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Relatos Ardientes

Mi confesión: fingí ser su fisio para seducirlo

Marina no era ninguna experta, pero tenía recorrido suficiente. Había estado con bastantes hombres y probado bastantes cosas, casi todas las que ella consideraba normales: sexo oral, al aire libre, con desconocidos, algún trío. Lo medía con el mismo criterio con el que buscaba porno: de las cien categorías que ofrece cualquier portal, ella entraba siempre en las mismas cuatro y dejaba el resto para otros.

Quedaba un capítulo pendiente, sin embargo. Una sola curiosidad que nunca se había permitido satisfacer y que, sin saber muy bien por qué, se le había metido entre ceja y ceja. Quería que se la follara un hombre negro. Y no por el color exactamente, sino por lo que el color prometía: una polla gruesa, larga, oscura, hundiéndose en su coño blanco hasta el fondo.

Se dio cuenta una noche, navegando. Había escrito en el buscador tres siglas que no tenían nada que ver con una cadena de televisión británica, y los vídeos que aparecieron la dejaron mirándose el antebrazo, comparándolo con lo que veía en pantalla. ¿Cómo sería, de verdad?, pensó, mientras se pasaba dos dedos por encima de las bragas y los notaba mojarse solos. En el vídeo, una rubia intentaba mamar una verga descomunal y apenas le entraba la punta; se le caía la baba por la barbilla y los ojos se le llenaban de lágrimas cada vez que el negro le empujaba la cabeza. Marina se corrió a los cinco minutos, con dos dedos dentro y el otro pulgar en el clítoris, y cuando terminó supo que ya no le valdría otra cosa. No le importaba tanto el tamaño como la destreza, siempre lo había dicho, pero puestos a elegir, esa noche eligió. La decisión estaba tomada.

El problema era logístico. No conocía a ningún chico así, ni lo tenía en su agenda, ni recordaba haber visto a ninguno en los bares a los que solía ir. Repasó sus contactos durante media hora y desistió. Tampoco le apetecía abrirse un perfil en una de esas aplicaciones y dejar su cara circulando por la red. Ella era de la vieja escuela, confiaba en sus propios recursos. Solo necesitaba un escenario.

Y el escenario se lo dio el deporte. Descartó el fútbol, demasiado conocido y demasiado rodeado de moscas. Descartó el baloncesto, porque las proporciones de aquellos gigantes la intimidaban un poco; no quería empacharse en el primer intento. El rugby, en cambio, le pareció perfecto: jugadores fuertes, atléticos, anónimos y fáciles de abordar. Aquel domingo había derbi en la ciudad.

***

Marina no entendía nada de rugby y no le hacía ninguna falta. Le bastaba con mirar. Se sentó lo más abajo que pudo en la grada y, en cuanto los equipos saltaron al campo, contó hasta siete jugadores que encajaban con lo que buscaba. Fue descartando: los dos primeros, demasiado gruesos, eran los que empujaban en las melés. Ella quería otra cosa. Quería un vientre plano, hombros anchos y unas piernas que parecieran columnas.

Para el descanso ya no podía quitarle los ojos de encima a uno de los alas. Se llamaba Marcus, lo gritaban desde la grada cada vez que tocaba el balón. Metro noventa, noventa kilos repartidos donde tenían que estar, y un torso que ella alcanzó a ver entero cuando él se levantó la camiseta para limpiarse el sudor. También le vio el bulto marcado bajo el pantalón corto cuando se agachó a atarse la bota, y se le secó la boca. Si todo lo demás está hecho del mismo molde, pensó Marina, me lo llevo.

El partido se le complicó al final. Marcus quedó atrapado bajo una montaña de cuerpos tras un placaje brutal, sonó un golpe seco y, dos segundos después, un alarido. La grada enmudeció. Se lo llevaron en camilla entre aplausos de los dos equipos, retorciéndose y agarrándose el muslo. Marina, que de lesiones sabía un rato, lo tuvo claro: isquiotibiales.

