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Relatos Ardientes

A los cuarenta aprendí a pedir lo que quería

Me llamo Renata y, antes de que sigas leyendo, quiero aclarar una cosa: no escribo esto para gustarte. Lo escribo porque pasé media vida callando lo que de verdad sentía, y ya no me da la gana. Tengo cuarenta y tres años, dos divorcios a las espaldas y un cuerpo que conozco mejor de lo que lo conocí jamás a los veinte. Si esperabas a una niña asustada, te equivocaste de relato.

Crecí en una casa donde nadie hablaba de nada. Mis padres se querían a su manera silenciosa, mis hermanos hacían su vida y yo aprendí pronto que lo más cómodo era no molestar. Esa costumbre me siguió hasta el matrimonio. Me casé joven, con un hombre amable y previsible, y durante años hice exactamente lo que se esperaba de una buena esposa: sonreír, callar y fingir.

Fingí mucho. Fingí en la cocina, fingí en las cenas con sus colegas y, sobre todo, fingí en la cama. Cerraba los ojos, hacía los ruidos correctos en el momento correcto y esperaba a que terminara para poder ir al baño y mirarme en el espejo preguntándome qué demonios me pasaba. No me pasaba nada. Simplemente nunca le había dicho a nadie lo que quería, porque nunca me había permitido saberlo.

El divorcio llegó a los treinta y nueve, sin gritos ni platos rotos. Una tarde de octubre firmamos los papeles, nos dimos la mano como dos socios que cierran una empresa y cada uno se fue por su lado. Esa misma noche, sola en un departamento que olía a pintura nueva, me senté en el borde de la cama y lloré. No de tristeza. De alivio.

***

Lo primero que hice con mi libertad fue volver al gimnasio. No por los hombres, aunque después llegaron. Lo hice por mí, porque quería sentir mi cuerpo despertar después de tantos años de tenerlo guardado como un vestido que no me atrevía a usar. Empecé despacio, con vergüenza, escondida en el rincón de las máquinas. Tres meses después caminaba entre las pesas como si el lugar fuera mío.

Fue ahí donde lo vi por primera vez. Se llamaba Tobías, aunque eso lo supe más tarde. Más joven que yo, eso era evidente, con esa seguridad tranquila de los hombres que todavía no han sido derrotados por nada. Lo pillé mirándome en el espejo mientras yo terminaba una serie de sentadillas, y en lugar de apartar la vista como habría hecho la Renata de antes, le sostuve la mirada hasta que el incómodo fue él.

Así que esto es lo que se siente al elegir.

Tardamos dos semanas en hablar. Comentarios sueltos junto a la fuente de agua, una sonrisa de más en la puerta, la clase de pequeñas batallas que una mujer experimentada sabe librar sin levantar la voz. Yo no tenía prisa. A los veinte, el deseo te quema y te empuja a actuar antes de tiempo. A los cuarenta, el deseo es paciente: sabe que va a llegar, y disfruta del camino.

—¿Tomas algo después de entrenar? —me preguntó un viernes, secándose la nuca con la toalla.

—Depende de quién pregunte —respondí, y me colgué la mochila al hombro sin esperar respuesta.

Lo dejé ahí, plantado, con la frase a medio terminar. Esa noche me escribió. Tardé tres horas en contestar, no por estrategia, sino porque me estaba dando un baño largo y prefería el agua caliente a la pantalla. Cuando por fin le respondí, ya había decidido cómo iba a terminar todo aquello.

***

Quedamos el sábado en un bar pequeño cerca de mi casa, de esos con luz baja y música que no obliga a gritar. Llegó puntual, con una camisa que le quedaba bien y el nerviosismo apenas disimulado de quien intuye que no lleva el control. Me gustó eso. Me gustó saber que, esta vez, la que marcaba el ritmo era yo.

Hablamos de cosas sin importancia durante la primera copa. En la segunda, él se inclinó sobre la mesa y me preguntó por qué una mujer como yo estaba soltera. La pregunta tenía trampa, y los dos lo sabíamos.

—Porque pasé veinte años haciendo lo que se suponía que debía hacer —le dije, girando el vaso entre los dedos—. Ahora hago lo que quiero. Y resulta que quiero bastante.

Vi cómo tragaba saliva. Hay un momento exacto en el que un hombre entiende que la mujer que tiene enfrente no necesita que la convenzan de nada, que ya decidió por su cuenta, y que él es, en el mejor de los casos, un invitado afortunado. Tobías llegó a ese momento entre el segundo y el tercer trago, y a partir de ahí dejó de fingir que controlaba la conversación.

—¿Mi casa o la tuya? —preguntó.

—La mía —contesté—. En la mía mando yo.

***

Subimos los tres pisos en silencio. No el silencio incómodo de los desconocidos, sino el otro, el espeso, el que se llena de todo lo que está a punto de pasar. En el ascensor me apoyé contra la pared y lo dejé acercarse, despacio, hasta que su boca quedó a un centímetro de la mía. No lo besé. Todavía no. Quería que esperara.

