El secreto que Greta guardaba en la cabaña del fiordo
Greta sacudió la última sábana blanca y la dejó flotar un instante. Las motas de polvo bailaban en la luz fría que entraba por las ventanas recién abiertas. La cabaña, modesta y antigua, recuperaba su olor a madera y resina. Cuando levantó las cubiertas exteriores, el fiordo apareció ante ella: una masa de agua gris acero, inmóvil, rodeada de montañas que parecían custodiar el silencio juntas.
Subió al piso de arriba. Sus pasos crujían sobre la madera seca, un sonido que en su apartamento de la ciudad la habría puesto nerviosa, pero que allí sonaba como una bienvenida. Entró en el cuarto pequeño, de techo inclinado, con una ventana que daba al muelle donde el bote de Henrik descansaba bajo una lona.
Aquí nadie me mira, pensó, y dejó caer su mochila sobre el colchón desnudo como quien suelta un peso que ha cargado demasiado tiempo. A sus veintidós años seguía sintiéndose ajena dentro de su propio cuerpo, como si habitara una casa prestada cuyas llaves nunca le hubieran entregado del todo. Aire sin preguntas: era exactamente lo que necesitaba.
El silencio, sin embargo, duró poco.
Al atardecer, cuando el cielo se teñía de un violeta denso como un moretón, el sonido de un motor rompió la calma del camino de ripio. Un vehículo viejo y castigado se detuvo frente a la cabaña. Bajó un hombre alto, de hombros anchos y movimientos seguros: Mikkel, el mejor amigo de Henrik. Detrás, una chica de cabello revuelto y risa fácil: Sigrid.
Greta sintió un nudo en el estómago. Sabía quiénes eran, pero no los esperaba. Cuando Mikkel levantó la vista y sus ojos azules se encontraron con los de ella a través del cristal, no bajó la mirada de inmediato. Hubo un segundo de reconocimiento mudo. Él no parecía sorprendido de verla; la evaluaba con la calma con la que un hombre examina el horizonte antes de zarpar.
—¡Greta! —gritó Sigrid desde abajo, agitando una mano—. ¡Menos mal que hay alguien! ¡Nos estábamos congelando!
Su plan de soledad se desmoronaba, pero algo en la presencia ruda de Mikkel y en la energía eléctrica de Sigrid despertó una curiosidad que no pudo contener. Bajó a abrirles sin saber que, al girar la cerradura, dejaba entrar el cambio que tanto había buscado sin atreverse a nombrarlo.
Sigrid no pidió permiso. Ocupó el espacio, llenando con su voz los rincones que Greta había limpiado con tanto esmero. Era alta, de elegancia natural, con el cabello rubio en ondas y unos ojos de un azul turquesa casi irreal. Ante ella, Greta sintió que su propio cuerpo era un mapa de secretos mal guardados.
—No es lo mejor donde he estado, pero al menos no pasaremos frío —sentenció Sigrid, lanzando su abrigo sobre el sofá recién sacudido—. Encárgate tú de los bolsos, estoy agotada.
Mikkel, que venía detrás con las maletas, solo sonrió bajando la vista, con la resignación de quien conoce de sobra un carácter volcánico. Sus ojos se cruzaron un segundo con los de Greta al pasar a su lado.
—Habrá que cocinar con lo que haya —dijo después, ya en la cocina—. Supongo que Henrik no dejó mucha comida en esta cueva.
—Solo... solo traje lo básico —susurró ella, apretando las manos detrás de la espalda para ocultar el temblor.
—Lo básico será suficiente. —Y por primera vez Greta sintió que Mikkel no la miraba como a la hijastra de Henrik, sino como a alguien que compartía con él ese espacio invadido.
La cena transcurrió bajo el zumbido incesante de la voz de Sigrid. Hablaba de fiestas en la ciudad, de lo tedioso que le resultaba el silencio del campo, despachándolo todo con un desdén elegante. Greta mantenía la vista en su plato de guiso, sintiéndose como una sombra proyectada sobre una pared desconchada.
Pero, a medida que la cena avanzaba, empezó a notar algo que la inquietaba más que la verborrea de Sigrid. Cada vez que levantaba la vista, se encontraba con los ojos de Mikkel. Él no miraba a Sigrid. La cuchara olvidada en la mano, observaba a Greta con una intensidad silenciosa, casi física.
