Nunca le confesé a nadie lo de esa madrugada
Noa tenía veintiún años y era de esas chicas que llamaban la atención sin proponérselo. Tenía la cara salpicada de pecas tenues sobre la nariz, los ojos verdes grandes y demasiado expresivos para mentir con ellos, y una melena castaña con reflejos claros que le caía por la espalda en ondas sueltas. El cuerpo le acompañaba: cintura estrecha, piernas largas y firmes de tanto baile, y un caminar que hacía que la gente girara la cabeza aunque ella jurara no darse cuenta.
Esa noche había elegido provocar. Se había puesto un vestido negro cortísimo, de tirantes finos y tela elástica que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Nada de sujetador. Debajo, apenas un tanga diminuto. Cuando se miró al espejo antes de salir, se mordió el labio y supo exactamente el efecto que iba a causar.
Bruno era su amigo desde el instituto. Veintidós años, alto, con los hombros anchos de quien había jugado al fútbol toda la vida y unos antebrazos que se le marcaban cada vez que apoyaba los codos en la barra. Entre ellos siempre había habido una corriente, esa tensión que nadie nombra pero que está ahí en cada abrazo que dura un segundo de más. Llevaban años así, rozando la línea sin cruzarla nunca.
Lo habían hablado una vez, medio en broma, una madrugada cualquiera en el coche de él. Que mejor no, que eran amigos, que no querían estropearlo. Y los dos habían asentido convencidos mientras una parte de cada uno deseaba justo lo contrario. Desde entonces el tema flotaba entre ellos como una promesa pendiente, esperando la noche y la excusa adecuadas.
La fiesta de fin de curso era en un chalet a las afueras, una casa enorme con piscina y un jardín que olía a césped húmedo y a tabaco. Habría unos sesenta universitarios repartidos entre el salón, la terraza y el agua. Música a todo volumen, luces de colores barriendo las paredes y bebida por todas partes.
Noa y Bruno habían empezado pronto, con cervezas frías y algún chupito de más. Para las dos de la madrugada los dos estaban ya en ese punto en que las risas salen solas, el equilibrio falla y los filtros han desaparecido.
—Te juro que ese vestido debería estar prohibido —le dijo él, inclinándose para que lo oyera por encima de la música.
—Ya lo sé —respondió ella, sonriendo de lado—. Por eso me lo he puesto.
Acabaron bailando en mitad del salón abarrotado, ella de espaldas a él. El vestido se le subía con cada movimiento y Bruno le había puesto las manos en las caderas, marcando el ritmo, apretándola contra su cuerpo. Noa notaba perfectamente lo duro que estaba a través de la tela del pantalón.
—Estás muy atrevida hoy —le murmuró al oído, con el aliento caliente y la voz pastosa.
Ella, en lugar de apartarse, empujó las caderas hacia atrás, restregándose contra él despacio.
—¿Te molesta? —preguntó, girando la cara hasta casi rozarle los labios.
—Me está volviendo loco, que es distinto.
Bruno bajó la cabeza y le mordió el cuello con suavidad, justo debajo de la oreja, mientras una de sus manos se deslizaba un poco más abajo de lo prudente. Noa cerró los ojos. Llevaban meses tonteando, mensajes a deshora, miradas largas, algún beso que siempre se cortaba a tiempo. Pero esa noche el alcohol había apagado la voz que siempre los frenaba.
—Ven —dijo él de pronto, cogiéndola de la mano—. Subamos un rato. Aquí no se puede ni respirar.
Subieron al segundo piso entre risas y algún tropiezo en los escalones. Empujaron la primera puerta que encontraron: una habitación casi a oscuras, iluminada solo por el reflejo azulado de la piscina que entraba por el ventanal. Bruno cerró la puerta, pero no echó el pestillo. Y los dos lo notaron. La posibilidad de que alguien subiera, de que alguien abriera sin avisar, les aceleró el pulso en lugar de frenarlos.
Que pase lo que tenga que pasar, pensó ella.
Se besaron antes de llegar a la cama, con la urgencia de los meses acumulados. Fue un beso desordenado, de lengua y respiración entrecortada, de manos que no sabían por dónde empezar. Bruno le subió el vestido hasta la cintura de un tirón y metió la mano por dentro del tanga. La encontró empapada.
—Joder, Noa —gruñó contra su boca—. Estás temblando.
—Cállate y sigue —le contestó ella, tirando del cinturón con dedos torpes.
Le bajó el pantalón y lo cogió en la mano, firme y caliente. Se arrodilló sin pensarlo, ahí, en la penumbra, y se lo metió en la boca con una avidez que no se reconocía. Bruno le sujetó el pelo, no para empujar, sino para mirarla, para grabarse esa imagen.
—Llevo demasiado tiempo imaginando esto —jadeó.
La levantó del suelo, la tumbó en la cama y le quitó el tanga deslizándolo por las piernas. Le abrió los muslos despacio y entró en ella de una sola embestida lenta y profunda. Noa arqueó la espalda y soltó un gemido largo que tuvo que ahogar mordiéndose el antebrazo.
—Más bajo —rio él entre dientes—, que nos van a oír.
—Me da igual —mintió ella.
