Esa noche golpeó la puerta del vecino del 5C
Marina tenía treinta y ocho años y un cuerpo que la vida había usado sin pedir permiso: caderas anchas, pechos pesados que se movían con cada paso, un vientre suave cruzado por estrías que ella odiaba y que nadie más había mirado en mucho tiempo. El pelo castaño le llegaba al hombro y los ojos, de un verde apagado, llevaban semanas sin dormir de verdad.
Sergio se había marchado casi un mes atrás. Una mujer más joven, una excusa de manual, una maleta hecha en veinte minutos mientras ella lo miraba desde el pasillo sin saber qué decir. Antes de irse del todo, llevaba meses ignorándola, durmiendo de espaldas, contestando con monosílabos.
Esa noche Marina había bebido demasiado vino tinto barato, sola, sentada en la encimera de la cocina, escuchando el silencio del piso vacío. Estaba furiosa, estaba triste y, debajo de todo eso, latía algo más urgente y más vergonzoso. Necesitaba que alguien la tocara. Necesitaba sentir que todavía era un cuerpo deseable y no un mueble que se abandona.
Se miró en el reflejo del horno apagado. Si nadie me toca esta noche, me rompo del todo.
Salió descalza al pasillo, con la bata mal cerrada y el corazón golpeándole en la garganta, y llamó a la puerta del 5C antes de poder arrepentirse.
Tomás abrió a la tercera. Cuarenta y cinco años, alto, de hombros anchos y manos grandes, en calzoncillos y una camiseta gris desgastada por los lavados. Su mujer también lo había dejado, hacía un año largo. Siempre había sido amable con ella en el ascensor, de esos que sostienen la puerta y preguntan por el día sin esperar realmente una respuesta.
—¿Marina? —Parpadeó, todavía medio dormido—. ¿Estás bien? Es tardísimo.
Ella no contestó. Se lanzó contra él, torpe y hambrienta, y le buscó la boca. Sus labios sabían a vino y a lágrimas secas. Él la sostuvo de los hombros, sorprendido, sin apartarla del todo.
—Marina, espera… estás borracha.
—Por favor —susurró ella contra su cuello—. Solo esta noche. No me hagas hablar. No me hagas pensar.
Tomás dudó. Lo notó dudar en la tensión de sus brazos, en el aire que contuvo. Pero ella ya tenía la mano dentro de su ropa, buscándolo, y lo encontró empezando a endurecerse, grueso y caliente bajo sus dedos. Le oyó tragar saliva.
—Me dejó —dijo ella, y la voz se le quebró—. Hace un mes. Llevaba años sin mirarme. Necesito que alguien me mire. Aunque sea una vez.
Algo se rompió en la cara de Tomás. No fue lujuria, o no solo. Fue reconocimiento. Cerró la puerta con el pie y la empujó con suavidad contra la pared del recibidor.
***
Le abrió la bata despacio, no de un tirón. La dejó caer al suelo. Bajó las copas del sujetador negro y le cubrió los pechos con las manos, pesándolos, y cuando le pellizcó los pezones ella jadeó y arqueó la espalda contra la pared fría.
—Llevas mucho tiempo sin que nadie te toque así —murmuró él. No era una pregunta.
—Demasiado.
Marina volvió a buscarlo con la mano, lo sacó y lo apretó, dura ya, palpitando contra su palma. Lo guió hacia ella con una urgencia que rozaba la desesperación.
—Aprovéchate —dijo—. Quiero que lo hagas. Lo necesito.
Tomás la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó al salón. La tumbó boca arriba en el sofá y se arrodilló entre sus piernas, abriéndolas con las dos manos, sin prisa. El tanga estaba empapado. Apartó la tela a un lado y deslizó dos dedos dentro. Marina gimió fuerte, el sonido más sincero que había hecho en semanas. Estaba mojadísima.
—Por favor —insistió, moviendo las caderas contra su mano—. Ya. No aguanto más.
Él se bajó los calzoncillos, se colocó y empujó de una sola embestida larga y profunda. Marina gritó. Lo sintió abrirse paso, llenarla de golpe, y se aferró a sus hombros clavándole las uñas. Dolía un poco, ese ardor delicioso de un cuerpo que vuelve a abrirse después de mucho tiempo.
—Más fuerte —suplicó—. Hazme sentir algo. Lo que sea.
Tomás obedeció. Empezó a moverse con un ritmo firme, profundo, y el sonido húmedo de los cuerpos chocando llenó la habitación a oscuras. Cada embestida le sacudía los pechos, y él se inclinaba a morderlos, a succionarlos, mientras ella enredaba los dedos en su pelo y le pedía más entre gemidos.
La giró sin avisar, la puso a cuatro patas sobre los cojines y volvió a entrar desde atrás, más hondo. Marina hundió la cara en el respaldo y se frotó el clítoris con dos dedos mientras él la embestía. Durante unos minutos solo existió eso: el calor, la fricción, el alivio brutal de no estar sola.
Entonces, con la voz pastosa pero decidida, ella dijo lo que llevaba rato pensando.
—Quiero que me lo hagas por detrás. Nunca me lo han hecho bien. Quiero sentirte ahí.
Tomás se detuvo, respirando agitado.
—¿Estás segura? Despacio, entonces. Y si te duele de verdad, paro.
—Despacio —repitió ella.
Él se levantó, fue al baño y volvió en segundos con un bote de crema. Se untó bien, generoso, y luego la preparó a ella con paciencia, primero con un dedo resbaladizo trazando círculos, después con dos, esperando a que su cuerpo cediera por sí solo. Marina respiraba hondo, soltando el aire despacio, sintiéndose abrir.