¿Por qué me mira a mí?, se preguntó. Sigrid es la que brilla. Yo solo soy el error de Henrik.
—...y le dije que no pensaba volver a ese club —decía Sigrid—. Mikkel, ¿me estás escuchando?
—Te escucho —respondió él con esa voz ronca que parecía retumbar en la madera—. Solo pensaba en el bote. Mañana bajaré al taller a ver si el motor aún respira.
Mentira. Greta lo supo porque, apenas Sigrid retomó su monólogo, los ojos azules de Mikkel volvieron a buscar los de ella, fijos, como si descifrara un lenguaje que nadie más en esa cabaña conocía.
***
La quietud que siguió a la cena fue casi más violenta que el ruido. Mikkel y Sigrid subieron las escaleras con una familiaridad pesada, dejando a Greta abajo con los restos de la comida. Pero la madera vieja la traicionó. Arriba, el sonido comenzó: primero un chirrido rítmico de las patas de la cama, después la voz de Sigrid soltándose sin freno.
—Métemela toda, así, no pares, cógeme fuerte, hijo de puta... —los gemidos ya no eran ahogados, ocupaban cada rincón de la casa como si reclamaran su soberanía hasta sobre el aire que Greta respiraba.
—¿Te gusta esta polla, puta? —la voz ronca de Mikkel bajaba por las escaleras como un golpe seco—. Dime que te gusta.
—Me encanta, me encanta tu verga, dámela más adentro...
Greta intentó leer junto a la chimenea, pero releyó la misma línea cinco veces. Sentía el pulso latirle entre las piernas contra su voluntad, un calor húmedo apretándole el sexo bajo los jeans. Apretó los muslos y respiró hondo, avergonzada. Los golpes sordos del cabezal contra la pared marcaban un ritmo brutal, cada vez más rápido, y ella podía imaginar la polla de Mikkel entrando y saliendo del coño de Sigrid con esa precisión de hombre acostumbrado a partir mujeres a la mitad.
Cuando el ruido se volvió insoportable —una mezcla de envidia involuntaria y algo más difícil de nombrar—, subió las escaleras intentando no hacer ruido, como si fuera ella la intrusa en la casa de su propio padrastro. Justo al alcanzar el último peldaño, un rugido ronco y bajo cortó el aire, una satisfacción animal que solo podía pertenecer a Mikkel corriéndose dentro de ella. El grito agudo de Sigrid siguió detrás, quebrado, y después un silencio pesado, húmedo, como el que queda después de la lluvia.
Greta entró en su cuarto y cerró la puerta con el corazón en la garganta. Se desvistió en la penumbra y se deslizó dentro de su saco de dormir. Bajó una mano hasta su entrepierna casi sin pensarlo, avergonzada de sí misma, y encontró todo empapado. Se acarició despacio por encima de la ropa interior, mordiéndose el labio, imaginando aquella voz ronca hablándole a ella, aquella polla partiéndola a ella. La imagen de Mikkel mirándola durante la cena se mezcló con el eco de aquel rugido final. Retiró la mano antes de acabar, con miedo a hacer ruido, con miedo a desearlo tanto. Se durmió con esa confusión palpitándole entre las piernas.
***
El despertar fue abrupto, con la luz fría del fiordo filtrándose por la ventana. Greta bajó las escaleras esperando encontrar la cocina vacía y se detuvo en seco en el último peldaño.
Mikkel ya estaba allí, con solo un pantalón gris colgando bajo de las caderas. El torso al descubierto revelaba una arquitectura de músculos curtidos por el trabajo real, no por el gimnasio. Greta se quedó paralizada, observando la línea de su espalda y las cicatrices de una vida lejos de los despachos de Henrik. Un calor súbito y pesado le subió desde el vientre.
—Buenos días —dijo él sin volverse, batiendo huevos con un ritmo preciso. En el mundo rígido de su padrastro, los hombres como Mikkel no preparaban el desayuno con esa delicadeza. Verlo tan cómodo en su propia piel la hacía sentir más expuesta que nunca.
—¿Te gusta el revuelto con pimientos? —preguntó, girándose por fin. La leyó como un libro abierto: el insomnio en sus ojos, la forma en que evitaba mirar demasiado su piel desnuda.
—Sí... —logró articular ella, apretando las manos contra el borde de la encimera—. Sí, me gusta.
