Mi compañera de piso tenía un vicio que no esperaba
Os voy a contar algo que pasó hace ya un par de años, cuando vivía en un piso compartido cerca de la facultad. No es ninguna fantasía: ocurrió de verdad, y todavía hoy lo recuerdo con una mezcla de incredulidad y calor.
Éramos cinco repartidos en aquel piso viejo de techos altos: tres chicas y dos chicos, contándome a mí. Cada uno arrastraba su propia historia. Unos estudiábamos, otra trabajaba turnos imposibles, y aunque no siempre coincidíamos en el comedor, se respiraba buen ambiente. Era de esa clase de convivencia en la que terminas conociendo los horarios de todos sin proponértelo.
Una de las chicas se llamaba Marina. Preparaba unas oposiciones y, para ir tirando, de vez en cuando hacía algún trabajo de venta a domicilio. Era simpática, de risa fácil, con unas curvas generosas que al principio no me llamaron especialmente la atención. La trataba como a una compañera más, sin segundas. Tenía unas tetas enormes que se le marcaban bajo cualquier camiseta, un culo redondo y firme que rebotaba cuando andaba por el pasillo, y una boca de labios gruesos que, visto lo visto, era una máquina.
Un viernes por la noche me quedé a solas con ella en el comedor. Yo tenía el portátil sobre las rodillas, repasando unos apuntes de una asignatura que se me atragantaba. Marina estaba derrumbada en la butaca, hipnotizada con el móvil, deslizando un vídeo tras otro. La televisión sonaba de fondo, y pasadas las once empezó una película con bastante carga sexual.
—¡Uy, menudo peliculón! —exclamó Marina, haciéndome levantar la vista hacia la pantalla, donde una pareja follaba a cuatro patas sobre las sábanas revueltas, con ella gimiendo como una perra y él dándole con fuerza desde atrás—. Y yo que llevo meses sin ver a mi novio —se rió.
—Vaya, pues ellos se lo están pasando bien —contesté por decir algo, dejando el portátil a un lado. Las horas me estaban pasando factura.
—Ya ves. Que te pongan estas cosas cuando estás a dos velas es lo peor —protestó—. ¿Y tú? ¿Tienes novia que te dé alegrías?
—Ahora mismo, no. Me paso el día metido en los apuntes y no tengo tiempo para nada —le expliqué.
—Uf, pues no sé si aguanto con esta peli delante. O cambias de canal, o me voy a tocar el coño —dijo, justo cuando en la pantalla la tía empezaba a mamársela al tío con ganas—. ¿Te importa si lo hago?
—No, qué va —respondí, más sorprendido que otra cosa, sin saber muy bien dónde meter los ojos.
Marina se acomodó en la butaca, ladeada respecto a mí, se bajó un poco el pantalón del pijama y deslizó la mano por dentro de las bragas. Oí el chapoteo húmedo de sus dedos empezando a jugar con su coño mojado. Yo iba alternando la mirada entre la película y ella, que empezaba a respirar más hondo, con la boca entreabierta, mordiéndose el labio inferior. Estaba en otra butaca, un poco por delante de mí, así que desde su posición no me veía del todo.
—Esta peli ya la había visto, y me pone muchísimo —murmuró con la voz entrecortada—. Joder, qué mojada estoy ya. ¿Y tú no te animas? Por mí no te cortes, que estamos entre colegas.
La verdad es que entre la película, el morbo de tenerla al lado metiéndose los dedos y la semana entera que llevaba sin un minuto para mí, ya notaba la polla dura como una piedra apretándome contra la tela del pantalón. No se me había pasado por la cabeza sacármela delante de una compañera de piso, pero aquella invitación me resultó de lo más excitante. Nunca había hecho nada parecido.
Llevé la mano a la entrepierna y me acaricié la verga por encima de la tela, sopesando mis opciones. ¿De verdad iba a atreverme allí, en medio del comedor?
—Mira cómo se la come, la muy guarra —dijo Marina, acelerando el ritmo de la mano dentro de las bragas—. Quién pudiera, que es viernes, joder. Se me está poniendo el coño hecho una sopa.
Como ella seguía de perfil y yo había quedado un poco rezagado en el sofá grande, me decidí. Me bajé la cremallera, me saqué la polla dura y palpitante y empecé a masturbármela con cierta timidez, sin perder de vista la escena. Toda la situación me tenía la cabeza dando vueltas.
Pero, como si lo hubiera intuido, Marina giró de pronto la cabeza y me pilló con la mano ocupada, la verga tiesa asomando entre mis dedos.
—¡Anda! —exclamó, dando un respingo en la butaca—. A ver, a ver. —Se levantó, con la mano todavía brillante de sus propios flujos, y se acercó—. Menudo pollón, ¿no? —dijo, mirando sin disimulo, relamiéndose los labios.