Pensó que sus planes se habían ido al traste. Pero mientras bajaba hacia el coche, oyó a unas chicas comentar que Marcus seguro que aparecería en el tercer tiempo. No tenía ni idea de qué era eso, así que se dio media vuelta y preguntó.

—¡Claro! —respondió una de ellas, amabilísima—. En la sede, en la plaza de la Catedral. Vamos todos para allá ahora.

El tercer tiempo, dedujo, no era ningún partido. Era una celebración. Y una celebración era exactamente el terreno en el que Marina jugaba mejor.

***

Llegó antes que la caravana de coches con banderas. Pidió una cerveza bien fría en la terraza y esperó. Cuando el autobús del equipo vació su carga de hinchas eufóricos, la plaza se convirtió en un hervidero. Reconoció a varios jugadores, pero de Marcus, ni rastro. Estaba a punto de rendirse cuando un coche se detuvo en doble fila y dos moles bajaron una silla de ruedas plegable del maletero. Entre los dos sentaron a Marcus de mala manera, le pusieron una muleta en el regazo y lo dejaron tirado en la acera mientras corrían a por una cerveza.

El pobre intentaba maniobrar hacia la puerta y se llevaba todo por delante. Y para llegar a cualquier sitio tenía que pasar, sí o sí, junto a la mesa de Marina. Ella se levantó antes de que nadie más se ofreciera.

—Espera, que te ayudo —dijo, apartando una silla para hacerle sitio.

—Gracias —contestó él—. No me apaño con este trasto. Tranquila, ya vendrá alguno de estos cabrones a echarme una mano.

—¿Tú crees? —Marina sonrió con sorna—. Por cómo te han bajado del coche, yo diría que ahora mismo vales menos que una caña fría.

Marcus se rio con ganas. Le siguió el juego, ella se ofreció a traerle una jarra y un pincho de tortilla, y volvió de la barra abriéndose paso entre la gente a empujones y a gritos de «¡paso, que mancho!». Cuando le puso delante la jarra, el chico no daba crédito. Acababa de ligar sin moverse de la silla, y con una chica que era, además, guapa de verdad.

—¿Has visto el partido? —preguntó él, extrañado, cuando ella mencionó el placaje.

—Estaba en la grada. Me dolió a mí y todo. Lo primero que pensé fue que tenías algo roto, pero no llevas escayola, así que tira a fibrilar. ¿Isquiotibiales?

—¡Joder, justo! ¿Eres médica?

—Enfermera y fisioterapeuta —dijo Marina, dándole un sorbo a su cerveza—. Algo entiendo. ¿Te ha dicho el fisio del equipo lo del masaje deplectivo?

—No me ha dicho nada de masajes. ¿Es importante?

Marina dejó la jarra despacio, como quien deja caer un anzuelo. Le explicó lo del drenaje manual en las primeras horas, lo del hematoma, lo de que la rehabilitación sería más fácil si alguien le trabajaba la zona esa misma tarde. Hablaba en serio: todo era verdad. Solo que cada palabra técnica iba envuelta en una intención que Marcus, por suerte para ella, todavía no detectaba.

—¿Y sabes dónde podrían dármelo? —preguntó él, ya preocupado por su carrera.

—La clínica está cerrada hoy. Pero tengo una camilla en casa, con aceites y todo. A veces saco un dinerillo extra con masajes a domicilio. —Hizo una pausa estudiada—. A partir de las ocho, si quieres. Y no te cobro. Me has caído bien.

Marcus dudó si era buena idea presentarse en casa de una desconocida. Pero le dolía la pierna, le aterraba lo de su carrera y, todo había que decirlo, Marina le parecía tremendamente atractiva. Aceptó la tarjeta con la dirección.

—¿Tengo que llevar algo? ¿Vendas, hielo?

—Con que traigas la pierna, me vale —respondió ella—. El resto lo pongo yo.