Le sirvió el plato con una delicadeza que la desarmó y se sentó frente a ella. No empezó a comer. Simplemente la observó.
—Henrik no sabe lo que tiene en esta cabaña —dijo, con una voz que era el ronroneo de un motor en ralentí.
—Es... es solo una casa vieja, Mikkel.
—No hablo de la casa.
El silencio que siguió fue tan denso que ella casi pudo tocarlo. Pero la burbuja estalló con unos pasos perezosos en la escalera. Sigrid apareció bostezando, con la bata mal abrochada, abierta con un descuido que rayaba en lo teatral. Se le veían las tetas medio sueltas y una marca roja en el cuello, una mordida fresca, ancha. Greta bajó la vista de inmediato.
—Tengo un hambre atroz —anunció, robando un trozo de fruta del plato de Mikkel.
Greta buscó en él la fascinación de la noche anterior. Pero los ojos de Mikkel volvieron casi de inmediato a ella.
—Tu desayuno está en la encimera. Sírvete tú misma —le dijo a Sigrid con una frialdad que contrastaba con la calidez de un momento antes. Después se puso de pie—. Me voy al taller. Ese bote no se arregla solo.
Antes de salir, se detuvo un segundo junto a la silla de Greta. No la tocó, pero su sombra la envolvió por completo.
—Si te aburres de escuchar a Sigrid, ya sabes dónde encontrarme.
***
El aire del taller estaba saturado de resina, aserrín y el aroma metálico del motor. Mikkel estaba de espaldas, inclinado sobre el casco del bote, con una camiseta de tirantes gris pegada a la piel. Él no se volvió, pero ella supo que había notado su presencia por la forma en que sus músculos se tensaron bajo la tela. Apagó la lijadora. El silencio que siguió fue más ruidoso que el motor.
—¿Buscabas algo? —preguntó, enderezándose despacio. Sus ojos, azules y fríos como el fiordo, la encontraron en la penumbra.
—No —dijo ella, apenas un susurro—. Solo... solo miraba.
Él dio un paso. El temblor de Greta se intensificó. No era miedo, sino una anticipación eléctrica que la mareaba. Mikkel dio el último paso, eliminando la distancia, hasta que su pecho húmedo rozó los senos de ella. Inclinó la cabeza y su boca se posó cerca de su oreja.
—No has venido solo a mirar —susurró él—. Anoche me escuchaste, ¿verdad? Escuchaste cómo se la metía. Y viniste porque quieres saber qué se siente.
Greta no pudo responder. Un jadeo se le escapó, delator. Mikkel trazó un camino de besos lentos por la línea de su mandíbula hasta el cuello, mordiendo apenas la piel, y ella sintió los pezones endurecerse bajo la camiseta, rozando la tela áspera de él. Sus manos, grandes y ásperas, subieron por sus costados y se cerraron sobre su cintura. Le apretó las tetas por encima de la ropa, sopesándolas, y le pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice.
—Mira cómo se te ponen —murmuró contra su cuello—. Llevas la noche entera queriendo esto.
Bajó una mano con pulso decidido, descendiendo por la cadera hasta que sus dedos encontraron el botón del pantalón. En ese instante, el tiempo se detuvo. El pánico, ese viejo conocido de las cenas con Henrik, afloró con fuerza. Esperó que, al tocarla, la magia se rompiera, que Mikkel se apartara, que viera en ella el «engaño» del que hablaba su padrastro.
La mano de Mikkel se deslizó dentro del pantalón. Greta contuvo el aliento, los párpados apretados. Sintió los dedos de él rozar el encaje de su ropa interior, empapado, y luego apartar la tela y el contacto directo con su sexo. Se tensó, esperando el rechazo. No llegó.
Mikkel no retiró la mano. Sus dedos se detuvieron un segundo y, en la oscuridad de sus ojos cerrados, Greta sintió el cambio en la energía de él. No fue decepción. Fue una exhalación profunda, un reconocimiento sin fisuras.
—Mírame lo que tienes acá —dijo con la voz espesa, envolviendo entre los dedos la forma pequeña y firme que ella siempre había ocultado—. Preciosa. Toda dura para mí.
