Te confieso lo que me hiciste aquella noche
Nunca te lo dije con todas las letras, así que ahora te lo escribo. Aquella noche cambió algo entre nosotros, aunque por fuera siguiéramos siendo los mismos. Yo era la de siempre: la que decidía, la que ponía las reglas, la que se hacía la difícil porque le gustaba sentirse importante. Y tú me dejabas creerlo. Lo que no sabía era que esperabas el momento exacto para demostrarme quién mandaba de verdad.
Esa tarde habíamos discutido por una tontería, una de esas peleas mías en las que yo levanto la voz y tú te quedas callado, mirándome con una calma que me saca de quicio. Cené apenas, contestando con monosílabos, convencida de que esa noche dormirías en el sofá. Me equivoqué. Te equivocabas conmigo solo cuando te interesaba equivocarte.
Me metí en la cama de espaldas a ti, todavía enfadada, todavía con ganas de que me pidieras perdón. Y entonces sentí tu mano en mi cadera, sin prisa, sin permiso, recordándome que el enfado nunca me había quitado las ganas. Quise apartarte de un manotazo. No lo hice.
Empezó despacio, como te gusta a ti. Me desnudaste sin prisa, deshaciendo cada botón como si tuvieras toda la noche por delante. Acariciabas cada palmo de mi piel, besabas aquí, allá, sin un orden, sin un plan visible. Yo respiraba hondo, intentando mantener la cara seria, esa máscara de mujer que lo controla todo.
Te dejé hacer porque me dije que era yo quien te lo permitía. Otra de mis mentiras. La verdad es que mi cuerpo ya había decidido por mí mucho antes que mi orgullo, y tú lo notabas en cómo se me erizaba la piel cada vez que tus dedos rozaban un sitio nuevo.
Pero ya me estabas encendiendo, y los dos lo sabíamos.
Entonces me empujaste a la cama. No fue un empujón violento, pero tampoco delicado: fue el gesto justo para recordarme que esa noche no iba a llevar yo las riendas. Te acercaste enseguida, sin darme tiempo a reaccionar, sin permitir que mi orgullo se rearmara.
Me abriste las piernas y subiste sobre mí. Llegaste a mi boca y me besaste, y mientras me besabas me mordías los labios, despacio, con esa intención que conozco tan bien. Sentí tus dientes y un escalofrío me recorrió la espalda. Quise decir algo ingenioso, algo que me devolviera el mando, pero no me salió nada.
Bajaste de golpe, abriéndome más las piernas con las manos. Me diste un beso en esos labios que tanto te gustan, ahí abajo, y por un segundo pensé que ibas directo a lamerme. Me preparé para esa sensación. Cerré los ojos.
Pero no.
Me abriste con los dedos, y cuando creía que ibas a buscar el centro, bajaste un poco más y me lamiste el culo. Pegué un respingo y solté un suspiro que no pude contener.
—Cabrón —dije, con una voz que ya no sonaba tan dueña de sí misma.
Levantaste la cabeza y me miraste a los ojos. No dijiste nada. No hacía falta. En esa mirada había una sonrisa de las que me desarman, de las que me dicen «todavía no has visto nada».
Volviste a lamerme el ojete, esta vez con la lengua plana, despacio, y soplaste sobre mi coño, que mantenías abierto con los dedos. Después otra vez la lengua atrás, sin tregua. Yo gemí. Empezaba a ponerme perra, y odiaba lo rápido que lo conseguías.
Esa sensación de tenerlo todo abierto, expuesto, como si fueras a devorarme entera, me ponía nerviosa de una manera que no sé explicar. No era miedo. Era deseo en estado puro, deseo de que siguieras con lo que tuvieras en mente, fuera lo que fuera.
Y lo peor era que ya no me acordaba de la pelea de la tarde. No me acordaba de que iba a hacerte dormir en el sofá, ni de que quería una disculpa. Solo existía tu lengua y la espera, y la espera era casi tan buena como lo que venía después. Tú lo sabías. Por eso te tomabas tu tiempo.
Y seguiste. Lametón tras lametón, sin parar, sin compasión. Sentía tu lengua cálida y húmeda pasando una y otra vez por el mismo punto, y ese punto empezaba a ablandarse, como si cediera, como si pidiera permiso para más. Lo sentía claramente, y me daba vergüenza sentirlo, y al mismo tiempo no quería que pararas.
Los labios de mi coño, que tú mantenías abiertos, empezaban a humedecerse solos, traicionándome, contando la verdad que mi boca no se atrevía a decir.
Giré un poco la cabeza para mirarte por encima del hombro. Quería verte, quería comprobar si tú estabas tan perdido como yo. Y lo estabas. Tenías la cara hundida entre mis nalgas, los ojos cerrados, concentrado como si en el mundo no existiera otra cosa que ese pedazo de mí. Esa imagen me deshizo más que cualquier caricia.