***

Marina dedicó la tarde a prepararlo todo sin que pareciera preparado. Compró una pizza y un pack de cervezas, se dio un baño largo, se depiló el coño entero dejando solo una franja fina, se perfumó entre las tetas y entre los muslos. Eligió un conjunto de lencería blanca de encaje, con unas bragas tan finas que se le marcaban los labios, y, encima, unos vaqueros y una blusa vaporosa: guapa, pero sin pinta de cita formal. Lo importante era que, llegado el momento del masaje, fuera fácil cambiarse por una bata. Una bata se abre con un solo nudo.

Seleccionó unos vinilos. Para la camilla, música tranquila de esa con sonidos de agua. Para el después, por si se terciaba, apartó a Barry White. Sonó el telefonillo justo cuando terminaba de ordenarlos.

Tardó tanto en subir que Marina se preocupó, hasta que recordó los escalones del portal y la falta de rampa. Salió al rellano y lo encontró peleándose con la silla dentro del ascensor, encajado de frente, incapaz de salir.

—Perdona, no caí en lo de los escalones. ¿Cómo has subido? —dijo, sacándolo de allí.

—A la pata coja, lanzando la silla por delante. No sé cómo lo hace la gente que de verdad no puede levantarse.

Dentro, lo instaló en un butacón junto al ventanal. La luz naranja del atardecer entraba a raudales y le encendía la piel oscura del rostro. Marina le tendió cinco vinilos para que eligiera; él los miró como reliquias incomprensibles y acabó confesando que no conocía a ninguno de aquellos cantantes.

—Estás muy verde —dijo ella, quitándoselos de las manos—. Elijo yo.

Pinchó a Barry White, abrió dos cervezas y, mientras la voz grave llenaba el salón, le levantó las piernas sobre un cojín para que la circulación se calmara antes de empezar. Le quitó los zapatos y los calcetines.

—Me encantan tus pies —dijo, y lo decía—. El contraste del empeine oscuro con las plantas casi blancas. No te molestan estos comentarios, ¿verdad? No llevan segunda intención.

Sí llevaban segunda intención. Pero Marcus, que de haber podido se habría puesto colorado, se limitó a sonreír.

***

La camilla estaba en una salita en penumbra. Marina le pidió que se desnudara de cintura para abajo y se cubriera con una toalla, y salió a buscar el aceite para darle intimidad. Cuando volvió, él estaba boca abajo, la toalla sobre las nalgas y aquellas dos piernas enormes extendidas ante ella como una promesa.

Empezó por la pantorrilla sana, profesional, calentando el músculo. Luego subió a la pierna lesionada y trabajó el isquiotibial con la técnica exacta, presionando despacio, drenando hacia arriba. Marcus gruñó de dolor y de alivio a partes iguales.

—Relájate —murmuró ella—. Cuanto más tenso estés, más te duele.

Sus manos resbalaban con el aceite y cada pasada terminaba un poco más arriba que la anterior. Era el masaje correcto, hasta que dejó de serlo. Cuando los pulgares de Marina rozaron el borde de la toalla, en lo alto del muslo, notó bajo la palma el calor de algo que no tenía nada que ver con la lesión. Apartó la tela apenas unos centímetros, lo justo para confirmar lo que sospechaba.

No la decepcionó. Madre mía, pensó, y por un instante el antebrazo de aquellos vídeos dejó de ser una exageración. Debajo de la toalla, aplastada contra la camilla, la polla de Marcus estaba medio dura y ya era más gruesa que la muñeca de Marina, más oscura que el resto de la piel, con el glande asomando abultado por detrás del prepucio. Solo con verla se le contrajo el coño y sintió cómo las bragas se le pegaban, mojadas.

—Marina… —dijo él con la voz tomada—. Creo que esto ya no es la pierna.

—No —respondió ella, sin retirar la mano—. Ya no.