Empezó a masturbarla con el puño cerrado, despacio, un ritmo lento que le arrancó a Greta un gemido roto. Le pasaba el pulgar por la punta, la envolvía entera, la apretaba con una destreza que la desarmaba. Con la otra mano le bajó los pantalones de un tirón hasta las rodillas, y le dio la vuelta empujándola suave contra el banco de trabajo.
—Abre las piernas —ordenó.
Greta obedeció, temblando. Sintió la barba de Mikkel en la nuca, el bulto durísimo de su verga contra el culo por encima del vaquero. Le mordió el hombro mientras seguía trabajándola con la mano.
—Mírame —repitió, girándola de nuevo.
Greta abrió los ojos, empañados. Mikkel no la miraba con horror; sus ojos azules brillaban con una sorpresa genuina, una admiración que ella no sabía cómo procesar. Sin dejar de mirarla, se arrodilló frente a ella y bajó la ropa interior con una calma insoportable. Presionó los labios contra ella, un beso cálido y húmedo sobre la parte de su cuerpo que más odiaba, y después abrió la boca y se la tragó entera.
Greta soltó un sollozo ahogado. La lengua caliente de Mikkel la recorría de arriba abajo, chupaba con ganas, con hambre, la envolvía y la soltaba solo para lamer más abajo, buscándole todo. Le apretaba las caderas con las dos manos, sujetándola contra su boca, sin dejarla escapar. La sentía temblar, la escuchaba jadear, y no se detuvo. Mamó despacio, después rápido, después despacio otra vez, hasta que Greta le clavó los dedos en el pelo y arqueó la espalda.
—Ay, Mikkel... Mikkel, por favor...
Él subió una mano y le metió dos dedos en el coño mientras seguía mamándola. Greta gritó. El placer físico, mezclado con la liberación de ser aceptada entera, sin correcciones, fue demasiado. Sintió los dedos de Mikkel entrar y salir de ella, curvados, encontrándole un punto que la hacía derretirse, mientras su boca seguía trabajando arriba, chupando sin tregua. Sus piernas flaquearon. Un espasmo de rendición la sacudió y se corrió en la boca de él, gimiendo bajo, apretándole la cabeza contra su cuerpo, mientras Mikkel se tragaba todo lo que ella tenía para darle.
Hubo un silencio largo, solo interrumpido por su propia respiración entrecortada. Mikkel se puso de pie, con la boca todavía brillante, y le tomó el rostro con ambas manos. La besó hondo, y Greta se probó a sí misma en su lengua.
—Perdón —susurró ella, con la voz rota—. Soy... soy una aberración. Henrik dice que...
—Henrik es un idiota que tiene miedo de lo que no puede controlar —la interrumpió él—. Escúchame bien. No eres una aberración. Eres la mujer más valiente que he conocido, y eres hermosa exactamente como eres ahora. En este taller no hay mentiras. Solo estamos nosotros dos, y lo que veo me encanta.
Le tomó una mano y se la llevó al bulto del pantalón. Greta sintió la verga durísima palpitándole bajo la palma. Los ojos se le llenaron de agua otra vez, pero de otra cosa.
—¿Ves lo que me hacés? —murmuró él—. Guarda esto para después. Ahora andá. No quiero apurarte.
Ella asintió, con los muslos todavía temblando y los labios hinchados, mientras se subía los pantalones con dedos torpes. El fiordo seguía gris e indiferente afuera, pero adentro, en la penumbra del taller, ella había sido vista por fin.
***
La cabaña se sentía distinta al cruzar el umbral. La sombra de Henrik, la de su apartamento ordenado y sus silencios de oficina, era ahora un eco lejano. Sigrid estaba a la mesa y levantó la cabeza apenas Greta cerró la puerta. Sus ojos astutos la recorrieron de arriba abajo y se detuvieron en su rostro.
—Vaya... —susurró—. Tienes un brillo que no estaba ahí hace una hora.
—Mikkel estaba... —empezó Greta, con la voz ronca.
—Mikkel estaba trabajando —la interrumpió Sigrid, poniéndose de pie con agilidad felina—. Sé exactamente cómo trabaja. Con esa boca, ¿verdad? Se arrodilla, te mira desde abajo y no se levanta hasta que le acabas encima.
Greta se sonrojó violentamente. Sigrid soltó una risa suave.
—No pongas esa cara de susto. Aquí no está Henrik para juzgar los «errores» de nadie. Aquí solo estamos nosotros. Y Mikkel tiene una forma muy especial de hacer que las cosas vuelvan a encajar, ¿verdad?
