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Relatos Ardientes

La noche que vi a mi marido con mi mejor amiga

Llevamos años jugando con la idea de que Andrés me mire mientras otro me toca. Empezó casi sin querer, en un viaje con amigos cuando alguien apagó la luz equivocada y mi marido entendió que aquello también lo excitaba. Desde entonces nos buscamos esas situaciones con cuidado, sin nombres, sin compromisos, siempre con la misma regla: él no puede perder ningún detalle.

Me gusta acomodarme para que me vea. Si estoy de rodillas con la boca llena de polla, giro la cadera para que mire mi culo abierto. Si me están follando, me apoyo de manera que él pueda ver cómo la verga me entra y me sale mojada, cómo se me escurre el semen por los muslos cuando terminan. A Andrés le encanta verme así, con la cara empapada y el coño chorreando, repetida en cada ángulo, y yo me derrito de saberlo del otro lado del cuarto con los ojos clavados en mí y la mano en la polla.

Pero hace unos meses se me metió otra idea en la cabeza, y no se me iba. Quería ver yo. Quería sentarme en el sillón y mirarlo a él con otra mujer. Quería ver si su cara cambiaba, si gemía distinto, si su cuerpo se movía igual con otras manos encima. Andrés es un hombre tranquilo, callado, contenido. Yo, en cambio, soy de las que se retuercen y gritan. Quería ver a una mujer retorciéndose sobre su verga como me retuerzo yo.

Cuando se lo propuse al principio, él no contestó. Me miró un buen rato, terminó el vaso de vino, y me preguntó en quién había pensado. Esa pregunta sola me dijo que iba a aceptar.

Yo ya tenía nombre. Camila, mi amiga de toda la vida. Camila y Andrés se llevan con esa familiaridad cariñosa que algunos se permiten y otros no. Se abrazan, se hacen bromas que rozan lo subido, ella le pone la mano en el muslo cuando se sientan juntos a tomar algo, y a mí nunca me molestó. Sé lo que es Camila debajo del vestido, porque crecimos compartiendo cama en cumpleaños y noches eternas, y sé que tiene la misma hambre de polla que yo.

***

La llamé un viernes por la tarde, cuando supe que estaba sola en su apartamento. Le pedí que viniera, le serví una copa, le di toda la vuelta antes de animarme.

—Te quiero pedir una cosa rarísima —le dije, sintiendo cómo me ardía la cara—. Pero antes prométeme que, si te molesta, lo olvidamos y no se habla más del tema.

Camila se rio, dejó la copa, cruzó las piernas. Me conoce desde hace demasiado para asustarse.

—Dime.

Cuando se lo conté entero, sin rodeos —que quería verla follando con mi marido, chupándole la verga, dejándose montar por él mientras yo miraba con los dedos metidos en el coño—, se quedó en silencio. Después se mordió el labio, miró el piso, y volvió a mirarme con una sonrisa nueva.

—Te voy a confesar algo —dijo despacio—. Más de una vez me lo imaginé. Me he tocado pensando en él, en tenerlo encima. Y siempre me sentí mal, porque eres tú. No te lo iba a decir nunca.

—Bueno, ya está dicho —contesté, y le agarré la mano por encima de la mesa—. ¿Te animas?

Asintió antes de que terminara la pregunta. Después soltó la carcajada nerviosa de las niñas que se acaban de robar algo y todavía no saben qué van a hacer con eso.

Le expliqué cómo funcionaban las cosas en casa, lo que Andrés y yo hacíamos, lo que él iba a esperar de ella, lo que iba a esperar yo. No le mentí: le dije que no era el primer encuentro que armábamos, pero sí el primero con alguien de confianza, y eso lo cambiaba todo. Camila escuchó atenta, asintiendo en algunos momentos, mordiéndose los labios en otros. Cuando terminamos, ya teníamos día, hora y un plan.

***

El día acordado yo no podía hacer nada. Me preparé un café que no tomé, dejé el almuerzo a la mitad, me cambié de ropa tres veces y al final volví a la primera elección. Una falda negra cortísima, una tanga diminuta de encaje, una blusa transparente sin sostén y mis tacones altos. La misma puta que llevo dentro asomándose despacio.

Camila me llamó como diez veces en el día. Tonterías todas, excusas para escuchar mi voz y comprobar que no me había arrepentido. La última vez me pidió permiso para ponerse «algo más atrevido» y yo le contesté que se pusiera lo que quisiera, que la noche era de ella.

