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Relatos Ardientes

Confesé lo que hice con un desconocido en el Caribe

Esta es mi confesión más reciente, y todavía me sonrojo un poco al escribirla. Pasó en mis últimas vacaciones, en una playa del Caribe a la que fui con mis padres: arena blanca, turistas extranjeros por todas partes, unos pocos nacionales y un calor que se te pegaba a la piel desde temprano.

Si llevan tiempo leyéndome, ya saben que tengo una vena bastante traviesa. Me gusta imaginar que en otra vida fui actriz de cine para adultos, que nací para protagonizar las escenas que la mayoría apenas se atreve a fantasear. En este viaje, esa fantasía se me cumplió.

Era domingo. El restaurante del rooftop estaba lleno porque servían el brunch, así que, después de un chapuzón en la alberca, subí a comer algo. Me senté sola en una mesa junto al borde, con el pelo todavía húmedo y el bikini secándose bajo el vestido de playa.

Al rato llegaron mis padres. Comimos juntos, charlamos un poco y, cuando terminaron, se retiraron a descansar. Me quedé sola otra vez. Y fue entonces cuando lo vi.

En la mesa de al lado había un hombre que parecía salido de una de esas películas que tanto me gustan. Alto, muy alto, de espaldas anchas y cabeza rapada, con una visera y unas gafas oscuras que no se quitaba ni bajo techo. No era guapo en el sentido clásico, pero tenía algo: una presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo.

Ufff.

Me levanté a servirme un par de postres y, al volver, noté que me miraba. Soy buenísima escuchando conversaciones ajenas, así que afiné el oído. Llevaba un buen rato solo; supuse que viajaba sin compañía. Un mesero se acercó a su mesa y le preguntó algo en inglés, y él respondió con un nombre.

—Marcus —dijo.

Perfecto. Extranjero, y ya tengo su nombre.

De pronto se levantó. Se me aceleró el pulso; pensé que venía hacia mí, pero no. Se quitó la camisa de playa, dejó todas sus cosas sobre la mesa y caminó hacia la alberca. Si dejaba el celular y la cartera, era porque iba a volver.

Y entonces lo vi de lejos, frente a mí, metido hasta la cintura en el agua, tomando el sol con dos copas de mimosa, una en cada mano. Se quedó así un cuarto de hora largo, sin prisa, como un hombre que sabe que el tiempo le pertenece.

Yo lo miraba y lo volvía a mirar. No podía dejar de imaginar escenas que conozco de memoria, donde un desconocido enorme seduce a una mujer pequeña y delgada como yo y se la lleva sin pedir permiso. Me emocioné. Me emocioné de verdad.

Este es mi momento.

***

Cuando volvió a su mesa, yo ya tenía un plan a medio armar. Me levanté y me fui a recostar, con toda la intención del mundo, en el camastro más cercano al suyo. Aparté el de al lado con mi toalla, puse mis cosas en la mesita que comparten los dos y me tendí al revés, con la cabeza hacia los pies, para tenerlo de frente.

Saqué el bronceador y empecé a untármelo despacio, como quien no puede sola, como quien busca, sin decirlo, que alguien venga a ayudarla. Por el rabillo del ojo lo confirmé: él ya me había visto. Llevaba un rato mirándome.

Llamó al mesero, pidió otras dos mimosas y se acercó a mi camastro.

—¿Está libre esta silla? —preguntó. En español.

—Sí —respondí, y retiré la toalla que había puesto justo para que alguien como él se sentara a mi lado.

Mi plan improvisado va en marcha.

Marcus dejó sus bebidas en el suelo, sin reclamar, porque yo tenía la mesa invadida con la bolsa, una libreta y la botella del bronceador. Pasaron los minutos y el silencio se instaló entre nosotros, denso, cargado.

Llamé otra vez al mesero, pedí la carta de coctelería y ordené un mojito. Con ese trago siempre consigo que alguien me saque conversación, sobre todo cuando el alguien es un hombre que me interesa. Después aparté mis cosas de la mesita y le hice sitio a sus copas.

—Let me share this table with you —le dije.

—Gracias —contestó Marcus.

—Oh, ¿hablas español? —pregunté, fingiendo sorpresa.

—Poquito —respondió, y sonrió por primera vez.

Me quedé callada y seguí untándome bronceador, dejando que la tensión hiciera su trabajo. Un par de minutos después, él, que estaba recostado, se incorporó y me miró.

—How was your mojito? —preguntó.

—Muy rico —le contesté.

Los dos nos reímos, y así arrancó una conversación mezclada entre inglés, español, risas y un coqueteo cada vez menos disimulado. Un coqueteo que yo, en el fondo, solo esperaba convertir en algo más.

***

Hablamos de todo y de nada. Me contó que daba clases, que vivía en Estados Unidos, en una ciudad enorme y multicultural, y que tenía raíces africanas. Yo lo escuchaba, reía y lo observaba, mientras mi cabeza no paraba de armar escenas en las que un hombre así me cargaba como si no pesara nada y me llevaba a la cama.

Estaba viviendo mi sueño más sensual, ahí, a plena luz del día, con una copa sudando en la mano y el mar Caribe de fondo.

Él me preguntaba por mí, por mi vida, por lo que hacía. Y yo, que ya tengo experiencia, sabía que los desconocidos a veces adornan la realidad: dicen que son una cosa y resultan ser otra. Me pasó una vez con uno que se presentó como empresario y terminó siendo otra cosa muy distinta, algo que descubrí sola, mucho después, buscando su nombre en internet.

Solo una aventura. Solo eso.