—Él dijo que yo era hermosa —soltó Greta, como si necesitara oír las palabras en voz alta para creerlas.
—Lo eres —respondió Sigrid, apartándole un mechón de la frente con una familiaridad que Greta nunca había experimentado con otra mujer. Los dedos de Sigrid bajaron por su mejilla, por el cuello, y se detuvieron sobre la clavícula—. Pero lo importante es que ahora tú también empiezas a sospecharlo.
***
Esa noche, Greta no pudo dormir. El jersey de Mikkel que Sigrid le había prestado le llegaba hasta los muslos y olía a él. Pensó en el taller, en su boca, en sus palabras. Eran su ancla, su primer refugio real. Pasó una hora, quizás más, hasta que un ruido la sacó del duermevela: un gemido hondo, ronco, que venía del cuarto de Mikkel. La puerta de su propio cuarto, recordó, había quedado entornada.
Se levantó y cruzó el pasillo descalza, las piernas temblando por el frío o por otra cosa. La puerta de Mikkel estaba abierta. Greta se quedó en el marco.
Él estaba de rodillas en la cama, desnudo, el cuerpo grande, los músculos tensos, la polla enorme brillando de saliva. Delante, Sigrid también de rodillas, la cara contra la almohada, las tetas colgando, las caderas alzadas y el culo abierto. Mikkel la sujetaba por la cintura con firmeza, y Greta vio cómo entraba y salía de ella, cómo su verga desaparecía entera dentro del coño de Sigrid y volvía a salir brillante, cómo los gemidos de Sigrid se hacían más agudos con cada embestida.
—Así, así, dámela toda, cógeme más fuerte... —decía Sigrid con la voz rota—. Rómpeme, Mikkel, rómpeme el coño...
—¿Te gusta cómo te la meto, puta? —gruñía él, chocando las caderas contra el culo de ella con un ruido húmedo, obsceno—. Dime que te gusta.
—Me encanta, me encanta tu polla, no pares...
Greta sintió que la boca se le secaba y otra parte de ella se le empapaba entera bajo el jersey. Quería irse. Quería quedarse. Sus piernas no se movían. Mikkel la miró por encima del hombro de Sigrid, los ojos azules fijos en ella, y no dejó de moverse. Al contrario. La embistió más fuerte, más hondo, como si estuviera cogiendo para que Greta lo viera bien.
Sigrid levantó la cara. La miró también, con los ojos brillantes y los labios hinchados. No se tapó. No se apartó. Le sostuvo la mirada mientras Mikkel la partía por detrás.
—Quédate —dijo, con la voz quebrada—. Quédate a mirar. Mírame cómo me la mete.
Greta se apoyó en el marco, el corazón en las sienes, la mano metida por debajo del jersey casi sin darse cuenta, los dedos rozándose apenas. Vio cómo el ritmo de Mikkel se aceleraba, cómo Sigrid gritaba más fuerte, cómo se le sacudían las tetas con cada golpe de cadera. Mikkel escupió sobre el culo de Sigrid, pasó el pulgar mojado alrededor y lo empujó dentro, y Sigrid gimió más grave todavía.
—Así, así, ahí no, sí, ahí, córrete conmigo... —jadeaba Sigrid.
Mikkel se tensó, empujó hondo una, dos, tres veces y se quedó quieto, el cuerpo temblando, mientras se corría dentro de ella con un rugido bajo que a Greta le sacudió las tripas. Sigrid gimió, más larga, más honda, con un orgasmo largo que la dejó llorando de placer, y se dejó caer sobre la almohada. Mikkel salió despacio y Greta vio el hilo blanco de semen escurriendo del coño hinchado de Sigrid, bajando por sus muslos.
Se quedaron en silencio. Mikkel abrió los ojos y la miró. Sigrid levantó la cabeza.
—Ven —dijo Sigrid, con la voz ronca.
Greta negó con la cabeza. No sabía si quería. No sabía si debía. Sigrid bajó de la cama, desnuda, el cuerpo sudado y todavía chorreándole entre las piernas, y caminó hacia ella. Se paró tan cerca que Greta sintió su calor, su olor a sudor y a sexo.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Greta negó otra vez. Mentira. Sigrid le tomó la mano, los dedos calientes, húmedos, temblando todavía, y se la llevó entre sus propias piernas. Greta sintió el coño abierto de Sigrid, empapado, la semilla espesa de Mikkel bajando por sus dedos. Se le escapó un jadeo.
