Mi entrenador me llevó al hotel después del gimnasio
Llevaba seis meses entrenando con Marco y seis meses fingiendo que no me pasaba nada cada vez que me corregía la postura con las manos. Lo conocí en el gimnasio del barrio, uno de esos lugares pequeños donde todos se saludan por el nombre. Él era el instructor de la tarde: alto, de hombros anchos, con una sonrisa que repartía a todas por igual y una manera de mirar que, conmigo, parecía durar un segundo de más.
Esa tarde el gimnasio estaba casi vacío. Habíamos terminado la rutina y yo seguía con la respiración agitada, secándome el cuello con la toalla, cuando se acercó por detrás y me habló bajito, casi al oído.
—¿Tienes apuro por llegar a tu casa? —preguntó.
Me giré. Tenía esa expresión seria que no le había visto nunca, la que no repartía a las demás.
—No, hoy no —dije, y la voz me salió más fina de lo que quería.
—Conozco un sitio cerca. Acompañame.
No fue una pregunta y yo no la convertí en una. Salimos juntos, todavía con ropa de deporte, y caminamos tres cuadras hasta un hotel discreto de esos que cobran por horas. El recepcionista ni levantó la vista. Subimos por una escalera estrecha y, cuando abrió la puerta de la habitación, una luz roja tenue lo bañaba todo y el aire olía a perfume barato y a sábanas limpias.
No tendría que estar haciendo esto, pensé. Y al pensarlo me di cuenta de que justamente por eso lo estaba haciendo.
Cerró con llave. El clic del pestillo me erizó la piel.
—Sácate eso —dijo, señalándome con el mentón—. Quiero verte de una vez.
Me quité la camiseta y el top deportivo despacio, dejándolos caer sobre la silla. Después el pantalón corto, hasta quedar solo con un conjunto de ropa interior negra que esa mañana me había puesto sin saber bien por qué. Él me miró de arriba abajo, sin tocarme todavía, y esa demora me puso más nerviosa que cualquier mano encima.
—Así —dijo, acercándose—. Llevo meses imaginándote así.
Me tomó la cara con una mano y me obligó a sostenerle la mirada. Yo respiraba por la boca.
—¿Sabés lo que quiero? —murmuró.
—Decime —respondí.
—Quiero que esta noche seas mía. Que hagas lo que yo diga. ¿Te animás?
Asentí antes de pensarlo. Algo en obedecerle me soltó por dentro, como si llevara años esperando que alguien me diera permiso de no decidir.
—De rodillas —ordenó.
Me dejé caer sobre la alfombra gastada. Le bajé el pantalón de entrenamiento y la ropa interior de un tirón, y él quedó frente a mi cara, ya duro, más de lo que había imaginado en todos esos meses de mirarlo de reojo. Lo tomé con las dos manos y empecé despacio, con la lengua, recorriéndolo desde abajo hasta la punta mientras lo miraba hacia arriba.
—Tranquila —dijo, hundiendo los dedos en mi pelo—. Tenemos toda la tarde.
Pero yo no quería ir tranquila. Me lo metí en la boca todo lo que pude, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y tuve que sacarlo para respirar. Lo escupí, lo volví a tragar, escuchando los ruidos húmedos que llenaban la habitación y los gruñidos cortos que él soltaba cada vez que llegaba hasta el fondo.
—Me encanta cómo lo hacés —dijo entre dientes—. No pares.
Subí las manos a mis pechos, los junté y lo froté entre ellos, escupiendo para que resbalara mejor, y volvía a llevármelo a la boca cada vez que asomaba la punta. Él me sostenía la nuca y marcaba el ritmo, mirándome como si fuera la única persona del mundo.
—Voy a acabar —avisó, con la voz tensa.
—Hacelo —dije, sin soltarlo—. En mi boca.
Aceleré hasta que se le cortó la respiración y terminó con un gemido ronco. Me quedé quieta, recibiéndolo, mirándolo a los ojos mientras tragaba y me limpiaba la comisura con el pulgar.
—Buena chica —dijo, acariciándome la mejilla—. Ahora me toca a mí.
***
Me levantó de los brazos y me empujó suavemente sobre la cama. Me arrancó la ropa interior con dos movimientos y me abrió las piernas con las palmas de las manos, sin pedir permiso, mirándome entera antes de bajar la cabeza.
La primera lamida me arqueó la espalda. Era lento, paciente, todo lo contrario a la urgencia que habíamos tenido un minuto antes. Me chupaba el clítoris con una constancia que me hacía retorcer, se detenía justo cuando yo empezaba a temblar y volvía a empezar desde abajo. Metió dos dedos y los curvó, buscando, mientras seguía con la lengua.
—Marco… así, no pares —jadeé, agarrándome de las sábanas.
Levantó los ojos un segundo, sin dejar de moverse, y esa imagen —él entre mis piernas, mirándome desde abajo— me empujó al borde más rápido de lo que esperaba. El orgasmo me llegó largo y desordenado, con las caderas apretadas contra su cara y un grito que intenté tapar con el dorso de la mano.
—No te tapes —dijo, subiendo por mi cuerpo a besos—. Quiero escucharte.
Todavía temblando, le bajé la mano hasta volver a tenerlo duro entre mis dedos. No había tardado nada en recuperarse. Lo guié hacia mí mientras él me mordía el cuello.
—Ponete en cuatro —pidió contra mi oído.
