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Relatos Ardientes

El misionero que tocó a mi puerta esa tarde de calor

Aquel viaje al norte seguía mojándole las bragas a Lucía cada vez que cerraba los ojos. Habían pasado meses y todavía recordaba la boca golosa de la condesa, la delicadeza de aquella piel suave juntándose con la suya en la penumbra de la casa de campo. Esa tarde estaba en el sofá, con la mirada fija en la pantalla del televisor y la mano distraída entre los muslos, reviviendo cada detalle de aquellos días.

El timbre la sacó de golpe de su fantasía. Eran poco más de las seis. Resopló, molesta por la interrupción, porque no esperaba a nadie. Se acomodó la camiseta, fue hasta la entrada de mala gana y abrió.

Ante ella apareció un hombre enorme. Un negro alto, de hombros anchos, perfectamente vestido con un traje oscuro que le sentaba como si se lo hubieran cosido encima. Lucía tuvo que levantar la barbilla para mirarle a la cara. Le llegaba al pecho, poco más.

—Buenas tardes, señorita. ¿Conoce usted la fe de nuestra iglesia? —dijo él con una sonrisa cortés.

Lucía se quedó completamente obnubilada. No podía dejar de recorrerlo con la mirada, ese pedazo de hombre que ocupaba todo el marco de la puerta. Sin darse cuenta, sus ojos descendieron hasta el bulto que prácticamente tenía a la altura de la vista. Notó que su cuerpo respondía de inmediato, que se humedecía sin pedirle permiso. Siempre había fantaseado con acostarse con un hombre así, y ahí lo tenía, delante de ella, real.

—Señorita, ¿me ha escuchado?

—Sí, sí, perdone. Pase, pase, por favor.

Lo hizo entrar y, al volverse hacia el salón, se le heló la sangre. La película que estaba viendo seguía corriendo en la pantalla, sin disimulo posible. Buscó el mando con un movimiento rápido y casi torpe, y apagó el televisor. Cuando se giró de nuevo, descubrió una sonrisa apenas contenida en la cara del hombre.

—Disculpe, no me he presentado —dijo él, fingiendo no haber visto nada—. Me llamo Daniel.

—Qué tonta soy, perdone. Lucía. Yo soy Lucía.

Daniel se acercó, la envolvió con los brazos y la apretó contra su cuerpo para darle dos besos en las mejillas. Lucía creyó deshacerse en aquel abrazo que la cubría por completo. Aguantó el contacto todo lo que pudo, fingiendo cortesía, mientras sentía contra el vientre algo grueso y duro que la dejó sin aire. Tiene que ser un espectáculo, pensó.

—¿Se encuentra bien, señorita?

—Eh… sí, sí. Siéntese, por favor, y cuénteme.

***

Daniel empezó a hablarle de su iglesia, de la comunidad, de la fe. Tenía una voz grave y pausada, pero Lucía no escuchaba ni una palabra. Estaba absorta en su boca, en los labios gruesos que se movían despacio, en el pecho que tensaba la camisa cada vez que respiraba. De vez en cuando se fijaba en la lengua que asomaba entre frase y frase, y se imaginaba esa lengua recorriéndola entera.

Se fue calentando dentro de su propia cabeza, deslizándose en una fantasía que ya no podía frenar. Cruzó las piernas. Las descruzó. Volvió a cruzarlas. El hombre se dio cuenta.

—Perdone, ¿la estoy aburriendo?

—No, no, en absoluto —se apresuró a decir, con las mejillas ardiendo—. Disculpe usted. Voy a por una cerveza. ¿Le apetece una?

Sin esperar respuesta, se levantó casi de un salto y huyó a la cocina. Abrió el frigorífico, sacó dos botellas y se quedó un instante con la frente apoyada en la puerta fría, intentando calmarse. Apretó los muslos. No sirvió de nada. Cuando volvió al salón, Daniel se había puesto en pie.

Le acercó la cerveza. Él dio un paso hacia ella, y luego otro, hasta quedar casi pegado a su cuerpo.

—Es usted una mujer muy bonita —dijo en voz baja.

Lo sabía. Sabía que ella estaba caliente; su olor la delataba. Esa tarde Lucía se había vestido para estar por casa, con una camiseta fina de tirantes y una falda corta. Los pezones se le marcaban contra la tela, duros, y aquel detalle no le había pasado desapercibido. Daniel levantó una mano y, con la yema del dedo índice, recorrió el canal entre sus pechos, subiendo despacio hasta los labios.

Lucía los abrió. Acogió el dedo en la boca y lo chupó con una intensidad que la sorprendió a ella misma, mirándolo a los ojos sin parpadear. Fue suficiente. Daniel la levantó en volandas como si no pesara nada y buscó su boca. Ella se entregó al beso, rodeándole la cintura con las piernas, colgada de su nuca. Él la sujetaba por las nalgas, apretándolas con las dos manos, mientras la lengua le llenaba la boca entera.

—Has sido muy mala —murmuró él contra sus labios.

***

La bajó al suelo y la recostó contra el aparador. Le subió la falda de un tirón. Y entonces empezó a azotarla. La primera palmada le arrancó un grito ahogado; la segunda, un gemido. Daniel golpeaba con fuerza, sin prisa, y la piel se le iba tiñendo de un rojo encendido. Lucía se sostenía con los antebrazos sobre el mueble, las piernas temblándole, empujando el culo hacia atrás en lugar de apartarlo.