—Yo también tuve miedo la primera vez que lo vi con otra —dijo Sigrid, con la mano de Greta todavía apretada contra su sexo—. Pero después entendí. No es menos. Es más.
La condujo hacia la cama sin soltarla. Le sacó el jersey por la cabeza con un solo movimiento y Greta quedó desnuda, temblando. Sigrid se detuvo un instante mirándola, con esos ojos turquesa recorriéndole todo el cuerpo, y sonrió despacio.
—Eres preciosa —dijo—. Ven aquí.
Greta se arrodilló en la cama, junto a Mikkel. Él la esperaba tumbado de espaldas, la polla todavía dura, brillante, dejando caer una gota espesa sobre su vientre. Sigrid se colocó al otro lado y las dos, cada una con una mano, empezaron a acariciarle el pecho, el vientre, las cicatrices. Sigrid tomó la polla de Mikkel con la mano y la envolvió sin timidez, moviéndola despacio.
—Mírala —le dijo a Greta—. Es preciosa, ¿verdad? Toca.
Greta puso la mano sobre la de Sigrid. Sintió la piel caliente, dura, palpitando entre sus dedos. Mikkel gimió bajo, con los ojos cerrados. Sigrid guió los dedos de Greta despacio, arriba y abajo, enseñándole el ritmo, el apriete, y después le soltó la mano y la dejó sola en la tarea. Greta lo masturbó torpe al principio, después más segura, viendo cómo Mikkel se le empinaba entre los dedos.
—Chúpasela —susurró Sigrid al oído—. Vas a ver lo que te gusta.
Greta bajó la cabeza. Nunca lo había hecho de verdad, no así, no con ganas. Pasó la lengua por la punta, probando, y el sabor salado y espeso de Mikkel mezclado con lo que quedaba de Sigrid le encendió algo por dentro. Abrió la boca y se metió lo que pudo. Mikkel gruñó y le puso una mano en la nuca, sin apretar, guiándola.
—Así, así, cielo, tranquila... con la lengua, sí...
Sigrid se acomodó detrás de Greta, arrodillada, y le pasó las manos por la espalda, por el culo, le abrió las nalgas con las dos manos y se inclinó a lamerla desde atrás. Greta soltó la polla de Mikkel de golpe con un gemido ahogado. La lengua de Sigrid le recorría entera, subía y bajaba, la penetraba lo que podía. Nunca la habían tocado ahí. Se le doblaron los brazos y cayó de bruces sobre el vientre de Mikkel.
—Sigue chupándomela —dijo él, riendo bajo—. Ella sabe lo que hace.
Greta volvió a meterse la polla en la boca, jadeando alrededor de ella cada vez que la lengua de Sigrid le tocaba un punto nuevo. La otra la manoseaba entera, le abría más, le mordía las nalgas, le metía la lengua hondo, hasta que Greta tembló con la boca llena.
—Ven acá —dijo Mikkel, sacándose la polla de la boca con delicadeza y tirándole del brazo—. Súbete.
Greta lo miró, asustada. Sigrid la ayudó a moverse, la sentó a horcajadas sobre él.
—Despacio —susurró Sigrid, tomando la polla de Mikkel y colocándola justo debajo de Greta—. Bájate tú a tu ritmo. Nadie te apura.
Greta bajó las caderas centímetro a centímetro. Sintió la punta abrirla, entrar apenas, y le dolió un poco, pero era un dolor caliente, deseado. Siguió bajando, respirando fuerte, hasta que se sentó del todo y sintió a Mikkel dentro entero. Se le escapó un gemido largo, roto. Nunca la habían llenado así.
—Eso es —susurró él, con las manos abiertas sobre sus caderas—. Muévete cuando quieras.
Greta empezó a moverse despacio, arriba y abajo, aprendiendo. Sigrid se puso detrás y le apoyó las manos en las tetas, se las apretó, le pellizcó los pezones. Le mordió el hombro, la nuca. Con una mano bajó y le acarició por delante mientras Mikkel se la metía por debajo. Greta empezó a temblar. Todo era demasiado. La polla llenándola, los dedos de Sigrid sobre su clítoris, la boca de Sigrid en su cuello, la mirada azul de Mikkel abajo.