Llegó a las nueve, bien abrigada con un tapado largo. Cuando se lo quitó en la sala, entendí que se había tomado el permiso en serio. Llevaba un vestido entallado, escote profundo, mucho más corto que cualquier cosa que le hubiera visto puesta antes. Sus tetas, un poco más grandes que las mías, se le marcaban con dos sombras precisas en la tela, con los pezones duros apuntando contra el género. Le silbé bajito y nos reímos las dos como adolescentes.

—Andrés se va a quedar mudo —le dije.

—Esa es la idea.

Nos servimos una copa para sacarnos el último temblor. Hablamos en voz baja, casi en susurros, repasando como si fuera una obra de teatro lo que iba a pasar. En algún momento dejamos de hablar y nos quedamos calladas, mirándonos, esperando el motor del auto.

Lo escuchamos llegar. Las dos nos paramos al mismo tiempo y nos miramos en el espejo del pasillo. Yo, transparente. Ella, de negro. La calle, oscura. Adentro, las dos listas y las dos mojadas.

***

La puerta se abrió y Andrés se frenó en seco. Miró a Camila, después a mí, después a las dos juntas, y soltó la mochila al piso sin darse cuenta.

—Hola, amor —le dije, y me acerqué a darle un beso largo, lento, mordiéndole el labio al final—. Esta noche tú no decides nada. Te dejas. Te dejas hacer todo lo que te quieran hacer, y yo voy a mirar. Para eso vino Camila.

Sentí el aire que tomó. No contestó, no preguntó nada. Buscó a Camila con la mirada, y ella ya estaba ahí, cerca, con esa sonrisa que nunca le había visto puesta para él.

—Hola, Andrés —dijo Camila, y le pasó la mano por la nuca antes de besarlo.

Lo besó con una calma rara. Sin apuro, como si llevara semanas preparándose para ese beso. Le metió la lengua despacio, le mordió el labio de abajo, le pasó la otra mano por encima del pantalón buscándole el bulto. Y Andrés, que es contenido, que es callado, le contestó el beso con una intensidad que me cortó la respiración. Le agarró la cara con las dos manos, la pegó contra él, y yo lo vi ponerse duro debajo de la tela mientras me alejaba despacio para sentarme en el sillón grande.

Desde ahí miré.

Vi cómo Camila le bajaba el cierre del pantalón con una mano mientras lo besaba con la otra. Vi cómo metió los dedos y le sacó la verga entera, dura, gruesa, esa que conozco de memoria, y cómo se le humedeció la boca al verla. Vi cómo él le bajaba el escote del vestido y le dejaba las tetas al aire, pesadas, con los pezones hinchados, y cómo bajaba la boca a ellos sin soltarle la cintura, chupándoselos uno y después el otro. Vi a Camila reírse bajito cuando él le mordió un pezón, y la vi después dejar de reír y cerrar los ojos cuando le bajó la mano por el vientre, le apartó la tanga y le hundió dos dedos en el coño de un solo empujón.

—Estás empapada —le dijo él, y era la primera vez en la noche que lo escuchaba hablar.

—Llevo horas así —le contestó ella, con la voz temblando.

Camila se arrodilló sin que nadie se lo pidiera. Le bajó el pantalón hasta los tobillos, le agarró la verga con las dos manos, y se la metió en la boca hasta el fondo de golpe. Escuché la arcada suave, el ruido húmedo, y la vi retroceder para volver a hundirla otra vez, más lento, mirándolo desde abajo. Le chupó las bolas, le pasó la lengua por toda la extensión, se la volvió a meter y esta vez le empezó a mamar a un ritmo constante, con las mejillas hundidas, con la baba escurriéndosele por el mentón y goteándole entre las tetas. Andrés le agarró el pelo, se lo juntó en un puño, y empezó a marcarle el ritmo él, hundiéndosela hasta la garganta.

Yo respiraba mal. Tenía las piernas cruzadas y una mano metida ya entre los muslos por encima de la tela. No me la sacaba todavía, no quería terminar antes de tiempo. Quiero ver todo, pensé.

—Quítate el vestido —le pidió él en voz baja, sacándosela de la boca con un ruido obsceno.

Camila se lo sacó sin dramatismo, lo dejó caer al lado del sillón, y se quedó parada con la tanga negra y los tacones, las tetas pesadas, la piel un poco enrojecida del calor, la tanga oscurecida en la entrepierna por lo mojada que estaba. Andrés se quedó mirándola un segundo entero, con la verga apuntándole hacia arriba, brillante de saliva, y después la empujó suave contra la pared.