Cuando entramos al departamento, encendí solo la lámpara del rincón. Me quité los zapatos con los pies, sin agacharme, y le indiqué el sofá con un gesto de la barbilla.

—Siéntate —le dije.

Obedeció. Me planté frente a él, todavía vestida, y me tomé mi tiempo. A los veinte años habría tenido prisa por desnudarme, por demostrar algo. A los cuarenta y tres entendí que la ropa también es un lenguaje, que un botón que se desabrocha despacio dice más que cualquier desnudo apresurado. Me solté el pelo primero. Después el primer botón de la blusa. Lo vi removerse en el sofá, las manos quietas porque yo no le había dado permiso para moverlas.

—No hagas nada todavía —le advertí.

Me acerqué y me senté sobre él, a horcajadas, sin tocarlo más que con el peso de mi cuerpo. Sentí su respiración acelerarse contra mi cuello, su deseo evidente debajo de mí. Le tomé las muñecas y le subí las manos hasta mi cintura.

—Ahora sí —dije, y por fin lo besé.

Lo besé como nunca me había atrevido a besar a nadie en mis veinte años de matrimonio. Sin pedir disculpas, sin esperar a ver si estaba bien, sin preocuparme por nada que no fuera lo que mi propia boca quería. Sentí sus manos recorrerme la espalda, desabrochar lo que faltaba, y me dejé hacer solo hasta donde yo quería que llegara.

Lo guié. Le dije, con palabras, exactamente dónde y cómo. Veinte años atrás me habría muerto de vergüenza de pronunciar la mitad de esas frases. Esa noche las dije con la naturalidad de quien pide un café. Y vi en su cara, en su entrega total, lo que llevaba media vida sospechando: que una mujer que sabe lo que quiere y lo pide sin temblar es mil veces más poderosa que cualquier fantasía de jovencita complaciente.

***

Lo llevé al dormitorio cuando me dio la gana, no antes. Allí, con la única luz de la calle filtrándose por la persiana, dejé que me desnudara del todo y me miré en sus ojos en lugar de en el espejo. No vi defectos, ni los kilos que la revista decía que debía esconder, ni las marcas que dejan los años. Vi a una mujer deseada por elección propia, no por costumbre.

Marqué el ritmo desde el principio. Cuando quería ir despacio, le frenaba con la palma sobre el pecho. Cuando quería más, se lo hacía saber sin medias tintas. Él respondía a cada señal, atento como un alumno aplicado, y esa atención —esa entrega de alguien que solo quiere acertar— me encendió más que cualquier técnica.

Hubo un momento, ya cerca del final, en que me detuve sobre él, lo miré desde arriba y me reí. No de él. De mí misma, de la mujer que durante dos décadas creyó que esto no era para ella. Tobías me preguntó de qué me reía, con esa preocupación tierna de los hombres jóvenes.

—De nada —le dije, y volví a moverme—. Es solo que llegué tarde, pero llegué.

Terminé como nunca había terminado con nadie: sin fingir, sin actuar, sin pensar en si lo estaba haciendo bien. Terminé porque mi cuerpo lo decidió, y dejé que el sonido saliera de mí sin filtrarlo, sin domesticarlo, por primera vez en mi vida adulta.

***

Se quedó a dormir. Por la mañana le preparé un café, hablamos un rato de cosas sin importancia y, cuando se fue, no le pedí su número ni le di el mío con promesas. Nos despedimos como dos adultos que se dieron algo bueno y no necesitan convertirlo en otra cosa.

No te escribo esto para que pienses que mi vida es una sucesión de aventuras. No lo es. La mayoría de mis noches las paso sola, con un libro y una copa de vino, perfectamente feliz. Te lo escribo porque quizá tú también llevas años fingiendo, creyendo que el deseo tiene fecha de caducidad, que pasados los cuarenta a una mujer le toca apagarse y dar las gracias por lo que tuvo.

No es verdad. Yo empecé a vivir de verdad cuando dejé de pedir permiso. Y si algo aprendí en este cuerpo de mujer madura, en esta piel que ya no se disculpa por existir, es que el placer no es de las jóvenes. Es de quien se atreve a pedirlo en voz alta.

Soy Renata. Tengo cuarenta y tres años. Y por fin, después de tanto tiempo, sé exactamente lo que quiero.

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Comentarios (6)

Miriam_L23

Que relato mas lindo!! me llego al corazon y a otros lados tambien jajaja. muy bien escrito

CristinaSF

me identifique tanto... hay relatos que se sienten reales y este es uno de esos. gracias por compartirlo

SolitarioAlex

excelente!!!! de los mejores que lei en este sitio

MarcoRossi99

Muy buen relato, bien escrito y sin caer en lo burdo. Se nota la mano de alguien que sabe contar una historia. Saludos!

NocheDeRelatos

es autobiografico? se siente muy autentico. si es asi, felicitaciones por animarte a escribirlo

PatoBA_2

necesito la continuacion por favor. me quede con ganas de mas!!

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