El juego que cerramos en el callejón del bar
Hay cosas que una cuenta solo cuando ya pasaron y el cuerpo todavía las recuerda. Esta es una de esas. La escribo tal como la viví, sin adornar, porque si empiezo a maquillarla pierde lo único que importa: que fue real, que lo decidí yo, y que mi marido lo decidió conmigo.
El lugar se llamaba El Farol de Renata, un bar viejo que en otra época había tenido orquesta y una cantante famosa, y que ahora sobrevivía con luces tristes y un piano que nadie tocaba. A Damián y a mí nos gustaba justamente por eso. Poca gente, mesas en penumbra, mozos que no preguntaban nada. El sitio perfecto para nuestro juego.
Porque teníamos un juego, sí. Empezó casi en broma, una noche cualquiera, comentando a un hombre que me miraba demasiado. Damián me dijo al oído lo que estaba pensando y yo le confesé que pensaba lo mismo. De ahí en adelante el bar se volvió otra cosa. Un escenario.
Esa noche me vestí para ser mirada. Falda negra hasta la rodilla, nada llamativo de frente, pero debajo llevaba medias con costura, esas que tienen una línea fina que sube por detrás de la pierna hasta perderse bajo la falda. Las sostenía un liguero que me había regalado Damián para un aniversario, y que él sabía que yo guardaba para ocasiones así.
Nos sentamos en la mesa de siempre, la del rincón. Pedí una copa de vino tinto y crucé las piernas despacio, dejando que la falda subiera apenas lo necesario. Lo justo para que se adivinara la costura. Lo justo para que un hombre, a tres mesas de distancia, dejara de mirar su trago.
Lo reconocí enseguida. Lo había visto en otras visitas. Un tipo de mi gusto, de esos que no necesitan decir nada para que una sepa que ya lo está imaginando. Esa noche me observaba sin disimulo, y yo le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que entendiera que no le molestaba.
Hoy sí, pensé. Hoy llego hasta el final.
—Va a venir a la mesa en cuanto me levante —me dijo Damián en voz baja, sin mirarlo, jugando con el pie de su copa.
—¿Y a vos te molesta? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Negó con la cabeza y se mordió el labio. A él le excitaba tanto como a mí, quizá más. Le gustaba verme deseada por otro. Le gustaba el después, cuando llegábamos a casa y yo le contaba cada detalle.
—Voy al baño —dijo, y se levantó.
Era la señal. Esperé un segundo, mojé el borde de la copa con la punta de la lengua mirando hacia la otra mesa, y le hice un gesto mínimo con la mano. Una invitación. El hombre no lo dudó. Tomó su vaso y caminó hacia mí con una calma que me gustó.
—Pensé que nunca te ibas a animar —dijo al sentarse.
—Pensaste mal. Solo elijo el momento.
Le expliqué rápido, en pocas palabras, porque el tiempo corría. Que venía con alguien. Que ese alguien lo sabía. Que de vez en cuando me gustaba este tipo de juegos y que él tenía la suerte de haber caído en el bar la noche correcta.
—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó, y se le notaba la respiración un poco más rápida.
—Salir antes que yo. Hay un callejón detrás del bar, junto a la puerta de servicio. Esperame ahí.
Se levantó sin discutir. Cuando Damián volvió del baño, le bastó una mirada para entender que el plan estaba en marcha. Me apretó la mano por debajo de la mesa, un gesto que significaba andá, después me lo contás todo, y yo terminé el vino de un trago.
Salí dos minutos después. No por pudor, sino por estrategia: a nadie le caen bien los coqueteos descarados a la vista de todos. Una cosa es el deseo, otra es el espectáculo barato. Yo prefería la primera.
***
El callejón estaba oscuro de verdad. Una sola lámpara colgaba sobre la puerta de servicio, y su luz amarilla apenas llegaba a la mitad del paso. Más allá, todo era sombra y el olor dulzón de las cajas de cerveza apiladas contra la pared. Él estaba ahí, esperando, apoyado donde la penumbra lo tragaba casi por completo.
No hablamos. No hacía falta. Me acerqué y me besó, y fue un beso de los que no piden permiso, de los que empiezan donde otros terminan. Le sentí las manos en la cintura, después en la espalda, después bajando, y yo dejé que bajaran.
Me apoyó contra la pared, entre dos torres de cartones vacíos, y me besó el cuello, el escote, la línea de la mandíbula. Yo le hundía los dedos en el pelo y trataba de no hacer ruido, aunque cada vez me costaba más. Cualquiera podía pasar por la boca del callejón. Esa posibilidad, lejos de frenarme, me encendía.
Le tomé la mano y la guié hacia abajo, subiéndome yo misma la falda. Quería que sintiera las medias, el liguero, la tela fina de la ropa interior. Nunca uso tangas, las detesto; esa noche llevaba unas bragas transparentes que no escondían nada y que él descubrió con los dedos en la oscuridad.