***

Lo que vino después lo grabé con los ojos. Lo voy a recordar toda la vida, así que déjame contarlo con cuidado.

Andrés la giró contra la pared, le bajó la tanga hasta los tobillos, le abrió las nalgas con las dos manos, y se arrodilló detrás de ella. Camila apoyó las manos en la pared y arqueó la cintura, sacando el culo hacia atrás, ofreciéndoselo. Vi la boca de mi marido apoyada entre los muslos de mi amiga, vi la lengua trabajando de abajo hacia arriba, entrando en el coño y subiendo hasta el agujero del culo y volviendo a bajar, vi cómo le chupaba los labios inflados y le metía la lengua entera, vi a Camila abrir los ojos y mirarme desde ahí, sin sacarme la vista de encima, con la boca abierta en una O muda, mientras Andrés le hacía exactamente lo mismo que me hace a mí los domingos por la mañana.

Me llevé la otra mano a la boca para no gemir y arruinar el momento. La que tenía entre las piernas ya había avanzado debajo de la tanga, y me estaba frotando el clítoris en círculos lentos. Estaba empapada. Los dedos se me hundían solos.

Camila empezó a temblar. La conozco. Sé cuándo está a punto. La vi morderse el brazo, la vi cerrar los ojos, la vi soltar una sola palabra ahogada —«ahí, ahí, ahí»—, y supe que se había venido contra la boca de mi marido sin avisar, con las piernas temblándole y el coño contrayéndose contra su lengua. Andrés no se apartó. Siguió chupando hasta que ella le empujó la cabeza para atrás, riéndose y gimiendo al mismo tiempo, sensible.

Andrés se levantó despacio, con la cara brillando de los jugos de ella, se lamió los labios, se quitó la camiseta, se quitó el pantalón del todo. Lo vi desnudo en mi propia sala, con la verga tiesa apuntándole al techo, parado frente a mi mejor amiga, con esa concentración suya que conozco de memoria. Camila se dio la vuelta, lo miró, se le acercó y le pasó la lengua por la boca chupándose sus propios jugos, y le hizo un gesto con la cabeza para que se sentara en el otro sillón, el de cuero, frente al mío.

Andrés se sentó, con la verga parada entre las piernas, pulsando.

Camila caminó hasta él con esos tacones, se puso a horcajadas, le agarró la polla con una mano, se la acomodó en la entrada del coño, y se dejó caer entera de un solo movimiento sin preguntar. Escuché el ruido que hicieron los dos al mismo tiempo. El de él, gutural, bajo, ese que casi nunca le escucho. El de ella, agudo, sorprendido, un poco lloroso, un «ay, mierda, qué grande» que le salió sin filtro. Y me di cuenta de que nunca había visto a Andrés desde ese ángulo. Lo había sentido mil veces dentro mío, sabía cómo se movía, sabía cómo respiraba, pero verlo desde afuera, verlo metiéndosela a otra mujer, verle la verga entrar y salir brillante entre las piernas de Camila, era otra cosa.

***

Camila se movió arriba de él como me muevo yo. Eso me llamó la atención. Tenía la misma forma de buscar el ángulo, de subir despacio hasta dejarle solo la punta adentro y dejarse caer rápido hasta el fondo, de apoyarse hacia atrás con las manos en las rodillas de él cuando quería sentirlo entero contra la pared del útero. Por un segundo me pregunté si todas las mujeres nos parecíamos en la cama, o si Camila había aprendido mirándome a mí sin darme cuenta.

Andrés le agarró el culo con las dos manos, le clavó los dedos en las nalgas, y empezó a guiarla. La levantaba un poco, la dejaba caer con fuerza, la levantaba otra vez. Le mordió una teta, le pasó la lengua por el cuello, le dijo algo al oído que yo no escuché y que la hizo reírse y morderse el labio y contestarle «sí, todo lo que quieras». Le pasó un dedo humedecido por el agujero del culo y ella se arqueó, gimiendo largo. Después la giró de golpe, la puso de espaldas a él, de perrito contra el respaldo del sillón, le agarró las caderas y se la empezó a meter así, embistiéndola desde atrás con golpes secos que hacían chocar el culo de ella contra la pelvis de él. Vi la verga entrar y salir empapada, vi los labios del coño de Camila abrazándola en cada empujón, vi el ojo de su culo abrirse y cerrarse cada vez que él se la hundía entera. Escuché el chasquido húmedo, el golpe de los cuerpos, el gemido roto de Camila que ya no controlaba.