—¿Tú crees? —contesté, entre halagado y avergonzado.
—Solo he estado con mi novio, y la suya es bastante más modesta. La tuya es una verga tremenda, joder, qué gorda la tienes —admitió, sentándose a mi lado sin apartar la vista de mi polla, que latía a la vista, con el glande hinchado y una gota espesa de líquido preseminal en la punta—. Oye, yo soy fiel, ni se me ocurriría follar con otro hombre. Pero… ¿me dejarías chupártela un poco, solo para ver qué tal?
—¿Y eso no sería serle infiel a tu novio? —pregunté, más por sorpresa que por reparos.
—Para mí, infiel es meterse una polla en el coño —razonó con una lógica de lo más conveniente—. Pero mamársela… ¿cuántas cosas nos llevamos a la boca a lo largo del día? Además, ya me conoces, soy de buen comer y no me gusta tener la boca quieta —dijo, riéndose de sí misma.
—Si quieres probar, no voy a ser yo quien te diga que no. Será un placer —respondí, sin demasiada resistencia.
Y dicho y hecho. Marina se arrodilló en la alfombra entre mis piernas y, sin más preámbulos, me agarró la polla por la base con una mano y se la metió entera en la boca de un solo golpe, hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta y la oí ahogarse un instante. Sacó la verga con un lametón largo, desde los huevos hasta el glande, y se quedó jugando con la lengua alrededor de la corona, empapándola de saliva. Yo la observaba fijamente, viendo cómo aquellos labios gruesos se cerraban en torno a mi polla y bajaban hasta el fondo una y otra vez, con un ruido húmedo, obsceno, que rompía el silencio del comedor.
—Mmm, qué rica la tienes —alcanzó a decir, con la voz amortiguada, con un hilo de saliva colgándole de la barbilla—. Está buenísima, joder.
Me la sacó de la boca y me escupió encima del glande, para lubricarla bien, antes de bajar y meterme los huevos en la boca uno detrás del otro, chupándomelos con delicadeza mientras con la mano me hacía una paja lenta y firme. Después volvió a la verga, engulléndomela hasta la garganta con arcadas suaves que me estaban volviendo loco.
Estaba tan excitado que me habría corrido en su boca en ese mismo instante, pero quería alargarlo, estirar la sensación todo lo posible. Aun así, había momentos en los que me costaba contenerme.
—Despacio —le pedí—. No hay prisa.
—Es que me encanta esta polla, y nunca había probado una así de gorda. Entiéndelo —contestó antes de volver a la carga, escupiéndome encima y frotándose la saliva por toda la verga con la mano.
Con una mano me sujetaba la base y con la otra se apoyaba en mi muslo, clavándome las uñas casi sin darse cuenta. La tenue luz de la lámpara de pie, esa que solíamos dejar encendida por las noches, arrancaba reflejos cálidos sobre su piel y sobre el brillo húmedo que le cubría los labios y el mentón. Aquella imagen se me quedó grabada: Marina de rodillas, con las mejillas hundidas succionando mi polla, mirándome hacia arriba con los ojos brillantes cada vez que la sacaba para respirar. Con su mano libre se había vuelto a colar por dentro del pantalón del pijama y se frotaba el coño al ritmo de la mamada, gimiendo con la boca llena.
—Uf, no aguanto más, me corro —avisé, sintiendo cómo la corrida me subía desde los huevos por toda la polla.
Marina murmuró un «dámela toda» que apenas entendí y siguió sin frenar, apretando los labios en torno a la verga y acelerando el ritmo. Cuando me dejé ir, disparé el primer chorro de semen espeso directamente al fondo de su garganta; ella tampoco se detuvo, al contrario, gimió como una guarra mientras tragaba y siguió chupando para sacarme hasta la última gota. Sentí cómo mi polla latía dentro de su boca, descargando corrida tras corrida, y ella se las tragaba todas sin apartarse, con los ojos entrecerrados de placer.
Suelo cerrar los ojos en esos momentos, pero hice el esfuerzo de mantenerlos abiertos para no perderme la escena: Marina con mi verga metida hasta el fondo, la nuez subiendo y bajando mientras se bebía mi semen como si fuera lo más rico del mundo. No me arrepiento: fue de esas imágenes que uno guarda.
***
Pasado el primer arrebato, Marina siguió un rato más, ahora más lenta, casi juguetona, como quien no quiere soltar algo que le gusta. Yo pensaba que en cualquier momento me dejaría tranquilo, pero ella continuó entretenida, pasándose la polla de un lado a otro de la boca como si saboreara un caramelo, recogiendo con la lengua los restos de corrida que se le habían escapado a las comisuras.