—Date la vuelta —me dijo al oído, con la voz ronca.
Obedecí. Apoyé las dos manos contra la pared fría y arqueé la espalda, ofreciéndome. Lo que pasó después me sorprendió incluso a mí. Se arrodilló detrás de mí, corrió la tela hacia un lado y empezó a besarme las nalgas, despacio primero, con hambre después. Cuando sentí su lengua donde no esperaba, se me escapó un gemido que tuve que ahogar mordiéndome el antebrazo.
Empujé hacia atrás sin querer, buscando más. El placer era tan intenso y tan inesperado que me temblaban las piernas. La oscuridad me protegía: aunque alguien hubiera pasado, no habría visto más que dos sombras pegadas a la pared. Pero el peligro estaba ahí, latiendo en cada ruido de la calle, y eso lo hacía todo más grande.
Se incorporó. Lo escuché abrir el envoltorio del preservativo, ese sonido pequeño que en el silencio del callejón parecía enorme. Le agradecí en silencio que lo hiciera sin que yo tuviera que pedirlo.
Lo que vino después fue puro vértigo. De pie los dos, yo aferrada a la pared, sentí cómo me abría paso despacio, conteniéndose, dándome tiempo. Solté un quejido largo, apretado entre los dientes, y le pedí más con la única palabra que me salió. Él entendió.
Sus embates me empujaban contra los cartones, que crujían a cada movimiento. Sentía sus muslos chocar contra los míos, las manos firmes en mis caderas, los dedos buscando de a ratos el broche del liguero como si quisiera confirmar que aquello era real. Yo gemía bajo, tragándome casi todo el sonido, con el cuerpo entero concentrado en una sola cosa.
—Voy a... —empezó a decir.
—Afuera —le pedí, jadeando—. Sobre mí.
Se retiró el preservativo en el último instante y terminó sobre mi ropa interior, sobre mis nalgas, con un gemido contenido que se mezcló con el mío. Me quedé apoyada en la pared, recuperando el aire, sintiendo el calor de aquello resbalar despacio sobre mi piel. Él sacó un par de toallitas del bolsillo y me limpió con una delicadeza que no esperaba de un desconocido, mientras yo seguía temblando, todavía a medio camino entre el placer y la incredulidad de lo que acababa de hacer.
Recién entonces volví a respirar normal. Recordé los besos del principio, las caricias, su boca y la mía buscándose en la oscuridad. Había sido rápido y eterno a la vez, como son siempre las cosas que una sabe que no se van a repetir igual.
—Quiero volver a verte —me dijo, acomodándose la ropa.
No le contesté. Le di un último beso, corto, y me arreglé la falda, las medias, el pelo, todo lo que pudiera delatar lo que había pasado. Cuando entré de nuevo al bar, tenía la cara encendida y las piernas todavía flojas.
***
Damián me esperaba en la mesa con dos copas servidas. Me senté frente a él y no dije nada al principio. No hizo falta. Me miró la cara, el escote, la manera en que me costaba quedarme quieta en la silla, y supo todo.
—Contame —pidió en voz baja, con los ojos brillantes.
Y se lo conté. Cada detalle, mientras él me sostenía la mano sobre la mesa y la apretaba más fuerte a medida que avanzaba el relato. Vi cómo se le aceleraba la respiración, cómo se movía en la silla, cómo lo que para otros habría sido una traición para nosotros era un regalo.
—Vámonos a casa —dijo cuando terminé. No era una sugerencia.
En el departamento no llegamos ni a sacarnos los abrigos del todo. Me tomó en el pasillo, con una urgencia que hacía mucho no le veía. Me arrancó la ropa interior, todavía marcada por la noche, y me reclamó como si necesitara borrar al otro y a la vez darle las gracias. Terminó dentro de mí con un gemido largo, mordiéndome el hombro, y yo me dejé llevar entera, exhausta y feliz.
Después nos quedamos en silencio en la oscuridad del cuarto, las piernas enredadas, el corazón todavía golpeando fuerte.
—¿Estás bien? —me preguntó, como siempre, como cada vez.
—Mejor que bien —le dije.
Y era verdad. Porque lo nuestro nunca fue sobre el desconocido del callejón ni sobre el bar de luces tristes. Fue siempre sobre nosotros, sobre lo que somos capaces de compartir sin perdernos, sobre la confianza de soltarnos sabiendo que siempre volvemos al mismo lugar.
Nunca volví a ver al hombre del callejón. Damián y yo, en cambio, todavía vamos de vez en cuando a algún bar tranquilo, en penumbra, y yo cruzo las piernas despacio para que se adivine la costura de las medias. El juego sigue. Y mientras siga siendo nuestro, no pienso dejarlo.