Le hice caso. Me apoyé sobre las rodillas y los codos, ofreciéndome, y sentí cómo se acomodaba detrás. Entró de una sola vez, hasta el fondo, y los dos gemimos al mismo tiempo.
—Dios… —solté, dejando caer la frente sobre el colchón.
Empezó firme, agarrándome de las caderas, marcando un ritmo que hacía sonar la cama contra la pared. De vez en cuando me daba una palmada en la nalga, no demasiado fuerte, lo justo para arrancarme un quejido que terminaba en risa nerviosa.
—¿Te gusta? —preguntó, sin aflojar.
—Sí —dije, empujando hacia atrás para sentirlo más adentro—. No pares, por favor.
Me dio vuelta y me puso boca arriba. Me levantó una pierna sobre su hombro y se hundió de nuevo, esta vez mirándome a los ojos, con la frente perlada de sudor y el pelo pegado a la sien. Yo le clavaba las uñas en los brazos y él se inclinaba a besarme entre embestida y embestida.
—Sos preciosa así —murmuró—. Tenías que verte la cara.
Cambiamos de posición otra vez: me subí encima y lo cabalgué despacio al principio, apoyando las manos en su pecho, controlando yo el ritmo por una vez. Él me miraba desde abajo, las manos en mi cintura, dejándome hacer. Después me apretó contra su cuerpo y empujó desde abajo, rápido, hasta que tuve que esconder la cara en su cuello para no gritar.
***
Cuando paramos a tomar aire, los dos estábamos empapados. Me besó el hombro y bajó la mano por mi espalda, más abajo de lo necesario.
—¿Confiás en mí? —preguntó.
Sabía lo que estaba pidiendo. Lo había hecho pocas veces y casi siempre me había arrepentido a la mitad. Pero esa tarde estaba dispuesta a todo.
—Despacio —dije—. Por favor.
—Despacio —prometió.
Me volví a poner en cuatro. Lo escuché buscar algo en su bolso —una pequeña botella— y sentí el líquido frío resbalar y luego sus dedos, primero uno, después dos, con una paciencia que no le conocía. Esperó a que yo misma empujara hacia atrás antes de cambiar los dedos por la punta.
—Respirá —dijo, presionando muy despacio.
Sentí el ardor primero, esa quemazón que me hizo apretar los dientes, y después, cuando me obligué a soltar el cuerpo, el ardor se mezcló con algo profundo y prohibido que me recorrió entera. Entró poco a poco, esperando, retrocediendo, avanzando un poco más cada vez.
—¿Estás bien? —preguntó, quieto.
—Sí —jadeé—. Seguí… así, despacio.
Empezó a moverse con cuidado, leyendo cada sonido que yo hacía. Cuando se dio cuenta de que el dolor se había vuelto otra cosa, fue subiendo el ritmo. Yo bajé una mano y me toqué mientras él me sostenía de la cadera con las dos suyas.
—Mirá cómo me apretás —dijo, con la voz quebrada—. No voy a aguantar mucho.
—Yo tampoco —confesé.
El segundo orgasmo me llegó distinto, más hondo, golpeándome desde un lugar que no conocía. Todo el cuerpo se me tensó y lo sentí palpitar dentro de mí justo después, mientras él dejaba escapar un gruñido largo y se derrumbaba sobre mi espalda, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
Nos quedamos así un rato, pegados por el sudor, sin hablar. Él me besaba la nuca cada tanto, todavía sin salir, hasta que el corazón nos volvió a la normalidad.
***
Cuando nos vestimos, apenas podía caminar derecha. Me ardía todo y me temblaban las piernas como después de una rutina imposible. Marco me sostuvo del brazo mientras bajábamos la escalera, riéndose por lo bajo.
—Te dejé hecha polvo —dijo—. Mañana no vas a poder hacer sentadillas.
—Eso es culpa tuya —contesté, dándole un codazo flojo.
En la recepción, el mismo empleado de antes nos pasó la cuenta sin mirarnos. Cuando bajé los ojos al papel, sentí que la cara me ardía: debajo del precio de la habitación habían agregado una línea con una letra diminuta. «Recargo por ruido». Me quedé helada.
Marco lo leyó por encima de mi hombro y soltó una carcajada que retumbó en el pasillo vacío.
—¿Recargo por ruido? —repitió, sin poder parar de reírse—. Te juro que se escuchó hasta la calle.
—No es gracioso —susurré, escondiendo la cara contra su pecho, muerta de vergüenza.
—Es lo más gracioso que me pasó en meses —dijo, abrazándome de la cintura—. Y lo volvería a pagar mil veces.
Salimos a la calle abrazados. El aire fresco de la tarde me golpeó la cara y, por un momento, me sentí más liviana que nunca, como si hubiera dejado seis meses de tensión arriba de esa cama.
—¿Misma hora la semana que viene? —preguntó, acomodándome un mechón detrás de la oreja.
—Después del entrenamiento —respondí, todavía colorada—. Pero esta vez elijo yo el hotel.
Él se rió y me besó en la frente. Caminamos hasta la esquina y nos separamos como dos personas que vuelven del gimnasio, como si una hora antes no hubiéramos sido otra cosa. Esa noche no pude sacarme la sonrisa, ni la línea ridícula de la cuenta, ni la promesa de que aquello iba a repetirse. Y, por primera vez en mucho tiempo, esperé con ganas a que llegara la próxima clase.