—Madre mía, menudo orgasmo me has regalado. De los mejores que recuerdo —le dije, rompiendo el silencio.
—Ya echaba de menos algo así. Y tu leche está espesa, sabe muy bien —respondió con una sonrisa de satisfacción, relamiéndose—. Se nota cuánto lo necesitabas.
—Y tú lo haces de maravilla. Chupas polla como nadie —confesé.
—¿Me dejas un ratito más? Es que se me pone el coño a cien teniéndola en la boca —preguntó.
—Como quieras. Estoy tan relajado que me da igual —dije.
Y entonces, sin saber muy bien cómo, noté que la verga volvía a despertar entre sus labios, hinchándose otra vez, empujando dentro de su boca.
—No me lo puedo creer, me la estás poniendo dura otra vez —dije, entre sorprendido y rendido, mientras ella sonreía sin soltarme, con la polla creciendo entre su lengua y su paladar.
Marina cambió de ritmo, presionando con más firmeza y ayudándose de la mano, haciéndome una paja al mismo tiempo que me metía la punta hasta la garganta. Se sacó la verga de la boca, la escupió, y la frotó contra sus mejillas y sus labios, embadurnándose la cara. Después volvió a tragársela entera, con un gruñido gutural, y aceleró. Tras unos minutos de insistencia, lo consiguió: estaba de nuevo a punto, con esa mezcla de placer intenso y leve molestia de quien vuelve a la carga demasiado pronto, con la polla ultrasensible entre unos labios que no daban tregua.
—Eres una traviesa. Esto es lo que buscabas, guarra —dije con la voz quebrada.
Esta segunda vez fue más pausada, menos atropellada. Sus movimientos eran lentos, profundos, tragándose la verga entera hasta que la nariz me tocaba el pubis, aguantándola ahí unos segundos con la garganta apretada alrededor del glande. Había instantes en los que parecía querer llevarse el reto al límite, cuando se apartaba, tosía un poco, se limpiaba los ojos llorosos y volvía a hundirse hasta el fondo. Yo me retorcía en el sofá, incapaz de quedarme quieto, agarrándole el pelo con una mano y marcándole suavemente el ritmo.
—Qué bien que hayas recuperado fuerzas —dijo con un tono entre burlón y mandón, con la mano bombeándome la base de la polla mientras la lengua me hacía círculos en el glande—. ¿Te queda otra corrida más para mí? Que sigo con hambre de leche.
—No sé si voy a poder otra vez —admití, porque correrme dos veces tan seguidas no era lo habitual en mí—. Pero si sigues así, lo averiguamos.
En un momento dado, aceleró buscando provocarme, mamando con ganas, con ruidos húmedos que retumbaban en el comedor, sacando y metiendo la verga a toda velocidad mientras con la otra mano me acariciaba los huevos y me apretaba el perineo con el pulgar. El segundo final llegó más lejano, más costoso, como una ola que se forma despacio y de repente lo arrasa todo. Cuando me dejé ir por segunda vez, lo hice con un gemido ronco que me sorprendió hasta a mí, descargando otro chorro de semen en su boca; esta vez ella se apartó a última hora, dejando que las últimas gotas le cayeran sobre los labios y la barbilla, para poder verlo todo. Después se pasó la lengua por la comisura, recogiendo hasta la última gota de leche.
—Nunca me habían hecho terminar así, dos veces de seguidas —dije, jadeando.
Marina se rió sin soltarme la polla, paladeando un instante antes de volver a mimarme con la lengua, chupándome el glande sensibilísimo.
—Has sido un buen chico. Y me has dado dos raciones bien llenas, qué rico —dijo, divertida.
Y, lo creáis o no, siguió un rato larguísimo, con la boca pegada a la verga fláccida, mimándomela, hasta que le supliqué que parara porque ya no me quedaba nada que dar.
—Mmm, ha estado genial —dijo, sentándose por fin a mi lado, todavía con los labios brillantes y algún rastro de semen seco en el mentón—. Ya ves, me encanta comer polla y tenía muchas ganas. Que esto quede entre nosotros, ¿vale? Nuestro pequeño secreto.
Yo me quedé hundido en el sofá unos minutos, sin acabar de creerme lo que había pasado con mi compañera de piso.
***
A la mañana siguiente, el resto había vuelto y desayunamos casi todos juntos en la mesa redonda del comedor, como si nada. Los días siguientes transcurrieron con una normalidad aparente. Marina me sonreía a veces, con un brillo cómplice, pero mantenía las formas delante de los demás.