Hundí de nuevo la cara en la almohada porque me daba vergüenza que vieras lo mucho que me gustaba. Toda mi vida me habían enseñado que esto era sucio, que una mujer decente no pedía algo así, que ni siquiera lo pensaba. Y ahí estaba yo, levantando el culo hacia tu boca, pidiéndotelo sin palabras, rogándotelo con las caderas.
Seguiste con tu lengua atrás, apasionado, terco, sin dejar de abrirme delante. Me tenías ansiosa, a la espera de que me tocaras donde más lo necesitaba, pero no lo hacías. Solo lamías y lamías el mismo sitio. Yo agarraba las sábanas con las dos manos, apretándolas, como si así pudiera resistir, como si tuviera algo que demostrar.
Ya no podía pensar en nada. Solo sentir. Tu lengua pasando, y de vez en cuando una pausa para poner la boca encima y besarme ahí, con los labios, igual que se besa la boca. La sensación se volvía fuerte, demasiado fuerte para seguir disimulando.
Entonces noté cómo tu lengua se ponía rígida. La puntita empujaba para colarse dentro, y mis gemidos ya no se hicieron esperar. Llenaban la habitación, sin que yo pudiera evitarlo. Me sentía perra, completamente perra, a tu merced, sin una sola protesta, sin pedir nada, solo disfrutando de lo que tú quisieras darme.
La lengua empezó a entrar, sin resistencia. Ese culo era tuyo, de tu boca, de ti. Era como si te convirtieras en mi dueño en ese instante. Yo, tan protestona, tan creída, tan reina de todo, y resulta que me poseías como te daba la gana. Era irónico. Pero así era, y dejé de pelearlo.
Empezaste a moverte como si me la follaras con la lengua. La sentía entrar y salir, girar, empujar, mientras delante me mojaba más y más. Yo empecé a mover las caderas. Tenía que hacerlo. Quería sentirla más adentro, más, siempre más.
Me habías enseñado bien a disfrutar de esto, de que me comieras y me follaras el culo. Esa práctica era la que me mantenía sumisa cuando me poseías, la que borraba de un plumazo todos mis aires de mujer intocable.
Seguiste. Notabas cómo movía las caderas. Sabías que lo estaba disfrutando, que ya estaba lo bastante excitada como para correrme, y entonces apretaste el ritmo, me follaste con la lengua con una urgencia nueva.
Mi voz se escuchaba cada vez más alta.
—Cabrón… cabrón…
Y mis movimientos se aceleraban, ayudándote, buscando esa lengua más adentro, más hondo, sin pudor.
—Cabrón… cabrón…
Iba a correrme. Lo sentía subir desde muy abajo, imparable. Y empecé a decir tu nombre, cada vez más fuerte, sin medir el volumen.
—Adrián… Adrián… Adrián…
Cuando escuchaste cómo te nombraba, cómo tu nombre salía repetido de mi boca con esa voz excitada que ni yo misma controlaba, supiste que me tenías exactamente donde querías.
Sacaste la lengua y, en su lugar, metiste el dedo corazón. Lo hundiste despacio mientras llevabas la boca delante, a esos labios que seguías abriendo con la otra mano, los que destilaban toda la prueba de lo que me estabas provocando.
Pegaste la boca y me cogiste el clítoris entre los labios. Chupabas como un poseído, sintiendo cómo me retorcía de gusto debajo de ti, cómo repetía tu nombre sin parar. Chupabas delante y el dedo seguía detrás, en ese ojete que me había llevado hasta el borde y que ahora se sentía lleno, suave, completamente rendido.
Me corrí con una fuerza que me dejó temblando. No fue un orgasmo discreto de los que finjo controlar. Fue uno de esos que te doblan, que te dejan sin aire, con las piernas abiertas y la cara enterrada en la almohada para ahogar el grito.
Las piernas me temblaban solas, sin que pudiera evitarlo, y noté cómo todo mi cuerpo se cerraba alrededor de tu dedo y de tu boca, reteniéndote, sin querer soltarte todavía. Decía tu nombre entre jadeos, ya sin volumen, casi sin voz, como una oración. Tú no aflojaste hasta que yo dejé de moverme del todo.
Tu boca no dejó de chupar hasta que pareció que me habías secado del todo, hasta la última gota de esa corrida que me provocaste tú, solo tú, con tu maldita paciencia.
Me quedé quieta unos segundos, recuperando el aliento, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho. Tú levantaste la cabeza y me miraste de nuevo, con esa misma sonrisa del principio, la de «todavía no has visto nada».
Porque los dos sabíamos que aquello no había sido el final.
Había sido la preparación. Ahora ya me tenías lista para empezar de verdad, dócil y abierta, sin orgullo que defender, sin ganas de mandar. Y esa, te lo confieso por fin, fue la noche en la que entendí por qué me gustaba tanto entregarte el control.