—Eso, así, móntala así —jadeaba Mikkel, empujando desde abajo, con las venas del cuello marcadas—. Qué apretadita, joder...
—Córrete, cielo, córrete —le susurraba Sigrid al oído, con los dedos bailándole entre las piernas—. Suéltate.
Greta se corrió gritando, un grito que se le rompió a la mitad, apretándose alrededor de la polla de Mikkel con tanta fuerza que él soltó una maldición ronca. Cayó hacia adelante, sobre el pecho de él, temblando. Sigrid se pegó detrás y las tres respiraciones se mezclaron.
Mikkel la dio la vuelta despacio, sin salir de ella, y quedó encima. La besó en la boca, hondo, mientras empezaba a moverse otra vez, con embestidas largas y lentas, y ahora sí, viéndole la cara, buscándole los ojos.
—Tú también lo quieres —dijo, con una mano en la nuca de Sigrid, que se había echado a un lado, y la otra en la cadera de Greta.
Sigrid se subió sobre la cara de Greta con una naturalidad de tigre, las rodillas a cada lado de su cabeza. Greta miró hacia arriba y vio el coño de Sigrid abierto sobre ella, chorreando. Sacó la lengua, insegura, y probó. El sabor de Mikkel y de Sigrid mezclados le llenó la boca. Empezó a lamer despacio, imitando lo que le habían hecho a ella minutos antes, y Sigrid gimió y le apretó el pelo con las dos manos.
—Ay, sí, así, aprende rápido la nena...
Mikkel la embestía cada vez más fuerte por abajo. Greta tenía la boca ocupada con el coño de Sigrid, la polla de Mikkel partiéndole el suyo, las manos de las dos sobre su cuerpo. Se dejó estar, dejó de pensar. Solo era boca, coño, piel. Sigrid se corrió primero, gritando encima de su cara, ahogándola con su placer. Después se dejó caer a un lado.
—Ven —le dijo Mikkel a Greta, saliendo de ella con un jadeo—. Ponte de rodillas. Quiero acabar donde me veas.
Greta se arrodilló ante él, temblando. Sigrid se puso a su lado, imitándola, y las dos abrieron la boca. Mikkel se masturbó de pie, mirándolas, dos o tres tirones fuertes, y se corrió con un rugido, largos chorros espesos cayendo sobre las lenguas y las caras de las dos. Greta sintió el semen caliente en los labios, en la mejilla, en la barbilla. Sigrid la giró hacia ella y la besó con la boca llena, compartiéndolo, tragando después con una risa baja.
—Bienvenida —susurró Sigrid contra su boca.
Se dejaron caer los tres sobre la cama revuelta, sudados, pegajosos. Greta cerró los ojos con la boca sobre la piel de Mikkel, sintiendo su corazón latir bajo el pecho, el olor de Sigrid mezclándose con el suyo, y el fiordo afuera, quieto y gris, esperando sin apremio.
***
Lo cuento ahora que la miro dormir envuelta en ese jersey enorme, y todavía me cuesta creerlo. A veces me pregunto si Greta sabe que es un milagro de restos. Sus padres se quedaron en aquel asfalto, un amasijo de hierro que no dejó nada. Ella no tiene raíces, solo cicatrices que empezaron mucho antes de que decidiera quién quería ser.
Luego apareció Henrik, mi tío, el hombre de los principios de hierro. La acogió, le dio un apellido y ese cariño protector de los hombres de cincuenta y tantos que creen que pueden salvar al mundo con disciplina. Durante años creyó tener la hija perfecta, la huérfana rescatada que encajaba en sus cuadros de comedor. Pero el cuerpo no miente, y el de Greta tenía su propia verdad guardada bajo llave. Cuando Henrik la descubrió, algo se rompió en él que no tiene arreglo. La acepta, pero no la toca; la cuida, pero no la ve.
Por eso, cuando la vi salir del taller con los labios encendidos, lo entendí todo. Mikkel no busca perfección: busca fuego. Y Greta, por primera vez, no tuvo que pedir perdón por existir.
Ella cree que nos debe algo por dejarla entrar en nuestra cama. No se da cuenta de que es al revés. Es ella la que nos está enseñando cómo se sobrevive a un naufragio sin ahogarse.