A mitad de semana yo andaba acelerado, recordando aquella noche una y otra vez, con la polla dura a cada rato pensando en su boca. Una tarde reuní valor y fui hasta su habitación. Entré sin llamar, para no hacer ruido y que no me oyeran los demás. La encontré tumbada en la cama, en pijama de verano —una camiseta finita sin sujetador, con los pezones marcándose bajo la tela, y unos shorts cortos que se le pegaban al culo—, con un libro entre las manos. Al verme, sonrió.
—¿Qué se te ofrece? ¿No puedes dormir? —preguntó, divertida.
—Llevo todo el día pensando en lo del otro día —le confesé, riéndome de lo ridículo que sonaba.
—¿Ah, sí? A ver —contestó, traviesa, sentándose en el borde de la cama.
Aparté el elástico del pantalón y saqué la polla ya semihinchada, y ella no tardó en alargar la mano para envolvérmela con los dedos.
—Ay, cariño —dijo en un tono casi maternal, mientras me la masajeaba lentamente y sentía cómo se me ponía dura en su puño—. ¿Y así vas por la vida, con esta polla hinchada? ¿No te duele?
—Un poco, de tenerla así todo el día —admití.
—¿Quieres que te la chupe y te alivie? —preguntó, acercándose los labios y soplándome el glande.
—¿Te apetece? —respondí.
—A mí siempre me apetece esta verga. Pero quiero que me lo pidas, quiero oírtelo —replicó, alargando el juego mientras me sacaba una gota de preseminal con el pulgar y se la lamía delante de mí.
—Eres terrible… quiero que me la chupes, por favor, mámamela —dije, ya con la voz tomada.
—Anda, ven aquí, cerdito —contestó, tirando suavemente de mí y acomodándose de costado en la cama.
En aquella postura podía admirarla mejor: ella tumbada de lado, la camiseta subida hasta debajo de las tetas enormes, yo de pie con una rodilla apoyada en el colchón y la polla apuntando directa a su boca. Marina se la metió despacio esta vez, saboreándola, dejando que la lengua recorriera cada centímetro. Cuando la tuvo entera adentro, presionó la nariz contra mi pubis y se quedó ahí, tragando alrededor del glande, con la garganta apretándome el capullo. Después empezó a moverse en un vaivén largo y profundo, sacándola casi hasta la punta y volviéndola a hundir hasta el fondo. Le acaricié el pelo, ese cabello castaño y rizado, mientras ella pasaba una mano por mi muslo y me empujaba hacia sí, marcándome el ritmo. Con la otra mano se coló dentro del short y se puso a masturbarse el coño, y pude oír el chapoteo mojado de sus dedos entrando y saliendo.
Me sacó la verga un momento, jadeando, y me miró con los ojos vidriosos.
—Escúpeme en la boca —me pidió, abriéndola.
Lo hice, y ella se relamió antes de volver a tragarse la polla entera, esta vez con más furia, gimiendo con la boca llena mientras se metía los dedos en el coño más rápido. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca con cuidado, deslizando la verga entre sus labios, sintiendo la garganta ceder cada vez que empujaba a fondo. Se le saltaban las lágrimas, la baba le corría por la barbilla y le caía sobre las tetas, pero no me apartaba: al contrario, gruñía pidiendo más.
Cuando ya no quise arriesgarme a que apareciera alguien, me dejé llevar y la avisé de que me iba a correr. Vi su gesto de gozo al notar la polla latir dentro de su boca, cómo apretó los labios y succionó con fuerza para que no se le escapara ni una gota. Me corrí a chorros, sintiendo cómo el semen le llenaba la boca; ella tragó todo lo que pude darle sin dejar de mamar, y a los pocos segundos, con dos dedos hundidos en su coño empapado, se corrió también, gimiendo alrededor de mi verga con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Igual que aquel viernes, no se detuvo hasta que perdí toda la fuerza, chupándome la polla ya blanda con una ternura extraña.
—Oye, ¿te puedo preguntar algo? —dijo, mientras yo recomponía la ropa.
—Claro, dime.
—Más o menos, ¿cuántas veces a la semana te haces una paja tú solo? —quiso saber.
—Pues dos o tres, según la semana. ¿Por?
—¿Y qué te parece si, en vez de hacerlo tú, a partir de ahora me avisas y me vienes a la habitación para que te la mame? Yo me quito el ansia de tener una polla en la boca, tú descansas mejor, y todos contentos. Pero en secreto, que no salga de aquí —propuso con una sonrisa, chupándose los restos de mi corrida del labio inferior.
Y así fue. Nunca llegamos a follar, porque ella reservaba el coño para su novio del pueblo, pero durante los meses que compartimos aquel piso lo nuestro se repitió decenas de veces: mamadas en su cama, en el sofá cuando no había nadie, alguna vez incluso a toda prisa en la cocina con el resto durmiendo. Un pacto silencioso entre dos compañeros que sigo recordando, todavía hoy, con una sonrisa.