Tras una docena de azotes, él se detuvo. Lucía se giró de inmediato y se colgó de su cuello, buscándole otra vez la boca, desatada, fuera de sí. Daniel recorrió el pasillo con la mirada, localizó la habitación y la llevó hasta allí en brazos. La dejó caer sobre la cama.

—Desnúdate —ordenó—. Despacio.

Ella obedeció sin apartar los ojos de él, sacándose la camiseta por la cabeza, deslizando la falda por las caderas. Daniel la observaba sin moverse, con las manos en los bolsillos.

—Ahora ven y desnúdame tú.

Lucía se levantó. Le quitó la americana con una lentitud calculada, le deshizo el nudo de la corbata y tiró de ella para acercar las bocas y fundirse en otro beso. Él mismo se sacó la camisa. Ella le desabrochó el pantalón y lo dejó caer al suelo.

Bajó la ropa interior mientras se arrodillaba, y lo que apareció ante sus ojos la dejó sin respiración. Nunca había visto nada igual. Gruesa, larga, recorrida por venas oscuras que parecían latir. Lucía abrió los ojos de par en par y notó cómo se le hacía la boca agua.

Se quedó un momento así, de rodillas, mirándola como quien mira algo que sabe que va a marcarlo. Pensó en la condesa del norte, en lo lejos que quedaba aquella ternura de lo que tenía delante ahora. Esto era otra cosa. Esto era hambre pura, sin disculpas, y por una vez no quería que fuera bonito. Quería que fuera bruto.

—Ven aquí —dijo Daniel, tumbándose en la cama—. Tócala.

***

Se colocó entre sus piernas y la acarició con las dos manos, incapaz de despegar la mirada. Al fin se atrevió a inclinarse. Abrió la boca y apenas pudo acoger la punta. La chupó con devoción, con las manos moviéndose arriba y abajo, sintiéndose cada vez más al límite. No paraba de mojarse. No aguantó mucho.

Empujó a Daniel contra el colchón, se colocó a horcajadas sobre él y se dejó caer despacio, encajándolo centímetro a centímetro. Gimió largo, sin pudor, según él la iba llenando. Cuando lo tuvo entero dentro, tembló de arriba abajo.

—Joder… solo de sentirte ya me corro —jadeó—. Joder, joder.

Esperó unos segundos para recobrar el aliento y empezó a moverse, muy lento al principio, sintiendo el roce contra sus paredes, dejándose arrastrar otra vez por el placer sin apenas hacer nada, solo por estar tan llena. Temblaba sobre él. Daniel rio, la sujetó por la cintura y, con un movimiento, la tumbó de costado para entrar de nuevo despacio, con cuidado de no lastimarla.

—Dame fuerte —le pidió ella entre dientes—. Fuerte, no te cortes.

Daniel aceleró. Embistió con un ritmo duro y constante que dejó a Lucía al borde de algo que no tenía nombre. Gritaba, jadeaba, pedía más, y cuando él intensificó el último tramo y se clavó hasta el fondo, ella se deshizo por completo, perdiendo el sentido entre sus brazos durante un instante.

***

Cuando volvió en sí, Daniel tenía la cara entre sus muslos, lamiéndola con calma. Lucía le acarició el pelo, todavía aturdida. Él alzó la vista con los ojos encendidos, volvió a colocarse sobre ella y la penetró de una sola vez, retomando un vaivén frenético. Durante minutos enteros, en aquel piso solo se escucharon sus gritos.

—Más, dame más… rómpeme —gemía ella—. Sí, joder, me corro otra vez, no pares, más fuerte, sí, sí…

El sudor le resbalaba a Daniel por la frente y caía sobre el pecho de Lucía, que bramaba como si hubiera perdido la razón. Él también gemía, ronco, hasta que en el último momento se retiró, se incorporó junto a su cara y se dejó ir. Lucía lo recibió con la boca abierta y, después, lo limpió despacio, agradecida por lo que ese desconocido acababa de regalarle.

***

Daniel se levantó de la cama. Le dio una palmada seca en la nalga enrojecida, se vistió sin prisa y, antes de salir, dejó uno de sus folletos sobre la mesilla. En el reverso, con una letra firme, había escrito unas palabras.

«Con cariño, para la mujer que más disfrutó y más me hizo disfrutar.»

Cuando la puerta se cerró tras él, Lucía se quedó tumbada, escuchando sus pasos perderse por la escalera. Bajó una mano entre las piernas y se notó abierta, latiendo todavía. Cerró los muslos despacio, se tapó los ojos con el brazo y sonrió. No había entendido ni una palabra de aquella religión, pero estaba segura de que, si volvía a llamar, esta vez le abriría la puerta antes de que terminara de tocar el timbre.

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Comentarios (5)

ManuelR88

que relato tan bueno!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, sigue publicando por favor

Valentina_PBA

Me quedé con ganas de mas, necesito saber cómo siguió todo eso. Segunda parte!!

Camila_82

Me recordó a algo que me pasó hace años, también me apareció alguien inesperado en casa y bueno... no fue tan picante como acá jaja. Muy bien contado, se siente real.

Javi_Pampa

sos hombre o mujer quien cuenta esto?? por la forma de escribir no queda claro y me genera curiosidad

CristinaVQ

Me encanto como lo describis, se siente la tension desde el principio. No hace falta ser explicito para que se sienta caliente, y vos lo lograste sin dudas.

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