Empezó a moverse con un ritmo cada vez más hondo, sujetándola por la cadera con una mano y apoyándose con la otra junto a su cabeza. El vestido arrugado en la cintura, el sudor empezando a pegarles la piel, el sonido húmedo mezclándose con la música amortiguada que subía desde abajo. Noa se agarró a las sábanas y echó la cabeza hacia atrás.
Cada embestida la empujaba un poco más arriba en el colchón, y él la atraía de vuelta tirándole de la cadera. Le encantaba esa firmeza, la sensación de no tener el control por una vez. Entre jadeo y jadeo, abría los ojos un segundo y veía la silueta de Bruno recortada contra el reflejo azul de la ventana, y le costaba creer que fuera él, su amigo de toda la vida, el que la estaba haciendo perder la cabeza.
—No pares —pidió—. Por favor, no pares.
***
En un momento, Bruno salió de ella para cambiar de postura. Quería ponerla a cuatro patas, ver su espalda arquearse, pero estaba torpe por la bebida y con todo resbaladizo. Se colocó de nuevo y, al empujar, falló. La presión se concentró un palmo más arriba de donde debía, en un lugar mucho más estrecho.
—¡Ah! —se tensó Noa entera, abriendo mucho los ojos en la oscuridad.
Bruno se quedó inmóvil de golpe.
—Perdón, perdón… me he equivocado —balbuceó, soltando una risa nerviosa y avergonzada—. Espera, salgo.
Pero ella respiraba agitada, mordiéndose el labio. El primer instante había sido ardiente, casi insoportable, pero detrás de la molestia había algo nuevo, una sensación profunda que le subía por la columna y que no había sentido jamás. Nunca lo había probado. Nunca se había atrevido siquiera a planteárselo.
—No salgas —susurró, sorprendida de su propia voz—. Espera. Quiero… quiero saber cómo es.
Bruno se quedó quieto un segundo, como si necesitara comprobar que lo había oído bien. Luego se incorporó, buscó algo de saliva en la mano y volvió a empujar, esta vez milímetro a milímetro, con una paciencia que no tenía borracho pero que encontró por ella.
—Avísame si te hago daño —dijo, con la voz ronca pero atenta—. Lo que sea.
—Despacio… así… —jadeaba Noa, agarrando la almohada con las dos manos.
Tenía los ojos húmedos por la mezcla de dolor y de algo que aún no sabía nombrar. Bruno avanzaba con cuidado, dándole tiempo a acostumbrarse, parándose cuando la notaba tensarse, retomando cuando volvía a respirar. Poco a poco, lo que ardía empezó a transformarse. La molestia cedió y dejó paso a una corriente densa, intensa, distinta a todo lo anterior.
—Vale —dijo ella tras un rato, casi sin aire—. Ya… ya está. Muévete. Despacio.
Él empezó a mecerse con suavidad, conteniéndose, leyendo cada sonido que ella hacía. Noa bajó una mano entre sus piernas y empezó a tocarse al ritmo lento que él marcaba. El placer la pilló por sorpresa, doble y desconocido, y se le escapó un gemido que esta vez no quiso esconder.
—Me gusta —confesó, casi riéndose de incredulidad—. Joder, Bruno, me está gustando.
Esa frase fue lo que rompió el último resto de control de los dos.
***
Bruno aceleró, todavía con cuidado pero ya sin frenos en la cabeza. Noa se tocaba cada vez más rápido, con la cara hundida en la almohada y el cuerpo entero en tensión. El vestido seguía arrugado en su cintura, ridículo y olvidado. El sudor les corría por la piel y la habitación entera olía a sexo, a alcohol y a piscina.
—No voy a aguantar mucho —avisó él, con la mandíbula apretada.
—Yo tampoco —contestó ella, y era verdad.
El orgasmo la atravesó como una sacudida. Tembló entera, se le doblaron las rodillas y todo su cuerpo se cerró en torno a él en oleadas. Fue brutal, larguísimo, de esos que dejan sin respiración y con la vista borrosa.
Bruno no pudo más. Empujó hasta el fondo, soltó un gruñido contenido contra su nuca y se quedó así, tenso, vaciándose dentro de ella mientras le clavaba los dedos en la cadera. Noa sintió cada pulsación, una detrás de otra, y se aferró a las sábanas hasta que los dos se quedaron quietos, jadeando en la penumbra azulada.
Se derrumbaron juntos sobre el colchón, sudorosos, todavía medio borrachos, con las piernas enredadas. Abajo seguía sonando la música, ajena a todo. Bruno le apartó un mechón de pelo de la cara y le besó el hombro despacio, casi con timidez, como si hasta ese gesto le diera más vergüenza que todo lo anterior.
—No imaginaba que la noche acabara así —dijo él en voz baja.
Noa se giró hacia él. Tenía las mejillas encendidas y una sonrisa que no podía controlar. Notaba el cuerpo deshecho, el corazón todavía a mil y una sensación nueva instalada en algún sitio que no sabía que existía.
—Yo tampoco —respondió—. Y no pienso contárselo a nadie.
Él se rio, agotado, y la atrajo hacia su pecho.
—Tranquila —murmuró—. Esto se queda entre nosotros.
Y así fue. Aquella madrugada no salió nunca de esa habitación a oscuras. Es la única confesión que jamás le he hecho a nadie. Hasta ahora.