Le rodeó el eje con los dedos por debajo, sin dejar de fingir que masajeaba, y notó cómo la carne le crecía en la palma, cómo latía. Marcus se giró despacio sobre la camilla y la toalla cayó al suelo. Y entonces Marina la vio entera, dura, apuntando al techo, tan larga que le llegaba casi al ombligo y con un grosor que le hizo apretar los muslos por instinto. Se le escapó un jadeo sin querer.

—Joder —murmuró—. Joder, Marcus.

Se desató la bata con la misma calma con la que antes había vertido el aceite, y la lencería blanca quedó iluminada por la única lámpara de la sala. Él la atrajo de la cadera y la besó como si llevara toda la tarde aguantándose, que era exactamente lo que había pasado. Le metió la lengua hasta la garganta y a la vez le arrancó el sujetador de un tirón, con las dos manazas negras cerradas sobre unas tetas que en sus dedos parecían pequeñas. Se agachó y se metió un pezón en la boca, chupando fuerte, y Marina echó la cabeza atrás con un gemido.

—Espera —jadeó ella—. Espera, que quiero verla.

Se puso de rodillas en el suelo, entre las piernas abiertas de Marcus, y le acarició la polla con las dos manos, comparándola con su antebrazo como había hecho tantas veces frente a la pantalla. La realidad era peor, o mejor. Le cabía en las dos manos juntas y aun así sobraban dos dedos de glande por arriba. La lamió desde la base, pasando la lengua plana por toda la vena gruesa que la recorría por abajo, y llegó al capullo, que se metió entero en la boca. Solo con la punta ya tenía las mejillas hinchadas.

—Joder, tía —gimió Marcus, agarrándole el pelo—, ten cuidado con los dientes…

Marina lo miró desde abajo, con los ojos brillándole, y bajó unos centímetros más. Sintió cómo la polla le apretaba la lengua contra el paladar, cómo se le abría la garganta a empujones. La saliva le empezó a chorrear por la comisura y a caerle en las tetas. Bombeaba con las dos manos lo que no le entraba en la boca, que era la mitad, y le lamía los huevos con la punta de la lengua entre embestida y embestida. Se atragantó dos veces, se apartó tosiendo, se limpió la baba con el dorso de la mano y volvió a comérsela con más ganas que antes.

—Me tienes que follar ya —le dijo, con la voz ronca y la boca todavía llena de saliva—. No aguanto más.

Se subió a la camilla a horcajadas sobre él, y él le arrancó las bragas de un tirón. Los dedazos oscuros de Marcus se hundieron directamente en su coño, dos de golpe, y ella se dio cuenta de lo empapada que estaba cuando los oyó chapotear. La follaba con los dedos mientras con el pulgar le frotaba el clítoris, y Marina notó que se iba a correr en menos de un minuto si no lo paraba.

—Para, para, quiero venirme con la polla dentro.

Le colocó la verga en la entrada del coño y se apoyó despacio. El glande solo, gordo como un puño, ya le costó meterlo. Bajó dos centímetros y se quedó quieta, jadeando, ajustándose. Bajó otros dos y sintió cómo se abría por dentro, cómo la carne le cedía. Marcus le agarraba las caderas con las dos manos, respetando el ritmo, dejándola trabajar.

—Despacio —susurró él—. Tú marca.

Marina descendió otro poco, y otro, hasta que sintió los huevos de él contra el culo. Estaba entera dentro. Se quedó quieta un segundo, con la boca abierta, sin aire, arqueada, y luego soltó una carcajada incrédula contra su hombro.

—¿Te ríes? —jadeó él.

—Llevaba meses fantaseando con esto —confesó ella—. Cállate y no pares.

No paró. Marina empezó a moverse arriba y abajo, primero con cortos vaivenes que le permitieron acostumbrarse, después subiendo casi hasta la punta y dejándose caer entera, con un golpe seco cada vez que sus caderas chocaban. La camilla profesional, pensada para otra cosa, crujía debajo de ellos pero aguantaba el envite mejor que ellos. Cada bajada le sacaba un gemido nuevo, más grave, más animal. Marcus estiraba el cuello para atraparle las tetas con la boca sin dejar de sujetarle el culo con las dos manos, abriéndoselo, marcándole las nalgas con las yemas.