De a poco, la charla se volvió más honda. Hablamos de la vida, del placer, de las ganas de vivir sin tantas reglas. Yo asentía y, al mismo tiempo, calculaba.

¿Tendrá dinero? ¿Será rico? ¿Qué hace un hombre así, en un hotel tan caro, viajando solo?

Le miré la mano. Llevaba un anillo en el meñique, con algo grabado que no alcanzaba a leer. Me incliné un poco, con la excusa de alcanzar mi copa, para verlo de cerca. Una sola palabra: una marca de joyería de las que no se compran sin que duela la cuenta.

Casado no parece. Solo, caro y misterioso. Me gusta.

Me perdí en esa conversación, en ese hombre extranjero, elegante y un punto excéntrico que tenía toda mi atención. Las horas se me fueron sin sentirlas. Habíamos pasado la tarde entera en la alberca, tomando el sol, mirando el mar y bebiendo.

Hasta que miró el celular.

—Tengo cosas que hacer a las seis —dijo, otra vez en español—. Me tengo que ir.

Sentí un pinchazo de decepción. Cuando llegó la hora, se levantó. Yo también, para despedirme.

—You have a new friend —me dijo, y me abrazó.

En ese abrazo, su mano bajó y me apretó una nalga, firme, sin disimulo. El gesto me empujó hacia adelante, contra él, y por un segundo nuestros cuerpos quedaron pegados.

—You're hot and handsome. Don't go —le susurré al oído.

—Really? —preguntó, con la voz más baja—. Come to me.

Me tomó de la mano. Agarré mi bolsa y mi toalla, y lo seguí.

***

Apenas cerró la puerta de su habitación, me besó. Despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche. Y, tal como lo había imaginado durante horas, mi tarde se convirtió en esa película prohibida, caliente y húmeda que yo siempre quise protagonizar.

Marcus se recostó en la cama y yo me trepé encima mientras le quitaba el traje de baño. Él, con los dedos, desabrochó mi bikini rojo, ese que combinaba a la perfección con el esmalte de mis uñas, y lo dejó caer al piso.

Y ahí estaba: lo que tenía entre las manos era lo más grande que había visto en mi vida, dentro y fuera de las películas que tanto me prenden. Sentí una mezcla de ganas y vértigo, ese miedo rico que en realidad es deseo.

¿Cómo va a caber eso en mí?

No quise pensarlo demasiado. Bajé la cabeza, abrí la boca y me entregué. Me atraganté con él, me empapé de su sabor, escuchándolo respirar cada vez más hondo encima de mí.

De pronto se incorporó. Me hizo a un lado, me levantó como si yo no pesara nada y me llevó hasta la mesa que había junto a la ventana. Me sentó en el borde, me abrió las piernas y entró en mí de una sola vez.

A la derecha había un espejo de cuerpo entero. Esa imagen se me quedó grabada.

Verme ahí —el pelo a medio secar, la piel marcada por el sol, sin una sola prenda encima, abierta y poseída por aquel desconocido enorme— me hizo sentir la mujer más deseada del mundo. Como la protagonista que siempre quise ser.

Estaba empapada. Tan empapada que se me escurría entre los muslos.

Él entraba y salía, duro, parejo, sin aflojar. Yo me aferraba a su espalda con las uñas y no dejaba de mirar el espejo, hipnotizada por lo que veía. En un momento me tapó la boca con la mano, esa mano enorme, para que mis gemidos no cruzaran la pared.

No podía más. La humedad, el ritmo, la imagen del espejo: todo me tenía fuera de mí, pidiendo más entre jadeos.

—Baby —decía él—. Oh, baby.

Y yo me sentía soñada.

Aceleró. Me puso la mano en el cuello, sin apretar, solo para sostenerme, para que lo mirara. Y terminó así, conmigo abierta sobre esa mesa, temblando.

Después me acercó a su pecho. Podía oír los latidos fuertes de su corazón. Me cargó otra vez y me llevó a la cama.

***

Nos quedamos un rato largo, desnudos, hablando. Él jugaba con mi pelo, que parecía tenerlo encantado, y entre frase y frase me robaba besos y me pellizcaba despacio. La habitación olía a sol, a cloro y a nosotros.

En algún momento miré el celular. Eran las nueve de la noche.

Tres horas. Pasaron tres horas.

Un completo desconocido, un extranjero del que apenas sabía el nombre, me había hecho el amor de una manera que no olvidaré. Tenía mensajes de mi familia: me esperaban para cenar.

Recogí mis cosas, le di un beso de despedida y me fui.

Nunca más volví a saber de Marcus. No intercambiamos teléfono ni redes, nada. Jamás sabré si todo lo que me contó esa tarde era verdad o un cuento suyo. Pero me fui feliz, ligera, con el cuerpo todavía caliente y una sonrisa que no se me borró en días.

Si les gustó mi historia, pueden escribirme. Me encanta leerlos y saber de ustedes. Solo les pido una cosa: sean reales. Su identidad está a salvo conmigo; las probabilidades de que tengamos conocidos en común son cero.

Los quiero. Gracias por leerme y por darme ganas de seguir escribiendo.

Un beso coqueto.

Renata.

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Comentarios (5)

Roxi_Cba

excelente!!! me encanto, que manera de escribir

LunaSol_27

Por favor continuá, quede con muchas ganas de saber que paso despues

MartinaV

jaja me hizo acordar a unas vacaciones que tuve hace tiempo, uno toma decisiones en viaje que nunca tomaria en casa

CuriosaMdp

¿y como te sentiste despues? ¿con culpa o sin ninguna?

Valentina_lect

Me gusto mucho como lo contas, muy natural y sin exagerar. Se siente real.

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