—Ahora —murmuró ella.
Tomás presionó con suavidad. La cabeza entró con resistencia y Marina soltó un grito ahogado, agarrándose a los cojines. Él se quedó quieto, dejándola acostumbrarse.
—Respira. No te muevas tú. Déjame a mí.
Avanzó centímetro a centímetro, sin forzar nada, hasta que sus caderas quedaron pegadas a las nalgas de ella. Marina temblaba, llena de un modo que no había sentido nunca, el ardor convirtiéndose poco a poco en una ola caliente que le subía por la espalda.
—Estás bien —dijo él, y empezó a moverse con embestidas lentas y largas—. Lo estás haciendo perfecto.
Y entonces, sin previo aviso, todo se le vino encima.
***
No fue el placer. Fue lo otro, lo que llevaba un mes empujando contra una puerta cerrada por dentro. Marina notó la garganta cerrarse, los ojos arder, y de pronto estaba llorando, llorando de verdad, con el cuerpo entero sacudiéndose en sollozos que ya no tenían nada que ver con lo que estaban haciendo.
Tomás se detuvo en el acto.
—Eh… eh, para, paro —dijo, alarmado—. ¿Te he hecho daño?
—No —sollozó ella, con la cara hundida en los cojines—. No eres tú. Soy yo. Soy patética. Mírame. He bajado borracha a suplicarle a un vecino que me folle porque mi marido me cambió por otra. Soy ridícula.
Se le salió todo de golpe, entre hipidos. La vergüenza de las últimas semanas, la sensación de no valer nada, de ser usada y desechada, de tener treinta y ocho años y un cuerpo que ya nadie quería mirar. Intentó cubrirse con las manos, encogerse, desaparecer dentro del sofá.
—Vístete, me voy, perdóname —balbuceó—. Olvida esto. Por favor, olvídalo.
Pero Tomás no se apartó. Salió de ella con cuidado, sí, pero solo para tumbarse a su lado y rodearla con los brazos desde atrás, pegándola a su pecho. Suave ahora. Firme. La envolvió entera, como quien sostiene algo que se le podría romper en las manos.
—No te vas a ningún lado —dijo en voz baja, contra su pelo—. Y no eres patética.
—Me has visto así —lloró ella—. Hecha pedazos. Suplicando.
—Te he visto. —La apretó un poco más—. Y sigo aquí. ¿No te dice eso nada?
Marina se quedó callada, temblando. Él le acariciaba la espalda con una mano grande, despacio, de arriba abajo, sin ninguna prisa por nada.
—Escúchame —siguió Tomás—. Estás borracha, estás rota y te han hecho mucho daño. Bajaste porque no aguantabas un minuto más sola, y eso no te hace ridícula. Te hace humana. Yo, hace un año, me emborraché solo en esta misma sala y le escribí a mi exmujer cosas de las que todavía me avergüenzo. Sé exactamente cómo te sientes. No voy a juzgarte. Por nada.
Ella giró la cabeza para mirarlo. Tenía los ojos rojos, la cara hinchada, y aun así él la miraba sin un gramo de lástima. Solo con una paciencia tranquila que la desarmó por completo.
—No tienes que demostrarme que eres deseable —añadió él—. Lo eres. Pero ahora mismo no necesitas que te folle. Necesitas que alguien te abrace hasta que dejes de temblar. Y eso sí sé hacerlo.
Marina rompió a llorar otra vez, pero distinto. Más bajo, más suelto, sin esa rabia contra sí misma. Lloró contra su pecho hasta vaciarse, y él aguantó cada lágrima sin moverse, repitiéndole de vez en cuando que estaba bien, que no pasaba nada, que respirara.
***
Cuando los sollozos se calmaron, Tomás la levantó del sofá con cuidado y la llevó al baño. Abrió el agua caliente y la metió en la ducha. Se quitó la camiseta y entró con ella. La lavó él mismo, despacio, pasándole el jabón por los hombros, por la espalda, por las piernas, sin que hubiera nada sexual en sus manos, solo el gesto de cuidar a alguien.
—Cierra los ojos —dijo, y le aclaró el pelo con la mano para que no le entrara espuma.
Marina apoyó la frente en su pecho mientras el agua caliente le caía por la nuca. Hacía semanas que nadie la tocaba sin querer nada a cambio. Se le escapó un último sollozo, casi de alivio.
—Gracias —susurró.
—No tienes que darlas.
La secó con una toalla limpia, le prestó una camiseta suya y la llevó a la cama. Marina se metió bajo las sábanas, agotada, con el cuerpo todavía latiéndole en sitios donde hacía mucho que no sentía nada. Tomás se tumbó detrás de ella y la abrazó. No buscó nada más. Su mano descansaba abierta sobre el vientre de ella, sin moverse.
—Mañana, cuando estés sobria, si quieres hablar, hablamos —dijo en la oscuridad—. Y si prefieres hacer como que esto nunca pasó, también. Tú decides. Pero por si acaso, mi puerta va a seguir abierta.
Marina cerró los ojos. Por primera vez en semanas, el silencio del piso no le daba miedo, porque no estaba sola en él. Sintió la respiración de Tomás contra su espalda, lenta y profunda, hasta que se acompasó con la suya.
No volvieron a hablar esa noche. Solo quedaron el calor de dos cuerpos rotos que se habían encontrado en mitad de la madrugada y, debajo de toda la vergüenza, un descubrimiento que ella tardaría días en entender del todo: que la habían visto en su peor momento, deshecha y suplicante, y que nadie la había apartado.
Que a veces lo que cura no es el deseo, sino que alguien se quede.