiguito a dormir? Las cámaras van a estar encendidas para ti toda la noche, ¿sí?
—Lo sabía. Te cogió bien, ¿verdad? Mientras no lo prefieras a él…
—Eso nunca. Pero quiero seguir un rato más.
—A ver, pásamelo.
Le di el teléfono a Damián.
—¿Bueno? Socio, mis respetos —dijo él.
Hablaron un par de minutos. Bruno le explicó, entre risas, que tanto le había costado conseguir que yo fuera así de libre, que disfrutara la noche. «Te la presto estos cuatro días, pero en cuanto vuelva hablamos en serio, porque sé que no te va a querer soltar», alcancé a escuchar. Y al final agregó: «Dile que te muestre el cajón especial. Ella ya sabe cuál».
***
Colgamos. Damián pidió algo de cenar y el vigilante subió la comida. Lo vio abrir la puerta en bóxer, y a mí detrás con la playera de él puesta, y casi se le salen los ojos. Supe que volvería a marcarle a Bruno. En fin, otro día les cuento cómo nos despedimos de él.
Damián se quedó los cuatro días completos. Hasta me llevó al aeropuerto a recoger a Bruno. Cogimos como conejos cada una de esas noches, y hay otras historias de esos días que les contaré si me lo piden, si me escriben que quieren saber más de esta aventura. Hasta hoy, Damián nos visita cada tres o cuatro días. Fue padrino de nuestra boda. Y nadie, absolutamente nadie, se imagina que me sigue llenando como si fuera su lugar favorito del mundo.