Me quité la tanga. No me importó nada. La bajé por los tacones y la tiré al piso, bajé la falda hasta los tobillos, abrí las piernas en el sillón hasta que me dolieron los muslos, y me empecé a tocar mientras los miraba. Me metí dos dedos en el coño, los saqué chorreando, me froté el clítoris con esa misma humedad, me los volví a meter. Camila me vio. Andrés me vio. Y los dos siguieron, mirándome mientras se movían, sabiendo perfectamente para quién era el espectáculo.

—Ven —me dijo Camila con un hilo de voz, entre gemido y gemido—. Ven a darle un beso. Ven a chupármelo cuando termine.

Negué con la cabeza, sin sacar los dedos.

—Esta noche miro —contesté con la voz rota—. Termínenmelo así, para mí.

Andrés la siguió embistiendo. La agarró del pelo con una mano, se lo enroscó, le tiró la cabeza hacia atrás y le clavó la verga hasta el fondo, aguantándosela adentro mientras la miraba a los ojos por encima del hombro. Después la soltó, la volvió a dar vuelta, la sentó de nuevo sobre él de frente, y le dijo bajito «quiero verte la cara cuando te vengas». Camila empezó a moverse rápido, saltando sobre la verga, con las tetas rebotándole en el pecho de él, con la boca abierta, con los ojos entrecerrados clavados en los míos.

***

Se vinieron casi al mismo tiempo, los dos. Camila primero, con un grito ahogado que la dobló sobre sí misma, con el coño contrayéndose visiblemente alrededor de la verga de mi marido, con las piernas temblándole a los costados de él. Andrés después, agarrándole la cintura con tanta fuerza que más tarde yo iba a verle las marcas de los dedos, empujándola hacia abajo sobre él, vaciándose adentro con un gruñido largo. Vi cómo se le tensaba el cuello, cómo apretaba los dientes, cómo le vibraban los muslos, y supe exactamente cuántos chorros le estaba metiendo dentro a mi amiga porque conozco ese temblor. Y yo, tres segundos después, con la imagen de los dos clavada en la cabeza y mis dedos trabajando rápido entre mis piernas, me vine sola en el sillón sin que ninguno me tocara, con un gemido largo, con el coño chorreando encima del cuero.

Camila se levantó un poco, y vi el semen de Andrés escurrirse de ella y caer en gotas espesas sobre la verga todavía dura y sobre los muslos de él. Se volvió a sentar despacio, empujándolo adentro otra vez, no queriendo perderlo todavía.

Nos quedamos en silencio un rato largo. Camila respirando arriba de él, él con los ojos cerrados y las manos abiertas sobre las caderas de ella, yo con las piernas todavía abiertas y temblando, con los dedos brillantes hasta la muñeca. Después nos miramos los tres y nos largamos a reír sin parar, esa risa nerviosa que viene cuando algo grande pasó y nadie sabe qué decir.

Camila se levantó despacio, sintió el chorro de semen bajarle por el muslo y se rio, se acomodó el pelo, se acercó al sillón donde yo estaba, y me dio un beso en la frente.

—Gracias —me dijo bajito.

—No, gracias a ti —le contesté.

Esa noche dormimos las tres abrazadas, vestidas a medias, sin volver a tocarnos. Yo no necesitaba más. Tenía lo que había venido a buscar.

Y mientras me dormía pensé que la próxima vez no iba a mirar. La próxima vez iba a participar. Iba a chuparle el coño a Camila mientras Andrés me la metía por atrás. Pero esa, esa es otra historia.

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Comentarios(8)

RosaDeNight

Increible!!! Me quede sin palabras al final, tremendo giro.

PalomaFV

Dios mio necesito la segunda parte ya, no puede quedar ahi!!! como sigue???

PatoSur83

Que manera de contar una historia, te engancha desde la primera linea y no te suelta. Muy buen relato.

AndreaMX

Me recordo a situaciones que habia imaginado pero nunca me anime a concretar. Hay relatos que te hacen pensar, este es uno de ellos.

Tomas_rdp

Enserio paso esto? porque parece demasiado real para ser inventado jaja. Me encanto igual.

leetodo

Excelente, de los mejores que lei en esta categoria.

MarisolQ

La narracion es muy buena, autentica. Espero que sigas escribiendo mas historias por aca.

NocturnoCba

Lo que mas me gusto es como manejaste el aspecto emocional, no es solo morbo sino tambien sentimientos complejos. Muy logrado.

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