—Así, así, joder, no pares… —jadeaba ella—. Me llenas entera, cabrón, me llenas entera…

Se corrió la primera vez montada encima de él, con un temblor que le empezó en las corvas y le subió hasta el pecho. Se quedó quieta un instante, con la polla clavada hasta el fondo, apretándola por dentro con espasmos que Marcus notó perfectamente. Él aprovechó el momento, la volteó con una fuerza que la lesión no debería haberle permitido y la puso de espaldas contra la camilla.

Le levantó las dos piernas y se las echó sobre los hombros, doblándola por la mitad. Y desde ahí, apoyándose en la pierna sana, empezó a follársela en serio. Marina notó cómo le entraba más profundo que antes, cómo cada embestida le llegaba a un sitio que hasta esa noche no sabía que tenía. Se agarró a los bordes de la camilla y aulló sin ningún pudor, porque los vecinos que la oyeran ya eran problema del día siguiente.

—Fóllame, fóllame así, ábreme entera…

Marcus le escupió en el coño para lubricar mejor y siguió a un ritmo que la camilla ya no podía disimular. El olor a sexo, a aceite y a sudor había ganado la sala. Marina veía en el espejo de la pared el contraste de las dos pieles, la suya pálida ofrecida y la de él oscura moviéndose entre sus muslos, y aquella imagen acabó de empujarla. Se vino otra vez, con un temblor largo que le bajó por las piernas, y él la siguió poco después.

—Fuera no, fuera no —le pidió ella con un hilo de voz, agarrándolo del culo con las dos manos—. Córrete dentro.

Marcus se hundió hasta el fondo con dos, tres embestidas finales, agarrándola de las caderas, y ella sintió cómo la polla se le engrosaba un instante y cómo la primera corrida le salía dentro, caliente, abundante. Él siguió empujando mientras se vaciaba, y a cada empujón salía más semen, tanto que Marina lo notó chorrearle por la raja del culo hasta la camilla. Se quedó dentro un rato más, todavía duro, respirando fuerte contra su cuello.

Cuando por fin se apartó, la polla salió con un ruido sordo y detrás vino un hilo blanco espeso que le resbaló por el muslo. Marina se lo cogió con dos dedos y se lo llevó a la boca, mirándolo, y Marcus soltó un gruñido que le hizo notar cómo se le volvía a poner dura contra el estómago.

Se quedaron quietos un momento, sudados, recuperando el aire bajo la luz tibia de la lámpara.

—El masaje —dijo Marcus entre risas— no creo que me lo haya recomendado el fisio así.

—Confía en mí —respondió Marina, besándole el pecho—. Soy una profesional. Mañana te dolerá menos.

Le dolió menos, en efecto. Y volvió el martes, y el jueves, con la excusa cada vez más fina de la rehabilitación. Marina había cumplido por fin su única asignatura pendiente, y resultó que aprobar le gustó tanto que decidió matricularse para todo el curso. Nunca se lo contó a nadie. Hasta ahora.

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Comentarios(8)

Karen931

Dios mio que historia jajaja no me lo esperaba para nada, excelente!!

VeroNocturna

Por favor continuá, quede enganchada hasta el final y quiero saber cómo siguió todo entre ustedes

Manu_Cordoba

Me recordó un poco a algo que le pasó a una amiga, la vida siempre supera a la ficción jaja. Muy bueno.

Santi_CR

increible relato, seguí así!!

SilvinaRo

Me gustó mucho la forma en que lo narraste, se siente real sin ser burdo. Las confesiones son mi categoria favorita y esta no decepciona para nada.

NachoPe

Y al final te volviste a ver con el? quedo la duda jaja esperamos la segunda parte

LectorPasajero

Las gradas de un partido de rugby como punto de partida... que manera de arrancar una historia. Saludos!

Fede_lee

Buenisimo, sigue subiendo mas relatos asi

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